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Publicado el 18 Septiembre, 2021 por Pastor Batista en Nacionales
 
 

La princesa inmunizada

Y no dijo ni ¡ay! Quizás sabía, como nadie, que aquel pinchacito en el brazo la convertiría en una niña mucho más fuerte, saludable y soberana
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La princesa inmunizada

Momento del pinchazo.

Texto y fotos PASTOR BATISTA VALDÉS

La tercera edad tiene enormes encantos. Se lo digo yo que estoy metiéndole el pecho y la cabeza. Pero hay que prepararse para ella. Sobre todo para que la memoria o la fascinación no terminen cometiendo contigo olvidos u omisiones en los que nunca incurriste.

Me sucedió hace apenas unas horas al ver aquel enjambre de niñas y niños, muy pequeños, en brazos o de la mano de mamá, papá, abuela o abuelo, frente al círculo infantil Cloroberto Echemendía, de Ciego de Ávila.

“Venimos a vacunar a nuestros hijos” –me dice la joven madre a quién acabo de hacerle la pregunta…por simple curiosidad.

Y a esa hora pongo a hibernar el disco duro y mando a la papelera de reciclaje lo que pretendía hacer, al quedar totalmente alelado, viendo personitas en miniatura, con todos los colores escogidos por la naturaleza para la piel humana, rostros pecosos con jeta de picardía, caras redondas como una luna llena o estilizadas como esa misma luna sonriendo en cuarto creciente; cabellos de todas las texturas, peinados y despeinados, con gorras, cintas, lazos; pitusas con apenas una cuarta de dimensión, batas de princesas, shorts, pulóveres, camisetas… En fin, un verdadero arcoíris como para chuparse los dedos y la pupila.

Todo bien. Todo muy bien durante la consignación de los datos, el asentamiento en registro, el proceso de auscultación, hasta que…

—Humm, ¿y esa aguja para qué es?

—Para ponerte una vacunita, mi amor; así, tan chiquitica, chiquitica que ni te va a doler, tú verás.

Y en efecto, el niño cuyo nombre olvido anotar (porque solo estoy mirando hipnotizado, no trabajando) sonríe, pone su bracito, no sin fruncir un tin el ceño aguanta el puyazo y termina diciendo: ¿Viste mamita, no lloré?

— ¿Y por qué no conversamos primero un poquito?  -le pide casi en una súplica la niña a la enfermera, quien sonriendo por la simpática ocurrencia complace a la pequeña y le transfunde tal seguridad que apenas sentirá algo así como “una picadita de mosquito loco” mientras la fina aguja perfora la piel.

Pero quien me noquea sin la menor piedad es una princesa con tiara de reina absoluta.

La princesa inmunizada.

Entonces el equipo de comunicación del Gobierno le puso corazón y un par de alas muy blancas a nuestra princesa.

Sentada en las piernas de su mamá, observa con interés cómo la enfermera prepara la dosis. Muy cerca, un chinito con pelos de punta interpreta “tremenda canción protesta”, convertido en un verdadero jubo, tratando de esquivar el pinchazo.

Nuestra princesa, sin embargo, posa su angelical mirada en la mujer vestida de blanco. Y, cándidos, sus ojillos se encargan de transmitir la sonrisa que nasobuco y careta tal vez creen ocultarle al mundo.

— ¡Ya! –es todo cuanto dice, con voz triunfal, apenas la sanitaria se incorpora “con la misión cumplida”.

Debo aclarar que, en una suerte de robot, ya a esa altura yo había desenfundado mi cámara para llevar a algún cálido lugar de su interior no solo el instante del pinchazo, sin una lágrima o expresión de miedo, sino también el simpático modo en que ahora la princesa mira a la enfermera, después a mí y con un gesto triunfante del dedo pulgar resume, satisfecha, el discurso que a veces ni a los adultos se nos ocurre articular.

Un rato después, miembros del equipo de comunicación del Gobierno en la provincia me ofrecerían, en broma, “cualquier suma” por la simpática imagen, para promover la campaña de vacunación.

—Ahí la tienen –les comento-; así son de bellas la ingenuidad y la infancia.

Todo bien, todo muy bien, pero… ¡Ohh, divino paso a la tercera edad! –termino diciéndome a mí mismo. ¿Cómo es posible que, dejado llevar por la emoción, no se me haya ocurrido preguntar el nombre de la niña.

Tampoco es imprescindible. Ahí está. Disfrútenla, con esa tiara de princesa que la multiplica en miles de rostros infantiles, desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí.

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Pastor Batista

 
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