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Publicado el 23 Marzo, 2017 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

OEA

Veleidades de una tesis esencialmente errónea

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Eduardo Montes de OcaPor EDUARDO MONTES DE OCA

Cariacontecido, el secretario general de la OEA aseguró recientemente, durante una sesión en Washington –precisamente en Washington–, que Cuba no estaba (no está) lista para volver al organismo. Su señoría Luis Almagro Lemes se mostró dolido porque la Isla, por cierto en práctica inquebrantable de su soberanía, de la independencia vertical de una nación en su actividad interior y su política exterior,  le denegó el derecho de entrada en el territorio, donde se proponía recibir un premio inventado por un grupúsculo ilegal antipatriótico que opera con la Fundación para la Democracia Panamericana, creada en los días de la VII Cumbre de las Américas, con vistas a “canalizar esfuerzos y recursos contra gobiernos legítimos e independientes” de la región, según una plausible nota del Minrex oreada en público.

Dentro del texto salía a la luz que, urdido en un periplo largo por la capital del Potomac y otras del hemisferio, la estancia pretendida tenía por fin montar en La Habana “una abierta y grave provocación contra el Gobierno Revolucionario, generar la inestabilidad interna, dañar la imagen internacional del país” y, al mismo tiempo, perjudicar “la buena marcha de los nexos diplomáticos” con otros Estados.

Al espectáculo, razonaba el documento, más que posiblemente serían arrastrados el propio Almagro y personajes derechistas que integran la llamada iniciativa Democrática para España y las Américas (IDEA), la cual “también ha actuado de forma agresiva en los últimos años contra la República Bolivariana de Venezuela y otros países con gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina y el Caribe”.

El intento, citábamos en anterior comentario, contó con la connivencia y el apoyo de otras organizaciones con abultadas credenciales anticubanas, como el Centro Democracia y Comunidad; el Centro de Estudios y Gestión para el Desarrollo de América Latina (CADAL); y el Instituto Interamericano para la Democracia, del terrorista y agente de la CIA Carlos Alberto Montaner. Además, “desde el año 2015, se conoce el vínculo que existe entre estos grupos y la Fundación Nacional para la Democracia de Estados Unidos (NED, por sus siglas en inglés), que recibe fondos del Gobierno de ese país para implementar sus programas subversivos contra Cuba”, precisaba la Declaración.

En medio de una explayada serie de justificaciones y profesiones de fe izquierdizante –¿un verdadero revolucionario desempeñaría el triste papel de líder de una alianza espuria desde la esencia?–, su inefable alteza trasuntó tácitamente el objetivo puesto al desnudo por nuestra Cancillería al afirmar: “Creíamos que era una buena oportunidad de acercar a Cuba determinados principios y valores del Sistema Interamericano que siempre han sido positivos para toda la ciudadanía”.

Valores del sistema interamericano (así, con minúsculas, suena mejor). ¿Quién demonios convenció al señor de marras de que este pedazo de suelo pretende ayuntarse a una entidad con un prontuario al que él ha aportado pábulo suficiente para la desconfianza y el rechazo rotundos, ya que el hombre, en muy breve lapso y sin mandato alguno de los integrantes, se ha destacado por una ambiciosa agenda de autopromoción  con ataques contra Venezuela, Bolivia y Ecuador? Y durante ese período se han redoblado las arremetidas imperialistas y oligárquicas contra la integración latinoamericana y caribeña y la institucionalidad democrática en varios de los miembros. Transido todo de una ofensiva neoliberal en la que millones de seres han retornado a la pobreza, cientos de miles han perdido sus empleos, se han visto forzados a emigrar o han terminado asesinados o desaparecidos por mafias y traficantes, mientras se expanden en el hemisferio ideas aislacionistas y proteccionistas, el deterioro ambiental, las deportaciones, la discriminación religiosa y racial, la inseguridad y la represión.

Por eso, y más, la ecuación resulta la mar de sencilla: Es precisamente Cuba, a pesar de que, en julio de 2009, amigos contribuyeron a dejar sin efecto la resolución número VI del 31 de enero de 1962, que nos expulsaba del ente, la que mantiene el NO a pertenecer, porque la mismísima OEA no está lista para ese paso

Es precisamente Cuba la que mantiene el NO a pertenecer, porque la mismísima OEA no está lista para ese paso

. Y al pueblo renuente le basta con adscribirse a entidades de sesgo distinto, tal la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), por ejemplo.

Una posición fundamentada

Ya lo explicó Luis Suárez, profesor del habanero Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), en atinada Mesa Redonda televisual: La posición de Cuba de rechazo a la Organización de Estados Americanos (OEA) se fundamenta en la historia de crímenes en América Latina y de complicidad ante las acciones nefastas de los Estados Unidos en el área. “Lo de Cuba no es intransigencia, sino historia”, expresó epigramáticamente el experto, para seguidamente señalar que ese bloque, el cual en su página web escribe la mentira de que nació inspirado en Simón Bolívar, representa el núcleo político del sistema interamericano, con una activa participación en los programas de dominación imperialista en América Latina.

Recordó Suárez que tal “sistema, con la OEA a la cabeza, ha sido cómplice de los principales crímenes ocurridos en la región en los últimos decenios y legitimó dictaduras militares, intervenciones armadas y las acciones contra la Cuba revolucionaria y socialista”. Añadió que en la década del 80 del pasado siglo esa institución entró en crisis por su silencio y apoyo a la invasión británica a las islas Malvinas y la estadounidense a Granada. “En 1991 se lanza la modernización del sistema interamericano para hacer más eficiente la dominación oligárquica”. No dijo nada, apostilló, cuando la democracia burguesa, que defiende a ultranza, fue descaradamente violentada por el fraude electoral que benefició a George W. Bush para su primer mandato presidencial en EE.UU. El investigador alertó sobre nuevas formas de intervencionismo de los Estados Unidos, con la implicación de la OEA, como el pretexto de la lucha contra el narcotráfico, la presencia militar o la Carta Democrática del 2002, de la cual consideró será la gran batalla dentro de la organización.

“Ministerio de Colonias” de EUA no en balde la calificó el intelectual, político y diplomático cubano Raúl Roa García (1907-1982), el archiconocido Canciller de la Dignidad. La OEA surgió en 1948, durante la Conferencia Internacional Americana celebrada en Bogotá, y una de sus primeras acciones fue aprobar una resolución que avalaba la “intervención colectiva regional” en Guatemala en 1954.

Aquella agresión, organizada por Washington, pretendía y logró derrocar al gabinete de Jacobo Arbenz y poner fin a la llamada Primavera de la Democracia, durante la cual se aprobaron la Ley de Reforma Agraria y otras medidas de beneficio popular.

Con el silencio o el beneplácito de la OEA tuvieron lugar los bombardeos contra ciudades cubanas en los primeros años del triunfo de la Revolución de 1959 y la invasión mercenaria a Playa de Girón en 1961, orquestada también por la Casa Blanca. El 3 de enero de 1962 el Tío Sam rompió relaciones con Cuba y ese mismo mes, el día 31, la OEA aprobó una resolución que excluyó a la nación caribeña del cacareado sistema interamericano.

Con el silencio o el beneplácito de la OEA tuvieron lugar los bombardeos contra ciudades cubanas en los primeros años del triunfo de la Revolución de 1959 y la invasión mercenaria a Playa de Girón en 1961

Grosso modo, relacionemos, asimismo, que en el seno de la entidad la Casa Blanca consiguió la aprobación, por un estrecho margen, de una resolución que le permitió intervenir también en República Dominicana en 1965, para impedir el triunfo del movimiento popular constitucionalista. Con su anuencia o complicidad se embistió a la pequeña isla de Granada en 1983 y se produjo la invasión a Panamá en 1989.

La Organización de Estados Americanos “tiene una historia que recoge toda la basura de 60 años de traición a los pueblos de América Latina”, señalaba el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, en una de sus reflexiones, publicadas en abril del 2009. En junio de ese mismo año, la Asamblea General del ente, celebrada en San Pedro Sula (Honduras), resolvió eliminar la vergonzosa resolución que en 1962 expulsó a Cuba de ese foro, como apuntábamos. ”Habían pasado casi cuatro décadas, la situación en América Latina y el Caribe era diferente y se contaba en la región con gobiernos más comprometidos con sus pueblos y con un mayor sentido de independencia”.

Por su parte, el gobierno cubano aseveró en aquella ocasión que el acuerdo de la cita de Honduras de dejar sin efecto la resolución constituía un desacato a la política seguida por Estados Unidos contra su país desde 1959. Sin embargo, ratificó que no regresaría al organismo, que desempeñó un activo papel a favor de la política hostil de Washington, oficializó el bloqueo y estipuló la obligatoriedad de que los países miembros rompieran relaciones con la nación caribeña. Cuestión de principio.

El tema ha vuelto a la palestra en varias ocasiones, entre rumores y evidencias, pero la posición nuestra sigue siendo la misma. “Cuba apuesta por los nuevos mecanismos de integración como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, la Unión de Naciones Sudamericanas o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños”, se hace eco Prensa Latina. Para concluir que “fortalecer, expandir y armonizar esos organismos y agrupaciones, es el camino escogido por Cuba; no la peregrina ilusión de regresar a una organización que no admite reforma y que ya fue condenada por la historia”.

Y hablando de historia

Medios como el sitio digital del Minrex y el diario Granma se muestran prolijos al respecto del nefasto currículo de la OEA. En artículo en tres partes titulado “La vergonzosa historia de la OEA”, el colega Oscar Sánchez Serra aporta significativo expediente del surgimiento y la trayectoria de la alianza; del contexto de su aparición y fundamentos jurídicos, políticos e ideológicos en que se constituyó, y del papel desempeñado en el área.

Rememora el periodista que desde su despegue como nación, los Estados Unidos de América contrapusieron siempre al ideario de unidad e integración latinoamericanas su pretensión de dominación continental, ambición plasmada el 2 de diciembre de 1823 en la conocida Doctrina Monroe, sintetizada en la frase “América para los americanos”. No fue hasta el último cuarto del siglo XIX, cuando esa filosofía pudo explayarse, en momentos en que la industria estadounidense crecía hasta revestir la condición de potencia en acelerado ascenso, con lo cual procuraba no solo la dominación del continente, sino crear las condiciones para lanzarse a una redistribución del mundo.

ambición plasmada el 2 de diciembre de 1823 en la conocida Doctrina Monroe, sintetizada en la frase “América para los americanos

Ya a finales de 1889, el gobierno gringo llamó a la Primera Conferencia Panamericana, “punto de partida del panamericanismo”, en su raíz el dominio económico y político de América bajo la supuesta “unidad continental”. Era nada menos que actualizar la Doctrina Monroe en el instante preciso en que el capitalismo norteamericano arribaba a su fase imperialista. José Martí, testigo excepcional del surgimiento del monstruo, se interrogaba a propósito de aquella cita: ¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? Y, como siempre, llevaba razón. Entre 1899 y 1945, en ocho reuniones similares, se fue estableciendo el avance de la penetración económica, política y militar de EE.UU. en América Latina.

El panamericanismo monroísta

Como reza en cualquier texto que rinda honor a la verdad, a finales de la II Guerra Mundial, de la que EE.UU. salió beneficiado, se abre una etapa de auge del Panamericanismo, y del sistema interamericano iniciado en la Conferencia de Chapultepec en 1945, pasa por la creación de la OEA en 1948, y llega a la invasión de República Dominicana en 1965, cuando se consolida la subordinación de los gobiernos del continente a la política exterior de USA.

Así, prosigue el colega de Granma, esa Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y la Paz, de Chapultepec, contó con un objetivo político definido: alinear a los países de la región para enfrentar el proceso que vendría con la creación de la ONU. De resultas, en la conferencia de San Francisco, en abril de 1945, en la cual se funda ese organismo, la diplomacia norteamericana, apoyada por los países latinoamericanos, defendió la “autonomía” para el Sistema Interamericano y se agenció que el artículo 51 de la Carta de la organización mundial preservara la solución de controversias mediante métodos y sistemas “americanos”. “La interpretación que le dio el Consejo Directivo de la Unión Panamericana es que dicha Carta nació compatible con el Sistema Interamericano y el Acta de Chapultepec”.

Luego, en agosto de 1947, la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro aprobó una resolución de la que se derivó la herramienta que daría vida a la cláusula de permisividad arrancada a la ONU: “el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que reafirmaba el principio de ‘solidaridad’ continental esgrimido por Washington, en función de enfrentar cualquier situación que pusiera en peligro ‘su paz’ en América y adoptar las medidas necesarias, incluido el uso de la fuerza. Con el TIAR se impone la voluntad yanqui en el continente, constituyendo una amenaza permanente para la soberanía” de nuestros países.

A manera de colofón, coincidamos con el analista, entre el 30 de marzo y el 2 de mayo de 1948 la Conferencia Internacional Americana de Bogotá insufla el aliento vital a la OEA. En medio de esa reunión es asesinado el líder liberal colombiano Jorge E. Gaitán, de gran arraigo popular, hecho que motivó la insurrección conocida como Bogotazo, cruentamente reprimida y que sirvió para manipular “los resultados de la Conferencia, al promover EE.UU. la amenaza que significaban para la democracia el ‘auge’ de la Unión Soviética y el comunismo, al que culpaban por las muertes del Bogotazo. Pero tanto la Conferencia de Río como la de Bogotá coincidieron con una agudización de los problemas económicos en América Latina, cuyos países –entusiasmados con el Plan Marshall para Europa– empezaban a demandar uno de asistencia para la región. Mas el propio Secretario de Estado, George Marshall, se encargó de defraudarlos”.

