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Publicado el 11 Febrero, 2017 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

Siempre habrá esperanza

Eduardo Montes de OcaPor EDUARDO MONTES DE OCA

Por cuestiones como nuestra pertenencia al ámbito geográfico y político, entre otras, en su momento el anuncio nos supo a acíbar: la economía de América Latina y el Caribe se contraería 0.8 por ciento durante 2016 (0.9, se enmendaría luego, antes de proclamarse un “despegue” de 1.5 en 2017), debido a la “gran incertidumbre y volatilidad” mundiales, así como a la baja de los precios de las materias primas, si bien se detecta que la región ha pasado a importar más y a exportar menos, de acuerdo con la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena.

“Uno de los factores es que el crecimiento global se mantiene lento, el 2.4 por ciento en 2016; el repunte de EE.UU. no fue tan grande como se esperaba, Japón se mantiene igual y en la Zona Euro vemos desaceleración vinculada al Brexit; China crece menos del siete por ciento en 2015, aunque se espera una mejoría en 2016”, aseveró hace poco la alta funcionaria.

En términos más tangibles, lo expuesto se traduce en un panorama poco alentador para este recodo del planeta: cerca de 30 millones de personas corren el riesgo de caer otra vez en la pobreza, conforme a un reciente Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Ahora bien, dada la heterogenidad de los resultados, con aumentos macroeconómicos ingentes en algunos países –Panamá, Bolivia…- y los malos dígitos de Brasil, que condicionan los números en Sudamérica, los autores del documento de marras afirmaron, sabiamente, que el aumento solo no basta. Nada que disminuya los derechos de la gente, de las comunidades, o que amenace la sostenibilidad del ambiente puede considerarse progreso.

Ante noticias como la referida, y tras exageraciones en la caracterización de la situación actual de los gobiernos progresistas como de “fin de ciclo” -en la línea del término de la historia, de las ideologías y demás supuestas capitulaciones-, según el conocido experto Emir Sader brota la idea de que estamos ante una década desperdiciada. Sí, al parecer “nada del otro mundo ha ocurrido; los gobiernos de Lula, de los Kirchner, del Frente Amplio, de Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correa, habrían tirado todos ellos por la borda una situación excepcionalmente favorable para la izquierda, lo que beneficiaría el retorno de la derecha”.

Empero, y siguiendo la lógica del ensayista, en concreto no ha aparecido algo superador, en ningún confín del espectro político. Al contrario. Ya sea en Brasil, Argentina o el resto de los países, hoy día lo que irrumpe son procesos de restauración conservadora, de retorno al viejo neoliberalismo de los 90.

Es por esto, acota, que se hace necesario intentar descalificar a los ejecutivos que han traído a América Latina avances nunca vistos, como si las condiciones hubieran sido las mejores y no se aprovecharan. “Hablamos de gobiernos que surgieron a contramano de la notable corriente neoliberal que imperaba a nivel global y que, por cierto, todavía subsiste, pese a la profunda crisis internacional del capitalismo. Mientras en el mundo aumentan las desigualdades, la miseria, la pobreza, la exclusión social, la expropiación de derechos, en nuestros países se ha avanzado en una dirección exactamente opuesta. Se ha disminuido mucho la desigualdad en el continente más desigual del mundo. Nuestros países han cambiado mucho su fisonomía respecto a la que era antes, a pesar de los retrocesos a nivel global”.

Pero, conforme a las voces aisladas de la extrema izquierda, insiste Sader, esto solo se ha podido llevar a cabo gracias a los favorables precios de los productos primarios de exportación. “Olvidan que antes el precio de esos mismos productos también era elevado y nada de esto había ocurrido, y aun cuando dichos precios han caído, los gobiernos progresistas han mantenido sus políticas sociales”.

Sin embargo, y aquí entra el leal saber y entender del intelectual cubano Aurelio Alonso Tejada, trasuntado en la edición 282 de la revista Casa de las Américas, si se hubiera podido avanzar más en la integración (“aunque fuera pensar más como Estados integrados”) posiblemente se habrían encontrado modos de aprovechar mejor la declinación de los precios, ya que acá son más los países que se benefician de lo barato que de lo caro.

En ese contexto, Alonso reitera que en términos objetivos el modelo de los años 40 fracasado en Venezuela, por ejemplo, sería el rentista petrolero sobre el cual se articuló la economía de ese país desde entonces (“vale decir la economía de los capitales nacionales y extranjeros”), que los revolucionarios heredaron como paradigma productivo y que utilizaron por primera vez en beneficio de las masas. Ah, pero “la deprimida economía venezolana era sometida ahora a un shock, a través del sabotaje distributivo, el contrabando y la conspiración y, como afirma Naomi Klein, ‘las sociedades en estado de shock a menudo renuncian a valores que de otro modo defenderían con entereza’. La prolongación de las causas del fracaso electoral de 2015 amenaza con mantener esos efectos e incluso aumentarlos”.

Nuestra fuente va más allá, al asegurar que el estatus quo provocado por el descenso de los precios del petróleo se observa asimismo en las economías de México, Ecuador, Brasil y Argentina, y en conjunto, en el declive en el subcontinente. “Aunque la baja sea un paliativo para los consumidores netos, el efecto global se complica con la amenaza de bancarrota para los grandes consorcios petroleros latioamericanos, de propiedad pública mayoritaria, decisivos en el sostén de los proyectos económicos más autónomos”.

No obstante, el panorama desfavorable de 2016 para las economías del área no se explica en exclusivo por el cambio en la estrategia del hidrocarburo, que incluye licitaciones para privatizar lo que queda de este en manos públicas. La reducción de la tasa de progresión de China casi a la mitad afectará (afectó) sus importaciones “del mundo que seguimos llamando tercero”, en tanto la valorización del dólar norteamericano luego de nueve años incide en las devaluaciones de las monedas de los países emergentes.

¿Las consecuencias más visibles? El declive de las posibilidades de mantener el ritmo de algunos programas sociales. Habría que redimensionar las condiciones de la coyuntura con un mínimo de daño. Igualmente se explica que se disparen índices de inflación, con la acción concertada de las oligarquías domésticas y las fuerzas externas contrarias. “Y siempre la capitalización de los descontentos, manejados con habilidad por la propaganda (la calumnia, la difamación y la desinformación) para revertir resultados electorales, como ha sucedido en las presidenciales argentinas y las legislativas venezolanas en diciembre de 2015”.

Ello obliga a analizar hasta la saciedad los porqués de los fracasos, y “discutir sin reservas los errores que el análisis haga visibles se convierte en prioridad insoslayable”.

Alonso y Sader coinciden plenamente, pues tampoco para el primero se debe hablar de agotamiento del modelo, aunque no se desestime el retroceso evidente. El enemigo neoliberal no tiene alternativa que proponer para dar respuesta al desempleo, el desamparo, la desigualdad y la pobreza, apunta, y solo lograría que se desplegaran de nuevo. “El escenario histórico obra en su contra y habrá que saberlo utilizar por parte de los pueblos”.

Para el consultado articulista, el reto de las fuerzas de izquierda –ante todo de los gobiernos- sería el de sustentarse mejor sobre las realizaciones y la interiorización realista de ellas por las multitudes, y evitar hacerlo sobre concesiones a las circunstancias, “que pueden convertirse incluso en concesiones al enemigo. Pienso que la proyección autocrítica que se haga capaz de aportar una rectificación será, a la larga, la única oportuna. En todo caso, se trata de descifrar, en cada circunstancia adversa, cómo parar el efecto dominó”.

Por su parte, Sader remarca una línea de su pensamiento. ¿Para quién ha devenido una oportunidad desperdiciada?, se pregunta. Y se responde en voz alta que para los pueblos seguro que no, pues ha servido para que luchen y conquisten sus derechos, apoyados por gobiernos que los defendían. “Quizá se trata de una oportunidad perdida para la extrema izquierda, que “ha sido incapaz de probar sus tesis de siempre debido a que carecen de apoyo popular”.

¿Son los gobiernos progresistas los responsables del retorno de la derecha?, subraya. “Entonces ¿por qué la extrema izquierda, que siempre cree tener razón, no ha sido capaz de fortalecerse aprovechando el debilitamiento de dichos gobiernos progresistas? Simplemente porque no tienen ningún arraigo popular, porque sus argumentos no han cuajado en ningún sector popular, no están al frente de ninguna experiencia de gobierno significativa, ya sea a nivel municipal, provincial o nacional”.

En definitiva, concluye el sociólogo, en http://blogs.publico.es/emir-sader, hablamos de un decenio desperdiciado para aquellos que no han aprendido que el desafío fundamental de nuestro tiempo es superar el modelo neoliberal, construir una alternativa concreta, fortalecerla, generar un polo latinoamericano y mundial de erradicación del neoliberalismo. “Aquellos que no aprenden de la historia, desperdician sus enseñanzas y siguen repitiendo lo mismo que decían hace décadas. Nunca tendrán la perspectiva de repetirla porque no la protagonizan nunca”.

Si se nos interrogara sobre el tema, no dudaríamos en contestar que la América nuestra debe centrarse sobre todo en acabar de metamorfosear una estructura que pone el énfasis en el extractivismo y la exportación de materias primas. Solo diversificando se saldrá del subdesarrollo, y no con críticas ensañadas contra ejecutivos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca