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Publicado el 10 Mayo, 2021 por ACN en Nacionales
 
 

El alma de la montaña

El alma de la montaña.

En el Escambray en el centro del país, la comunidad Picos Blancos es un lugar de historia y esfuerzos.

Por ROXANA SOTO DEL SOL
Fotos: ARELYS MARÍA ECHEVARRÍA RODRÍGUEZ

El vaivén en la cabina de su camión me sobrecoge. Desde 1981 sube y baja este pedraplén, construido por hombres a “guataca y pala” (alguno vemos por el camino reponiendo lo que el agua arrastró). Parece que nota la tensión en mi rostro y comenta: “Hoy la carretera está buena porque no ha llovido tanto”.

El alma de la montaña.

Roberto Peña, recorre cada día los intrincados caminos a la Comunidad Picos Blancos, municipio de Santa Clara, provincia de Villa Clara.

Roberto Peña es cienfueguero de nacimiento, pero desde muy pequeño visitaba a su tío en la comunidad manicaragüense Güinía de Miranda, por lo que siempre estuvo vinculado al campo y a estos parajes de la geografía villaclareña. En esos viajes, cuando apenas tenía 20 años, conoció a su esposa y, desde entonces, se mudó a Jibacoa para trabajar como chofer en la Base de Transporte de Cargas.

Hace más de 30 años emprende este camino pedregoso para llevar alimentos y aseo, o para traer enfermos y fallecidos, desde y hasta la comunidad montañosa de Pico Blanco; de ahí que no le falten las anécdotas durante el periplo y la firmeza para asegurar que en estas lomas lo tiene todo: “el amor, el compromiso, la vida…”, y no las cambia por nada.
A 15 kilómetros de Manicaragua, un trayecto largo y difícil nos deja justo a 440 metros sobre el nivel del mar; trayecto que, sin dudas, vale la pena, porque aquí, en Pico Blanco, cada uno de los 197 habitantes tiene o es una historia.

Ricardo Turiño (Tongo), historiador e historia
El alma de la montaña.

Ricardo Turiño (Tongo), cuenta con orgullo las experiencias de la montaña.

Tongo es uno de las personas obligatorias para quienes visitan Pico Blanco. El peso de la sabiduría y sus casi 70 años lo fuerzan a andar semi-encorvado, bastón en mano, por estos trillos que conoce más que a sí mismo.  Por eso será que –con gran razón– sus coterráneos lo identifican como historiador del pueblo.

Como el propio Tongo dice: “Para sentir las cosas de verdad hay que vivirlas”. Y él ha vivido mucho. “Vi nacer, desarrollarse y decaer a esta comunidad”, comenta entre la tristeza y la indignación, porque sabe que la responsabilidad recae sobre el hombre, ese mismo en el que hoy pone su esperanza para recuperar lo perdido.

“Confío mucho en los jóvenes, espero que sean capaces de ayudarnos a rescatar la comunidad. Pero para eso hay que tener ganas, esto es algo de pico, jabuco y machete”, afirma.

Entonces recuerda aquellos tiempos, cuando se cosechaban más de 60 mil latas de café (y hasta 70 mil en una ocasión), y cuando un vecino querido no aguantó la dureza de la loma y se marchó, seguido por otro, y otro más… hasta dejar a Pico Blanco con la mitad de su población.

“Si hacemos un recorrido por las comunidades del Escambray villaclareño veremos como la mayoría están destruidas o abandonadas. Hay que continuar mejorando la calidad de vida de los montañeses, los viales, la economía, las comunicaciones, si no, estamos perdidos.

“Yo sí que no me iré de aquí. ¡Qué va! Me gusta demasiado esta serranía –asegura– espero ver que todo vuelva a…
Ser como antes”

Benedicta Coches madruga todos los días. A las 7:00 de la mañana ya está lista para “coger el trillo y llegar al cafetal”, que se encuentra, aproximadamente, a cuatro kilómetros de su casa.

“Lo primero que hago es tomarme mi buchito de café, luego me aseo y salgo pa’l campo. ¡Me queda lejo, lejo!”.

Ella es una de esas mujeres de antes a las que Tongo se refiere. Aunque no nació en Pico Blanco, llegó a la montaña desde muy joven.

Y ya parece que en lugar de sangre, le corren este monte y su café por la venas.

A sus más de 60 años recoge hasta dos latas diarias. “Según el que haiga – me especifica– pero yo prefiero el Arábico para cosechar, para tomar y para todo”.

El pan de cada día
El alma de la montaña.

Sergio Bombino, trabaja con amor el pan de cada día en las alturas del Guamuhaya.

Sergio Bombino es natural de Pico Blanco. Ya tiene 60 años y desde los 29 trabaja en la minipanadería de la comunidad, primero como aprendiz, luego como operario, hasta convertirse en maestro panadero (cargo que ocupa hasta el día de hoy).

Hace 31 años Sergio se dedica a este oficio al que llama su vida entera. Por eso se negó rotundamente cuando una fractura en su brazo derecho, que le acarreó tres intervenciones quirúrgicas, y una hernia discal, que casi lo deja inválido, se empeñaron en sacarlo del camino.

“Un tiempo después del accidente en la máquina que me afectó el brazo, comencé con dolor en una pierna, que resultó ser una hernia discal provocada por las grandes fuerzas que hacía cargando sacos de harina; me operaron, tuve un largo período de recuperación y casi sin poder caminar me reincorporé.

“Siento un compromiso muy grande con esta comunidad, aquí no hay mucha variedad, por eso, además del pan y las galletas que elaboramos como parte de nuestro plan, también nos dedicamos a la repostería con producciones de masarreal, mantecado y queque, una iniciativa que comenzamos en bien de los pobladores, fundamentalmente los más pequeños”.

Este día ya ha beneficiado a los habitantes con el pan de cada día, ya vendieron mantecados y se enrolan en la misión de expender los masarreales, típicos dulces que acompañan la merienda escolar de los pioneros, esos que asisten diariamente a la escuelita rural Mariana Grajales, donde la esposa de Sergio es maestra.

Cuando Leticia Valladares se graduó de maestra, como primer expediente de su contingente, y a diferencia del resto de sus compañeros enviados a trabajar a Oriente, la mandaron a realizar su servicio social en Pico Blanco, su madre le dijo: “Te desgraciaste, por allá te vas a quedar”.

El alma de la montaña.

Leticia Valladares la maestra enamorada de Picos Blancos.

En aquel entonces, Leticia le aclaró a su mamá que “los guajiros” no le gustaban, un pensamiento que cambió dos meses más tarde cuando, camino a la escuela Mariana Grajales (donde todavía labora), se cruzó con Sergio.

Un mes y 18 días duraron de novios y luego se casaron. Recuerda que cuando hablaron por primera vez ella andaba rodeada de niños y él se acercó para preguntarle si eran sus hijos.

“¡Estás loco, yo tengo 17 años, estos son mis alumnos! rememora ella.  Y ahí empezó todo… y aquí estamos 41 años después.

“Cinco años vivimos en Manicaragua, de donde yo soy originalmente –me cuenta– pero qué va, tuvimos que regresar. Mi familia todavía me cuestiona y me dice que acabé con mi vida y mi juventud en esta loma, pero yo creo que es todo lo contrario”.

Y así hablas con uno y otro, y la historia se repite 197 veces. Desde los más viejos hasta los más jóvenes repiten esta historia de amor a Pico Blanco. Una comunidad que debe su nombre a un peñón blanco en la cima de una loma, no podía teñir de otro color su alma. Unos nativos, otros llegados, es como un imán de pureza este poblado intramontano.  (ACN).

El alma de la montaña.

En estos parajes prevelece un amplio sentido de pertenecia.


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