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Publicado el 24 Julio, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

El papel de la cultura en los procesos económicos (Il)

Por ARMANDO HART DÁVALOS

De la ética dijo el ilustre maestro cubano José de la Luz y Caballero, que la justicia es el sol del mundo moral. La tradición ética cubana ha sido fuerza decisiva que nos ha permitido llegar aquí.  La confirmación de su valor práctico está en la victoria y permanencia de nuestra Revolución, nacida el 10 de octubre de 1868 y que hoy continúa.

Acerca del derecho, José Martí subrayó “(…) la imposibilidad absoluta de un progreso, sin que antes se determinen de un modo fijo la legislación política y civil, en armonía con las cuales el progreso necesario se ha de hacer”.  Expresó, además, que con leyes vacilantes e inciertas, incierta y vacilante ha de ser forzosamente la situación del país que rijan. Postuló, asimismo, que “El derecho mismo, ejercitado por gentes incultas, se parece al crimen”.

Es indispensable que el derecho y la ética respondan a los intereses de todos los hombres y mujeres nacidos o por nacer.  Dígase hombre y se han dicho todos los derechos. El Benemérito de las Américas, don Benito Juárez, definió la paz como el respeto al derecho ajeno.

Hoy hablan de globalización y lo que hacen es fragmentar, dividir al mundo. Hay crímenes por doquier, se extiende socialmente la podredumbre, la corrupción, el latrocinio y todo género de atropellos de carácter ético. La dificultad mayor está en la necesidad de combatir el hambre, la miseria y el dolor humano frente a la acción egoísta de grupos privilegiados que están creando hoy el caos como parte del proceso de decadencia de la civilización occidental.

El equilibrio en el seno de nuestras sociedades no puede abordarse sin enfrentar el dolor humano.  Las limitaciones actuales, bien evidentes, del sistema social dominante están en que ha olvidado una parte fundamental de la realidad: el dolor humano. No hay realidad más importante y extendida en el orden social que la angustia y la miseria que está viviendo la inmensa mayoría de la población del globo y que mientras no se supere conducirá inexorablemente a desequilibrios sociales. Para hacerlo, es necesario promover la unidad de todos nuestros pueblos en su conjunto y en el seno de cada uno de ellos.

Para enfrentar estos retos se necesita estudiar el papel que se le asigna a la educación, a la política culta y a las relaciones entre cultura y economía. Sobre la educación, el Apóstol nos habló de la necesidad de desarrollar la inteligencia a partir de la instrucción y de la formación de sentimientos de solidaridad humana.  La política la concebía como un arte, la definió de esta forma:

La política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios, de convertir los reveses en fortuna; de adecuarse al momento presente, sin que la adecuación cueste el sacrificio, o la merma del ideal que se persigue; de cejar para tomar empuje; de caer sobre el enemigo, antes de que tenga sus ejércitos en fila, y su batalla preparada.

Esta idea es el aporte más original de Martí a la historia de las ideas políticas y se resume en el principio de superar radicalmente el divide y vencerás de la tradición conservadora y reaccionaria, y establecer el postulado de unir para vencer. La historia de nuestro país permite comprobar que esta concepción acerca de cómo hacer política está en el nervio central de la evolución cubana durante dos siglos.  Ella la expresan, en grado superior, José Martí y Fidel Castro.  Pienso, en particular, que esta es la enseñanza principal que los cubanos deseamos se extraiga de años transcurridos desde el 26 de julio de 1953 hasta nuestros días. Unir para vencer es la clave de la política martiana que la generación del Centenario, bajo la dirección de Fidel Castro, exaltó al plano más alto durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI.

La unidad de los pueblos tanto en lo interno de las naciones como a escala internacional, nos lleva a un tema esencial: la ética. En los enfrentamientos sociales y económicos están presentes como telón de fondo las exigencias morales.  El combate a la corrupción y a la degradación moral es la más inmediata exigencia que debe señalársele a la política práctica. Ética y justicia social relacionadas estrechamente constituyen la clave esencial para alcanzar el equilibrio.  Esto sólo -como decíamos- es factible con la cohesión popular.

En primer lugar, es indispensable analizar la importancia determinante de la cultura en la historia económica del hombre en el pasado, en el presente, y sobre todo hacia el porvenir. Ha llegado el momento de asumir, en todo su alcance, que la cultura constituye el factor y el motor más importante en el desarrollo de la economía y de la sociedad. Para ello se impone realizar estudios económicos concretos que ayuden a demostrar el papel dinámico de la cultura en la historia. Es la única forma de encontrar las vías para un nuevo pensamiento filosófico y de acción política a tono con los problemas del mundo actual.

En el tejido de relaciones sociales que se establecen en los procesos económicos está presente la cultura y se enriquece a partir de ella. Tenemos que asumir estas verdades para empezar a entender el laberinto infinito de metodologías, números, estadísticas y los esquemas sobre la determinación del valor de la mercancía que nos ha venido imponiendo el sistema capitalista. Pero para orientarnos en tan compleja madeja resulta obligado, para comenzar, una reflexión teórica, de otra forma no se lograrán las más profundas y consecuentes soluciones prácticas.  La práctica a que aspiramos está muy por encima de los esquemas impuestos.

Ha sido bastante común subrayar el papel preponderante de la base respecto a la superestructura y, por tanto, de las fuerzas productivas sobre las relaciones de producción,   descuidando el análisis del factor subjetivo en su influencia recíproca con los llamados elementos objetivos y su papel en el desarrollo tanto de las relaciones de producción como de las propias fuerzas productivas.  Sin embargo, está demostrado que el soporte subjetivo juega un enorme papel con su influencia sobre el medio que lo rodea y en particular sobre la economía.  Solo que ese factor no ha sido suficientemente estudiado, por una u otra razón, y quienes lo han hecho en alguna medida, ha sido desde la perspectiva de cómo extraer más zumo a ese componente de la producción que es la fuerza de trabajo.  Esto para explotarla más y distorsionar su inmenso y decisivo valor.  Lo original de la situación que hoy se nos presenta es que cada día se hace más necesario el factor subjetivo precisamente por el avance de los conocimientos técnicos y del progreso general del conocimiento.  

Lo original de la situación que hoy se nos presenta es que cada día se hace más necesario el factor subjetivo precisamente por el avance de los conocimientos técnicos y del progreso general del conocimiento

El papel de la cultura, entendido por supuesto en su sentido más vasto y enriquecedor, que cubre el campo del conocimiento, es basamento principal en la acción y reacción del hombre en su actividad económica, social y política.  Hay que procurar un lenguaje nuevo para describir los problemas que se remiten a los orígenes de la historia de la civilización y encontrar sus caminos de solución.  Es necesario hallar nuevos caminos a estos desafíos, es necesario hallar nuevas categorías filosóficas que permitan comprender, en las realidades del siglo XXI, cómo se comportan las luchas entre explotadores y explotados.  Las que vienen del pasado, que tienen nuestro infinito respeto, deben servirnos como punto de referencia, pero a la largo del siglo XX los fenómenos se expresan de una manera diferente a la del XIX.  Las tres categorías filosóficas que proponemos se estudien frente a la realidad de nuestro tiempo son: identidad, civilización y universalidad.

Dejemos atrás los viejos esquemas, aunque valiosos como punto de referencia, y abordemos los problemas de hoy y hacia el mañana sobre el fundamento de estas tres categorías.  Es preciso defender la identidad de cada nación, pueblo y colectividad humana y exaltar el derecho de todas ellas  a alcanzar una civilización material y espiritual superior y garantizar que el principio de universalidad se comprenda como complejo de identidades, de modo tal que la lesión a cualquiera de ellas afecta el carácter universal del conjunto.

No hay conflicto económico, social o político del mundo actual, ya sea en la paz como en la guerra, que no pase por el derecho de los pueblos a su identidad, a alcanzar una civilización más alta y a las necesidades que nos impone   la universalización de la riqueza. Estúdiese, a la luz de lo anterior, el papel de República Dominicana, de Cuba, las Antillas y nuestra América, y se llegará a la conclusión que tenemos la fuente necesaria de ideas y cultura para plantearnos, con el rigor de la ciencia y las exigencias de lo académico, las tareas políticas más importantes

(Continuará…)

Ver también El papel de la cultura en los procesos económicos (Il)


Armando Hart Dávalos

 
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