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Publicado el 15 marzo, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

Cultura e identidad (III, Final)

Por ARMANDO HART DÁVALOS

Sería muy útil investigar y estudiar la historia de la tradición jurídica cubana y dentro de ella también la de Fidel. Porque desde los tiempos en que aspiraba a ser elegido como representante al Parlamento antes de 1952 concibió proponer una legislación complementaria a la Constitución de 1940 para hacer efectiva la disposición que establecía la abolición del latifundio. Cuando se produjo el golpe de Estado de Batista, el 1º de marzo de 1952, publicó un trabajo desenmascarando la afirmación del dictador de que se trataba de una revolución. Fidel tituló aquel trabajo ‘’Revolución no, Zarpazo’’. Posteriormente en su alegato de autodefensa La historia me absolverá presentó un programa revolucionario que tenía sólidos fundamentos jurídicos. Esta ha sido una constante que hay que estudiar y que está presente en toda su acción política. Un ejemplo sobresaliente se produjo también en 1976 cuando fue aprobada por abrumadora mayoría, en plebiscito popular, la Constitución socialista y la ratificación radical de ese carácter por la Asamblea Nacional siguiendo los procedimientos previstos en la ley vigente. Esa ratificación fue acompañada de una amplísima movilización popular con un destacado papel de las organizaciones de masas. Esto debe tomarse en cuenta no solo hoy sino para cuando por ley de la vida otros revolucionarios asuman la dirección en un tiempo que desearíamos fuera bien lejano. Entonces, quien intente gobernar en Cuba sin fundamentos jurídicos o con artimañas legales le abriría el camino a la contrarrevolución y al imperialismo. Esto, desde luego, no ocurrirá entre otras razones porque hemos educado a generaciones de cubanos en el respeto a la juridicidad y el socialismo está ensamblado en la más rigurosa cultura moral y de derecho de la nación cubana.

En la articulación, de manera creadora, de la cultura, que tiene en la justicia su categoría principal, con la política culta, que toma muy en cuenta la tradición intelectual de la nación cubana con su aspiración a una cultura general integral, está la clave para alcanzar la invulnerabilidad ideológica a que aspiramos.

En Cuba esa articulación se fundamenta en sólidos principios éticos que nos vienen de una larga tradición y que podemos resumir en aquella frase memorable del fundador de la escuela cubana José de la Luz y Caballero: “Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”.

He ahí una de las claves para abordar el tema del nuevo pensamiento filosófico que requiere el siglo XXI y que debe servir de punto de partida para alcanzar ese mundo mejor al que aspiran millones de seres humanos en todo el planeta.

Para ello debemos desterrar definitivamente los ismos que debilitan la actividad creadora del hombre y apoyarnos en el método electivo de la tradición filosófica cubana del siglo XIX, que se sintetiza en aquella fórmula del propio Luz y Caballero: Todos los métodos y ningún método, he ahí el método. Consideremos a los sabios, llámense Einstein, Newton, Marx, Aristóteles, etc., o llámese también Che Guevara, no como dioses que todo lo resolvieron adecuadamente sino como gigantes, que descubrieron verdades esenciales que son puntos de partida para descubrir otras verdades que ellos, en su tiempo, no podían encontrar. Esto es, afirmarse en el pensamiento del Che Guevara, de Marx, Engels, Lenin, Martí y de todos los grandes pensadores de la historia universal.

Hoy no hay tarea más apremiante que asumir la defensa de la ética y el derecho. Partiendo de las realidades del mundo de hoy, Fidel Castro planteó con insistencia los peligros que gravitan sobre la existencia de la especie humana. El imperialismo hegemónico está empeñado en conducirnos hacia una guerra de incalculables consecuencias para hacer prevalecer su política de saqueo a escala planetaria. Hay que continuar uniendo voluntades para hacer frente a esa política brutal y bárbara.
Reitero la idea de la necesidad de articular, con la pericia y sensibilidad de orfebres, la cultura y la política concebida por Martí como un arte.


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos