0
Publicado el 28 Febrero, 2015 por Heriberto Rosabal en Opinión
 
 

Bañar La Habana

Por HERIBERTO ROSABAL

Hace ya bastante tiempo escribí que ni del cielo ni de China vendrá la solución del problema de la mala -¿pésima?- higiene pública de La Habana.

Basureros desbordados, vertimientos de albañales, tiraderos de escombros; envases vacíos de cristal, plástico, cartón y papel esparcidos por cualquier tramo de calle, parterre, solar yermo o parque; además de baches, derrumbes, despintes y salideros de agua, dan a muchos lugares de la ciudad una imagen decadente, apocalíptica a veces.

Evidentemente, los servicios comunales, su personal, equipos y demás recursos resultan insuficientes para evacuar en su totalidad miles de metros cúbicos de basura que producen cada día los más de dos millones de habitantes de la urbe, y no logran que esta tenga, en todos los lugares, una apariencia limpia y agradable.

Pero asimismo están el comportamiento incivilizado, la depredación, el absurdo afán destructivo, la indisciplina y la desidia de una parte de la ciudadanía -diríase que no son pocos, por el panorama descrito-, que agregan más mugre a la mugre.

Aquí mismo en BOHEMIA, en la sección llamada Puntillazos, son recurrentes las denuncias, a menudo con fotos, de vertederos y otros abandonos y fealdades que sin esfuerzo puede encontrar cualquiera, en cualquier barrio habanero. Basta salir de casa, y a veces ni falta hace salir, pues desde la ventana puede vislumbrarse qué huele tan mal.

Lo peor es que, como dicen, a todo se acostumbra uno. Afirmación que, aunque discutible, parece cierta en este caso. La sensibilidad, la capacidad de reacción y de acción se mellan, casi se extinguen, a fuerza de tropezar todos los días con la misma… mugre.

Prueba de esa merma es que ya no se ven tanto como en años atrás aquellas movilizaciones de los vecinos de la cuadra, del barrio, para chapear, ordenar, pintar, sembrar, barrer; para enderezar lo más posible la imagen del entorno cercano, entre guachipupas, pan con lo que sea y algún trago fuerte, que por algún lado siempre aparece. En no pocos lugares de la capital eso ya casi ni se recuerda.

Por supuesto que con esa sola fórmula u otra parecida de participación popular, ciudadana, no se podría resolver el problema, que a veces requiere buldóceres y camiones, y diariamente precisa la ocupación eficiente de todo un sistema que para eso existe y cuenta con presupuesto, personal especializado, medios técnicos y otros recursos, aunque insuficientes según sus responsables.

Siendo este un problema tan físicamente público, que se materializa en los espacios comunes de la ciudad, todos tenemos que ver con él, de muchas maneras. Así, creo que hay que hacer más partícipe a la ciudadanía de la búsqueda de soluciones, por distintas vías: las comunidades; las entidades estatales y no estatales, incluidos cuentapropistas, arrendatarios y cooperativistas; las organizaciones de masa; los delegados del Poder Popular; las escuelas; el sistema de atención primaria de salud; cuerpos de inspección, autoridades policiales…

Parece muy difícil, pero no debe ser imposible coordinar de alguna manera a todos esos actores en función de mejorar la calidad de vida, que sería el resultado de una Habana más limpia y de mejor apariencia.

Una entidad como Servicios Comunales, digamos, bien puede buscar formas de comunicarse más directamente con la ciudadanía, no de manera uniforme o general, sino selectiva, allí donde más graves sean los problemas y necesarias la comprensión y cooperación del público para resolverlos.

Se dice a menudo La Habana, como un todo, sin pensar en las partes. Y La Habana, capital al fin, es vasta, sobrepoblada y diversa. Sus problemas, incluyendo el de la higiene pública, no son exactamente los mismos en Playa y Plaza de la Revolución que en La Lisa, San Miguel del Padrón o Marianao. Las respuestas tampoco tienen por qué ser únicas o iguales. Al menos, no en todos los sentidos.

Si enfoques como este ya han sido hechos, nadie se ofenda, pero hay que aplicarlos mejor, teniendo en cuenta cómo van las cosas. Lo que hay es que evitar el extremo fatal de la resignación, la aceptación del estado deplorable de la higiene en muchos espacios públicos de la ciudad como un mal sin remedio y hasta justificable, comprensible.


Heriberto Rosabal

 
Heriberto Rosabal