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Publicado el 21 Febrero, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

Cultura e identidad (I)

Por ARMANDO HART DÁVALOS

En su esencial ensayo titulado Nuestra América, José Martí proclamó: Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Hoy debemos abordar el tema del tronco, es decir el de nuestra cultura e identidad y su estrecha vinculación con la cultura universal.

Vivimos un momento verdaderamente crítico de las varias veces milenaria historia del hombre sobre la Tierra y al mismo tiempo en medio de una etapa muy importante y compleja del más de medio siglo de existencia de la Revolución triunfante. El estudio de nuestra historia y de los factores diversos que condujeron al alumbramiento de la nación cubana constituye un elemento esencial para su supervivencia.

Se ha afirmado que la historia es, o debe ser, maestra de la política. Sus lecciones se nos presentan en dos planos a estudiar: el primero se refiere a la información y descripción de los hechos y acontecimientos que marcan su recorrido en el tiempo; el segundo, a la evolución de las ideas contenidas en el “hilo invisible que –dice el Apóstol– une a los hombres de las distintas épocas”.

La existencia y fortaleza de la nación cubana han estado siempre fundamentadas en la unidad política del pueblo trabajador. Este país, desde el proceso de gestación de la nación y en su recorrido hasta nuestros días, debió enfrentarse a las más diversas y complejas contradicciones internacionales. Dos hombres hicieron posible la unidad nacional: José Martí, que en el siglo XIX la hizo cristalizar a partir de un ingente esfuerzo político y cultural y Fidel Castro que al evitar que “el Apóstol muriera en el año de su centenario” (1953) –como dijo en el juicio seguido por el asalto a la segunda fortaleza militar del país– hizo crecer la memoria del Maestro y le extrajo a su pensamiento vivo y profundo todas las lecciones necesarias para hacer verdaderamente independiente la patria.

En este siglo XXI, la perdurabilidad de la Revolución tendrá, como garantía decisiva, la unidad alcanzada, la cual se nutre de las ideas y los sentimientos que ocho generaciones de cubanos fueron tejiendo con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura. Nuestra tarea consiste en interpretar y actualizar el significado de esa tradición y continuar formando en ella a las nuevas generaciones para que, al hacer suyas las banderas de la Revolución Cubana, las exalten y defiendan en un mundo bien diferente y mucho más complejo que el que tuvimos que enfrentar en la segunda mitad del siglo XX y en el actual.

El papel de la cultura resulta esencial para asegurar estos objetivos. Veamos primero qué entendemos por cultura. La singularidad humana en la historia universal está en que el hombre toma conciencia de su propia existencia, de su pertenencia a la naturaleza y se plantea como exigencia descubrir y descifrar el misterio de lo desconocido. Es el único ser viviente que tiene ese reto, de ahí nace la cultura hasta convertirse en segunda naturaleza. Ella es, a la vez, claustro materno y creación de la humanidad. No hay hombre sin cultura y esta no existe sin el hombre, y este afán por descubrir lo lleva al extremo de intentar encontrar el sentido de su creación. No hay, obviamente, respuesta racional a este interés humano, sin embargo, en parte la puede hallar aquí en la Tierra cuando asume que todos los hombres sin excepción tienen derecho a una vida plena de felicidad tanto material como espiritual y, por tanto, facilitar que supere la enajenación social a que está sometido. Ahí nacen la ética y la necesidad de ejercer la facultad de asociarse que Martí sitúa como el secreto de lo humano.

Alguien me dijo una vez críticamente que yo consideraba que todo era cultura. Le respondí: ella está en todo y donde no se halla se encuentra la ignorancia, el camino de la barbarie y también la mediocridad carente de entusiasmo creativo. Recordaba Luz y Caballero que el entusiasmo nunca fue patrimonio de los mediocres.

Hagamos un poco de historia. Es precisamente a partir de las características singulares de la formación económico-social de nuestra nación y la conjunción de varios factores condicionantes que la Revolución Cubana pudo llegar a ser lo que es y lo que su ejemplo representa para otros procesos en marcha en América Latina. Es muy importante que saquemos conclusiones que nos permitan abrir horizontes al nuevo pensamiento que se necesita hoy para llevar a cabo las transformaciones que demanda nuestra región latinoamericana y caribeña a partir de una interpretación antidogmática y creadora de las ideas de Marx y Engels.

Para entender la singularidad de Cuba, es necesario tener en cuenta que Cuba sin la Revolución no es Cuba. Como se ha dicho, la Revolución nacida el 10 de octubre de 1868, fue la que creó la nación cubana. En otras partes ha habido naciones que hicieron revoluciones, repito aquí fue la revolución la que hizo una nación. De esta forma –como ha dicho Cintio Vitier– este país tuvo la originalidad de ser una nación pensada, concebida y proyectada. Presenta una identidad inconfundible que se proyecta hacia el presente y hacia el futuro con un legado ético y jurídico de enorme significación.

Así, se identifican nación y revolución sobre el fundamento del más absoluto respeto al inmenso abanico de ideas, emociones y sentimientos que ofrece lo que Fernando Ortiz llamó el “ajiaco”, es decir, la cultura nacional. Y ella emergió con dos principios en sus esencias: la independencia total del país y la liberación social radical; sin estos valores no hay Cuba.

Esta identidad nacional tiene carácter y vocación universal en tanto fue síntesis de los mejores valores espirituales forjados por la humanidad en más de 500 años de historia, es decir, desde Fray Bartolomé de las Casas hasta Fidel Castro.

En la primera mitad del siglo XIX, los grandes poderes del mundo occidental: España, Estados Unidos, Inglaterra y Francia tenían a Cuba y las Antillas como una de las claves de su política hegemónica. Al extremo de que el pensamiento conservador cubano, representado germinalmente por José Antonio Saco en estos doscientos años, aspiraba a libertades políticas y económicas bajo la tutela de la metrópoli española, porque temía que el país cayera en manos norteamericanas y que una rebelión en Cuba provocara un conflicto armado entre las grandes potencias de la época. Es decir, el alumbramiento de la nación tuvo lugar en medio de conflictos y contradicciones inmensas entre las más grandes potencias de la época anterior a 1868.

En la cultura cubana, desde los tiempos forjadores de la nación, los principios éticos de raíz cristiana adquirieron un papel clave en nuestro devenir histórico. La ética ha sido durante milenios el tema central de las religiones. Por ello he afirmado que la importancia de la ética para los seres humanos, la necesidad de ella, se confirma por la propia existencia de las religiones.

Su valor y significación son válidos tanto para los creyentes como para los no creyentes pues ella se relaciona con las apremiantes exigencias del mundo actual. Los creyentes derivan sus principios del dictado divino. Los no creyentes podemos y debemos atribuírselos, en definitiva, a las necesidades de la vida material, de la convivencia entre los seres humanos. Puede apuntarse como una singularidad de nuestra tradición cultural el no haber situado la creencia en Dios en antagonismo con la ciencia, se dejó la cuestión de Dios para una decisión de conciencia individual. Así se asumió el movimiento científico moderno y ello permitió que el fundamento ético de raíz cristiana se incorporara y se articulara con las ideas científicas lo cual abrió extraordinarias posibilidades para la evolución histórica de las ideas cubanas.

Desde los tiempos de gestación que comenzaron en los finales del siglo XVIII y, sobre todo, a partir del alumbramiento de la nación el 10 de octubre de 1868, hasta el presente, la nación cubana ha estado marcada por una identidad, que se fundamenta en la cohesión y unidad del pueblo cubano. Esta es la que representaron Félix Varela y Luz y Caballero en la educación durante la primera mitad de aquella centuria cargada de sabiduría, y la que representaron Céspedes y Agramonte, Gómez, Maceo y Martí en la segunda mitad del siglo XIX.

Esta identidad en el siglo XX, viene marcada por maestros como Enrique José Varona, y con revolucionarios militantes como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y los combatientes del Moncada, de la Sierra, del Llano, de la clandestinidad y de la victoria de enero. Esa identidad es la única que puede facilitar la diversidad en la cultura y en la vida espiritual cubana. Quienes la asuman podrán enriquecerla; quienes no la asuman sólo pueden aspirar al caos, la disociación y el desorden.

Esta misma realidad enfocada desde una óptica revolucionaria y con alta conciencia iberoamericana y universal es la que confirma objetivamente la cultura de José Martí. El Apóstol aportó en esto abundante y enriquecedora literatura. Su pensamiento surge en los tiempos posteriores a la Guerra de Secesión de Estados Unidos y madura en ese país entre 1880 y 1895, es decir, en Nueva York, cuando llegaba a la ciudad el más amplio y universal entrecruzamiento de ideas que haya tenido lugar en el hemisferio occidental y en los momentos del ascenso norteamericano a potencia mundial, y descenso de España como tal.

(Continuará…)


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos