0
Publicado el 20 Septiembre, 2017 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

El cambio climático no es el cuento del Coco

Eduardo Montes de OcaPor EDUARDO MONTES DE OCA

Irma disponía de sobradas condiciones para tornarse uno de los más poderosos huracanes formados en el Atlántico. Como informó en su momento a la prensa nacional el reconocido meteorólogo José Rubiera, la temperatura del mar era mucho más elevada que lo que se precisa para insuflar fuerza al monstruoso fenómeno, que llegó a copar un área comparable con la de Francia. Si normalmente 26.5 grados resultan suficientes para el desarrollo de un organismo de ese tipo, el de esta vez encontró 29, 30 y hasta 31 grados, entre otros elementos.

Interrogado sobre una posible relación entre el vigor del evento y el cambio climático, adujo que no se debe asegurar teniendo como referencia uno solo de esos hechos naturales, ya que la llevada y traída metamorfosis ocurre a largo plazo de distintas variables. “Respecto a los huracanes y el número de ellos que ocurren cada año, se pueden hacer pocas inferencias y por eso existen algunas incertidumbres. Lo que sí es cierto, o parece cierto, es que los huracanes han tendido a ser más intensos durante el presente siglo XXI y su máxima intensidad la han alcanzado en plazos record de pocas horas”.

Ahora, aunque el especialista se mostró plausiblemente cuidadoso en sus afirmaciones, que siempre han de pasar por el visor de las estadísticas, reconoció que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, sus siglas en inglés) establece que uno de los efectos de la temida variación puede ser el aumento de la fuerza de los congéneres de Irma, así como la cantidad de lluvia que provocan.

Algunas de las principales conclusiones contenidas en las informaciones del IPCC han sido que “el calentamiento del sistema climático es inequívoco, como resulta evidente de observaciones de aumentos en temperaturas promedios atmosféricas y de océanos, amplio derretimiento de nieves y de hielo, y aumento en el nivel de la cota marina”.

Para la entidad, “la mayor parte del aumento observado en las temperaturas medias mundiales desde mediados del siglo XX se debe muy probablemente (>90 por ciento) al aumento observado en las concentraciones de gases de efecto invernadero de origen antropogénico”.

El hombre como causante, sí, aunque alguno que otro, no precisamente desavisado, más bien desalado presentista –¿recuerdan a Mister Donald Trump retirándose del Acuerdo de París, tras negar las evidencias del desastre?–, insistan en desafueros como oponerse al cambio de la matriz energética, de fósil a renovable. Al parecer, el magnate devenido mandatario no comulga con la socorrida frase del apóstol Tomás, “ver para creer”… O quizás ni vea. Porque sigue en sus trece a pesar de las verdades de entendidos y divulgadores. Entre ellos, Guillermo Altares, de la digital CETS, sostiene que el Harvey, como la ola de calor en Europa en este verano, representa una muestra del patrón que nos espera en un futuro quizás a tiro de piedra.

“Al final del verano se forman huracanes en las aguas del Golfo de México; en el Mediterráneo hace mucho calor en julio y agosto; los monzones producen inundaciones tremendas en Asia en esta época del año… Todo parece normal, pero no lo es: ninguno de estos fenómenos es extraordinario, ni es producto del cambio climático; pero las consecuencias globales del aumento de las temperaturas sí son responsables, según creen la mayoría de los científicos, de que fenómenos naturales pautados y conocidos se conviertan en monstruos climáticos extremos”.

Cuando el Harvey se aprestaba a tomar tierra, la agencia meteorológica de EE.UU. lo definió como un fenómeno al que nunca se habían enfrentado, algo totalmente nuevo, evoca el articulista. No el huracán en sí, sino el que se quedase estancado sobre el sur de Texas durante días soltando litros y litros de agua por metro cuadrado e inundando Houston, la cuarta ciudad del país. Antes de continuar su camino destructor desde Texas a Louisiana, se convirtió en la tormenta que más lluvia había arrastrado en los Estados Unidos desde que existen mediciones.

“Los monzones que está padeciendo actualmente Asia, y que ya han provocado mil muertos, son también extraordinarios dentro de su normalidad: este año las lluvias han llegado antes y con más fuerza que nunca”. Como si no bastara, “en Canadá, y Donegal, en Irlanda, también padecieron inundaciones calificadas como ‘del siglo’”. Algo similar sucede con la ola de calor que en agosto se abatió sobre Italia y los Balcanes: hizo añicos tantas marcas de temperatura que recibió un apodo muy descriptivo: Lucifer.

Por solo citar uno entre los centenares de trabajos acerca del asunto, tomemos en cuenta el publicado en febrero del año en curso –aludido por Altares– en la revista Scientific Reports, del grupo Nature, sobre portentosas olas de calor e inundaciones. Ello, sin contar los ciclones. El artículo concluía que los mecanismos climáticos conocidos “no eran suficientes para explicar estos fenómenos extremos” y que las explicaciones podían incluir “cambios en los suelos, en la temperaturas marítimas en el Pacífico y el impacto del calentamiento rápido del Ártico, todos ellos relacionados con el cambio climático”.

En fin, que, en coincidencia con el informado Rubiera, para uno de los autores del estudio, Michael E. Mann, profesor del departamento de Meteorología y Ciencias Atmosféricas de la Pennsylvania State University, Harvey –súmemosle Irma– devino normal por la época del año y el lugar del impacto y extraordinario por todo lo demás. “No podemos decir que el cambio climático sea el responsable del huracán, pero sí que ha exacerbado las características de la tormenta, aumentando el riesgo que representa”, señala.

De ahí, la polémica que en la Unión ha levantado la renuencia trumpiana a firmar el Acuerdo de París contra el Cambio Climático, que ha llegado a calificar como “invento de los chinos”, y que, aprobado por 195 países en diciembre de 2015, tiene como objetivo ir reduciendo las emisiones de gases de invernadero a partir de 2020. Y la firma, o mejor: la falta de firma de Trump, pica y se extiende, para decirlo en argot beisbolero.

Desastrosos terremotos en Japón, Haití, China, Chile, Indonesia, Pakistán, México; inundaciones en Bolivia, Colombia, Venezuela, Brasil, Guatemala, Australia, Vietnam, Bangladesh, Filipinas, Mali, Níger, Burkina Faso; enormes incendios en Rusia, Portugal, América del Sur, Asia; desproporcionadas nevadas en Estados Unidos, México, Europa; elevación del nivel del mar y la casi segura desaparición de islas y grandes extensiones de tierra, son algunas de las consecuencias de la torcedura en la naturaleza.

Sin duda, la llegada del multimillonario a la Casa Blanca rompió con un anhelo internacional y, escudado en la ¿protección? de EE.UU., se exhibió anuente a las empresas relacionadas con los hidrocarburos, en especial las que explotan y extraen petróleo y gas por la técnica del fracking, que semejan el verdadero presidente –lo son entre bambalinas– de la superpotencia.

Sin reparar en que el arribo y la capacidad de destrucción de Harvey e Irma –¿serían consortes?– crearon un nuevo hito, fue la primera vez en la historia de los Estados Unidos que dos huracanes de tal brío recalan en sus costas en un mismo año, en el criterio de nuestra prensa otra evidencia de que, “a medida que aumenta la temperatura de los océanos por el calentamiento global, la temporada de huracanes produce tormentas más intensas”.

¿Aprenderán la lección personajes tal el inefable Trump? Por nuestra parte, no podemos esperar las calendas griegas. Cuba, consciente de los impactos del cambio climático, hace lo posible por prevenir, mitigar, los efectos del presente y los de mañana. De tal suerte, aprobó la Tarea Vida, un plan que toma en cuenta las zonas más vulnerables del país para lograr la adaptación a corto, mediano y largo plazos.

Hoy, como siempre, sin muchos recursos en su haber, tensa las cuerdas de algo que le sobra: la humana solidaridad, que el embate de Irma develó una vez más al mundo.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca