Niños de ayer… por su mañana
Foto. / Pastor Batista
Niños de ayer… por su mañana
Foto. / Pastor Batista

Niños de ayer… por su mañana

Veinte años atrás, ante un código como el que Cuba someterá a consideración popular este 25 de septiembre, estoy absolutamente convencido de que el viejo Marrero (jubilado por entonces de las Fuerzas Armadas Revolucionarias); el almacenero Leyva, el chofe de ómnibus Benicio; la maestra Dilvia y todos los adultos del edificio 72, en el reparto Buena Vista, de Las Tunas, habrían acudido a las urnas para plasmar un rotundo y convencido Sí, sobre todo por el futuro de esos niños que aparecen en la foto.

El tiempo, indetenible, ha transcurrido. Vecinos como Marrero, Flora y el viejito José ya no viven. Y de la pequeña estatura de esos mismos niños no quedan más que fotos para el recuerdo, porque hoy son hombres y mujeres, algunos con descendencia ya.

Esa es la vida.

Lo curioso es que, seguro estoy, la simpática Adriana (única hembrita que aparece en la instantánea), David, Cesarito y todos los demás, irán este 25 de septiembre a plasmar su voto, no solo por ellos mismos (que aún tienen todo un mundo por delante), o por la infancia que tuvieron, sino también por el futuro de los niños que ya tienen o tendrán, por los nietos que la vida les dará y por todos los descendientes que vengan.

Lo harán para reafirmar gratitud por el modo en que fueron criados y educados en el seno de sus familias, pero también para reafirmar que no cometerán con sus hijos los errores, imposiciones, arbitrariedades o descuidos de que en algún momento pudieron ser víctimas por parte de los adultos.

Pienso que, si han leído el texto del Proyecto de Código, voten para que el castigo no ocupe, jamás, el lugar que deben llenar las formas verdaderamente educativas bajo cualquier techo hogareño, sustentadas en el amor, la comprensión, la comunicación sin cerrojos, la capacidad de ser escuchados, la posibilidad de opinar… desde pequeños.

Navegando en un verdadero mar de niños (el más cándido, sosegado, profundo y aprehensivo de todos los mares) he encontrado la foto que acompaña a estos apuntes… y he tenido, inevitablemente, que halarla a punta de cordel, hasta la superficie de este día.

Recuerdo que yo llegaba, cámara en mano, al edificio multifamiliar. Esos duendecillos correteaban de un lugar a otro, entre risas y algarabías.

“Tío Pastor, tíranos una foto” -me pidió zalamera Adriana, más con esos encantadores ojos achinaditos que con la voz.

Y no había terminado de articular su petición cuando ya la chiquillada estaba ceñida, como un puñito de ángel, aguardando por “el disparo”.

Lejos estaban de imaginar que muchos años después, más allá de todo código o convencionalismo, el tío Pastor los pondría a la vista del mundo para agradecerles, de antemano, el placer con que van a expresar su soberana voluntad al pie de la misma urna que muchas veces custodiaron, con uniforme rojiblanco y pañoleta al cuello.

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