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Publicado el 10 Julio, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

El papel de la cultura en los procesos económicos (I)

Por ARMANDO HART DÁVALOS

En los inicios del siglo XXI tiene lugar la más profunda crisis moral en la historia de la llamada civilización occidental, la cual amenaza con desencadenar un proceso irreversible hacia la destrucción de la vida sobre la Tierra.  Los cubanos nos sentimos en el deber  de contribuir, junto a todos los pueblos del mundo, a salvar para nuestros descendientes la inmensa riqueza que la historia natural y social ha venido forjando durante millones de años y que se ve hoy amenazada de muerte.

Si todos los seres inteligentes del mundo, independientemente de sus ideologías sociales, políticas, filosóficas o religiosas fuéramos capaces de asumir, como deber sagrado de conciencia, emprender acciones tendentes a conservar y enriquecer la inmensa herencia cultural recibida, habríamos cumplido con la más importante obligación que nos impone nuestra condición humana. Con esto lograremos la más elevada suma de felicidad personal que puede concebirse no solo para los más de seis mil millones de personas que habitamos el planeta, sino también para las generaciones venideras.

En la Europa actual se habla de renovar el pensamiento moderno desde sus fundamentos primigenios.  Esto fue lo que hizo el Apóstol cubano en el siglo XIX, modernizarlo y proyectarlo en beneficio de todos los desposeídos del mundo. Es la única renovación posible.

Este compromiso lo sostenemos porque hemos recibido las enseñanzas de Martí y la cultura cubana de dos siglos en la cual hizo síntesis lo mejor de la cultura espiritual de la civilización  nacida en el Mediterráneo hace más de dos mil años y que a finales del siglo XVIII y principios del XIX  llegó a nuestro país  a través de  las ideas de la Ilustración y la Modernidad.

La idea del equilibrio es muy antigua en la historia del pensamiento filosófico e incluso religioso.  Martí la asume, como toda  su cosmovisión, con fundamentos que integran todos los órdenes de la realidad en tanto ley matriz esencial que rige tanto para la naturaleza, el espíritu, el arte, la ciencia, la economía, las relaciones sociales y la política. Y como esta síntesis solo es posible alcanzarla a escala social con una cultura volcada hacia la acción, José Martí la llevó al terreno de la educación y la política práctica.

En carta a Manuel Mercado de 18 de mayo de 1895, la cual quedó inconclusa por su muerte el día 19, señala que todo lo que ha hecho y haría sería para “(…) impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

En el Manifiesto de Montecristi que firmara junto al general Máximo Gómez en marzo de 1895 se expresan ideas esenciales al respecto que mantienen una vigencia sorprendente en el mundo de hoy:

“La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.

Hay quienes pueden pensar que se trata de una utopía irrealizable en nuestra época puesto que las oligarquías norteamericanas alientan el terrorismo, especialmente el de Estado, y la guerra criminal contra los pueblos de menor capacidad defensiva, pero precisamente por eso es más necesario que nunca estudiar las sabias advertencias de nuestro Apóstol, que llevan implícito, por su realismo, un mensaje al pueblo norteamericano. Así, refiriéndose a la contienda del pueblo cubano por su independencia señalaba que se hacía también para “salvar el honorde la gran república del norte que “en el desarrollo de su territorio -por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles-hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores”.

Es la visión martiana que deseamos llegue a todos los pueblos del mundo y en especial a la patria de Lincoln y de Emerson -a quienes tanto admiró nuestro Apóstol- una fórmula para Estados Unidos, el hemisferio occidental y el mundo actual.

Hay una expresión del Apóstol a la que es necesario extraer todas las consecuencias que   encierra: “Ser culto es el único modo de ser libre”.

Hoy se ha convertido en una apremiante necesidad definir qué es la cultura, porque es tal la fragmentación y dispersión que la larga evolución intelectual de la civilización occidental ha creado sobre la expresión cultura que para descubrir su verdadera naturaleza es indispensable ir a la génesis antropológica y al análisis de su evolución histórica y exaltar el concepto que la define  como una segunda naturaleza, la creada por el hombre.

Las más importantes investigaciones de las disciplinas psicológicas, de la antropología y las ciencias del hombre han subrayado que el valor primigenio esencial de la cultura es la justicia.  Esta verdad se puede comprobar con el rigor del método científico más elevado que la civilización moderna ha exaltado a primer plano. La historia del mundo viene a confirmar también que allí donde avanzó la cultura, progresó la justicia, y a la inversa, donde retrocedió aquella, se limitó la cultura.

El lenguaje, el trabajo y la justicia son los primeros acontecimientos de carácter cultural; surgen de esta manera las primeras ideas éticas y jurídicas necesarias para la justicia y la convivencia humana.

La tragedia se halla en que el hombre junto a la facultad de asociarse de manera consciente, que lo distingue del conjunto del reino animal, arrastra, a la vez, de sus ancestros prehistóricos a la fiera que según Martí todos llevamos dentro y que se manifiesta en la expropiación del trabajo de otros hombres y en la división entre explotados y explotadores. Pero Martí también señalaba que los hombres somos seres admirables porque podemos ponerle riendas a la fiera.

Las riendas son parte esencial de lo que llamamos cultura, que ha alcanzado los más altos niveles de creación espiritual con las limitaciones propias de cada tiempo histórico y del nivel de las fuerzas productivas.

En los dos últimos siglos, a partir de un impetuoso desarrollo económico, el capitalismo promovió la especialización del conocimiento en determinadas ramas, lo que trajo aparejado el aislamiento y la división del conocimiento en compartimentos estancos y fragmentando los componentes de la cultura.

Los exégetas conservadores de la postmodernidad han acabado por pervertir las coordenadas que enlazan cultura, ética y desarrollo económico-social. El único modo que tiene la humanidad de evitar una catástrofe ecológica y social es saneando esta relación.  Hoy se requieren con urgencia la integridad y la justicia, la cual se expresa en la cultura cubana como la más alta aspiración.

En la  historia espiritual de occidente se plantearon de forma antagónica dos corrientes esenciales de su mejor tradición:  una es la evolución del pensar científico y filosófico que concluye en su más alta escala en el pensamiento racional y dialéctico; y la segunda, la tradición del pensamiento utópico que tiene raíces asentadas en las ingenuas ideas religiosas de las primeras etapas de la historia humana y que en la civilización occidental se nutrió inicialmente, y en su ulterior evolución, de lo que conocemos por cristianismo.

Ambas líneas, necesarias para el desarrollo y estabilidad de las civilizaciones, han venido siendo desvirtuadas y tergiversadas a lo largo de la historia por la confusión, la torpeza y las ambiciones de los hombres.  Unas veces cayendo en el materialismo vulgar y otras en el intento de situarse fuera de la naturaleza ignorando sus potencialidades creativas.  Martí, en versos de profundo alcance filosófico señaló: Todo es hermoso y constante,/Todo es música y razón,/Y todo, como el diamante,/Antes que  luz es carbón.

En nuestros días se habla de una llamada postmodernidad.  A estas alturas de la historia existen dos formas de concebir un tiempo posterior a la Edad Moderna.

  • Una sería el caos postmoderno presente en la dramática realidad de hoy que amenaza con destruir la civilización que llamaron occidental e incluso a toda la humanidad. El proceso de fragmentación que el capitalismo y el imperialismo generaron ha llegado ya al extremo de formular en la literatura y en la educación la tesis de que la historia no tiene ya más coherencia que la cronología de los hechos. Están más atrás no solo ya de Hegel sino de Herodoto, síntoma inequívoco de su decadencia intelectual.
  • Otra consiste en coronar la edad de la razón con principios éticos e iniciar la verdadera historia del hombre. Todo lo anteriormente creado quedará como prehistoria. Es la única forma racional de asumir un tiempo posterior a la modernidad.

Para llegar a la victoria definitiva de la razón es imprescindible desarrollar la facultad de asociarse con los demás hombres hacia fines que  correspondan a  intereses materiales y espirituales comunes. A ello se arriba orgánicamente con eso que llamamos amor y que es, con toda evidencia, fuerza real y objetiva de la vida y de la historia.  Si no se alcanza tal comprensión y no se asume como dialéctica la relación entre las voluntades individuales y sociales (no pueden existir una sin la otra) la civilización moderna no podrá superar la grave situación que atraviesa, como ya señalamos.

Para enfrentar el drama hay que hacer un poco de historia.  En la génesis de la civilización, la cultura se proyectó en tres planos esenciales: el lenguaje, en tanto trasmisión del mensaje, la ética y el derecho. Es imprescindible que la trasmisión del mensaje se ajuste a la verdad. Saben ustedes cómo se tergiversan por los medios de comunicación la trasmisión de los mensajes. Aquí vale recordar lo expresado por José Martí acerca de las consecuencias de faltar a la verdad. Decía el Apóstol:  “(…)  el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella”.

(Continuará…)


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos