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Publicado el 2 Agosto, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

El papel de la cultura en los procesos económicos (IlI, final)

Armando Hart.Por ARMANDO HART DÁVALOS

Fidel Castro expresó que existía el peligro de que las convulsiones económicas y sociales lleguen y no exista un programa para enfrentarlas. La gravísima situación de muchos países lo confirma. Se revela, por ejemplo, en la dramática realidad actual de Argentina. Para elaborar estos programas es necesario estudiar, sin traba ideológica alguna, las mejores ideas expuestas por las grandes personalidades de la historia universal sobre estos temas sin exclusiones.

Los grandes humanistas de la historia han hecho aportes con su inmenso saber a la ciencia, a la educación,  la cultura y a la política.  Hoy resulta indispensable hacer una selección de todos los pensamientos sin encasillamientos ni dogmatismos. El equilibrio del mundo sólo es posible lograrlo con métodos, formas y propósitos bien diferentes a los de antaño.  Veamos:

Si tras Waterloo se alcanzó determinada estabilidad profundamente reaccionaria entre los estados de Europa en lo que se llamó Santa Alianza, y si de manera similar ocurrió en 1917 con la Liga de las Naciones, y después de la Segunda Guerra Mundial con la creación de las Naciones Unidas, hoy no puede alcanzarse con solo un acuerdo entre estados.  Hay que buscar el equilibrio ente las naciones, las colectividades humanas,  los grupos étnicos y sociales.

Tras  el fin de la llamada bipolaridad se abrió una grieta en toda la civilización occidental.  De hecho, la bipolaridad facilitaba al sistema imperialista mejor dominio de sus intereses.  Hoy ya hemos entrado en el caos, acentuado   con las acciones militares realizadas en contra de la voluntad de todos los pueblos del mundo expresada en múltiples maneras y formas.  Hay que hablar de esto a profundidad.

Lenin, a principios del pasado siglo, calificaba al imperialismo como fase superior de capitalismo.  Hoy es necesario investigar al imperialismo en su etapa senil, como señalan diversos economistas, entre ellos, el argentino Jorge Bernstein, en un artículo cuya lectura recomiendo.  En mi opinión, ya Estados Unidos no es un imperialismo en la forma en que describió Lenin, porque ha perdido peso económico para ello.  Han vuelto a las viejas formas de dominación imperial precapitalistas, están como en los tiempos de la conquista de América.  Obviamente, están desmontando todo el andamiaje creado en el orden institucional por la humanidad, buscan por la fuerza lo que no pueden encontrar por la vía de las formas económicas.  Son los modernos Hernán Cortés, Pizarro y tantos otros bien conocidos en América.

¿Se podrá consolidar un nuevo orden colonial como ocurrió en el siglo XV?  Pienso que no, pero el asunto merece una profunda reflexión porque creo que esto acabará repercutiendo en el seno de los Estados Unidos, país integrado por emigrantes que discrimina a todos los que no son blancos sajones.

Al pueblo norteamericano hay que dirigirse y hacerlo como apuntaba Martí, subrayándole que en el desarrollo de su territorio podría alcanzar más segura grandeza que en sus aspiraciones de dominación extranjera. Hay que apoyarse en la mejor tradición jurídica y ética de la civilización occidental, lo que implica, en los tiempos actuales, asumir una posición revolucionaria, porque solo puede hacerse orientando la misma en beneficio de los pobres y explotados del mundo.

Los principios contenidos en la Carta de las Naciones Unidas y su sistema de instituciones, han entrado en profunda crisis.  Las oligarquías norteamericanas han violentado las bases jurídicas de la civilización moderna, es decir, la más alta creación del derecho internacional. Desde hace años venimos denunciando esta situación.  No obstante, nuestras banderas siguen siendo la defensa de la autoridad de las Naciones Unidas, la ampliación del poder de la Asamblea General, el principio de autodeterminación de los estados y de la plenitud de la soberanía nacional, el respeto a la identidad cultural de cada pueblo y la más amplia libertad de intercambio y comercio de modo que ningún país por capricho o por veleidades de su política doméstica pueda imponer legislaciones punitivas a otros.  Son cuestiones a concretar en la cultura ética que debe predominar en el concierto  de naciones y sociedades.

En el plano de las teorías jurídicas y políticas de la civilización occidental estas posiciones son irrebatibles. En el terreno económico no podemos aceptar que se nos arrebaten los recursos nacionales por potencias o países extranjeros. Cualesquiera sean los criterios que tenemos sobre el socialismo o el capitalismo, hay un principio irrenunciable: la defensa de la soberanía nacional y de los intereses económicos de cada país.

Damos la voz de alerta de que ha llegado la hora de una reflexión política y académica sobre estos temas cardinales. Por ahí hay que empezar para entendernos.  Con el pensamiento de José Martí podemos llegar a programas inspirados en estos principios.

Lo original en el Apóstol cubano está en que asumió el inmenso saber universal, lo volcó hacia la acción política, lo expresó en planos más altos y creativos de la literatura y los orientó a favor del equilibrio del mundo sobre el fundamento de la justicia, y en primer lugar de los pobres, que son quienes más sufren.  Recordemos:  Con los pobres de la tierra/ Quiero yo mi suerte echar:  Y como la justicia constituye la categoría principal de la cultura el pensamiento de Martí trasciende su tiempo y se convierte en guía esencial para alcanzar el equilibrio del mundo en el siglo XXI.

Quienes con torpeza y maldad y desde una religiosidad profundamente reaccionaria hablan de un eje del mal, los invitamos a que estudien la historia de Cuba en su lucha contra el colonialismo español primero y contra el imperialismo después, y aprenderán, de manera detallada y profunda, que la maldad de los regímenes despóticos se identificaba con su estupidez.  Hay que responderles a estos modernos inquisidores con el refranero popular: Dios ciega a quien quiere perder.

El problema se ha hecho cada vez más agudo precisamente por el dominio que ejercen las minorías poseedoras de los grandes medios de producción, de las nuevas tecnologías y en especial de los instrumentos de difusión y promoción de ideas a escala nunca vista antes.

No rechazamos estos avances, combatimos la forma inmoral con que se emplean. Sabemos, como hemos dicho, los peligros y los obstáculos, pero no hay más alternativa: o los hombres y las mujeres del siglo XXI toman el camino del amor y la inteligencia, o todo estará perdido. La alternativa es bien evidente: si los intereses oligárquicos no tienen la cultura para entender y facilitar soluciones los pueblos las encontraran sin contar con ellos. El cambio es inevitable, puede ser más o menos dramático, pero la historia muestra que cuando los poderosos se aferran torpemente a los intereses creados, acaban perdiéndolo todo. Los pueblos van a decir, en definitiva, la última palabra

Pocas veces en la historia se ha puesto tan a prueba la fuerza de la moral y la verdad para combatir el crimen.  Optimista por naturaleza y por revolucionario, tengo la convicción de que acabará siendo derrotada la mentira y que resultarán victoriosos la inteligencia y el amor.

Recordemos un pensamiento de Fidel Castro: El gran caudal hacia el futuro de la mente humana consiste en el enorme potencial de inteligencia genéticamente recibido que no somos capaces de utilizar.  Aspiramos a exaltar a los planos más altos la inteligencia y a relacionarla, como señaló Martí, con la bondad para el logro de la felicidad.  Lo hacemos sobre el fundamento de estimular el espíritu asociativo en el que el Apóstol veía el secreto de lo humano.

Proclamamos, como él lo hizo en el poemario dedicado a su hijo, nuestra fe el mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud.

En el mundo de estos días, se pueden comprobar de muy diversas maneras las situaciones descritas.  Nada lo evidencia tanto como la acción  criminal que la más alta oligarquía imperialista lleva a cabo en el Oriente Medio. Nunca, o pocas veces ha quedado tan al descubierto que los intereses económicos más egoístas de los grupos privilegiados tratan de imponerle al mundo la guerra. Ya se puede apreciar en forma descarnada. Se han quitado todos los ropajes porque carecen de la cultura para vestirse, andan desnudos por el mundo, desnudos de cultura.

También se están revelando muchas de estas afirmaciones en la forma inculta y criminal con que operan los reaccionarios contra la República Bolivariana de Venezuela.

Enlazar el pensamiento martiano con los grandes movimientos de masas que se vienen desarrollando en el mundo debe ser propósito de todos aquellos que hayan entendido la esencia del pensamiento del Héroe Nacional cubano.

El reto consiste en cómo promover las ideas martianas sobre tan complejísima cuestión y, desde luego, cómo fundamentarlas.

Defendamos la inmensa creación forjada por la evolución natural que nos elevó a la condición humana y la riqueza cultural que el hombre ha creado durante milenios de historia, como compromiso de honor con  nuestros más ilustres antecesores, con la humanidad de hoy y de la que formarán parte nuestros hijos y descendientes, hagámoslo tomando como bandera la fórmula del amor triunfante que postuló el Apóstol de Cuba y América, y así asumiremos el más honroso papel que puede ejercer el hombre sobre la Tierra.

Ver también:

El papel de la cultura en los procesos económicos (I)

El papel de la cultura en los procesos económicos (Il)


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos