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Publicado el 13 Enero, 2015 por Heriberto Rosabal en Opinión
 
 

Matar un gorrión

Heriberto Rosabal

Heriberto Rosabal

Ojalá fueran recuerdos del aburrimiento, pero no son. Ojalá fueran cosas que nunca sucedieron, pero tampoco son. Dicen que uno es lo que ha dicho y hecho en su vida, y lo que la mirada atrás de vez en cuando le recuerda, para bien o para mal. Y lo hecho, hecho está, dicen también.

Todo eso lo rumio, lo pienso y vuelvo a pensar, detenido un instante en el tiempo bajo aquellos frondosos árboles que creo ya no existen, porque los talaron, en la calle 29 del Vedado, casi esquina a F, cerca de la cafetería y la farmacia que sí existen todavía, aunque cambiadas y no para mejor, sobre todo la primera.

Es mil novecientos sesenta y algo, casi setenta. Tengo más de cinco años y menos de 10. Llevo pantalones cortos; zapatos de correr, trepar y patear latas; y una camisita corriente. No soy “malo”. Solo un niño que, niño al fin, juega y juega. Un poco mataperros, aunque bueno en lo fundamental, comparado con otros del barrio y de la escuela.

Estoy allí, cerca de aquella esquina y con la estampa descrita, a la que, para completar, falta añadir un tirapiedras entre las manos. La horquetilla de palo en forma de “Y”, con dos ligas de esas de apretar el brazo cuando te van a sacar sangre para análisis en el hospital, cada una amarrada fuertemente por un extremo a cada parte superior de la “Y”, y por el otro a un pedazo de cuero de zapato colegial -que ya nunca más pisará un colegio-, donde se coloca el proyectil, o sea, la piedra.

Antes de seguir la historia diré, y ojala sirva de atenuante, que aquel lugar -donde me veo parado- era el mismo a donde todos los viernes -¿o los sábados?- iba junto con otros muchachos de mi edad a esperar a un hombre mayor que vendía el semanario Pionero (era gratis, pero él lo vendía, en centavos, que entonces sí valían).

Allí íbamos, ansiosos, a probar suerte con aquel tipo gruñón, que temeroso de que lo descubrieran en la ilegalidad a veces nos dejaba sin el “muñequito”, como le decían al Pionero por los dibujos de las historietas, entre las que veo, con los ojos de la memoria, las de Guabay; Naoh (adaptación de la novela Los conquistadores del fuego); Matías Pérez Nobi; Chaparrito; Kombey, el samuray

También traía el periódico infantil juguetes de recortar y armar, pegándolos sobre cartulina con goma de harina de Castilla, hecha en casa, para darles firmeza. Y aunque duraban poco y no eran funcionales, al menos entretenía el trabajo de armarlos.

Pues… el tirapiedras. Yo andaba loco por estrenarlo, por estirar lo más que me diera el brazo y, ¡fuaz!, soltar la piedra como bala y darle… ¿a qué?  A un pájaro. Sí, un pájaro podía ser. Una paloma, de esas rabiches. O un gorrión. Gorriones hay más, montones, por todas partes, volando y posándose cerquita. Pues eso, tirarle a un gorrión. Como Guabay sus flechas a los patos y Naoh sus azagayas a las fieras. Y ser la envidia de los amigos, el héroe, el gran cazador.

Decidido pues el blanco y dispuesta el arma mortal, parado dentro de mis zapatos de correr, trepar y patear, miré hacia arriba, entre la profusión de ramas y hojas de uno de los árboles que hoy ya no están, y acerté a ver un gorrión. Justo encima de mí, ni muy bajo ni muy alto. El pico, el pecho, la cola. La horqueta y la piedra. Las ligas estiradas, estiradas, estiradas. El ojo aguzado, trazando la vertical en el aire, la línea entre el proyectil y el blanco. El disparo…

¿Ha matado usted alguna vez un gorrión? ¿Vio usted alguna vez el avecilla exangüe, muerta, caer ante sus pies infantiles? ¿No? Alégrese. Siéntase tranquilo, feliz de no haber sido un criminal y no tener por tanto que vivir el resto de la vida con esa culpa.

Guabay cazaba aves para comer y Naoh mataba fieras para salvar su vida. Y tú ¿por qué tenías que matar un gorrión?  No era tu alimento, ni amenazaba tu vida. ¿Por qué? La pregunta no se oyó entonces, pero fue parte del asombro, la pena y el miedo por la criatura inútilmente muerta.

La pregunta puedes ponerla ahora en aquel tirapiedras, y aguzando la vista ya no tan buena, con el pulso más firme posible, lanzarla entre las ramas del árbol ausente. A lo mejor aciertas y te cae a los pies la respuesta que todavía buscas.

 

 


Heriberto Rosabal

 
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