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Sección En Cuba: mirada crítica a una isla que lucha por su desarrollo y por defender su plena soberanía
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Edición del 17 de julio de 2009

TRAS LOS SUCESOS DEL 26 DE JULIO DE 1953
“La Patria se refugió en mi casa”

Un hogar de Omaja, en Las Tunas, refugió a cuatro asaltantes del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo. Encarnita Lores rememora la tensión y los riesgos de aquellos días

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

Tal vez al soñoliento guardia de turno en la estación de Omaja no le extrañó que, pasada la media noche, aquel muchachón de 23 años volviera raudo sobre el caballo hacia su casa. Quizás tampoco reparó en la sofocación del animal... ¡A cuántos enamorados melosos había visto regresar él en plena madrugada, luego de estar horas puliendo el cuero de taburetes para robar, si acaso, un furtivo beso!

Pero Encarnación Lores sí supo de inmediato que algo grave había sucedido para que Luis Ramón Batista (su hijo mayor) no se quedara a dormir en Saladillo y regresara a todo galope desde la finca de Inocencio Balmaseda, donde trabajaba como empleado. 

-Parece que los denunciaron, mamá. ¿Y ahora qué hacemos; cómo podemos salvarlos?

La respuesta estalló como un rayo en medio de la noche: “¡A caballo, M’ijo, a caballo. Tráelos para aquí sin perder tiempo; no hay otra solución!”

Nunca, como en ese instante, Luisito había sentido el deseo de saltar sobre su madre y llenarla de besos. Al ofrecer su casa para proteger a cuatro hombres perseguidos por la tiranía batistiana tras participar en el asalto al cuartel Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo, el 26 de julio de 1953,  Encarnita firmaba su compromiso con la Patria, pero también su posible sentencia de muerte.

Esbirros en los talones

Con cien años de edad (cumplidos el pasado 25 de marzo –de 2009, N de la R-) y excelente memoria, la anciana evoca aquellas jornadas, cuando Rolando Rodríguez, Raúl Martínez, Ramiro Sánchez y Gerardo Pérez llegaron a la zona, en desafío a la represión desatada por el régimen de Fulgencio Batista, más sediento de sangre aún luego de las acciones armadas del 26 de julio contra sus fortalezas militares en Santiago de Cuba y Bayamo.

Por el relato de su hijo, Encarnita sabía que uno de los asaltantes estaba herido, que primero encontraron refugio en la finca de Balmaseda (tío de Gerardo), y que también recibieron apoyo de Chovi y su hermano: dos trabajadores empleados en las tierras de los Villoch. Pero aun así, crecía el riesgo de que los jóvenes fuesen descubiertos, capturados y asesinados.

“Por eso -afirma la anciana- sentí un gran alivio cuando Luisito llegó a casa con Rolando y Ramiro. Los trajo antes de comida. Recuerdo que, como había una celebración religiosa en el pueblo, los sentó muy normalmente en el portal de la casa, como si nada hubiera ocurrido, para no llamar la atención de nadie.

“Yo estaba muy preocupada; en Omaja había un esbirro que si llega a descubrirnos no sé qué habría hecho con mi familia. Teníamos cuatro hijos: Luisito, Roger, Mirtha y Porfirio. Fueron días muy tensos, de peligro. A veces mi esposo Luis estaba conversando con el juez en el portal y los demás nos manteníamos a la expectativa, con los asaltantes dentro de la casa.

“Luisito los había transformado bastante, pero toda precaución era poca. Hasta les compró sombreros de yarey para que parecieran campesinos. Eso ayudó a evitar sospechas cuando los embarcó en un coche motor hasta Las Tunas. Después irían por guagua hacia donde debían trasladarse. Mi corazón saltaba. El andén de Omaja y la estación de la policía estaban ahí mismitico, muy cerca. Hubo que sacarlos frente a las narices de los guardias.”

Pistola enterrada y fantasma bajo la cama

Encarnita habla de la actitud que adoptó tras los hechos del 26 de julio de 1953.
La Patria necesitó de mi familia y
respondimos”, opina hoy Encarnita

Animada por los recuerdos, la centenaria mujer relata que tres días después Luisito trajo a los otros dos revolucionarios.

“Por suerte la herida de Gerardo no era profunda y pudimos atenderlo en la misma casa. Lo que me preocupaba era su pistola. No sabíamos dónde esconderla. Por fin decidimos enterrarla y poner un hierro encima, para marcar el lugar.

“En general todo salió bien y ambos fueron sacados como los dos compañeros anteriores. ¡Menos mal! Yéndose ellos, apareció el Ejército en la finca de Balmaseda, detuvieron a Inocencio y por poco hasta disparan contra un par de botas que había debajo de una cama, creyendo que se trataba de un hombre escondido allí. Por lo visto, alguien había dado un chivatazo.”

-¿Pero a ustedes...?

Paradero de ferrocarril de Omaja
Desde el vetusto paradero que hubo aquí, partieron
seguros los cuatro revolucionarios

-Nunca nos sucedió nada. Quizás fue porque mucha gente no nos hubiera imaginado en líos de ese tipo. La posición de mi familia no era mala. Teníamos tierras, ganado y carnicerías.

“Pero lo principal fue la discreción que siempre mantuvimos. Meses después vino tres veces a mi casa, desde Manzanillo, un hombre llamado José Ramón Piñeiro; tenía la misión de rescatar la pistola de Gerardo. ¿Acaso sabía yo si era verdad? ¡Pues no sé de qué usted me habla! –le dije-. Y solo devolví el arma cuando se aclaró todo.  Entonces aquel hombre dijo que por esa actitud mía me quería y me admiraba mucho más.”

Placa que recuerda el apoyo dado a los asaltantes
(Placa en pared de madera) Esta placa consigna los hechos en la misma casa que ayer dio refugio a los asaltantes

Toda la verdad acerca de los asaltantes estuvo oculta hasta el triunfo de la Revolución. Ese día Mirtha, la hija de Encarnita, lució orgullosa el collar que Ramiro dejó antes de partir, en gratitud hacia aquella familia, en cuyo seno dos mujeres prepararon brazaletes rojinegros, notas que deslizaban bajo las puertas en la noche incitando a la desobediencia contra el régimen, banderas cubanas para festejar la victoria y toda la ternura del mundo hacia aquel joven brigadista habanero a quien también acogieron en casa, como a un verdadero hijo, mientras alfabetizaba en la zona… 

Corazón en un libro y dos jabones

Julio de 1981. Han transcurrido 28 años desde que 25 jóvenes asaltaron el cuartel Carlos Manuel de Céspedes y una cifra superior arremetió contra el búnker de la muerte en el Moncada santiaguero.

Entre quienes llegan a Las Tunas, en aquella fecha sede central de la efeméride, está un hombre que agradece su existencia a una familia del territorio. No quiere irse de la provincia sin revivir aquel abrazo mudo, del año 53, entre la también muda madera de la casita situada en la entonces calle Prado (hoy Camilo Cienfuegos) # 105, de Omaja.

El sueño deviene realidad. Delante tiene a Encarnita y a su hijo Luis. Hablan, recuerdan, vuelan sobre el tiempo. Antes de despedirse quiere regalarles algo. Entonces toma un ejemplar del libro Artemisa: uno de sus mártires, lo dedica y se los da. Luego, junto a otro asaltante, Carlos Lazo les entrega a madre e hijo dos pequeños jabones que la empleada del hotel había puesto en la habitación.

Los jaboncitos que guarda Encarnita son regalo de dos asaltantes.
(Encarnita muestra jabones)
La anciana conserva con ternura los
dos jaboncitos regalados por Ramiro y
otro asaltante en 1981.

Mayo de 2009. Han pasado otra vez casi 28 años y Encarnación Lores conserva aquel obsequio que nunca quiso usar, ni siquiera en los más aciagos días de la década de 1990. “Para mí –enfatiza- estos jaboncitos tienen un inmenso valor humano y patriótico.”

Quizás el tiempo les ha exhalado toda fragancia. Pero la anciana atesora lo que nadie puede volatilizar en ellos: un fino hálito de vida, pedazos de historia y la sensibilidad con que Ramiro escribió sobre el libro esa dedicatoria que ella puede memorizar íntegramente:

A casi 28 años de aquel encuentro donde usted me tendió su mano amiga, con el desinterés y los riesgos que ello conllevaba, tengo y tendré hacia usted, Luis Batista Lores y su señora madre Encarnación Lores, el más profundo agradecimiento, a sabiendas de que lo hubieran hecho con cualquiera de los otros combatientes de la generación del centenario que aquel 26-7-53 tuvimos la oportunidad de aportar a la independencia definitiva de la Patria nuestro pequeño esfuerzo.

Ustedes son ejemplo de la fe que Fidel ha tenido en nuestro pueblo y en especial en este pueblo oriental.
Con mi mayor respeto.
Ramiro Sánchez.