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Publicado el 23 Diciembre, 2015 por Luis Toledo Sande en Opinión
 
 

Donde basta con una

“que no deben flotar dos banderas/ donde basta con una: ¡la mía!”
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Luis-Toledo-Sande-21Por Luis Toledo Sande

Hasta en alguna carroza fúnebre del país ya se ha visto puesta, como si fuera un adorno, la bandera de los Estados Unidos. Es parte del desafuero –uso carnavalesco, ha escrito recientemente el autor canadiense Arnold August en una de sus defensas de Cuba– que antes del 17 de diciembre de 2014, en esta misma revista, el autor del presente artículo trató en ¿Banderas nada más? ¿Banderas nada más?

Dicha insignia ya se veía en vestuarios y otros artículos de uso personal, y en algunos vehículos privados, pero no primaba entonces: en la estela de los Juegos Olímpicos de Londres aún pululaba la británica. Tras la fecha mencionada empezó a proliferar hasta en cabinas de vehículos de administración estatal. A propósito de la carroza fúnebre aludida al inicio de este artículo lo apuntó el autor en Más sobre banderas, otro texto de BOHEMIA.

En Porque si está la bandera…, centrado en ese asunto –y que, dado en Cubarte, pronto reprodujeron Cubadebate y otras publicaciones–, dio cuenta del pabellón de los Estados Unidos puesto en la cabina de una furgoneta marcada con el logotipo de Cubarte. Aunque ni allí sabían por qué, pues no era propiedad suya.

En La Habana, el autor ha captado imágenes semejantes en otros vehículos: el ómnibus Yutong número 5224, que circulaba en la línea P-1, y el camión 022 de la Empresa Comercializadora y Distribuidora de Medicamentos. Sin tiempo para tomar fotos, vio esa bandera en la cabina de un automóvil identificado como del organismo central del Ministerio de Salud Pública.

Ese es un muestreo aleatorio, hecho a disgusto. Una búsqueda atenta pudiera registrar quién sabe cuántos casos. Pero, aunque solo existieran aquellos –citados para probar que no se habla de un escenario imaginado–, sobrarían motivos para reflexionar. Los vehículos públicos, de administración estatal, no son propiedad de los funcionarios a quienes estén asignados, ni de los choferes.

Ni unos ni otros están facultados para sustituir a las instituciones respectivas ni a sus dirigentes, ni a las organizaciones políticas y de masas, en el cuidado de los medios sociales, ni en la lucha ideológica, responsabilidades indelegables. Aun cuando no estuviera vigente –y lo está– el bloqueo que tanto daño le ha hecho a la nación cubana, el imperio sigue siendo esencialmente el mismo.

Ahí está el desacato con que año tras año desconoce la rotunda y creciente condena que ese bloqueo recibe en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Está asimismo, entre otros hechos conocidos, la agresividad con que propicia guerras, o las desata, para dominar a otros países y adueñarse de sus recursos naturales.

Combinado con acciones terroristas, el bloqueo ha sido un arma para tratar de revertir la Revolución Cubana y volver a hundir al país en la dominación que sufrió de 1898 a 1958. El cambio de táctica anunciado –aún lejos de consumarse si de levantar el bloqueo se trata– lo enfila el imperio explícitamente a conseguir todo lo que no ha logrado con el cerco económico, financiero y comercial impuesto a Cuba. Sus fines los ha frustrado la resistencia de la mayoría de un pueblo que afirmó en Girón su patriotismo revolucionario, ya con un proyecto socialista.

El avispero neoliberal, proimperialista, se agita contra quienes enarbolan los valores de la dignidad nacional, y echa mano a cualquier pretexto –incluida, como si de veras le interesara, la dificultad para adquirir banderas de Cuba en el mercado nacional– en el afán de justificar la invasión de la patria de José Martí por el pendón –¿y no más?– de los Estados Unidos.

Vista como de un pueblo –otro juicio al que echa mano el avispero–, esa bandera debe respetarse. Pero eso no borraría hechos rotundos: no es nuestra, y sus estrellas encarnan la historia del exterminio de poblaciones originarias de la América del Norte, y otros saqueos territoriales dentro y fuera de ese continente.

No se favorezca la desmemoria promovida por la globalización en su flanco más imperialista y, por tanto, contrario al internacionalismo emancipador. Ante ese agresivo flanco será siempre digno repetir con el Bonificacio Byrne que, en el Morro, vio aquella enseña izada por los interventores imperialistas junto a la cubana: “que no deben flotar dos banderas/ donde basta con una: ¡la mía!”.

Esa cita alcanza pleno sentido cuando también se está dispuesto a repetir consecuentemente, como Camilo Cienfuegos, otros versos del mismo poema: “Si deshecha en menudos pedazos/ llega a ser mi bandera algún día…/ ¡nuestros muertos alzando los brazos/ la sabrán defender todavía…”.

 

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