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Publicado el 8 Febrero, 2015 por Victor Manuel González en Opinión
 
 

Leer para andar, y crecer

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Por Víctor Manuel González

Con el clima más apacible de nuestro febrero, llegan los días de una gran fiesta cultural que abre con sus mejores galas en La Habana y las va mostrando después, con acentos locales, en toda la geografía insular. La Feria Internacional del Libro, que arriba este año a su edición 24, se ha ido convirtiendo en algo más que un relevante acontecimiento promotor de la lectura y los creadores literarios y científicos, de encuentro e intercambio entre hacedores de libros y los públicos. Es ya casi un verdadero movimiento motivador y facilitador del ansia y gozo de saber, disfrutar y crear, que acerca y entrelaza culturas diversas. Un multitudinario acto intelectual, artístico, recreativo de amplia proyección cultural e imprescindible sustento comercial.

Con un poco de imaginación podrían asimilarse estas siempre agradables movilizaciones a una suerte de esperado y benigno sismo festivo, entre otros que acontecen en nuestros discretos inviernos –cine, teatro, música, danza, artes plásticas, congresos de pedagogía, celebración de las ciencias, homenajes martianos…–, con igualmente bien recibidas réplicas nacionales, territoriales e institucionales en diferentes lugares y fechas del almanaque. Y que pese a limitaciones propias del contexto económico –incluidas las derivadas de la búsqueda de sostenibilidad–, logra impactar de algún modo a las diferentes generaciones que conviven en cada familia cubana. A quienes masivamente participan del relevante acto cultural directamente en los escenarios feriales, o dialogan con textos, imágenes y autores, cercanos y foráneos, ante pantallas audiovisuales, ondas radiales, prensa escrita y medios digitales. Aunque nunca faltan indiferentes, en realidad son pocos los ajenos al positivo influjo.

No es casualidad que la sistemática promoción de la lectura sea uno de los propósitos -bien articulados en planes y acciones- inscritos en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución –en este caso el número 163–, y que se le incluya entre los sostenidos esfuerzos por continuar fomentando la defensa de la identidad, la conservación del patrimonio, la creación artística y literaria, la capacidad para apreciar el arte, el enriquecimiento de la vida cultural y el trabajo comunitario, “como vías para satisfacer las necesidades espirituales y fortalecer valores sociales”.

De nuestro inagotable José Martí aprendimos también que leer nutre, que es una manera de saber andar, y de crecer; que al hacerlo se ha de horadar, como al escribir, para ascender, y que la “lectura estimula, enciende, aviva, y es como soplo de aire fresco sobre la hoguera resguardada, que se lleva las cenizas, y deja al aire el fuego. Se lee lo grande, y si se es capaz de lo grandioso, se queda en mayor capacidad de ser grande. Se lee o ve una obra notable y se siente un noble gozo, como si se fuera el autor de ella. Menos mortificante es culpar de inentendible lo que se lee, que confesar nuestra incapacidad para entenderlo. […] leer es trabajar”.

Y qué decir de los libros, esos maravillosos tesoros que en el alumbramiento fundacional del pensamiento y los saberes se anticipaban en miméticos dibujos o con balbuceantes caracteres en las piedras, y que mucho después fueron manuscritos, o más tarde ya masivamente multiplicables desde la revolución de la imprenta, y que más allá de lo que ahora podemos imaginar se van expandiendo y haciéndose cada vez más accesibles también en los vertiginosos medios digitales… De ellos, entre no pocas poéticas y aleccionadoras imágenes, escribió el Maestro de Fidel y de todos los cubanos, para cualquier tiempo y soportes posibles: “Los libros consuelan, calman, preparan, enriquecen y redimen”.

Tampoco olvidemos nunca que, en los albores del triunfo popular definitivo de Enero –y vamos ya para 57 años, también peleando, desde entonces–, Fidel inició su permanente exhortación, no a creer, sino a leer. Nos casaron con la mentira, decía, y debíamos aprender a buscar la verdad para asumirla a cualquier precio.

La alfabetización llevó la luz del saber a cada olvidado rincón. La Revolución agredida y bloqueada se erigió en bastión moral defendido por libros, saberes, ciencia, cultura, conciencia. La duda permanente nos hizo y nos hará crecer. El conocimiento nos ilumina el camino correcto cuando emprendemos una nueva etapa; aunque, como también dijo el Comandante en Jefe desde aquellos comienzos, tal vez en lo adelante todo sea más difícil. Como entonces, valdrá la pena seguir descubriendo verdades, avanzando, y creciendo.

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Victor Manuel González

 
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