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Publicado el 10 Junio, 2016 por Redacción Digital en Opinión
 
 

La prosperidad en el punto de mira

 

dario-machado-lapupilainsomnePor DARÍO MACHADO RODRÍGUEZ*

Los cubanos estamos discutiendo importantes documentos aprobados en el VII Congreso del Partido que tienen que ver con nuestro presente y nuestro futuro, y de los que se desprende una agenda de temas de real importancia nacional, ajena a falsos dilemas que solo nos conducirían a la pérdida de energía y de tiempo, y a la confusión. Uno de los asuntos relevantes tiene que ver con el concepto de prosperidad.

En el escrito Maestros ambulantes, Martí vinculaba la prosperidad con el humanismo y la cultura: “Ser bueno –escribió– es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

El humanismo de José Martí no era una abstracción, una utopía, era de carne y hueso. En su ideario, cultura, humanismo y prosperidad van de la mano.

Pero no hay una única percepción de prosperidad como tampoco la idea de prosperidad puede significar quererlo todo. De ahí que sea imprescindible valorar lo que tenemos, lo que necesitamos y lo que queremos.

Los documentos aprobados en el VII Congreso del Partido para su análisis por los militantes y la ciudadanía, en general, se refieren a la prosperidad sin pretender una única e imposible definición. Si abogamos por la prosperidad es porque hay que alcanzarla, hay que realizarla, hay que trabajar para lograrla y mantenerla. Pero cabe también preguntarse en qué podemos afirmar que la nuestra hoy es una sociedad próspera. Nuestros índices de salud, la seguridad ciudadana, la educación para todos, la protección de la niñez, por ejemplo, son señales claras de prosperidad.

Cuando se dice que una sociedad es próspera, significa que en ella hay bienestar. Y eso nos lleva de inmediato a nuevas preguntas: ¿Puede hablarse de prosperidad sin tener en cuenta las consecuencias del mismo desarrollo que la procura? Es que se puede ser próspero en determinadas direcciones y estar perdiendo terreno en otras. De ahí que sea importante tener una idea de los contornos de la prosperidad, que se refieren a los límites compartidos, a los objetivos y valores que deben definirla. Hablar seriamente de prosperidad en Cuba es hablar de eso, de lo que podemos y debemos proponernos desarrollar para que quepan los diferentes ideales de prosperidad que unos y otros tienen dentro de un ideal socialista compartido.

Hay quien ve la prosperidad exclusivamente vinculada al bienestar material. Hay quien piensa que para ser prósperos tenemos que parecernos a los llamados “tigres asiáticos” o vivir como se vive en los países del primer mundo. También está quien identifica la prosperidad con el incremento del PIB y también hay quien la ve solo como la existencia de tiendas llenas de productos. Y hay quien está convencido de que ser prósperos es tener lo necesario para vivir dignamente, ser saludables, crecer culturalmente, compartir el bienestar, satisfacer las necesidades materiales y espirituales a tono con nuestras realidades, aspiraciones y costumbres.

Y ciertamente, Cuba para ser próspera necesita poner sobre sus propios pies la economía y necesita crecer y no solo para responder a necesidades hoy insatisfechas, sino también para evitar que crezca la pobreza y superar la que hoy existe. Pero precisamente para proteger nuestra prosperidad el paradigma que la resuma debe parecerse a nuestra idiosincrasia, a nuestra cultura, a nuestros valores de justicia social, solidaridad y responsabilidad por el futuro. Necesitamos una economía mejor para un país mejor.

Prosperidad y relaciones mercantiles

Las condiciones estructurales de nuestra economía y nuestra propia psicología social en la que predomina la aceptación universal del intercambio de equivalentes entre las personas, hacen imprescindible un mayor espacio a las relaciones mercantiles. Para su desarrollo, el país necesita diferentes formas de propiedad, la inversión de capitales del exterior, mayor inserción en el mercado mundial, mayores relaciones interpersonales con ciudadanos de otros países, que viven en otras realidades, con otros puntos de vista acerca de lo que significa prosperidad.

Pero la ampliación de las relaciones mercantiles no significan solamente una oportunidad, también entrañan un desafío: el de mantener al mercado subordinado a los intereses de la sociedad y no a la inversa.

Una comprensión clara, fundada en valores compartidos, acerca del marco socioeconómico en el que puedan caber dentro de límites razonables las diferentes visiones de prosperidad, un compromiso de la ciudadanía con un ideal compartido del significado social de ser próspero en Cuba socialista, junto con una educación que selle el compromiso no solo con el presente, sino con el futuro, es lo que ─de últimas– nos permitirá mantener a raya al mercado.

La prosperidad ahora y en el futuro en la sociedad cubana de orientación socialista implica alcanzar un desarrollo económico basado en nuestros propios esfuerzos, en nuestra laboriosidad y creatividad, signado por la cooperación, que asegure la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales, pero no a cualquier precio, esto es, sin poner en peligro los valores humanistas cultivados en Cuba por más de medio siglo; un desarrollo productivo amigable con la naturaleza y el medioambiente, y sin dejar de hacer una labor educativa permanente en el cultivo del humanismo, el civismo y la solidaridad.

Bienestar, desarrollo, progreso, prosperidad, fundados en el humanismo socialista de la Revolución Cubana es el muro infranqueable del alma nacional, adonde no podrá entrar el mercado.

Y ese es el desafío.

Aportar al debate

De ahí la importancia cardinal y estratégica del debate sobre los documentos fundamentales del VII Congreso, de comprender a fondo la visión integral que procuran y a partir de ello enriquecerlos con nuestras ideas.

Los cambios en curso se hacen para alcanzar la prosperidad, pero no serán un camino fácil. La estrategia de desarrollo social y económico de la sociedad cubana requerirá coyunturalmente de mayores esfuerzos, pero pensar ─aguijoneados por las necesidades urgentes que tiene la sociedad cubana─ que el mercado y no la voluntad consciente y cohesionada de la nación, será lo que salve al país y alcance la prosperidad, sería un grave e irreparable error.

De ahí que la conceptualización del modelo de desarrollo económico y social y las proyecciones hacia el 2030, no se basen en el libre desarrollo y a cualquier precio del mercado, sino en un progreso gradual, sin prisa, pero sin pausa, de las fuerzas productivas, preservando en cada paso los valores socialistas, preservando el predominio de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción de bienes y servicios y demás recursos y propiedades socializados, reservando a la política socialista y a la planificación socialista el papel regulador principal en el metabolismo socioeconómico de nuestra sociedad en la que convivirán formas complementarias de propiedad. Y nada de eso será posible sin una ciudadanía convencida de un camino consensuado para encarar el presente y el futuro.

Cabe aquí preguntarse si un país de escaso desarrollo como Cuba, que ha sido golpeado por más de medio siglo de bloqueo económico, y por el largo y difícil período especial que dejó graves daños en la infraestructura económica, pudiera perseverar en el ideal de una sociedad inclusiva, que proteja a todos y avanzar en procura de la prosperidad en medio de un mundo dominado por el capitalismo neoliberal, si se deja que sea el mercado con sus leyes quien se encargue de todo y si se piensa que ser próspero es simplemente tener más, consumir más.

El desarrollo productivo es uno de los pilares de la prosperidad,  otro es la riqueza cultural. De ahí que nos deba preocupar no solo cómo distribuir lo que se producirá en las nuevas condiciones, sino también cómo se producirá lo que después se distribuya. Es sobre todo en la producción, en la actividad económica donde más se consolidan los valores socialistas.

Será un factor decisivo, aun en medio de necesidades ahora insatisfechas, rechazar el consumismo hedonista, no asumir la prosperidad desde los patrones de felicidad que ofrece “amablemente” el capitalismo neoliberal, no dejarse llevar por los símbolos de felicidad del primer mundo, por el sálvese quien pueda, el egoísmo, el afán de lucro, el olvido de nuestra cultura, de la naturaleza y del futuro.

Naturalmente, el ideal de prosperidad es cambiante como es cambiante toda la realidad, pero si la idea de prosperidad que cada uno se haga es la de tener sin límites, sin valores espirituales, desde un egoísmo excluyente de los demás, será el mercado el que termine imponiendo sus jerarquías y el ideal socialista perderá la pelea.

El marco para la prosperidad deberá ser sustentado en una articulación eficiente de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídico-normativa e ideológico-política para la construcción y desarrollo de una sociedad de orientación socialista, que cree las condiciones idóneas para asegurar la realización de las aspiraciones individuales, familiares, colectivas y sociales de prosperidad a lo largo y ancho del país. Esa es precisamente la esencia del debate.

*Doctor en Filosofía, profesor titular del Instituto Internacional de Periodismo José Martí


Redacción Digital

 
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