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Publicado el 2 Marzo, 2017 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

HAMBRE: como un personaje de Daudet

 

 

Eduardo Montes de OcaPor EDUARDO MONTES DE OCA 

El aldabonazo nos llega en andas de un informe de la FAO, glosado por agencias tales IPS: “Será difícil acabar con el hambre para 2030 porque está en peligro la capacidad de la humanidad para alimentarse debido a las crecientes presiones sobre los recursos naturales, la mayor desigualdad y las consecuencias del cambio climático”.

Si bien “en los últimos 30 años se lograron avances significativos en la reducción del hambre”, la expansión de “la producción alimentaria y del crecimiento económico vino con un costo muy alto para el ambiente… Casi la mitad de los bosques que antaño cubrían el planeta han desaparecido y las aguas subterráneas  se agotan con rapidez”, la biodiversidad “se ha visto gravemente erosionada”. Eso hace que “de continuar las tendencias actuales, podrían superarse los límites planetarios”, nos alerta el director general de la entidad de la ONU, José Graziano da Silva, en la introducción al texto.

Texto de sesgo detallista que nos informa de que se estima que más temprano que tarde el orbe tendrá 10 000 millones de habitantes. Así como de que en un ámbito de moderado crecimiento económico, el aumento de población elevará la demanda mundial de productos agrícolas en 50 por ciento respecto de la actual, lo que “incrementará la presión sobre los recursos naturales ya muy exigidos”.

Entonces,  una mayor cantidad de individuos comerán menos cereales y más carne, frutas, verduras y alimentos procesados, como resultado de la actual transición que experimenta la dieta global y que se adiciona a las presiones ya existentes, generando, como serpiente que se muerde la cola, círculo que pasa de vicioso,  más deforestación, mayor degradación del suelo y un aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero. A lo que se ayuntan las dificultades resultantes del cambio climático, lo que “afectará cada aspecto de la producción alimentaria”, como una más pronunciada variabilidad en las precipitaciones, y abundancia de sequías e inundaciones.

Decididamente, habrá que solidarizarse con aquellos que se encrespan ante ciertas afirmaciones de la FAO. Y Dios nos libre de abogar por la eliminación de esta, que no ha cejado, por ejemplo, en proclamar la “imposibilidad de un desarrollo sostenible si no se erradican el hambre y la desnutrición”. Pero, en honor a la verdad, suena como arpa atenuada el llamado a grandes transformaciones para que se concrete el objetivo. Y deviene algo ingenua la exhortación a un impulso a las inversiones y a un reequipamiento de los sistemas alimentarios. ¿Y esto? “Sin un esfuerzo adicional para promover un desarrollo que tenga en cuenta a los más pobres, reduzca las desigualdades y proteja a los más vulnerables, más de 600 millones de personas estarán subalimentadas en 2030. De hecho, los avances actuales no serán suficientes para erradicar el hambre para 2050”.

En este contexto, parece sueño de una noche estival la recomendación de que, “dadas las pocas posibilidades de aumentar las tierras dedicadas a la agricultura, el agua empleada, el aumento de la producción para cubrir la mayor demanda tendrá que lograrse principalmente mejorando la productividad y la eficiencia en el uso de los recursos”.

Y sigue la catilinaria de la FAO contra el statu quo diciendo que para hacer frente a los desafíos señalados, entre otros, no es factible continuar haciendo lo mismo, como hasta el momento. “Se necesitarán grandes transformaciones en los sistemas agrícolas, en las economías rurales y en la gestión de los recursos naturales si queremos hacer frente a los múltiples desafíos que tenemos por delante, así como si queremos explotar todo el potencial de la alimentación y la agricultura para garantizar un futuro saludable para todas las personas y todo el planeta”.

Aquí llega lo mejor. “El mayor desafío es producir más con menos, al tiempo que se protegen y se mejoran las distintas formas de sustento de los pequeños agricultores familiares y se garantiza la alimentación de las personas más vulnerables. Para ello se precisa un enfoque de doble vía que combine las inversiones en protección social con inversiones en actividades favorables a los pobres. De esta manera, se abordará la subalimentación al mismo tiempo que se incrementarán las oportunidades para la generación de ingresos de las personas pobres”.

Conforme a esa agencia de la ONU, citada en extenso por IPS, “el mundo debe cambiar a sistemas de alimentación más sostenibles, que logren un uso más eficiente del suelo, del agua y de otros insumos y reduzcan de forma sensible el uso de combustibles fósiles, para reducir drásticamente las emisiones contaminantes, lograr una mayor conservación de la biodiversidad y reducir el volumen de los desperdicios”. Para ello,  se necesita una más ingente inversión en los sistemas agrícolas y agroalimentarios, así como más fondos para la investigación y el desarrollo, recomienda el informe; así se podrá promover la innovación, impulsar la producción sostenible y encontrar mejores formas de hacer frente a los problemas de escasez de agua y de cambio climático, precisa.

Mas no ceja la FAO. “Además de impulsar la producción y la resiliencia, es también fundamental crear cadenas para el suministro de alimentos que mejoren la relación entre productores y mercados en las ciudades de los países de bajos y medianos ingresos, además de medidas para mejorar el acceso de los consumidores a alimentos seguros y nutritivos y a un precio accesible, como políticas de precios y programas de protección social”.

A estas alturas, y tras agradecer el empeño, la bondad institucional, habremos de reiterar el reclamo de Tartarín de Tarascón, el personaje de Daudet, a sus maldicientes vecinos: Estocadas, que no alfilerazos, señores, porque de nada valen las demandas benéficas si alrededor de 500 multinacionales –número más, número menos- controlan (controlaban en 2012) el 52 por ciento de la riqueza planetaria, por lo que el capital financiero viene a decidir a quién toca morir, sustituyendo el dictamen de las Parcas.

Como apuntábamos en otra ocasión, seamos consecuentes. Los llamados al camino recto resultarán estériles en tanto la pitanza represente un negocio, pues, conforme al articulista Vincent Boix, de la Universidad Politécnica de Valencia, “se puede prescindir de todos los objetos que nos rodean y que supuestamente nos hacen la vida mejor; sin embargo, llenar el estómago siempre será una obligación. Así lo han entendido esas pocas multinacionales que controlan el comercio de alimentos y los inversionistas que han volcado su dinero en los mercados agrícolas”.

El grito de marras devendrá un acto fallido mientras la FAO, aunada al Banco Mundial y al Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, sostenga que en las naciones empobrecidas el acaparamiento de tierras deparará puestos de trabajo, transferencia tecnológica, infraestructuras rurales, seguridad alimentaria… Criterio dirigido a justificar la inversión extranjera en general, y que resonó con fuerza impar hace un siglo, cuando ciertas transnacionales fruteras trocaron los Estados centroamericanos independientes en repúblicas bananeras. No en balde existe la historia, ¿no? Historia que nos obliga a bregar contra la llamada “conciencia feliz”, aquella que, según el filósofo alemán Herbert Marcuse, refleja la creencia de que lo real es racional y el sistema establecido, a pesar de todo, proporciona los bienes. Cómo diantre despertar a seres con más arraigada capacidad de cálculo que sentimiento de culpa, desmovilizados por la ampliación del consumo inherente a la sociedad industrial avanzada, tecnológica; al capitalismo. Tarea tan ímproba, apostillábamos una vez, como hacer oír el ruido del agua fluyente a quienes, por habitar a la vera de una cascada, ya no lo perciben. He aquí un reto al prensamiento y la praxis emancipatorios.

Por lo pronto, insistamos –no nos cansemos- en que la opción por el estado de cosas, el “mejor de los mundos posibles”, se basa en una condición, la de primermundista, que no repara o se cisca en el hecho de que diariamente mueren de inanición casi 60 mil personas, un menor de 10 años cada cinco segundos; y de que mil millones viven (más bien sobreviven, malviven) en una situación de subalimentación grave y permanente, tal nos recordara Jean Ziegler, citado en Adital por José Carlos García Fajardo.

Si el mundo anda patas arriba, porqué el neoliberalismo, el causante del estropicio, se alarga en el tiempo, interroguémonos con el conocido sociólogo Emir Sader. Y mire usted que “en ningún lado la aplicación de los duros ajustes fiscales –eje de los modelos neoliberales– cumplió sus promesas. Ni control de las cuentas públicas ni de la inflación, menos aún retomar el desarrollo económico. Su desempeño es globalmente considerado un fracaso, causante de la perpetuación de la recesión en la economía mundial”.

Respira aunque boqueando el Sistema porque refleja los intereses del capital financiero, hegemónico a nivel económico en el estadio actual del proceso de acumulación. En segundo lugar, coincidamos con Sader, porque el propio capitalismo no posee alternativas. “Llegado a su estapa actual, no lograría retornar a formas de regulación económica que le permitieran no estar sometido a las presiones recesivas del capital financiero”. En tercero, “porque las fuerzas que se le oponen no han conseguido  –hasta el momento– en la gran mayoría de las naciones comprender que la lucha fundamental en el periodo histórico actual es por la superación del modelo neoliberal y lograr así construir una alternativa concreta a ese modelo, congregando a las fuerzas sociales y políticas necesarias”.

Concluyamos que la fase es de supervivencia, marcada por la recesión y una gigantesca crisis social, así como por una inmensa crisis hegemónica que “apunta hacia su agotamiento y la búsqueda de alternativas para su superación”. Mientras tanto, habremos de seguir encrespándonos ante ciertos informes de la FAO, por tibios, cuando ella misma se duele de que “las pérdidas y el desperdicio de alimentos ascienden a mil 300 millones de toneladas al año –en torno a una tercera parte de la producción mundial de alimentos para el consumo humano-, lo que corresponde a más del 10 por ciento del total del consumo de energía calórica”.

Nada, que el reconocimiento de la buena fe de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación no nos impide retractarnos de continuar clamando por estocadas, que no alfilerazos –ahondamiento, que no superficialidades-, como el personaje de Daudet. El insigne Tartarín de Tarascón.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca