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Publicado el 27 Junio, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Yo soy Patilla en Banao

Breve acercamiento a un hombre que luego de dejar atrás su fantástico pasado encima de tractores, “rasura”, día tras día, lo triste que germina en el cutis de la vida cotidiana cuando la muerte irrumpe sin remedio alguno en ella
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Yo soy Patlla en Banao.

“Lo importante es hacer bien tu trabajo, donde quiera que estés”, afirma Patilla.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

El compañero que buscas es aquel, el que está más pegado a la pared –me dice la empleada de la cafetería, mientras fija la mirada en un hombre cuyo rostro se pierde detrás de un nasobuco de color verde y bajo las alas de un blanco sombrero.

— ¿Así que tú eres Patilla? –le pregunto, situado a aproximadamente dos metros de distancia.

“Patilla hasta el día en que me muera y un poco más allá –responde de manera resuelta, con ese humor propio de las personas cuyo optimismo nada puede doblegar.

—Pues si es así, entonces agárrate bien porque vengo a “despatillarte” en una cuarta de tierra.

La duda, la incertidumbre y hasta el rechazo que mi osadía pudo haber provocado en Osvaldo Valdés González, son desplazados por una limpia carcajada. Entonces, seguro de tenerlo en un puño, me digo: Este ya no se me escapa; es hombre muerto.

“No hay miedo –riposta, de inmediato- pero dime primero quién tú eres, cómo conoces mi nombre y quién te dijo que yo estaba aquí.

—Bueno… trabajo en la Revista Bohemia y me parece muy bien que Cuba entera sepa quién es Patilla en Banao. Por lo demás no te preocupes: ¿Quién no te conoce aquí? Donde quiera que te metas estás circulado.

No sé si por el ocurrente y familiar tono empleado en ambas direcciones o si es que ningún desconocido le había hablado antes de ese modo; lo cierto es que hasta las montañas que custodian al pueblito parecen quedar atentas, a la expectativa, acaso preguntándose a dónde irá parar todo esto.

“Es lógico que hasta los gatos me conozcan. Son muchos años viviendo en este lugar, desde que le dejé una raya a Río Abajo, allá en la zona de Guasimal y vine para acá. Eso fue en 1974. ¡Cómo ha llovido, caramba!”

— ¡Ahh, ya sé!…  venías detrás de las uvas que el país pretendía cultivar en esta zona…

“Nada de eso, vine detrás de los tractores. Recuerdo que pasé una escuela de maquinaria en Matanzas. De ahí me mandaron para La Habana a buscar uno nuevecito de paquete, acabado de traer de la Unión Soviética. Yo hice el trayecto como el muchacho cuando le regalan un juguete nuevo.

— ¿Encima de una rastra o de un camión?

“Nada de eso, encima de mi tractor, rodando todo el tiempo.

— ¡No puede ser! Ni autopista había en aquel entonces. Se viajaba por toda la carretera central. ¿Cuántas horas te zumbaste?

“Nos zumbamos nada más y nada menos que 18 horas. Éramos 35 tractoristas… toda una caravana. Comimos lo que pudimos comprar por el camino. Tremendo viaje, largo, duro, pero lindo. Nunca lo olvidaré. Todavía anda por ahí aquel tractorcito. Qué guapo ha salido. Lo tiene la Cooperativa de Crédito y Servicios Nelson Orizondo. Al verlo me da un escalofrío, tristeza, qué sé yo. Fueron muchos años, diecinueve, encima de esos aparatos.

—Pero tú no eres un personaje aquí en Banao solo por haber estado todo ese tiempo encima (y muchas veces debajo) de aquel tractor, o montado en esos caballos que te partieron una clavícula, un brazo y te zafaron el otro…

Sincera, la sonrisa de Patilla le dilata hasta el bigote, para finalmente admitir:

“Tienes razón…  todas las personas que viven en este lugar me conocen y me aprecian por el trabajo que hago desde hace 17 años, como sepulturero. Imagínate, soy el único. No hay otro. Ya yo había dejado los tractores. Llevaba incluso un tiempito trabajando en comunales pero hizo falta que me incorporara a esta labor y aquí estoy. Te voy a ser honesto: nunca imaginé que haría este trabajo. Pero te voy a ser más sincero todavía: me siento muy bien haciéndolo.

CARA Y CRUZ

Yo soy Patlla en Banao.

Con 71 años de edad, Patilla sigue empeñado en poner el servicio de este lugar a la altura de esas montañas que tanto le gusta contemplar.

“Fíjate si es así como te digo, que yo no paro; trabajo los siete días de la semana, de lunes a lunes, sin límite de horario, y sigo ahí. Porque no solo me encargo de los entierros y de las exhumaciones; también hago labores de mantenimiento en el cementerio. Pero te digo más: por razones de urgencia he tenido que hacer cuatro entierros en plena noche. Y si es de las vacaciones, ni hablar. Por mi propia voluntad las cojo, pero es como si no lo hiciera, porque continúo localizable para responder enseguida a cualquier necesidad que aparezca.”

“Todos los oficios tienen su cosa. Tú no eres capaz de imaginar cuánto yo he aprendido desde que estoy directamente en esto. Hoy por ejemplo, a mí no hay quien me haga cuento de los 206 huesos que tiene el cuerpo humano, de las 26 vértebras o de las 24 costillas (dos de ellas flotantes) que llevas tú, llevo yo y lleva cualquier persona dentro.

“Cuando uno le pone interés a lo que hace termina aprendiendo mucho. Yo estoy seguro de que si realizamos la exhumación de tres cadáveres y tú separas un hueso, yo, de mirarlo, puedo decirte a cuál de ellos pertenece… Es la experiencia que uno va cogiendo, ¿comprendes?”

—Debes haber pasado momentos duros…

“¡Cómo no! He perdido familiares muy queridos y amigos que son como familia también. Entre estos últimos está Angelito Pérez. Lo conocí desde que llegué a Banao y siempre tuvimos una gran amistad. No llegaba ni a 60 años cuando falleció. La pérdida de Pedro Paz, trabajador de comunales conocido como Papito el Gordo, también me dolió mucho. Tuve que sepultarlos. Alguien tiene que hacerlo, ¿no?

“Pero sabes una cosa: en este trabajo, que mucha gente quizás no lo desea ni por el salario más alto, hay una cosa que no tiene precio, y es el agradecimiento de las personas, el aprecio de esas familias que han perdido a alguien. Todo depende de cómo tú seas, de cómo tú hagas tu oficio. Yo, en primer lugar, me llevo bien con todo el mundo. Cuando no estoy en funciones soy un tipo jaranero, me gusta bromear, darme mi traguito de ron, hacer alguna que otra maldad y eso le gusta a la gente, porque no te ven como uno de esos tipos que parecen desayunarse con un buche de vinagre, ¿entiendes?

“Y lo otro es que soy muy exigente conmigo mismo. Desde que me pongo la ropa y los guantes que me dan para trabajar tú puedes estar seguro de que hago lo que me toca y de que trato a todo el que pierde a un familiar como si fuera alguien de mi propia casa.”

—Miedo a los muertos, a los fantasmas…

“Creo que ni de niño. La muerte es lo más natural del mundo. A todos nos llega esa hora… Tampoco se trata de darle la oportunidad antes de tiempo. La vida hay que cuidarla. Con la salud no se puede jugar mucho. A veces hacemos barbaridades… Después de todo yo he tenido suerte. Con 71 años en mis 24 costillas nunca he estado ingresado, ni con certificado médico. Lo único que me ha sucedido fueron las tres fracturas que ya tú conoces: clavícula y brazos partidos.”

— ¿Qué sucede si llego a este lugar preguntando por Osvaldo Valdés?

“Nada…  que se te puede ir el día entero y no dar conmigo. Aquí casi nadie me conoce por Osvaldo. Para todos yo soy simplemente Patilla?”

—Miro el cayo de canosos pelos que se desparrama por los bordes del nasobuco e infiero por qué ese mote.

Solo que hasta el ocurrente apodo tiene también su historia.

“Durante el viaje de La Habana para acá, encima de aquel tractor, le pedí prestada una llave 17-19 a un amigo, me fui quedando con ella y al ver que no se la devolvía el hombre me vino pa´rriba y sin andar con mucho rodeo me dijo muerto de la risa: “Me cogiste la llave, oíste; tan descara´o como eres, debiera darte vergüenza con ese par de patillas que tienes.

“Y ahí mismo se me quedó lo de Patilla, para toda la vida.”

— ¿Qué dicen tus hijos?

“Tengo dos hembras. ¿Qué van a decir? Nada. Ya esto de Patilla no me lo quita nadie. Lo que sí puedo decirte es que me quieren mucho. Madaymi, la mayor, vive aquí conmigo. No la quiero mejor. Y Yusmari vive en Sancti-Spíritus. Es doctora. De ella solo se dicen cosas buenas. ¿Qué más voy a pedir como padre?  Y bueno… esta última me dio dos patillitas (nietos) más. De vez en cuando vienen a verme o, de lo contario, me doy yo el saltico hasta allá.”

— ¿Has refunfuñado alguna vez por tu trabajo?

“Jamás. Nunca me arrepentí de ser tractorista, de trabajar en comunales o de ser finalmente el sepulturero de Banao. Fíjate si es así como te digo y fíjate si me siento bien y si amo lo que hago, que  he tomado una firme decisión: a mí tienen que enterrarme en mi centro de trabajo”.

Por la seriedad con que Patilla lo dice, quedo como flotando, sin entender, durante unos segundos hasta que, abriendo él los brazos en gesto irremediable, irrumpimos ambos en una de esas carcajadas capaces de contagiar a las mismísimas elevaciones de la zona, que siguen ahí, atentas a los más mínimos detalles, un poco más allá del pueblito y de la carretera que lo surca, cobijadas por ese trozo de cielo que se abre infinito ante la mirada de Banao entero.

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Pastor Batista

 
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