Así concluye que de la discusión y adopción de la Carta de la OEA surgió un extenso documento de 112 artículos, firmado sin reservas por los 21 participantes en Bogotá. La Carta hacía suyos algunos de los principios cardinales y justos del derecho internacional; sin embargo, a instancias de Washington, se le introdujeron disposiciones que trasladaron a la OEA los postulados principales del TIAR, por lo cual, desde su cuna, se convirtió en el instrumento jurídico ideal para la dominación estadounidense en el continente. “Su retórica diplomática relativa a los postulados sobre la independencia y soberanía de las naciones y los derechos del hombre y de los pueblos, han quedado como letra muerta”.

desde su cuna, se convirtió en el instrumento jurídico ideal para la dominación estadounidense en el continente

La arremetida contra Guatemala

A ninguna persona con conocimiento de causa le es ajena la arremetida contra Guatemala en 1954, por tropas mercenarias organizadas por la CIA, que derrocaron al gobierno de Jacobo Árbenz. Como apunta Oscar Sánchez Serra, en Granma, “la OEA se había prestado antes para aprobar una resolución que introducía la variante de intervención colectiva regional, en expresa violación de su propia Carta y la de la ONU. Ante el hecho consumado, se limitó a dejar ‘hacer’ a EE.UU. y dilató el examen de la situación, ignorando los intereses del país agredido”.

Pero quizás con quien más se ha lucido el “Ministerio de Colonias” –calificativo reiteradamente ratificado por Fidel y Raúl– ha sido con Cuba. El apoyo a la invasión de Playa Girón, en 1961; las acciones desplegadas para aislarnos, que concluyeron con la expulsión de la Isla, en enero de 1962, y la ruptura diplomática de los países de la región, representaron un nivel de ensañamiento tal, que colocó más en entredicho a ese organismo.

Por si no bastara, cuando en abril de 1965 desembarcaron los marines en Santo Domingo para impedir la inminente victoria del movimiento popular sobre las fuerzas de la reacción militarista, la OEA envió a aquella capital a su secretario general –uruguayo como Almagro–, José A. Mora, “con el aparente propósito de obtener una tregua entre los beligerantes”, mientras se dilataba una decisión para facilitar que los yanquis tomaran el control.

Luego de múltiples gestiones, Washington logró por el estrecho margen de un voto aprobar una resolución que creaba una Fuerza Interamericana de Paz, con la que se perpetró por primera vez bajo la marca de la OEA una intervención colectiva en un país del área. Así las cosas, esa organización, entre cuyos postulados básicos incluía el principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados, continuaba en crisis de credibilidad.

Tiempo después, marzo de 1982 trajo la intervención británica con que comenzó la Guerra de las Malvinas, primera agresión de una potencia extracontinental a un país del Sistema Interamericano, lo que, según el TIAR, debía convocar la solidaridad continental con el agredido. Ante el asombro colectivo el Tío Sam dio un espaldarazo político y militar a Gran Bretaña e impuso sanciones económicas a Argentina. “¿Y la OEA qué?” –se pregunta Granma. Olímpicamente demoró su reacción, “adoptó una tibia resolución llamando al cese del conflicto y solo un mes más tarde condenó el ataque armado e instó a EE.UU. a que levantara de inmediato las medidas aplicadas a Argentina”.

Ante el asombro colectivo el Tío Sam dio un espaldarazo político y militar a Gran Bretaña e impuso sanciones económicas a Argentina. “¿Y la OEA qué?”

Y algo más: en octubre de 1983 fue derrocado el primer ministro de Granada, Maurice Bishop, asesinado a manos de los militares golpistas. Allí también USA envió una fuerza invasora, de 1 900 infantes de marina, que tomaron el control de la Isla. “El principio de no intervención volvía a carecer de validez. En la OEA, la mayoría aprobó esa acción como ‘medida preventiva’”, en tanto otros la rechazaron. “Finalmente se condenó la invasión por catalogarla como violatoria de la Carta de Bogotá”. Prueba de que no siempre el ente ha llegado a consenso absoluto.

   Siguiendo la lógica del periodista Sánchez Serra, reparemos en que el fin de la llamada Guerra Fría y la desintegración de la URSS trastrocaron la geopolítica mundial, y que la OEA, llamada a capítulo por los Estados Unidos, intentó reacomodarse con el fin “supremo” de serle más fiel a las oligarquías, “por lo que comienza en 1991 a promover los preceptos de la democracia representativa burguesa y del neoliberalismo. Bajo esas banderas nacen las Cumbres de las Américas, a iniciativa de EE.UU., las que otorgaron renovados mandatos a la organización”.

Es entonces, en 1992, cuando sobresale la creación de la Carta Democrática Interamericana, la cual llevó a nivel de tratado la imposición del unipolarismo a la región, “es decir la OEA no cambió su cara, tanto que frente al golpe militar en Haití, que depuso al presidente Jean Bertrand Aristide, exhibió el mismo grado de incapacidad y putrefacción. Delegó el tema en el Consejo de Seguridad de la ONU, que aprobó una fuerza militar multinacional ¿liderada por quién? Por EE.UU.”.

