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Sección En Cuba: mirada crítica a una isla que lucha por su desarrollo y por defender su plena soberanía
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Edición del 23 de julio de 1971.  Edición del 23 de julio de 1971. 
Edición del 23 de julio de 1971. 

LA GENERACIÓN DEL CENTENARIO
Aquella asombrosa organización

Por MARIO MENCÍA

Cuando en la madrugada del 26 de julio de 1953 se escucharon repetidas detonaciones en el cuartel Moncada, de Santiago de Cuba, y en el de la capitanía del ejército en Bayamo, muy pocos pudieron quizás deducir que anunciaban el inicio de la última etapa de un proceso de liberación, comenzado en verdad en La Demajagua desde el año 1868. Aquellos fueron, al mismo tiempo, los primeros disparos efectivos contra la dominación del imperialismo yanqui en nuestro continente, engarzados en la medianía de una lucha más amplia que no terminará sino hasta su completa liquidación a escala mundial.

Esta es la significación más totalizante en que pueden ser enmarcados hoy aquellos sucesos.

Ambos aspectos, sin embargo, solo eran imaginables entonces en tanto que perspectiva de futuro, por lo que -consecuentemente- no es raro que pasasen        inadvertidos en aquel momento.
Nuestro pueblo presenciaba asombrado -eso sí- el nacimiento en su seno de una verdadera vanguardia revolucionaria. La Generación del Centenario irrumpía con las armas en la mano en el acontecer histórico, mediante una acción sin precedentes en nuestra vida republicana.

Más no fue sólo el pueblo el asombrado. Todo el aparato policiaco y represivo de la tiranía quedó sorprendido por los acontecimientos que se desarrollaron aquel domingo 26 de julio.
¿Quiénes eran, de dónde procedían, cómo se armaron, cómo se adiestraron, cómo pudo coordinarse durante meses más de un millar de hombres para tan arriesgada acción armada sin ser descubiertos, sin que se produjeran en sus filas traiciones ni delaciones?, fueron preguntas que todos se plantearon inmediatamente después.

Dieciocho años han pasado (este trabajo fue publicado en el año 1971. NR), y el tiempo ha permitido ya dar respuesta a cada una de esas interrogaciones.

Génesis de “El Movimiento”

“Ahí van los comunistas”, “esos son los comunistas”, cuentan que oyeron decir a su paso algunos de los que participaron en aquel desfile multitudinario hacia el Parque Central de La Habana, el 28 de enero de 1953. La inusual disciplina con que marcharon aquellas compactas escuadras de jóvenes motivó esos comentarios desde las aceras a lo largo del recorrido. Mas, ¿qué factor en verdad catalizaba las voluntades de los hombres que ese día se manifestaron masivamente por primera vez en público, y que seis meses más tarde se inscribirían en nuestra historia como los Asaltantes del Moncada?

La realidad concreta entonces existente en Cuba condicionó el surgimiento de una vanguardia que venía a receptar en su coraje el acervo revolucionario de nuestro pueblo.

Concentraba en su actitud toda la fuerza del odio popular a la opresión, toda la energía acumulada ante tanto escamoteo reformista y entreguista de sus sacrificios y luchas por la libertad y la felicidad; heredaba la dignidad de un pueblo siempre insumiso, y su inagotable capacidad de reacción ante la adversidad, su tradición patriótica y su intransigencia revolucionaria.

Una tarea heroica a cumplir, luchar contra la dictadura y todo lo que esta representaba y sostenía, fue el factor energizante de aquella legión de avanzada.

Nueve meses habían transcurrido desde el cuartelazo que derrocó el último gobierno “democrático” burgués –constitucionalmente elegido- que conocería la República satelizada.

Estrechados miserablemente los gobiernos “auténticos” a una práctica desvergonzada que resultaba la negación de sus orígenes, el madrugonazo batistiano devino entierro final de las esperanzas revolucionarias de la lucha contra Gerardo Machado. De esta manera, los escasos disparos por confusión en las inmediaciones del Palacio Presidencial, la mañana del 10 de marzo de 1952, fueron los últimos contra el cadáver de la Revolución del Treinta.

Una vez más, en la larga historia –que dieciséis años después completaba su primer siglo- el pueblo se veía forzado a enfrentar la tarea de extraer fuerzas a sus frustraciones para iniciar de nuevo la lucha por su liberación.

Mientras en la tramoya politiquera se escenificaba un bochornoso espectáculo de división, sumisión, entrega o miedo, día a día tomaba cuerpo, cada vez más estructurada, una nueva organización, clandestina, orientada hacia la lucha armada y que en nada era similar a los partidos políticos convencionales de esa época en nuestro ámbito: “A un Partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria, joven y de origen popular que salve a Cuba”, había anticipado el periódico mimeografiado El Acusador, distribuido ante la tumba de Eduardo Chibás (fundador del Partido del Pueblo Cubano -Ortodoxo-) el 16 de agosto de 1952, entre los asistentes al acto de recordación con motivo del primer aniversario de su muerte.

“Quien tenga un concepto tradicional de la política podrá sentirse pesimista ante este cuadro de verdades”, también se decía en aquel mensaje: “Para los que tengan, en cambio, fe ciega en las masas, para los que creen en la fuerza irreductible de las grandes ideas, no será motivo de aflojamiento y desaliento la indecisión de los líderes, porque esos vacíos son ocupados bien pronto por los hombres enteros que salen de las filas”.

A principios del año 1953 esos vacíos ya habían comenzado a llenarse. No obstante, fuera de los comprometidos con la organización, nadie conocía que los bloques iniciales de jóvenes que encabezaban el desfile del 28 de enero estaban integrados por los primeros militantes del futuro Partido de la Revolución que en aquellos tiempos únicamente ellos sabían existente, aunque todavía sin un nombre y sin una estructura formal, y al que se referían con el simple apelativo del Movimiento.

Un  Partido para hacer la Revolución

El golpe militar de Batista -con la aquiescencia del gobierno estadounidense ante la inminente posibilidad de un triunfo en las urnas del Partido Ortodoxo- , solo tres meses antes de las elecciones presidenciales, cancelaba de inicio toda perspectiva electoral.

Funerales de Eduardo Chibás.
El Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) concentra las
esperanzas  populares de rectificación, con la figura de
Eduardo Chibás al frente. Su inmolación fue su último
llamado a la conciencia pública. La escena recoge el
instante de la llegada de su cadáver a la Universidad
de La Habana. Fidel está entre los presentes, a la derecha

Quedaba únicamente agotar la vía jurídica. Y esta demostró su total obsolescencia y total supeditación al poder ejecutivo en aquella sociedad, con el engavetamiento indefinido de la denuncia por sedición, traición, rebelión y ataque nocturno hecha por Fidel contra el tirano, ante el Tribunal competente. “Pasaron los días y pasaron los meses. iQué decepción! El acusado no era molestado, se paseaba por la República como un amo, le llamaban honorable señor y general, quitó y puso magistrados, y nada menos que el día de la apertura de los tribunales, se vio al reo sentado en el lugar de honor, entre los augustos y venerables patriarcas de nuestra justicia”, ironizaría Fidel durante el juicio por sucesos del 26 de julio meses después.

Liquidadas las vías electoral y jurídica, quedaba desbrozado el único camino a seguir con dignidad y decoro: la lucha armada revolucionaria. Ya esta decisión imbuía el espíritu de aquellos jóvenes que encabezaban el desfile del 28 de enero de 1953.

Durante todo ese tiempo -de marzo del '52 a enero del '53- se estuvo gestando un hecho de especial significado. Aparente coincidencia temporal, en los precisos instantes de conmemorarse el Centenario del Natalicio de Martí, el Movimiento resultaba históricamente la segunda organización partidaria secreta que se creaba en Cuba con el fin de promover la revolución y utilizando como vía la lucha armada.

Sin olvido de los inconclusos proyectos revolucionarios de Antonio Guiteras, el único antecedente sustancialmente válido por los resultados –en efecto- se remontaba al año 1892 con la estructuración del Partido Revolucionario Cubano de José Martí.

Más adelante, cuando en la instrucción de la causa por los sucesos del 26 de julio de 1953, Fidel señalaba a Martí como autor intelectual de aquellos acontecimientos, esa coincidencia transparentó nítidamente la continuidad histórica entre el Movimiento y el Partido martiano.

Ñico López, Abel Santamaría, Fidel Castro y en el extremo derecho José Luis Tasende
Cuatro de los ocho miembros del comando superior de
dirección del Movimiento aparecen en esta foto, en ocasión
de una de las prácticas militares en un lugar de la provincia
de La Habana: Ñico López, Abel Santamaría, Fidel Castro y,
en el extremo derecho, José Luis Tasende.

El programa de transformaciones económicas y sociales que el Movimiento se proponía poner en práctica tras el triunfo, determinaba una ruptura conceptual con el fatalismo geopolítico y la supeditación de nuestra nación a los dictados imperialistas; la vía para la toma previa del poder infería a su vez la liquidación del concepto de la imposibilidad de un triunfo armado contra el ejército, usual no sólo en nuestro país sino también en las demás repúblicas latinoamericanas, donde se había erigido en axioma el mito de “con el ejército o sin el ejército, pero jamás contra el ejército”.

El plan consistía en promover una insurrección armada popular. Partiendo de las experiencias mambisas, las armas serían tomadas del enemigo para ser entregadas al pueblo. La táctica del asalto por sorpresa al cuartel Moncada conllevaba este fin. La toma del cuartel de Bayamo sería una operación de apoyo a la acción de Santiago de Cuba, con el propósito de cortar las vías de refuerzos militares de la tiranía sobre la capital oriental. Afianzada la insurrección en Oriente se promovería su extensión hacia las demás provincias hasta transformarla en un movimiento armado de todo el pueblo.

Nada quedaba al azar: de fallar estas acciones se continuaría la lucha en las montañas, razón por la que junto a otras consideraciones favorables señalaban la conveniencia de iniciar la revolución en la región oriental.

Fidel Castro y Abel Santamaría, principales jefes del Moviemiento del Centenario
Fidel y Abel, máximos dirigentes del Movimiento,
durante un acto cívico en Santiago de las Vegas.

La determinación del 26 de julio como fecha de inicio –curiosamente- se asentaba en las mismas  consideraciones que condujeron al señalamiento del 24 de febrero de 1895 como comienzo del alzamiento final contra la dominación española: la posibilidad de movimientos desapercibidos por ser día domingo y en celebración de festividades carnavalescas.

No adolecería esta identidad entre el Movimiento y el PRC la deficiencia de todo trasplante mecánico. Tomaba los principios políticos y organizacionales vigentes en las más radicales corrientes revolucionarias de nuestro pasado –en tanto que reiteradas similares motivaciones- ajustándolos a las necesidades del nuevo presente.

El decurso del tiempo, por otra parte, configuraba una distinta realidad social, nacional e internacional, a la que no podía sustraerse una correcta práctica revolucionaria. El libro de Lenin –perteneciente a Abel Santamaría- tomado entre las pertenencias de los moncadistas, y la diáfana metodología leninista de análisis del Estado evidente en la autodefensa de Fidel –“La Historia me absolverá”-, completaban los parámetros ideológicos profundamente arraigado uno (el martiano) y otro en sedimentación (el marxista leninista), con que ese núcleo inicial haría irrupción en la historia.

De esta manera, en primera y última instancia, el contexto económico, político y social del país -como parte de una determinada coyuntura internacional en la que engranaba- había generado el Movimiento y éste, a su vez, “creó una nueva dirección y una nueva organización, que repudiaban el quietismo y el reformismo, que eran combatientes y decididas y que en el propio juicio levantaban un programa con las más importantes demandas de la transformación económico-social y política exigida por la situación de Cuba y que, como consecuencia, rechazaban el plattismo de los viejos dirigentes que fueron dejando atrás, perdiendo influencia en las masas”, según puntualizaría el comandante Raúl Castro, ocho años más tarde.

La Organización

El Movimiento comenzó a estructurarse inmediatamente después que un pequeño grupo de jóvenes ortodoxos, formado entre otros por Abel Santamaría, Jesús Montané, Melba Hernández, Haydée Santamaría, Boris Luis Santa Coloma, Raúl Gómez García y otros, se unieron al joven abogado -también militante del Partido Ortodoxo- Fidel Castro, pocos días después del golpe militar del 10 de marzo, en abril de 1952.

En la medida en que ingresaban en el Movimiento, todos sus miembros quedaban incorporados a una determinada célula, integrada por seis o siete hombres, uno de los cuales fungía como su jefe. Las células estaban perfectamente compartimentadas. Entre ellas no existía contacto alguno, aunque varias formaban un grupo, y así sucesivamente hasta llegar al comando superior del Movimiento.

En la Universidad de La Habana –uno de los diversos sitios donde desarrollan las prácticas de tiro y ejercicios de combate- "nos veíamos ciento y pico de compañeros entre un día y otro -han relatado algunos de los sobrevivientes del grupo de Lawton-, pero jamás se nos ocurrió preguntar el nombre de los demás. No nos preocupábamos por intimar con otras células ni averiguar lo que hacían: estaban prohibidas esas relaciones; y de esa forma, disciplinadamente, funcionábamos y ejecutábamos las labores que nos indicaban”. Estos dos rasgos, la discreción y la disciplina, constituyeron aspectos fundamentales de estricto cumplimiento para todos los miembros del Movimiento.

A lo largo de toda la estructura de la organización era observable la división de funciones. El comando superior de dirección era como un pequeño Estado Mayor; a él pertenecían, dirigidos por Fidel, Abel Santamaría, que era el segundo jefe de el Movimiento; José Luis Tassende, Renato Guitart, Antonio (Ñico) López, Pedro Miret, el doctor Mario Muñoz y Jesús Montané. Cada uno ejecutaba un determinado tipo de función y sólo él conocía los detalles de la tarea que se le encomendaba.

Esta norma también regía la actividad de los miembros de las células. "En una oportunidad -ha referido Reinaldo Benítez- Fidel citó a Israel Tápanes para una misión. En aquel momento yo era jefe de la célula, y ésta es la hora en que todavía no sé lo que conversó con él, porque a pesar de que yo era el responsable, no tenía por qué enterarme: fue una tarea que Fidel le encomendó directamente. Carlos González Tápanes y yo vivíamos en la misma casa de huéspedes. Éramos amigos personales, pertenecíamos a la misma célula, pero jamás nos comunicábamos las cosas cuando no correspondía".

Esta característica fue un factor determinante para la seguridad de la organización. Se mantuvo en todo instante, incluso en las horas previas a la ejecución del plan. Raúl Castro -que dirigiría uno de los operativos- solo supo que la operación se ejecutaría en la provincia de Oriente, cuando junto a otros compañeros le fue entregado el boleto para hacer el viaje por tren, y vio que el destino era Santiago de Cuba.

A excepción de quienes conducían los automóviles, el resto de los participantes ni siquiera supo a dónde se dirigían. Únicamente cuando se distribuyeron las armas en la granja de Siboney, pocos instantes antes de salir para la acción en la misma madrugada del 26 de julio, es que se dio a conocer en qué consistía el plan: hasta ese momento solo fue conocido por algunos de los ochos miembros del comando superior de dirección.

La  Militancia

-Pero diga al Tribunal cómo los convenció -insistía el Fiscal durante el interrogatorio al acusado por los sucesos del 26 de julio de 1953, al tiempo que señalaba al resto de los detenidos en la sala del Tribunal.

-Lo cierto es que no tuve que persuadirlos. Ellos se mostraron ante mí convencidos de que el camino que debíamos tomar era el de las armas; una vez agotados todos los demás caminos posibles, había el peligro de que esta generación se anquilosara y se perdiera. Conociendo cómo pensaban, les expuse mi plan y lo aceptaron. Los conocía a casi todos como militantes del Partido Ortodoxo...

Se escogían los mejores, los que más trabajaban, muchachos honrados, sin maldad en el sentido de ser confiables, de no descubrir el Movimiento. Explicó en cierta oportunidad Gabriel Gil: “Nosotros teníamos un grupo de veintitrés a veinticuatro compañeros. Sus integrantes teníamos que ser los mejores; velar que no fueran gente viciosa, de escándalos, no podíamos estar bebiendo. Existía un sistema de chequeo mutuo; todo el mundo vigilaba a los demás".

"Suspender todo tipo de actividad peligrosa no dispuesta por la dirección del Movimiento; ejecutar en completo secreto las instrucciones; estar dispuesto a hacer lo que fuese necesario, estar pendiente para movilizarse cualquier día, a cualquier hora y en cualquier lugar", explica el hoy capitán Pedro Aguilera, que fueron las normas que puntualizó Fidel en la primera entrevista que tuvo con el grupo de Palma Soriano, encabezado por Oscar Alberto (Nito) Ortega. "Y nuclear muy cuidadosamente nuevos compañeros, gente sana, modesta, decidida: vigilar mucho su origen", agrega.

"Todo el que ingrese en el Movimiento lo hará como soldado de fila. Los méritos o cargos que hubiera tenido en el Partido Ortodoxo no cuentan para nada aquí, la lucha no será fácil y el camino a recorrer largo y espinoso: nosotros vamos a tomar las armas frente al régimen", enfatizó Fidel a los miembros de una fracción de ese Partido, que acababa de incorporarse al Movimiento en septiembre de 1952.

El Movimiento jamás se preocupó por captar ninguna figura de relieve dentro del juego de los partidos políticos. La única excepción fue hecha con otro joven dirigente de gran arraigo popular en las filas de la ortodoxia: Juan Manuel Márquez, por sus probadas condiciones revolucionarias que, con el transcurso del tiempo, lo llevarían a ocupar la segunda responsabilidad en la expedición del Granma.

Días antes del 26 de julio intentó tomarse contacto con él para que participara, pero Juan Manuel se encontraba trabajando en la clandestinidad en la provincia de Matanzas, y no pudo ser localizado.

La extracción social, política y económica modesta, fue un elemento determinante para la selección de los participantes en el Movimiento. Las personalidades con que se obtuvieron peso a peso a los $ 16 480 a que ascendió el total de los gastos básicos efectuados para el 26 de julio (cifra que encierra increíbles gestos de desprendimiento, desinterés y sacrificio aún en las más perentorias necesidades familiares) es una dramática demostración de cómo este aspecto fue cumplido dentro del más estricto rigor.

Por eso, cuando en el juicio el Fiscal preguntó a Fidel si contaba con la ayuda de algún miembro del gobierno para el triunfo de su plan, recibió una respuesta aguda: “Solo contamos con nuestro propio esfuerzo y con la ayuda de todo el pueblo de Cuba, que la habríamos obtenido si hubiéramos podido comunicarnos con él a través de la radio. La posibilidad de que algún personero civil o militar del régimen nos ayudara es totalmente inverosímil”.
-¿Entonces, solamente contaba con el pueblo?
-Sí, con el pueblo; yo creo en el pueblo.

Disciplina, decisión y discreción

A las 5:15 de la madrugada del 26 de julio de 1953, con precisión de minutos y segundos, comenzaron simultáneamente las acciones armadas en Bayamo y Santiago de Cuba. Culminaban así dieciséis meses de ardua preparación caracterizados por una rigurosa disciplina, discreción, responsabilidad, organización y dedicación revolucionaria, que permitieron mantener en absoluto secreto las actividades clandestinas de cerca de dos mil personas entrenadas por el Movimiento durante ese período. La limitada cantidad de pertrechos obtenidos tan trabajosamente impidió que muchos más participasen en las acciones de ese día.

Ñico López.
Ñico López, Melba Hernández, René Reyné
y Raúl Castro, poco tiempo antes del
asalto al cuartel Moncada. Ñico López y
René Reyné, caerían cuatro años después
cuando el desembarco del Granma

La disciplina y la discreción estaban dadas en la propia estructura de la organización, que adoptaba todo tipo de medidas de seguridad. Sólo Renato Guitart residía en Santiago de Cuba, lugar donde se efectuó el ataque principal, y en Bayamo -el segundo punto táctico elegido para las acciones- no vivía ninguno de los combatientes.

Los miembros del Movimiento que participaron ese día en las acciones fueron escogidos muy cuidadosamente. Entre otros aspectos determinantes, tenían que haber pasado una especie de examen de capacitación militar.

El valor y la disposición a entrar en combate en cualquier instante, eran factores determinantes para mantenerse dentro del Movimiento. En distintas ocasiones se hicieron citaciones de alarma para concentrarse en alguno de los apartamentos disponibles. La ausencia a estos llamados o a las prácticas se tomaba en cuenta para desconectar de la organización al infractor.

Los propios militantes se encargaban de vigilar el cumplimiento de las normas de disciplina y discreción aunque la facultad de decidir la separación de cualquiera que las infringiera sólo podía ser ejercida por Fidel y Abel.

“¿De qué forma llegábamos a la Universidad? ¿De aquí estoy porque llegué?" -ha detallado un combatiente de entonces-. "No. Había un sistema especial. Sencillamente se nos citaba -en el caso nuestro siempre estábamos en Prado No. 109, que era uno de los lugares decontacto con Fidel-, nos daban una contraseña, digamos un papel escrito cortado a la mitad, que se completaba con la del portero’ de la Universidad. Se nos decía: ‘Ve a la Universidad y pregunta por fulano (siempre un nombre supuesto, desde luego) y entrega este papel’. Esa era la contraseña”.

Ilustrar con todo el posible anecdotario el elevado concepto de cumplimiento de las reglas de disciplina y discreción por parte de los miembros del Movimiento, resulta -por copioso- prácticamente imposible. Baste señalar que, por ejemplo, los hermanos Pedro y Julio Trigo pertenecían a la organización, pero incorporados por separado a distintas células, ninguno de los dos sabía que el otro también era militante.

"La camaradería, la disciplina y la discreción se ha hecho entre nosotros cosa cotidiana", ha llegado a afirmar uno de los asaltantes que después también vino en el Granma: “En México, por ejemplo, mantuvimos el sistema de no preguntar a dónde se iba ni a qué. Hoy día todo es menos dramático; pero aún así si un compañero nos llama, enseguida estamos donde nos cita, sin preguntar nada, porque ése es el espíritu de disciplina que hemos desarrollado”.

Y de ese espíritu estaban imbuidos aquellos hombres que una madrugada, hace 18 años, con simples "escopetas de matar pájaros... trataron de tomar el cielo por sorpresa", y señalaron con su sangre el camino de nuestra liberación.

De los 152 hombres que participaron en las acciones del 26 de julio de 1953, apenas la mitad pudo presenciar el triunfo de la causa por la que luchó. Sólo 76 sobrevivientes vieron el amanecer del Primero de Enero de 1959. Sesenta y siete entregaron sus vidas -la mayor parte de ellos asesinados- en aquel mes de julio de la gesta inicial.

A partir de entonces, y para los años futuros que se cuentan en la memoria de los pueblos con la magnitud de siempre, fueron ellos el aliento esencial del Movimiento, aquella asombrosa organización. Ellos son los primeros abanderados de nuestra Revolución.

 

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