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Publicado el 27 Noviembre, 2017 por Armando Hart Dávalos en Opinión
 
 

¿Qué es la cultura Maceo-Grajales? (III, final)

Este trabajo, que cierra una serie de tres dedicados a un tema de la hondura intelectual propia del autor, y que aparecerá también en la Sección Honda Martiana de la Bohemia impresa correspondiente a la edición 25, del próximo 8 de diciembre, se convierte ahora, además de integrar su intenso legado ético, cultural y político; en parte del homenaje al entrañable compañero Armando Hart, uno de los imprescindibles e inolvidables protagonistas de la Revolución Cubana

Armando Hart.Por ARMANDO HART DÁVALOS

Las dotes de carácter y virtudes revolucionarias de Antonio Maceo son consecuencia de un esfuerzo personal que tiene sus fundamentos en la formación familiar y social que desde niño recibió. Fue un adolescente y joven cuyo temperamento y comportamiento no inducían a quienes hicieran un análisis superficial, a pensar que el hijo mayor de Marcos y Mariana llegaría a convertirse en un hombre de conducta ejemplar cimentada en sólidos principios morales y de elevado proceder en la sociedad y la política. Es bueno que nuestros maestros asuman esta lección. Asimismo, es indispensable que los jóvenes aprendan que fue un proceso de autoeducación lo que elevó al Titán de Bronce a las cumbres más altas de la historia de Cuba.

La formación y educación de Maceo es un ejemplo sobresaliente de que cada individuo en particular es su mejor educador porque es, además, quien más se puede conocer a sí mismo. Esto último me recuerda ideas esenciales de Ernesto Che Guevara. Es importante, a la vez, subrayar que fueron la guerra y la lucha contra la injusticia del colonialismo y la esclavitud las que forjaron el carácter entero de aquel hombre convertido en símbolo. Ella fue su maestra, pero asumió la lección de manera consciente a partir de una tradición popular y familiar cubana que debemos estudiar.

La familia heroica de los Maceo Grajales está en la raíz de sus virtudes y nos sirve de orientación y estímulo al desarrollo de la educación y la política cubanas en los tiempos que corren. Tales antecedentes familiares, su niñez y juventud -contaba 23 años cuando se inició la guerra y se enroló en ella- muestran cómo en las situaciones sociales, de atraso cultural y de pobreza de los campos, poblados y ciudades del oriente de Cuba de hace 150 años, emergió un carácter, una voluntad y una ética que le permitieron promover la cooperación, establecer orden, organización y disciplina dentro de la contienda bélica con mucha mayor eficacia a la de otros patriotas de saber académico. Esto enseña mucho. Pero hay más.

Si comparamos la cultura alcanzada por Maceo con la de los cubanos que rechazaban la independencia del país, apreciaremos que los representantes más significativos del reformismo y el autonomismo, aunque poseían un alto nivel intelectual y de información, no pudieron comprender, sin embargo, la esencia de las necesidades vitales de la nación y sus soluciones, es decir, la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba de España y de Estados Unidos. Era, sin embargo, en la articulación de ambas demandas históricas donde estaba la cultura más profunda de la nación cubana. Sí la entendieron los independentistas y por esto, los de más elevado nivel cultural entre ellos alcanzaron en la civilización occidental las cumbres del saber, en cuya más alta escala está José Martí. Y en cuanto al oficio de la guerra, que es también cultura, y del sentido ético de la vida que constituye lo primero en ella, están también a ese nivel Gómez y Maceo, quienes poseían, además, una amplia cosmovisión cultural.

La hazaña militar de la invasión para traer la guerra al Occidente que juntos materializaron, constituye motivo de asombro y admiración dentro y fuera de Cuba. Sobre todo, cuando se toma en cuenta la abrumadora superioridad de la maquinaria militar que España llegó a tener en Cuba pues disponía del más moderno armamento de la época. Baste recordar que la metrópoli, despojada de sus inmensas colonias de América, acumuló contra nuestro país toda su fuerza militar y su resentimiento político de hondas raíces sicológicas. La idea de la invasión, nacida desde los tiempos de la Guerra de los Diez Años, sólo podía asumirse de forma radical y llevarse a su realización práctica por el coraje, la inteligencia y cultura del Generalísimo y su Lugarteniente General. Estos valores integrados en una sola pieza expresan lo mejor y más original de nuestra identidad nacional.