Ensañadamente contra Cuba

Comulguemos igualmente con el aserto de que la OEA ha supuesto complicidad y “legitimación interamericana” de las agresiones de EE.UU. contra nuestro pueblo. El 18 de marzo de 1959, a dos meses y medio de la victoria de enero, el nuevo embajador de Cuba ante esa entidad, Raúl Roa García, proclamaba la posición que definiría la relación entre la Revolución y el organismo: “[…] En largos años no se había erguido y escuchado la voz genuina de Cuba en el Consejo de la OEA. […] No resulta ocioso recordarlo […] obvio estímulo a los pueblos todavía oprimidos. El derrocamiento de una tiranía mediante la acción armada no es un suceso insólito en nuestra América; sí lo es, en cambio, la que derribó la de Fulgencio Batista en Cuba”.

No en balde el Canciller de la Dignidad aseveraba: “Me voy con mi pueblo, y con mi pueblo se van también de aquí los pueblos de Nuestra América”. […] “Hasta ese momento, ningún mecanismo multilateral o regional había infringido o tratado de infringir más daño a un país que el de la OEA a Cuba. La denominada ‘cuestión cubana’ ocupó un lugar prioritario en la agenda de la OEA y, de conformidad con los intereses de Estados Unidos, comenzó a sentar las bases para el aislamiento político-diplomático de Cuba y […] ‘legitimar’ una agresión militar directa”.

En este paneo no podía faltar que en agosto de 1959 los gobiernos de Brasil, Chile, los Estados Unidos y Perú solicitaron la convocatoria de un encuentro de cancilleres. Lógico: “la Revolución había promulgado la Primera Ley de Reforma Agraria, eliminando los grandes latifundios, entre ellos los de la United Fruit, en la que tenían intereses económicos los hermanos Allan Dulles, secretario de Estado, y Foster Dulles, jefe de la CIA”.

Si bien esa V Reunión de Consulta, en Santiago de Chile, no adoptó ningún documento condenando a nuestro país, creó el “marco conceptual” que valdría para los propósitos de la política yanqui al efecto; estableció la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y la Comisión Interamericana de Paz recibió nuevas facultades, “lo cual formaba parte de la estrategia de creación o perfeccionamiento de herramientas que serían claves en la aplicación de directrices yanquis contra Cuba en el seno de la OEA”.

la estrategia de creación o perfeccionamiento de herramientas que serían claves en la aplicación de directrices yanquis contra Cuba en el seno de la OEA

Ante una avalancha de reuniones, Roa, prevenido de los objetivos, declaraba, primero en Washington: “El Gobierno de Cuba está convencido que todas esas acusaciones lo que pretenden es crearle a Cuba un ambiente internacional hostil, y organizar en Cuba una conjura internacional de tipo intervencionista, a los efectos de interferir, obstaculizar o malograr el desarrollo de la Revolución cubana”. Y profería luego, en San José, una acusación reveladora: “Si de hacer justicia se trata, debería sancionarse, conjuntamente, a Trujillo y al gobierno de Estados Unidos”.

La confabulación de San José

De acuerdo con nuestra fuente, del 22 al 29 de agosto de 1960 se efectuó, en la capital de Costa Rica, la VII Reunión de Consulta. Entre los puntos de su agenda constaba la vigorización de la solidaridad continental y del sistema interamericano, especialmente ante las amenazas de intervención extracontinental, y la consideración de las tensiones internacionales existentes en la región del Caribe, “para asegurar la armonía, la unidad y la paz de América”.

El convite adoptó un documento final en cuyos párrafos 4 y 5 señalaba que el Sistema Interamericano es incompatible con toda forma de totalitarismo, y la democracia solo arribará a la plenitud de sus objetivos en el continente cuando todas las repúblicas americanas ajusten su conducta a los principios de la Declaración de Santiago de Chile y todos los miembros de la Organización tienen la obligación de someterse a la disciplina del sistema interamericano, voluntaria y libremente convenida y que la más firme garantía de su independencia política proviene de la obediencia a las disposiciones de la Carta de la OEA.

Y esto, señores míos, se traduce en que en San José quedaron establecidas las condiciones, conforme a los términos yanquis, para imponer la exclusión del gobierno cubano. Por lo cual, en protesta, Roa anunció la decisión de retirarse de aquel vergonzoso conciliábulo. La frase de entonces funge de fundamento para la repetida negación a integrar el ministerio metropolitano, y cuyo sentido ha sido tomado como bandera, derrotero vital, por Fidel, Raúl y todo un pueblo: NO, ni falsos amigos ni enemigos jurados nos hará hacer las paces, desde dentro, con esa a quien los hijos de esta tierra, provistos de un gracejo que no cesa ni en las más peliagudas circunstancias existenciales –ni la Crisis de Octubre, ni el Período Especial– se acostumbraron, nos acostumbramos, a relacionar con la letra del cantor Carlos Puebla: Cómo no me voy a reír de la OEA, si es una cosa tan fea; tan fea que causa risa…

Cómo no me voy a reír de la OEA, si es una cosa tan fea; tan fea que causa risa…

Mas apartándonos de lo lúdico, digamos con toda seriedad que, en respuesta a los resultados de la Reunión de San José, más de un millón congregado en la Plaza de la Revolución en histórica Asamblea General del Pueblo de Cuba, adoptó en representación de todos los compatriotas conscientes, los más, la I Declaración de La Habana, “mediante la cual se rechazaron las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos contra Cuba, su política de aislamiento y el servilismo de la OEA ante esas patrañas”.

En pretendida contestación, en diciembre de 1961 el Consejo Permanente de la OEA decide, a solicitud de Colombia, convocar la VIII Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores para enero de 1962 (del 22 al 31), en Punta del Este, donde se tomaron nueve resoluciones, cuatro de ellas contra la Isla, “pero la IV era la ‘joya’ de la OEA: Exclusión del actual Gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano, máxima aspiración yanqui para deslegitimar en lo político y diplomático a nuestra Revolución. La resolución fue aprobada con 14 votos afirmativos (Estados Unidos tuvo que comprar el voto de Haití para obtener la mayoría mínima), uno en contra –Cuba– y seis abstenciones: Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador y México. Las dos últimas naciones expresaron que la expulsión de un estado miembro no procedía, pues no existía una reforma previa de la Carta de la organización´”.

Tocó el turno al presidente Osvaldo Dorticós, para hacer flamear la enseña que había alzado antes, en aquel mismo escenario, el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa: “[…] Si lo que se pretende es que Cuba se someta a las determinaciones de un país poderoso, si lo que se busca es que Cuba capitule, renuncie a las aspiraciones de bienestar, progreso y paz que animan su revolución socialista y entregue su soberanía, si lo que se intenta es que Cuba vuelva la espalda a países que le han demostrado una amistad sincera y un respeto cabal; si, en una palabra, se intenta esclavizar a un país que ha conquistado su libertad total después de siglo y medio de sacrificios, sépase de una vez: Cuba no capitulará. […]. Vinimos para pasar de acusado a acusador, para acusar al culpable aquí, que no es otro que el gobierno imperialista de Estados Unidos. […] la OEA se hace incompatible con la liquidación del latifundio, con la nacionalización de los monopolios imperialistas, con la igualdad social, con el derecho a la educación, con la liquidación del analfabetismo […] y en ese caso Cuba no debe estar en la OEA. […] Podremos no estar en la OEA, pero Cuba Socialista estará en América; podremos no estar en la OEA, pero el gobierno imperialista de los Estados Unidos seguirá contando a 90 millas de sus costas con una Cuba revolucionaria y socialista”.

podremos no estar en la OEA, pero el gobierno imperialista de los Estados Unidos seguirá contando a 90 millas de sus costas con una Cuba revolucionaria y socialista

Continúa la nota evocando que, “derrotado en Girón, en 1961; fracasados los planes de la Operación Mangosta, que condujeron a la Crisis de Octubre, de 1962, con el bloqueo económico, comercial y financiero ya proclamado y con bandas terroristas combatiendo en las montañas del Escambray, a Estados Unidos le quedaba solo internacionalizar su abyecta política, para lo cual se vale de la IX Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, en Washington en julio de 1964”. Allí, mediante una resolución inspirada en el TIAR, dispone que los gobiernos de los Estados Americanos rompan sus relaciones diplomáticas o consulares con el Gobierno de Cuba. “Solo México mantuvo una posición digna y no se plegó a los designios del imperio”.

La quiebra de una política

El 11 de septiembre del 2001, cuando el derribo de las torres gemelas en Nueva York, se promulgó la Carta Democrática Interamericana, la más solapada maniobra yanqui contra Cuba en la OEA, la cual estableció las reglas que estaban obligados a seguir los países para ser miembros del bloque hemisférico. “Antes no se podía ser marxista-leninista; ahora había que adoptar como requisito la democracia representativa burguesa y el ‘Dios Mercado’. En el fondo, se promovía, de forma similar, la exclusión de nuestro país. Pero la Revolución ingresó al siglo XXI vencedora del más largo y cruento asedio que pueblo alguno ha conocido en la historia de la humanidad”. La nobleza y voluntad de la Isla es aplaudida. La OEA fracasó estrepitosamente.

A pesar del asedio, Cuba sostiene relaciones diplomáticas con todas las naciones del hemisferio y “fue aclamada en el Grupo de Río, porque ningún pueblo del continente nos excluyó jamás. Nuestro país no se asustó, no claudicó, no cambió un ápice su decisión soberana, no negoció su libertad, su independencia y su libre determinación. No es una posición de ultranza, es un principio, y fue fijado por Raúl Roa en agosto de 1959: “La Revolución Cubana no está a la derecha ni a la izquierda de nadie: está al frente de todos, con posición propia e inconfundible. No es tercera, ni cuarta, ni quinta posición. Es nuestra propia posición”.

Y, entre otros factores, no se amilanó este pueblo por el ejemplo de sus líderes. El 2 de septiembre de 1960, tras la conjura de San José, en una multitudinaria congregación en la Plaza de la Revolución, Fidel dio lectura a la Primera Declaración de La Habana, donde propina un golpe demoledor a la trapisonda de San José:

“[…] La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba reafirma su fe en que la América Latina marchará pronto, unida y vencedora, libre de las ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano y que le impiden hacer oír su verdadera voz en las reuniones donde cancilleres domesticados, hacen de coro infamante al amo despótico […]. En la lucha por esa América Latina liberada, frente a las voces obedientes de quienes usurpan su representación oficial, surge ahora, con potencia invencible, la voz genuina de los pueblos, voz que se abre paso desde las entrañas de sus minas de carbón y de estaño, desde sus fábricas y centrales azucareros, desde sus tierras enfeudadas, donde rotos, cholos, gauchos, jíbaros, herederos de Zapata y de Sandino, empuñan las armas de su libertad, voz que resuena en sus poetas y en sus novelistas, en sus estudiantes, en sus mujeres y en sus niños, en sus ancianos desvelados. A esa voz hermana, la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba le responde: ¡Presente! Cuba no fallará. Aquí está hoy Cuba para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su dilema irrenunciable: Patria o Muerte”Cuba no fallará.

Aquí está hoy Cuba para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su dilema irrenunciable: Patria o Muerte

Aquí, la apoteosis. Entre los aplausos y la aprobación de más de un millón de brazos, Fidel expresó: “[…] Ahora falta algo. Y con la Declaración de San José, ¿qué hacemos? El pueblo coreó: ¡La rompemos!, ¡La rompemos!” Y como anota el colega Oscar Sánchez, el líder tomó en sus manos el bochornoso texto y lo rompió ante la multitud. “Quedaban claras las cosas entre Cuba y la OEA. Las palabras finales de la Declaración de la Habana eran la premonición de lo que iba a ocurrir casi medio siglo después, al asistir la Revolución a los estertores de la organización”.

El declive

Desacreditada, en pleno ocaso del Imperio más poderoso de la historia, el bloque encontró un “aire” en una iniciativa del presidente Clinton, quien en 1994 propuso las reuniones cumbres con todos los jefes de Estado y Gobierno del hemisferio, cuya organización, conducción y seguimiento confió a la OEA, con el fin de rescatarla de la inopia en que se encontraba.

“Tras la IV Cumbre de las Américas (Mar del Plata-2004), donde quedó enterrada el Área de Libre Comercio para las Américas, la OEA recibía otra bofetada que iría a engrosar su nefasto legado. Luego, su silencio frente a la incursión colombiana en Ecuador del 1ro. de marzo del 2008, también la sacudió y como otras tantas veces, el gobierno yanqui amparó el hecho, mientras el Grupo de Río respondió por la depauperada y vieja dama, dejándola para siempre sin voz. Durante la V Cumbre, en Puerto España, Trinidad y Tobago […] la OEA tampoco supo estar a la altura de las circunstancias en los hechos que condujeron a la masacre de campesinos en Pando, Bolivia, en septiembre del 2008”. Fue la joven Unasur la nueva voz, bronca, fortalecida, que vindicó los derechos de los ignorados de ayer, de hoy, de siempre.

“Ante una realidad que ya le es ajena, la OEA se vio de frente a la sólida posición de los países de la región por la injusta exclusión de Cuba de la cita trinitaria. Ni ella ni su secretario general, el chileno José Miguel Insulza, pudieron evitar que el cuestionamiento a la política norteamericana hacia la isla fuera el gran protagonista. Insulza, había alertado Fidel, no tenía conciencia de que ‘ […] el tren ha pasado hace rato, y él no se ha enterado todavía’”.

Como reflexiona el colega, “lo ocurrido allí demostró a los […] estadounidenses (acostumbrados a no aprender de los fracasos) que América Latina y el Caribe vive una realidad bien distinta a la de 1960 y 1962, en la que la región fungía como dócil escenario. La OEA y su portavoz, Insulza, no lo comprendieron, y repitieron la vieja práctica de hablar en nombre del amo: ‘EE.UU. tiene la voluntad de hablar con ellos (Venezuela y Bolivia). Pero debe ser un diálogo sin condiciones’. Así volvía sus pasos sobre lo que ha sido el corazón de la conflictiva relación entre Estados Unidos y la región, Cuba incluida: un diálogo con condiciones impuestas desde Washington. La OEA impuso la doble moral, la corrupción política y administrativa, hizo ingobernables las democracias, las convirtió en dictaduras y cuando no les sirvieron más, las reconvirtió en democracias más menguadas y lacayunas aún”.

La OEA impuso la doble moral, la corrupción política y administrativa, hizo ingobernables las democracias, las convirtió en dictaduras y cuando no les sirvieron más, las reconvirtió en democracias más menguadas y lacayunas aún

Anegada en sangre

Insistamos. “La organización que había favorecido el golpe de Estado de 1952 en Cuba; la que fue tan vaga frente a la acción militar contra el gobierno constitucional de Árbenz, en Guatemala; la que respaldó al sátrapa Anastasio Somoza y en 1961 no condenó la invasión mercenaria a Cuba, mientras eludía toda crítica al golpe de Estado contra el presidente electo de Ecuador, Velazco Ibarra, seguía siendo exactamente la misma que auspiciaba con su indulgencia la invasión militar a República Dominicana en 1965 y el envío de boinas verdes y armas a Guatemala en 1966, y a Bolivia en 1967, en tanto aplaudía las graduaciones de cientos de torturadores y represores en la Escuela de las Américas del Canal de Panamá. Contempló los golpes de Estado patrocinados por el gobierno de Estados Unidos en Uruguay, Argentina y Chile. Calló ante la muerte de Salvador Allende, ante el asesinato y desaparición forzosa de decenas de miles de sudamericanos durante la tenebrosa Operación Cóndor. No promovió la paz en Centroamérica durante los años ochenta, en un conflicto que cobró cerca de cien mil vidas humanas. No respaldó las investigaciones para esclarecer la sospechosa muerte del general Torrijos en Panamá, ni sus embajadores dejaron de tomar café cuando las ingloriosas invasiones a Granada, en 1983, y a la propia Panamá, en 1989”.

Por si fuera poco, “brindó respaldo a Pedro ‘El Breve’, durante las difíciles jornadas que vivió Venezuela en abril del 2002, tras la intentona golpista, vencida por la ejemplar respuesta del pueblo que rescató a su Presidente. Esa actitud evidenció hasta dónde era capaz de llegar su hipocresía y alineación con el poder imperial, al no aceptar el carácter genuino del proceso bolivariano venezolano, que le había dado una lección justo allí donde más le dolía, sometiéndose como ningún otro gobierno al escrutinio de sus electores y salir victorioso”.

Los Estados Unidos pusieron aún más al desnudo la inmoralidad de la famosa Carta Democrática, al sumar a su currículo, como apunta Sánchez, el caso de Bolivia, donde se buscó sacar del camino a Evo Morales, el primer presidente indígena de América. “A la OEA y al señor Insulza les sobró ¿pudor? para evitar llamar las cosas por su nombre (golpe de Estado, por ejemplo) y prefirieron indicar con lenguaje arlequinesco que […] se ha llegado a un punto en que o se acuerda un inmediato cese de las hostilidades y se pasa a la negociación, o la situación se pondrá muy difícil […]”. En su complicidad, la OEA ignoró las evidencias de que la DEA y la CIA estaban detrás de planes de magnicidio.

En su complicidad, la OEA ignoró las evidencias de que la DEA y la CIA estaban detrás de planes de magnicidio

La “historia clínica” de la organización es tal, que no alcanzaría el espacio para mostrarla en todo su alcance. En el sitio digital del Minrex consta una prolija exhibición de desaguisados, amenazas y embestidas. Intentos y hechos que, unidos a otros dirigidos contra el subcontinente, indican a muchos la necesidad ineludible –el presidente de Ecuador, Rafael Correa ha sido claro al respecto– de desmantelar el tinglado impuesto.

Sí, hay demasiado comprometimiento con la muerte, el genocidio y la mentira para que la OEA sobreviva a estos tiempos. Es más: ya es un cadáver. Sin embargo, algunos tratan de “enmendarla” haciendo de perdonavidas con Cuba. La realidad es que sin la entidad, los Estados Unidos perderían uno de sus principales instrumentos político-jurídicos de control hegemónico sobre el hemisferio occidental. Entonces, ¿cómo habrá de convencernos su señoría –mero fantoche–, el cariacontecido Luis Almagro, de que Cuba no está lista para sumarse a tan desvencijado carro? Es precisamente el “Ministerio de Colonias”, dicho por Roa y confirmado por nuestros máximos líderes, el que no está apto para recibir a la Isla. En fin, como expresara Raúl, asido de Martí: Antes de ingresar en la OEA, primero se unirá el Mar del Norte con el Mar del Sur y nacerá una serpiente de un huevo de águila. Imposible, ¿no?

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Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca