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Publicado el 15 Agosto, 2017 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

 Destapar “el almacén de odios”

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

Lázaro Barredo Medina

Lázaro Barredo Medina

Después de volver a ver al presidente Donald Trump en estos días de agosto en un contacto en la Casa Blanca con los mercenarios de Bahía de Cochinos, acompañados por supuesto del senador Marcos Rubio, no pocos expertos consideran el hecho como un soberano disparate en términos de relaciones públicas, publicitado precisamente por el político cubanoamericano, cuya regla principal es como una herencia: “no dejar pasar ninguna oportunidad sin sacarle el máximo de ganancias”. Rubio se ha vendido como instrumento político de acceso a la oficina oval en Washington, mensaje que tiene mucho que ver con la egolatría de su código personal.

La repercusión negativa que tal proceder encuentra en el sensible escenario doméstico estadounidense es cada vez más creciente y aumentan las críticas al verificar que esta gente pone por delante su agenda particular en detrimento de los intereses nacionales de Estados Unidos, incluso en perjuicio de la propia comunidad de origen cubano, con el fin de mantener el ambiente de guerra fría contra Cuba para que les den mucho dinero.

Antes de que Donald Trump fuera a Miami a enunciar su cambio de política, la principal preocupación que asistía a varios camajanes de la mafia era cómo resolver la afectación que tendrían del dinero del contribuyente norteamericano, porque al plantear la administración una reducción sensible de los fondos en todos sus programas sociales y más todavía en los asuntos de política exterior, incluida la “ayuda al desarrollo” de América Latina, con certeza los programas subversivos contra Cuba también serían disminuidos. La intranquilidad y el pánico cundieron en los oráculos “mayameros” que viven a costa de la “industria anticubana”.

Ahora, con un Trump cortejado por “estos héroes y magníficos estadounidenses”, como describió el senador Rubio a los mercenarios, cuyas historias pueden encontrarse en las bibliotecas como gente que confesó venir en la invasión “embarcados” y no pocos de ellos como “cocineros”, los aíres monetarios han cambiado. Si antes, en mayo se decía que los fondos para la subversión serían reducidos de 20 millones a 15 millones, ahora se plantea en la propuesta en la Cámara de Representantes incrementarlos en 30 millones para 2018. Así que se vuelve a la danza de los millones para atentar contra el orden constitucional cubano.

¿Qué habrá detrás de todo este engatusamiento a Trump por gente que tiene un aval de violencia, como no sea pretender volver a intentar convertir a Cuba en una “olla de presión” con esa mezcla de recrudecimiento de guerra económica, subversión interna, fomento de sus agentes en los grupúsculos para la desobediencia civil, saturación del espacio radioeléctrico con una sistemática campaña de propaganda y todo cuanto fuera posible para enrarecer peligrosamente la relación entre vecinos?

Lo paradójico es que el peligro mayor estará en los propios Estados Unidos, y particularmente en Miami, donde se puede destapar el “almacén de odios” y resurgir un Frankestein que no repara en nada, que actúa premeditadamente para romper las reglas de la sociedad norteamericana y aplastar a todo lo que pretenda contradecir sus planes, porque acuden a las peores pasiones: el terror y el miedo.

Ellos han probado que son verdaderos maestros en sustituir la ética por el desparpajo, en convertir la tarima del “patriotismo” en fuente de recaudación de dinero, pues para todo hay una comparsa de oportunistas e incautos, bien lo sabemos en la Isla cuando hemos visto cómo financiar a individuos y organizaciones que promuevan un cambio en Cuba ha sido una permanente apuesta desde el triunfo revolucionario de 1959.

Ese afán desmedido de poder y dinero fomentó en el sur de la Florida la “república bananera” donde algunos en Washington sembraron la impunidad, a tal grado que esa mafia cada vez que ha estado en discrepancia con la administración “le ha virado la tortilla”. Trump debiera documentarse con otros asesores, porque en el pasado esta gente ha sido capaz de acudir a tácticas de amenazas electoreras contra más de un presidente de los Estados Unidos cuando no se sirven sus intereses, pero también lo han hecho contra la vida.


Lázaro Barredo Medina

 
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