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Publicado el 18 Febrero, 2015 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

COSAS DE HOY

Si de existir se trata

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Más que sombrío deviene el futuro para el sistema universalizado cuando el vicepresidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Stanley Fischers, funcionario aúlico que no “trasnochado” izquierdista, se atrevió a romper un tácito pacto de silencio al reconocer que “cada año hemos tenido que explicar a mitad de ejercicio cómo el crecimiento global ha sido menor del previsto sólo seis meses atrás.

Estos decepcionantes indicadores no solo han llevado a una revisión a la baja de las previsiones de crecimiento a corto plazo, sino también a una reevaluación general del crecimiento a largo plazo”.

Sin duda, la situación precisa mostrar motu proprio lo que al fin y al cabo resulta inocultable: en EE.UU., la llevada y traída recuperación sigue siendo débil, en gran medida como consecuencia de la contracción provocada por la crisis, la lenta convalecencia del mercado inmobiliario y el déficit de inversión genuinamente productiva. Según Robert Reich, secretario de Trabajo en la administración de Clinton, el ingreso familiar promedio registra hoy un constreñimiento del seis por ciento en relación con los niveles anteriores a la crisis de 2008. La actual tasa de participación laboral es la más menguada desde 1978.

Los datos oreados en público por Ricardo Aroskind (Página 12) son proverbialmente gráficos: “De los deudores hipotecarios, el 37 por ciento debe más por sus casas de lo que éstas valen. El 15 por ciento de la población está bajo la línea de pobreza, y el 24 por ciento de los niños norteamericanos se ubica por debajo de esa misma línea.

Diversos medios señalan que buena parte del crecimiento reciente de la economía norteamericana ha sido apropiado por un sector extremadamente reducido de la población. Según el periódico conservador Financial Times, las clases medias están ausentes de la recuperación…”.

Y si las cosas quedaran ahí, estaríamos en papel de augures sin causa. Pero como ha señalado un colega, seis años después del sismo financiero que arrastró al planeta al borde del desastre, parpadean aún con insistencia las luces rojas de advertencia para la economía mundial. Bástenos mirar someramente hacia Europa Occidental y Japón.

Con una tasa de desempleo del 11,5 por ciento, la primera está experimentando el “eco de la Gran Depresión”. La nación asiática ha entrado en su cuarta recesión en el período. Entretanto, la directora del FMI, Christine Lagarde, ha alertado de que en el viejo continente campean altas tasas de desempleo y deudas, muchas deudas. La de Grecia “duplica el valor del Producto Interno Bruto, con 174,9 por ciento; Italia, 132,6; Portugal, 129; Bélgica, 101,5; España, 92,1; y Francia, 92,2.

No en vano, acota Aroskind, “a seis años del inicio formal de la crisis, vivimos en un mundo inestable, de fragilidad disimulada. En las recientes semanas de octubre [2014] se vivieron en Nueva York fuertes turbulencias bursátiles, explicadas por supuestos temores de una tercera recesión en la zona europea. Da la impresión de que cualquier ´noticia´ puede ser el detonante de caídas en precios de activos cuyos valores están exageradamente altos”. Porque precisamente así es como se ha “resuelto” la crisis en EE.UU. Inyectando dinero a manos llenas, “consolidando la concentración financiera”.

Concentración que, se sabe, hipoteca de raíz el futuro de la propia formación socioeconómica. No solo avivando las contradicciones internas hasta un paroxismo que podría movilizar, que está movilizando, a las masas populares contra los ajustes neoliberales –paradigmáticas, las calles griegas-, sino porque la Tierra podría estar acercándose a trancos al escenario esbozado en un conocido informe del Instituto de Tecnología de Massachusetts: si las tendencias de crecimiento industrial y de consumo de recursos naturales continúan en los mismos niveles, la humanidad está abocada a un catastrófico colapso económico y ecológico global en el siglo XXI. Y la población podría reducirse drásticamente, a un ritmo de 500 millones de seres por década, a causa del hambre, las enfermedades y la violencia.

Ahora, si el documento, de 1972 -y posteriores revisiones de este-, pronosticaba que la debacle comenzaría entre los años 2015 y 2030, al menos dejaba un resquicio para el optimismo, al reflejar la posibilidad de modificar las tasas de desarrollo y alcanzar una condición de estabilidad del medio, sostenible incluso a largo plazo. El estado de equilibrio planetario deberá ser diseñado de manera que las necesidades de cada persona sean satisfechas, y que cada una tenga iguales derechos a realizar su propio potencial.

Pero esto no suena al abc del Sistema. ¿Se avendrán los funcionarios “áulicos” al menos a echar un vistazo al informe? Nos corresponde conminarlos si de existir se trata.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca