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Publicado el 29 Septiembre, 2021 por Claudia Ramón Rodríguez en Nacionales
 
 

La solidaridad no se aísla

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La solidaridad no se aísla

Alejandro Valdés (izquierda), con sus compañeras voluntarias en la Universidad Agraria de La Habana. (Foto Cortesía del entrevistado).

Por CLAUDIA RAMÓN RODRÍGUEZ

Conocí a Alejandro en el grupo La Manigua en la red social Telegram. Ya sabía del humanismo y sensibilidad de ese colectivo virtual por sus mensajes, pero realmente lo comprobé ante el llamado a una donación de sangre a la cual varios acudimos sin pensarlo dos veces.

Allí me encontré a Ale por segunda vez, dispuesto siempre a brindar su ayuda. Ese día no solo donó su sangre, también aportó productos de aseo para uno de los hogares de niños sin amparo familiar en La Habana.

Cuando alguien preguntó en el grupo por disposición de voluntarios para el centro habilitado para tratamiento a la covid-19, en la Universidad Agraria de La Habana, su respuesta no demoró e inmediatamente dejó las responsabilidades y comodidades hogareñas y se sumó a la batalla contra el virus SARS-CoV-2.

La Zona Roja

“Hacía tiempo tenía pensado irme a un centro de aislamiento, pero no sabía la vía para llegar. En un principio quise ir a Matanzas, cuando la situación allá estaba bien tensa. Contacté con algunas amistades, pero al final no se concretó. Luego me topé con una convocatoria para la Universidad Agraria y vi mi oportunidad”, comenta Alejandro Valdés, en un diálogo vía WhatsApp.

Para él esta ha sido una oportunidad de ser útil en tanto se reanude el turismo y pueda volver a su trabajo en ese sector.

Desde que recesaron sus labores, compartir las tareas domésticas y ayudar en todo lo posible a su familia habían sido sus rutinas; a pesar de su aporte en el cuidado de su abuela enferma, estimó que era necesario para la sociedad su vinculación a la contienda que libra Cuba.

“Sentía que no estaba aportando nada, al no estar trabajando, y esa fue mi mayor motivación. En medio de la complejidad que atraviesa el país mi participación, aunque pequeña, genera un bien común, y creo que es la misión de los seres humanos aportar al beneficio colectivo.

“Por supuesto, sentí miedo, aunque uno no lo exteriorice y confiemos en las vacunas para tener mente positiva. Ya cuando estás ahí y ves a personas con síntomas, aunque no graves, palpas más el riesgo. Eso también te lleva a ser muy cuidadoso, yo por ejemplo me desinfectaba con hipoclorito de sodio incluso con los guantes puestos, pues al final de esos días quería volver a mi casa sano y salvo; en lugar de ser un paciente y provocar otro gasto social”.

Ser voluntario

“Aquí los muchachos están entre los 21 y 32 años, todos jóvenes, incluyendo los médicos. Cuando recibimos los edificios -tanto el nuestro como el de los pacientes- no contaban con buenas condiciones de limpieza, pero lo solucionamos. Éramos solo cuatro”.

Aunque en imágenes estos muchachos que apoyan el enfrentamiento al virus se muestren contentos y emocionados, la realidad es que arriesgan la vida y trabajan arduamente. El desinterés y el altruismo son gestos admirables.

Cuando dan ese paso, atrás quedan proyectos personales, familia, amigos. El día entero es en constante ajetreo. Son jornadas intensas a las que se suma otro tiempo más de aislamiento para verificar que no se hayan contagiado.

Desde el amanecer comienzan las acciones, explica Alejandro: botar la basura; repartir desayuno, meriendas, almuerzo y comida; fregar, limpiar… Aun así, en las noches hacen tiempo para ver algo en un televisor que tienen a su disposición o escuchar música; no viene mal un poco de distracción para ayudar con el encierro, la distancia, el peligro y el cansancio.

“Lo bueno es que nos hemos acoplado bien en el grupo, nos hemos organizado a pesar de los inconvenientes, porque esto aquí es como una beca, hay horarios de agua, también afectaciones eléctricas. Pero es hermosa la gratitud de los pacientes y lo contentos que están por nuestras atenciones. Además, contamos con los medios de protección y productos de higiene”, relata Alejandro en uno de sus audios.

La solidaridad no se aísla

Otra imagen tomada por los jóvenes en medio de sus labores en el centro habilitado para tratar la covid-19. (Foto Cortesía del entrevistado).

“Hay cosas muy fuertes, como ver a los niños enfermos, muchos niños; ver a médicos que llevan dos meses aquí sin ir a sus casas… Uno se queda pensando en cuán poco hacemos delante de los que libran esta dura pelea”, afirma.

Alejandro es una entre miles de personas, sobre todo jóvenes, que desinteresadamente han respondido a una necesidad del sistema de salud ante la ola de contagios por covid-19 que azota a Cuba. Estos tiempos difíciles, sin dudas, exponen lo mejor de los sentimientos humanos, afectos necesarios para superar la crisis sanitaria.

“Es gratificante servir de apoyo. Estar allí interactuando con las personas para también animarlos un poco, acompañándolos emocionalmente. Muchos de ellos, habían dado positivo por semanas y llevaban, por tanto, mucho tiempo alejados de sus casas”, cuenta Ale, reconoce además que no todos los pacientes en ocasiones son responsables con su condición de enfermos, y en algún momento les tuvo que señalar violaciones de las medidas sanitarias.

Ser útiles, lo más importante

Detrás de esos trajes cerrados y calurosos hay seres humanos que, en medio de su quehacer, viven la tensión permanente de poder enfermarse. Hay preocupaciones por la familia que quedó en casa, nostalgias, agotamiento. Los días aislados no son cómodos ni para pacientes ni para voluntarios.

Los que hoy en Cuba combaten el virus del SARS-CoV-2 no hablan mucho del miedo y del estrés que están viviendo hace más de un año. Una rutina agotadora que nadie previó, sin embargo, nos ha puesto a prueba como especie, haciendo valer esa condición que nos caracteriza como seres vivos, humanos.

“Tampoco podemos decir que es un sacrificio, tenemos comida y cama, y las condiciones para vivir, aunque no sean las mejores, pero es necesario hoy estar aquí. Cuando uno experimenta algo así, se la transmite a todo el que conoce, para que se cuiden más, para que no violen ninguna medida y no haya más contagios y poder cortar la transmisión”, enfatiza.

“Al principio me sentía muy cansado y creí que no podría con otro periodo allí. Ya después cuando física y psíquicamente te adaptas y te esfuerzas por hacerlo bien esa sensación pasa. Están también las relaciones que se crean, nuevas amistades, compartimos conocimientos incluso de agronomía.

“Es toda una experiencia social y práctica, por un bien mayor, una causa común para toda Cuba que es necesaria”, concluye Ale.  Y afirma que estará presto para cuando y donde precisen su ayuda, para seguir conteniendo a la covid-19.

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Claudia Ramón Rodríguez

 
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