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Publicado el 10 Abril, 2021 por Igor Guilarte Fong en Nacionales
 
 

Romance de la “seño” buena

A propósito del aniversario 60 de la creación de los círculos infantiles, buscamos el testimonio de una educadora ejemplar
Romance de la “seño” buena.

Y cuando explica su clase extasía entera el aula.

Por IGOR GUILARTE FONG

Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

Una niña del círculo dice que la “Señito” es buena. Para probarlo me cuenta que cuando ella era arisca y malcriada y nadie calmarla lograba, veía a la “seño” Elvira y el alma se le aliviaba; quién sabe por qué razones por humanos ignoradas. Que de besos y caricias le ponía roja la cara, que le contaba un cuento con voz de tonada, le hacía trencitas rubias y las boticas le amarraba. Cuánto agradece esa nena haber sido rescatada.

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Es una enamorada de los niños. Disfruta trabajar con ellos. Y no porque ella misma lo asevere, sino porque vista hace fe, y quien ve cómo trabaja, enseguida advierte que establece con sus peques una conexión singular, distintiva. Precisamente en el habanero círculo infantil Sueños del Che, donde se le aprecia como educadora destacada, Elvira de Armas Rodríguez cultiva a diario un mundo de sueños.

No llegó por el camino usual y directo por donde llega la mayoría. Elvira desarrolló buena parte de su vida laboral entre calculadoras de contabilidad y expedientes de recursos humanos, hasta que dio oídos a su voz interior. “Siempre me han gustado los niños. Y me decía que de alguna manera tenía que acabar trabajando con ellos”.

Así que un buen día, mientras buscaba a su nieto mayor en el citado círculo –próximo a Tulipán y Boyeros–, se animó a indagar con la directora si tenía plaza de auxiliar pedagógica. Y empezó, hace diez años; aunque tiene semblante y ademanes de maestra veterana. En aquel inicio Esperanza, directora del círculo Rosa Luxemburgo, tras notar sus cualidades la mandó para la escuela a habilitarse como educadora. “Por esa tutoría le estoy siempre agradecida. Cumplí en tres años el curso y acabé aquí en Sueños del Che”, resume.

Romance de la “seño” buena.

El vínculo que Elvira de Armas Rodríguez crea con sus infantes es estrechamente familiar y duradero.

La “seño” reorientada otorga importancia a la formación pedagógica que se recibe en esa escuela y a las periódicas preparaciones metodológicas. Pero considera que una educadora debe tener como máxima seguir superándose a diario. “Aprendo de los niños, de cada cosa que hacen o preguntan. Unas veces me río, otras me dejan pensando, se me hacen nudos en la garganta… Es increíble la fertilidad de la mente infantil. Trabajar con la primera infancia es especial.

“Los niños son totalmente espontáneos, transparentes, no tienen maldad… Si te entregas a ellos en alma, en reciprocidad se abren. Cuando sonríen te expresan sentimientos de respeto y cariño, o suelen abrazarte para reclamar tu atención. Dan lo que reciben, lo que se les educa”, explica, y como si pitonisa fuera justo aparece por su costado derecho una pequeñita, para “pellizcarle” un abrazo, y robarme su atención.

De amores y exigencias

Como maestra ha transitado los diferentes niveles de la primera infancia. Recibe a sus educandos incipientes e indefensos, si acaso saben articular un puñado de palabras. Lógicamente, como tienen diferentes cunas traen diferentes formaciones. Debe afianzarlos como un solo haz, y pone manos a la obra a través de saberes, juegos, hábitos. Los une. Los lleva de la mano, y los suelta cuando se van al prescolar, maduros y listos para valerse por sí mismos.

“Ahí viene un momento difícil para mí, una mezcla de alegría y pesar, pues, aunque sé que se adaptan a la nueva etapa, el rumbo lógico, no puedo evitar extrañarlos. Luego se me va pasando esa nostalgia poco a poco, además los nuevos niños me curan el vacío que dejaron los anteriores.

Romance de la “seño” buena.

Los círculos infantiles son espacios ideales para el crecimiento integral de los más pequeños.

“Me apego mucho a los niños, cuando no asisten me preocupo o si están enfermos me ocupo de llamar por teléfono a sus casas. Cuando llegan en las mañanas los miro para cerciorarme que estén sanitos, observo cómo tienen el ánimo. Son muchas vidas en mis manos. En el círculo pasan la mayor parte del día, y mientras están aquí siento que son míos. Ahora con la pandemia se ha multiplicado por diez esa responsabilidad, pues hay que velar que usen correctamente el nasobuco, cambiárselo cuatro veces, cuidar la higiene de juguetes, mesas y objetos”.

Elvira es una mezcla lúcida de amor y exigencia. Lo dicen quienes la conocen, y como tal la respetan y admiran. “No sé si es buena o mala fama, pero todos me tienen por muy quisquillosa y exigente… Sin embargo, no lo veo como negativo sino como poner seriedad, asunto a un trabajo que lo amerita. Los resultados te indican realmente si vas por buen o mal camino.

“Ahora nos subieron el salario y en lo económico hemos mejorado, pero si no lo hubieran hecho seguiría con la misma actitud. Siempre, antes y ahora, me he entregado sinceramente con igual esfuerzo y dedicación al trabajo; porque mi mayor recompensa es ver a los niños crecer buenos, sanos, felices”.

Por las dinámicas del oficio también ha contribuido a la preparación de otras colegas jóvenes, las acompaña en sus prácticas y les comparte su librito. “El mejor consejo que puedo darles es que si no tienen paciencia y amor por los niños que busquen otro trabajo, porque son inocentes y no tienen culpa de nuestros problemas personales ni de las cosas que suceden. Cuando voy a cruzar la puerta del círculo dejo mis dilemas y preocupaciones afuera.

Romance de la “seño” buena.

En días de pandemia es vital cuidar las medidas de higiene.

“A una educadora no le debe faltar la comunicación. Tiene que hallar la forma de conocer al niño, y a partir de ahí saber comunicarse con él. A veces, en el salón, ellos están bulliciosos, como decimos ‘en su mejor momento’, entonces les digo: ‘a ver, vamos a conversar’… Es como si pasara un ángel. Dejan de gritar, se acomodan y prestan atención. Eso es resultado de un trabajo metodológico constante”.

Con una entonación metódica y didáctica seductora, enseña desde lecturas, dibujos, figuras, canciones, coreografías… hasta de la actual situación epidemiológica. Asombra y conmueve ver cómo estos chamaquiles –sin ser de La Colmenita y en la flor de sus cinco añitos– son capaces de proyectar las medidas de higiene contra ese bichito malvado llamado coronavirus.

Les habla de todo tema interesante e instructivo. Y de querer… a sus padres, al círculo, a los héroes, a los símbolos nacionales, a Cuba. De querer, porque son ellos los que saben querer mejor, como decía el Hombre de La Edad de Oro.

Aunque pueda sonar raro, hay personas que hasta le dicen “suave, que esos niños van acelerados”, pero diáfana –como sus ojos claros– Elvira contesta que no los está sobrecargando, “porque los niños son como esponjas, captan y entienden lo que reciben. Cuando menos, se llevan la noción del asunto, y van y la cuentan en casa. Los padres me lo comentan admirados”.

Madre de una gran familia

Romance de la “seño” buena.“Tengo cuatro hijas y siete nietos. Una linda y amplia familia que ha sabido apoyarme en mi profesión; pero siento que ‘mis niños’, como les llamo, son parte invariable de mi gran familia”, dice con una emoción cimbrándole la voz, que ni el nasobuco la puede ocultar.

Su esposo –quien mucho la apoya y por más señas se nombra Estalin– le matraquea que ella no descansa con esos niños, que es maestra las 24 horas. Y no deja de tener razón. El vínculo que Elvira crea con sus infantes es estrechamente familiar y duradero.

Todavía, cuando algunos que son ya grandecitos van a buscar a sus hermanos al círculo llegan hasta su salón a saludarla, o en la calle le gritan “¡Señito!” al verla pasar. Han sido tantos en diez años que, de primera, a veces ni recuerda los nombres; mas por la gratitud que desprenden las miradas comprende, instintivamente, que pasaron por sus manos en Sueños del Che.

Por estos días cuando la covid-19 se empeña en abrir brechas físicas, Elvira se aferra a su compromiso moral y social. Se mantiene al tanto de los niños que no asisten a clases porque sus padres han optado por el aislamiento preventivo, y aun desde la distancia guía su progreso. Esquiva decirnos, quizá por modestia, pero conseguimos saber que mantiene contacto con las familias; incluso, a costo personal, les envía por WhatsApp orientaciones y tareas para que los niños en casa ejerciten, consoliden conocimientos y no se “le queden rezagados con respecto al programa”.

“Los padres han cooperado mucho conmigo. Vienen, me preguntan qué hacer, cómo cumplir. Esa relación casa-escuela es esencial para el crecimiento integral de los niños. Si el padre no funciona como complemento, mi esfuerzo no vale nada.

Romance de la “seño” buena.

Ya volverá el día de ver las caritas destapadas.

“Como madre, abuela y trabajadora pienso que la creación de los círculos infantiles –por Vilma y Fidel hace 60 años– ha sido cardinal para la mujer, pues le permite dejar a su hijo en manos de un personal que está capacitado para brindarle enseñanzas y un cuidado seguro. Es una tranquilidad para la trabajadora, permite que pueda concentrarse en aportar a la sociedad desde su puesto. El círculo es una obra más de la Revolución en favor de la emancipación y el crecimiento de la mujer cubana”.

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Cuando se premie el cariño, y las pasiones del alma; cuando se haga la luz y llegue el día de regocijarse por volver a ver las caritas del aula, con sanas sonrisas destapadas; cuando estos botoncitos pequeños se abran en flores de esperanza, y por el sendero de la vida anden con sabiduría y confianza; estarán poniendo en el corazón de la “Señito” buena, de gratitud una medalla. Los que hoy saben querer, mañana tendrán su palabra.


Igor Guilarte Fong

 
Igor Guilarte Fong