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Publicado el 26 Agosto, 2016 por Arsenio Rodríguez en Opinión
 
 

Las primeras víctimas

Arsenio RodriguezPor ARSENIO RODRÍGUEZ

Las primeras víctimas del holocausto nuclear se pueden resumir en dos nombres, Hiroshima y Nagasaki, aunque fueron cientos de miles las personas que murieron en el momento de las explosiones y durante décadas, las que son recordadas cada año por la humanidad como muestra de lo que nunca debiera pasar, pero sin la exigencia requerida para condenar a los victimarios que, casualmente, nunca han sido juzgados ni en su propio país ni en ninguno de los tribunales internacionales o de derechos humanos. Agosto se ha convertido así en una fecha imprescindible no solo para recordar la masacre, sino para reflexionar sobre lo que aconteció e incentivar la lucha por que nunca se vuelva a repetir.

Durante muchos años e incluso en la actualidad, la mayoría de los medios de comunicación dedican breves espacios a este momento trágico donde todo el poder atómico fue presentado al mundo como advertencia de lo que podía pasar a aquellos que fueran en contra de los poseedores de tan mortíferas armas. Pero el tiempo pasó y no solo Estados Unidos, causante de las explosiones, sino varios países lograron tenerlas, lo que implica la posibilidad potencial de su uso ante un enfrentamiento entre potencias, que no solo se destruirían entre ellas, sino que amenazarían a la existencia misma de todo ser viviente en nuestro planeta.

Lo lamentable de la realidad es lo que me comentaba un colega extranjero hace unos años, quien participó en las ceremonias que en Japón se llevan a cabo para recordar a las víctimas. Narraba que luego de varios discursos le preguntó a su traductor quién había lanzado las susodichas bombas, pues se hablaba de los fallecidos, de la destrucción, de los heridos y del mal causado en dos ciudades, donde la mayoría de los muertos eran civiles y los que pudieron sobrevivir iniciaron una triste y larga historia de sufrimientos, pero no mencionaban a los victimarios y cómo utilizaron tal poder destructivo cuando el país agredido ya estaba prácticamente camino de la rendición.

Después de aquellos hechos y terminada la segunda conflagración mundial, se pensó que la humanidad habría aprendido la lección. Pero aún sin reconstruir todo lo arrasado por las bombas de entonces, conocimos otro tipo de enfrentamiento, la llamada Guerra Fría, y con ella una carrera armamentista que permitió la creación de tantas bombas nucleares, y de otro tipo, con posibilidad de destruir al planeta varias veces. Cada ser viviente pudiera verse encima de un polvorín capaz de estallar en cualquier momento hasta por un descuido humano. Quien más amenaza la paz anhelada es la Organización del Atlántico Norte (OTAN), convertida en gendarme internacional, la que sigue creciendo y anda en busca de enemigos para justificar su abultado presupuesto.

Ya estamos a punto de terminar la segunda década del presente siglo y, al parecer, el peligro aumenta, pese a que los argumentos que nos trajeron hasta el momento actual han desaparecido. No existe Unión Soviética ni campo socialista, tampoco Pacto de Varsovia, y el miedo al comunismo no puede ser enarbolado por los demagogos y halcones del imperio.

Pero son cada vez más los que afirman que ya estamos en la III Guerra Mundial, si tenemos en cuenta las guerras locales, las intervenciones mal llamadas humanitarias, el terrorismo, el de los fanáticos y el otro, más dañino, el de Estado, que destituye presidentes, ocupa naciones, se apodera de las riquezas de otros, y todo ello, bajo el pretexto de la “defensa de la democracia y los derechos humanos”.

A décadas de aquellas explosiones, las bombas actuales seguro son mucho más destructivas que las lanzadas contra dos ciudades japonesas indefensas. Quién sabe cuántas existen y cuáles son las características de las nuevas (de eso se habla muy poco). Pero en la geopolítica de hoy el chantaje atómico es más difícil de utilizar, porque no solo la OTAN y las principales potencias occidentales poseen armas nucleares. La Federación Rusa y China también cuentan con ese arsenal y se convierten en factores clave para lograr un equilibrio y mantener la paz.

No solo urge la ausencia de guerra, sino satisfacer la necesidad del ser humano de alimentarse, recibir educación y atención sanitaria y no verse obligado a emigrar a causa de agresiones imperiales. Sabemos de las primeras víctimas del ataque nuclear, pero no podremos vislumbrar quiénes serán las próximas.

 


Arsenio Rodríguez

 
Arsenio Rodríguez