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Publicado el 3 Febrero, 2017 por Fabian Escalante en Opinión
 
 

Entre el garrote y la zanahoria (I)

 

fabian-escalantePor FABIÁN ESCALANTE FONT

Según el refrán popular, conocer el pasado, es comprender el presente y prever el futuro, por ello, y teniendo en cuenta la llegada de una nueva administración estadounidense, se hace necesario revisar las relaciones con el vecino del norte en los últimos 60 años y más allá de las pasiones existentes, calibrar las acciones y proyecciones emprendidas por las distintas administraciones, particularmente las del gobierno de Kennedy, que en sus postrimerías tanteó la alternativa de un arreglo político con Cuba. Conocer sus pasos, qué perseguían, cuáles eran sus objetivos a mediano y largo plazo puede resultar de interés.

Probablemente en su administración, más que en ninguna otra, se produjeron cambios dramáticos en sus posiciones hacia la Isla, especialmente después de la conocida y aleccionadora crisis de los misiles, período en que sus proyecciones transitaron de una agresividad superlativa a una política dual que se proponía, sin abjurar de sus pretensiones, acceder mediante canales no oficiales y oficiosos al gobierno cubano para por vías políticas obtener sus objetivos estratégicos.

Es interesante apuntar cómo en ese período el presidente norteamericano transitó de un discurso y acción agresiva en extremo, a posiciones serenas y reflexivas con relación con la paz mundial y a la coexistencia entre las dos superpotencias. En el caso cubano, su política por momentos puede dar la impresión de estar “secuestrada” y sujeta a otros designios, lo que explicaría sus contradicciones y contramarchas.

¿Nueva era, nuevos objetivos?

En 1961, John Fitzgerald Kennedy había alcanzado la presidencia de Estados Unidos, por un estrecho margen de votos, frente al candidato republicano, Richard Nixon. Un hombre joven y formado por el establishment, traía nuevas ideas sobre el papel de Estados Unidos en el mundo y sus relaciones con su contendiente principal, la URSS. Jerarquizar el enfrentamiento ideológico por encima del tronar de los fusiles fue uno de sus propósitos, por supuesto, sin abandonar las posiciones alcanzadas.

Una nueva relación con América Latina, por medio de la modernización de sus estructuras –en muchos casos feudales– que afianzara el capital norteamericano e internamente lograra la eliminación de la segregación racial, además del control del monopolio del acero, la lucha contra el crimen organizado y la ultra derecha, la adecuación a los nuevos tiempos de la doctrina militar y la modernización del papel hegemónico norteamericano a escala mundial, fueron sus objetivos.

Se trataba de remozar al Imperio, adecuarlo a los cambios que el desarrollo científico técnico había alcanzado, en suma, colocar a Estados Unidos en una perspectiva preponderante de cara al siglo XXI.

En el escenario de la guerra fría, ese país había priorizado su mirada hacia los del denominado Tercer Mundo y su estrategia consistía en organizar junto a los aliados tradicionales, un consenso para enfrentar esa realidad. Así lo expresaban sus ejecutivos: “Las guerras convencionales y las guerras limitadas o la lucha guerrillera son desde 1945, la más activa y constante amenaza al mundo libre. […] La seguridad del mundo libre no solo puede peligrar por un ataque nuclear, sino también ser mordida lentamente en su periferia, no importa nuestro poder estratégico, por fuerzas subversivas, infiltración, intimidación, agresiones indirectas o encubiertas, revoluciones internas, chantaje diplomático, guerra de guerrillas o una serie de guerras limitadas. En esa área de las guerras locales, debemos contar inevitablemente con el apoyo de otros pueblos y naciones que comparten nuestra preocupación”.

Kennedy había heredado de la administración Eisenhower el proyecto de Bahía de Cochinos y con algunas reticencias dio luz verde al mismo, que como se conoce devino como la primera derrota imperial no solo en América, sino también en el mundo.

Así, pocos días después de la debacle de Girón, en acto público el presidente explicaba: “Cualquier intervención unilateral norteamericana, en ausencia de un ataque externo contra nosotros o un aliado, sería contrario a nuestras tradiciones y a nuestras obligaciones internacionales. Pero que quede claro que nuestra restricción no es inagotable. Pudiera parecer que la doctrina interamericana de no intervención simplemente permite o excusa una política inactiva, si las naciones de este hemisferio fallan en cumplir sus acuerdos contra una penetración externa del comunismo, entonces quiero establecer claramente que este gobierno no dudará en asumir su obligación fundamental, que es la seguridad de nuestra nación”.

En otra referencia al mismo asunto, volvió a puntualizar sus ideas al respecto: “Es fácil rechazar como de inspiración comunista cualquier manifestación antigubernamental o antiamericana, cualquier derrocamiento de un régimen corrupto, o cualquier protes-ta masiva contra la miseria y la desigualdad. Estas no son todas inspiradas por los comunistas. El comunismo se mueve para explotarlas, para infiltrar su liderazgo, subir en sus crestas hacia la victoria. Pero el comunismo no creó las condiciones que la causaron”

La alianza para el Progreso, un proyecto político, económico y social para América Latina que contemplaba una inversión de Estados Unidos por 20 mil millones de dólares en los siguientes diez años, fue puesta en marcha, la cual preveía importantes reformas políticas, económicas y sociales en el subcontinente y así neutralizar los efectos liberadores de la Revolución cubana.

Sin embargo, los gobiernos locales, muchas de ellos impuestos a la fuerza por los propios Estados Unidos, no supieron comprender la importancia de las medidas que se planteaban y en algún sentido, calificaron las mismas como un signo de debilidad frente a la ya potente influencia de Cuba en la región. La oligarquía nativa se asustó y miró todo lo que se decía con profunda desconfianza, a la vez que las transnacionales norteamericanas devinieron sus representantes en el Congreso, donde actuaron para frenar las ideas y proyectos de su nuevo gobierno.

De ratas y mangostas

La doctrina de Kennedy era esencialmente monroísta, solo que adecuada a los nuevos tiempos. Se trataba de liberalizar el sistema imperante, dotarlo de un barniz democrático, para reforzar el papel hegemónico de Estados Unidos por medio de instrumentos tales como tratados económicos y políticos bilaterales, modernizar las fuerzas armadas locales y dirigirlas hacia temas policiales y represivos, en tanto, los ejércitos norteamericanos destacados en la región serían los garantes de la seguridad e integridad latinoamericana.

“Debemos rechazar teorías simplistas de la vida internacional –afirmaba en la Universidad de Berkeley, California– la teoría de que el poder americano es ilimitado o que la misión norteamericana es rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Debemos tener la visión de un mundo libre y diverso y diseñar nuestras políticas para acelerar el progreso hacia un orden social más flexible”.

Algunos demócratas continentales confundieron el discurso y pensaron que la lección de Bahía de Cochinos había sido asimilada. Nada más lejos de la realidad. Pocos meses más tarde, hace ya 55 años, el 30 de noviembre de 1961 Kennedy aprobaba un nuevo programa agresivo contra Cuba denominado Operación Mangosta, que según la propia documentación desclasificada después, en un plazo de seis meses –de marzo a octubre de 1962– pretendía derrocar al gobierno revolucionario. Ya antes, el 3 de febrero de ese año, había firmado la Orden Ejecutiva 3447 que dispuso el embargo total del comercio con la Isla.

Treinta y tres tareas contemplaba el operativo Mangosta, que incluía desde el bloqueo económico hasta la guerra bacteriológica, pasando por el terrorismo, la guerra sicológica, los complots de asesinatos y el alistamiento del teatro de operaciones militares, para en su momento, propinar el golpe final. Solo en los primeros ocho meses de aquel año, se realizaron en Cuba 5 870 actos de sabotaje, asesinatos, para desatar un terror generalizado. Mientras, en veinte ocasiones se intentó asesinar a Fidel Castro, por todos los medios, incluso mediante los más sofisticados productos de la ciencia y la tecnología provenientes de los laboratorios de la CIA.

Mangosta tuvo tres propósitos esenciales: 1- Sublevar a los cubanos y facilitar una intervención militar para derrocar a su gobierno. 2- Ubicar el conflicto dentro del contexto de la guerra fría. 3- Alinear a los países del subcontinente al lado de USA.

Lograron, excepto el primero, los otros dos propósitos. Además, la crisis de los misiles en octubre de 1962, posibilitó a Estados Unidos demostrar el peligro comunista en Latinoamérica, pese a que desde el punto de vista operativo, resultó derrotada su pretensión de deponer al gobierno cubano.

La infraestructura creada para el proyecto hizo que se convirtiera en la unidad subversiva más grande creada en tiempos de paz dentro del territorio estadounidense, algo por cierto que contravenía la ley fundacional de la CIA que le prohibía explícitamente actuar desde el territorio nacional. La denominada JM/Wave contaba con una fuerza compuesta por 400 oficiales de caso y 4 000 agentes de origen cubano, entrenados en subversión y terrorismo; una red de 55 empresas de cobertura, entre ellas: inmobiliarias, navieras, astilleros, almacenes, empresas de transportes aéreos y marítimos, talleres de reparaciones, rentadoras de autos, bancos, encargados de pagos y otras operaciones financieras, además, una poderosa armada aérea y naval, oficinas de reclutamientos en la mayoría de los estados, etc. en los que habían invertido casi 1 000 millones de dólares, en fin, un ejército terrorista que en lo adelante debía desatar la guerra “sucia” en Cuba.

Aun así, armados hasta los dientes, los cientos o quizás miles de operativos ejecutados ese año, que tuvieron un alto costo en vidas humanas y daños a la infraestructura socio-económica, fracasaron, y al final de la Crisis de Octubre, Mangosta fue desactivada por su inoperancia.

Máscaras en acción

Las fisuras políticas provocadas por la decisión soviética de negociar la solución de la crisis por separado con Estados Unidos, dejando fuera a Cuba, vieron la luz pública. Ya para entonces, la administración se sentía recuperada del fiasco de Girón y aunque no pudo conseguir su objetivo fundamental por medio de Mangosta, a través de la negociación política con la URSS había alcanzado un importante y trascendente triunfo. Por tales razones, en 1963 la administración disolvió las estructuras agresivas creadas y diseñó un nuevo grupo de trabajo en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN) a cargo del “asunto cubano”, al mando del fiscal general Robert Kennedy.

Mac George Bundy, asesor de seguridad nacional, propuso y fue aprobado por el CSN un nuevo proyecto para “resolver” el problema cubano, que fue denominado: “la doble vía”, pues, flexibilizando sus estrategias, pretendía utilizar no solo los mecanismos existentes: bloqueo, aislamiento, terrorismo, guerra sicológica, etc, sino también medidas políticas destinadas a dividir al movimiento revolucionario en Cuba y profundizar las divergencias de esta con la URSS, intentando construir una nueva disidencia desde posiciones “revolucionarias” que pudiera erosionar a la Revolución, desde dentro, y que preveía incluso, bajo sus condiciones, claro está, iniciar negociaciones con la Isla, que no solo profundizaran las contradicciones internas, sino también “brindara la posibilidad de llegar a algún arreglo con Castro”.

Tales eran los ánimos en la administración, como resultado de la victoria obtenida en la solución de la crisis de los misiles, que en un discurso de entonces, el presiente Kennedy expuso: “Los futuros historiadores, mirando atrás, a 1962, muy bien pudieran señalar este año como el momento en que la corriente de la política internacional, comenzó por fin a fluir, hacia el mundo de la diversidad y la libertad. A continuación del lanzamiento del Sputnik, en 1957, la Unión Soviética comenzó a intensificar sus presiones contra el mundo no comunista […] Los pueblos de muchos países comenzaron a aceptar la noción de que el comunismo era el inevitable destino del ser humano […] 1962 frenó este proceso […] Y nada fue más importante para desinflar la noción de la invencibilidad del comunismo que la respuesta americana a las provocaciones soviéticas en Cuba”.

Al unísono, mientras se hablaba públicamente con la máscara de la paz, la flexibilización, los arreglos, la diversidad, etc., el 7 de abril de 1963 –según la información desclasificada– el CSN analizó y acordó el siguiente plan de acción con respecto a Cuba:

  • acumulación de inteligencia,
  • incrementar las acciones de guerra sicológica
  • fortalecimiento del bloqueo económico y político
  • identificar y establecer contactos con los elementos disidentes potenciales dentro de Cuba.
  • estimular el sabotaje económico indirecto interno.
  • potenciar las operaciones de los grupos de misiones especiales de la CIA, en el aniquilamiento del potencial industrial y energético del país.
  • incrementar las operaciones autónomas.

Días después, el 3 de junio, El Grupo Especial acordó que sería un esfuerzo útil explorar “las variadas posibilidades para establecer canales de comunicación con Castro”, en dos palabras, expresaría Bundy: “Kennedy estaba examinando la posibilidad de inclinarse a abrir una brecha con Cuba, sacar a Castro del abrazo soviético y quizás olvidarse de Bahía de Cochinos y hacer volver todo a su estado normal”.

Siete días más tarde, Kennedy, en la Universidad Americana pronunció un trascendente discurso sobre la paz y la guerra a escala mundial, destacando entre otros argumentos los siguientes:

“En pocas palabras, tanto los Estados Unidos como sus aliados, como la Unión Soviética y sus aliados, tienen un interés profundo y mutuo en que exista una paz justa y genuina y en detener la carrera armamentística. Los acuerdos en este sentido redundan en interés de la Unión Soviética igual que en el nuestro. Podemos confiar en que incluso las naciones más hostiles aceptarán y respetarán aquellas obligaciones de los tratados, y únicamente aquellas obligaciones de los tratados, que redunden en su propio interés.

Así pues, no seamos ciegos a nuestras diferencias, pero dirijamos también la atención a nuestros intereses comunes y a los medios que nos pueden permitir resolver esas diferencias. Y aunque no podamos poner fin ahora mismo a nuestras diferencias, al menos podremos ayudar a que el mundo sea seguro para la diversidad. Porque el análisis final es el siguiente: nuestro vínculo común más básico es que todos vivimos en este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire. Todos apreciamos el futuro de nuestros hijos. Y todos somos mortales […]”.

Probablemente con aquellas declaraciones firmó su sentencia de muerte. Tanto para el establishment como para el complejo militar industrial financiero y congresional aquellos conceptos y novedosas estrategias eran inaceptables a sus intereses guerreristas financieros y hegemónicos.

La contra se mueve

Mientras, la CIA y los halcones a partir de las experiencias adquiridas en la manipulación de los grupos contrarrevolucionarios (CR), se percataron de su relativa penetración por los servicios de seguridad cubanos y decidió implementar lo que se dio en llamar las grandes y pequeñas redes de inteligencia, abastecimiento y subversión, construidas sobre los restos de los grupos CR. Varias de ellas tuvieron buen suceso, al menos aquel año: la red organizada por la inteligencia española, desde su embajada en La Habana buscaba inteligencia política; otra organizada desde la embajada italiana tenía la misión de abastecer a sus principales agentes que operaban dentro de la capital; la denominada rat line que operaba en la central provincia de Villa Clara tenía entre sus misiones abastecer a los grupos armados que operaban en el macizo montañoso del Escambray, y la de “Polita” Grau y Alberto Cruz, dedicada a la obtención de inteligencia y a urdir complots para asesinar a Fidel.

Una de las más peligrosas y eficientes de estas redes lo fue, la denominada Frente Unido Occidental (FUO), que logró estructurar en el occidente del país a más de 1 000 hombres para labores de inteligencia, alzamiento y sabotaje. Organizó tres centros de comunicaciones clandestinas y se mantuvo activo por casi dos años. Planeó y casi llegó a ejecutar el ataque a los principales campamentos militares en Pinar del Rio y realizó numerosos sabotajes al sistema eléctrico y contra importantes objetivos económicos.

El programa de “guerra sicológica” avanzaba sin grandes contratiempos. La VOA, Voz de América, había devenido una estación dirigida esencialmente contra Cuba, mientras que un aparato especialmente formado, desde la JM Wave, dirigía campañas publicitarias anticubanas a escala continental, mediante la utilización de todos los medios a su alcance, entre ellos el cine, la TV, los periódicos y revistas locales, conferencistas para universidades y otros escenarios etc. Incluso, se llegó a aprovechar el curso de las corrientes del golfo de México, para hacer llegar propaganda impresa a nuestras costas, cuando no eran enviadas por globos por vía aérea.

El bloqueo político, económico y comercial se arreció. Los medicamentos, las piezas de repuesto para la industria, los alimentos, en fin todo lo que antes provenía de Estados Unidos y de Europa, fue eliminada. Los barcos mercantes que tocaran puertos cubanos eran colocados en una lista negra y tenían prohibido atracar en puertos norteamericanos. Las exportaciones cubanas eran sistemáticamente saboteadas, cuando por alguna razón los barcos que la transportaban llegaban a puerto extranjero. Incluso, varias compras realizadas por el gobierno cubano, fueron saboteadas mientras se dirigían a Cuba, al no poder frustrar la negociación en curso. Los principales gobiernos latinoamericanos, presionados por Estados Unidos –con la excepción de México–, finalmente romperían sucesivamente las relaciones con Cuba, completando así el aislamiento político, económico y cultural.

(Continuará…)

 


Fabian Escalante

 
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