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Publicado el 7 Julio, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

Vivencias al paso de Elsa: una evacuación de amor

Dos, entre un millón de pinceladas reales que tornaron fantástica la respuesta institucional, comunitaria y humana al paso de la tormenta tropical, en medio de la enmarañada madeja que ha tejido la Covid-19 en toda Cuba
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Una evacuación de amor.

Como Nélida y Maceira… ¿Cuántos?

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

Más que acostarse, Caridad González Nelson había decidido tirarse –así con todo su peso- encima del canapé donde, durante la noche y madrugada, habían alternado reposo y sueño la pareja de ancianos que forman Nélida Cepero y José Maceira: sentados a esa hora, media mañana, como dos tortolitos en sendas sillas, a la espera de una merienda que siempre es bienvenida.

Excepto por el color de la piel (canela en el caso de Caridad, pero nada determinante en medio del riquísimo mestizaje cubano), pareciera que forman un trío sanguíneamente familiar. Sin embargo no es así; son simple y maravillosamente amigos. Amigos de los de verdad.

A simple vista, y tratándose de un cálido local en la Escuela Secundaria Básica Urbana René Ramos, de Ciego de Ávila, devenida rápidamente centro para proteger a la población vulnerable ante el paso de la tormenta tropical Elsa, pareciera, también, que los tres fueron evacuados de sus respectivas viviendas… Sí y no.

Una evacuación de amor.

En las aulas, los evacuados tuvieron televisión para mantenerse informados.

— ¿Cómo es eso?

“Yo no fui evacuada como tal –responde Caridad, con una expresión de bondad a la medida justa de su nombre en pleno rostro. Vine para acá a acompañarlos a ellos, a atenderlos en este difícil momento.”

En silencio, atenta a cada palabra, Nélida mueve afirmativamente la cabeza, mientras, entre el ala de un sombrerito blanco y la mucho más blanca aún y tupida barba, Maceira observa con esa apariencia increíble a lo que nunca fue: pescador o hermano del mismísimo Ernest Hemingway.

Con más fobia al lente que a la más gruesa aguja a punta de jeringuilla, Caridad se niega rotundamente a quedar dentro del fotograma cuando una de las maestras de la escuela y el director Pablo Chacón Ortíz se disponen a poner en manos del par de ancianos la merienda.

Es obvio que, por razones de humildad y de temperamento, la buena mujer no busca protagonismo de ningún tipo. Solo que ese no va a bordo de una imagen fotográfica. Se lleva dentro, se expresa en actitudes y formas de comportamiento como las que ella adoptó desde que, sin que nadie se lo pidiera, le pasó seguro a su casita, tomó a ambos ancianos de la mano y les sumó un montón de ternura a los 94 años de Maceira y a los 90 que en breve cumplirá Nélida.

LA ESCOBA EMBRUJADA

Una evacuación de amor.

Nadie le pidió a Ana que cooperara de ese modo. Fue su manera de agradecer la atención recibida.

Desde arriba, en la segunda planta, una mujer insiste en ver “al director o a alguno de los compañeros que están al frente de la escuela”. Obsérvese que, como otras personas concentradas allí, no habla del “centro de evacuación”, sino de la escuela. ¿Será que el torbellino de ese difícil momento le trae a la superficie remembranzas de pretérita escolaridad?

A esa hora, muy bien pudiera tratarse de una preocupación, queja o sugerencia con respecto a la atención o al servicio que, en la medida de lo posible, les ofrecen una decena de trabajadores del centro escolar al casi centenar de ciudadanos que permanecen allí, incluidos 13 niños.

Pero no. Ana Castilla Gómez no pretende quejarse por falta de esa litera o del colchón que no pueden haber allí, porque no se trata de un centro interno. Tampoco pretende expresar inconformidad acerca de la alimentación pues la víspera todo el mundo recibió merienda vespertina, comida, merienda nocturna y desayuno al amanecer, incluida leche para todos los niños…

Una evacuación de amor.

Aquí tampoco hubo dificultades con la alimentación de los evacuados.

— ¿Molestias por parte de otros evacuados?

“No mijo, no… si aquí todos nos conocemos, nos llevamos como una sola familia y cooperamos en todo lo que nos explicaron al pie de la letra cuando llegamos: que debemos mantener la disciplina, evitar movimientos innecesarios por los pasillos, controlar a los niños, usar de forma permanente el nasobuco, tener distanciamiento y estar quietos en base para no darle ni un filito así a la Covid. La cosa está mala, muy mala…”

— ¿Entonces?

“Na´, lo que yo quiero es una colchita de trapear. Sí, una colchita. Ya me encontré una escoba, un cubo y un haragán; he estado sacando agua del pasillo, dejó de lloviznar y lo único que necesito es una colcha para que ustedes vean cómo va a quedar esto cuando nos vayamos de aquí.”

La miro y no puedo evitar una sonrisa, un par de –quizás protocolarmente violatorias- palmaditas en el hombro y la frase que me llevó, primero para mí solito y ahora para compartirla con ustedes:

¡Ay Cuba, caramba, qué linda eres y qué linda es hasta tu gente más humilde, cuando más feo parece tornarse el horizonte!

Una evacuación de amor.

Esta joven madre encontró alternativas para lavar y tender la ropa de su bebita.

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Pastor Batista

 
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