¿Qué encierra todo esto?     Estas reflexiones nos conducen a priorizar la importancia que tienen la sicología, la educación y la cultura, entendida al modo que la comprendió el sabio cubano Fernando Ortiz. Uno de los grandes errores teóricos cometidos en el “socialismo real” fue subestimar los enormes avances de la sicología que habían tenido lugar desde finales del pasado siglo y en nuestra centuria. Por esta vía hubieran podido esclarecerse en el plano científico y de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico, el papel objetivo que ejercen los llamados factores morales y que yo relaciono con el amplísimo e infinito mundo de la cultura. Fueron precisamente factores relacionados con las insuficiencias educacionales y culturales, los que llevaron a olvidarse del carácter profundamente humanista y universal de la cultura de Marx, Engels y Lenin.

Al menos, en cuanto a las ciencias sociales e históricas, y pienso que también en relación con el pensamiento filosófico necesario a nuestra época, si no se ha asumido un compromiso de solución de las exigencias vitales del desarrollo social, aunque se disponga de amplia información, se tropezará con obstáculos insalvables para conocer el drama histórico en su esencia. Y de esto se trata cuando se habla de cultura en tales disciplinas.

Es importante política e intelectualmente conocer cuáles eran los orígenes específicos de estos paradigmas éticos y culturales en el caso de los esclavos y sus descendientes de Cuba, y en especial, los del oriente del país. No puede atribuirse de forma exclusiva la educación de los Maceo a la escuela de Varela y de Luz. Ella debió jugar, desde luego, una influencia indirecta importante, pero el asunto es mucho más complejo porque las ideas de libertad de los esclavos, hijos de esclavos y, en general, de la población explotada tenía –tal como han planteado algunos investigadores– otras influencias en el Oriente de Cuba.

Las ideas liberales de la Revolución francesa y de Europa en general, llegaron a las tierras orientales en buena medida por medio de sus relaciones con el mundo del Caribe, y fueron recepcionadas por una población pobre y explotada que obviamente las asumió de forma bien distinta a como se hizo en la historia de Estados Unidos y de Europa. La opresión que significaba la esclavitud generó odio contra la injusticia y amor apasionado por la libertad en hombres y mujeres que la sufrían o acababan de salir de la ella. La discriminación social y racial desarrolló como rechazo un sentimiento de independencia personal que se arraigó en los espíritus más fuertes. Los fundamentos sicológicos de este espíritu, presentes en el cubano desde los orígenes de nuestra patria, han sido fuente importante de su temperamento y carácter rebelde.

Lo original está en que tales sentimientos se exaltaron más allá de las justas aspiraciones individuales, se convirtieron en un interés en favor de todos los explotados de Cuba y el mundo. Es decir, la idea de la libertad y la dignidad personal superó la expresión intelectual y formal y se convirtió en aspiraciones concretas reclamadas por todos y para todos. Por esto, rebasaron el pensamiento liberal de Europa. Hacía falta una alta sensibilidad moral, esencia de una cultura de liberación, para que estas nobles inclinaciones del pueblo tomaran un camino favorable a la nación. De esta manera se explica cómo los principios políticos de nuestras guerras independentistas, enriquecidos en nuestra centuria por las luchas antimperialistas y contra la corrupción, y el entreguismo de las oligarquías del patio, fueron asumidos por la generación del centenario, bajo la dirección de Fidel, de una forma universal. Así nos identificamos con las más elevadas concepciones políticas y sociales de la civilización occidental de los siglos XIX y XX, en cuya cima más alta está el pensamiento socialista. Esto último, con independencia de las tergiversaciones prácticas que han tenido lugar. Por esto mismo, podemos entender mejor los fundamentos y raíces de tales desviaciones.

La lucha contra la esclavitud llevó al cubano a amar la dignidad plena del hombre no referida a unos cuantos, o a una parte de la población, sino a todos sin excepción. Este valor universal está en Antonio Maceo. De las entrañas de la tierra oriental, en una sociedad esclavista, nació un sentido del honor, de la dignidad humana y del valor de la cultura en su acepción más profunda, que convierten a Maceo, por sus dotes excepcionales, en un genio militar con una amplia visión cultural y una ética superior puesta a prueba en las más difíciles circunstancias.

Por todas estas razones sugiero que el Congreso de Historia propicie, junto a otras instituciones, que se desarrolle una línea de investigación y promoción de la inmensa cultura que representa Antonio Maceo y la familia Maceo-Grajales.


Armando Hart Dávalos

 
Armando Hart Dávalos