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Publicado el 15 Enero, 2018 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

El virus de la mentirología

 

Lázaro Barredo Medina

Lázaro Barredo Medina

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

En la historia de estos casi 60 años los cubanos nos hemos tenido que acostumbrar a defendernos, a prepararnos para todo tipo de agresiones y, sobre todo, a llenarnos de paciencia para rechazar condicionamientos de grupos de poder estadounidenses que en su odio visceral contra la independencia de nuestro país han argüido innumerables pretextos, como ahora. Primero cacareaban sobre ataques acústicos y después de un “virus”; cualquier mentira que sirva para torpedear la posibilidad de acercamiento entre Cuba y Estados Unidos.

Prueba de que este “virus” es otro del catálogo de la mentirología, fue la reciente audiencia senatorial que encabezaron dos camajanes de la política de ese país, Marcos Rubio y Bob Menéndez, servidores prolíficos de la mafia. Como aseguró Josefina Vidal, Directora General de Estados Unidos del MINREX, en esa reunión legislativa la víctima fue la verdad, y constituyó una muestra adicional de la total falta de escrúpulos y credibilidad de estos dos legisladores, reconocidos por su agenda política destinada a llevar a nuestros dos países hacia la confrontación.

Las contradicciones en la élite de poder norteamericano sobre el tema cubano son evidentes. Cada vez son más crecientes los políticos, científicos, empresarios, académicos, periodistas y otras personalidades, que rechazan los argumentos mendaces que se esgrimen para tergiversar los acontecimientos.

Hasta un reciente informe del Buró Federal de Investigaciones (FBI) corroboró que en sus múltiples viajes a La Habana, los agentes de dicha entidad no encontraron pruebas de que las misteriosas enfermedades de los diplomáticos sean resultado de estos supuestos “ataques”, como los califican las autoridades estadounidenses, lo cual ha servido a la administración del presidente Donald Trump como argumento para obstaculizar la normalización de las relaciones bilaterales.

Es demasiado casual que esas denuncias se revelaran poco después de que Donald Trump asumiera el poder en Estados Unidos y es anodina la manera con que han reaccionado frente a la cantidad de pruebas de lo absurdo que resultan los hechos, pues como insistió la Directora del MINREX: “Cuba nunca ha perpetrado ni perpetrará, ni ha permitido ni permitirá que terceros actúen contra la integridad física de ningún diplomático, sin excepción”.

También es risible lo dicho por un funcionario del Departamento de Estado en la susodicha audiencia acerca de que Estados Unidos no enviará todavía de regreso a su personal a la embajada en La Habana, aunque no sepan qué ha pasado. “No pienso que podamos decir categóricamente que podemos garantizar que estarían a salvo de esto (si los empleados regresan)”. Eso es contrastante con la realidad: en el año 2017, a pesar de las restricciones impuestas por Washington a sus ciudadanos, quienes no pueden viajar libremente a la isla, llegaron a Cuba 1 173 428 estadounidenses, de ellos 453 905 son cubanos residentes en Estados Unidos.

Dolorosas han sido las crueles decisiones que tratan de buscar desestabilización y desórdenes con el incumplimiento del convenio de otorgamiento de visas, propiciar imágenes de caos y crisis en la capital cubana con el traslado de los procesos de solicitud de visas a Colombia y México, lo que significa más obstáculos, demoras y gastos cuantiosos para las familias cubanas que aspiran a reunificarse, porque se deben pagar los costos del boleto aéreo hacia esos países, el hospedaje, pago por la entrevista, entre otros, para recibir quizás una negativa por respuesta.

Por supuesto, que con ello pretendían culpar a las autoridades cubanas del problema, pero les salió “el tiro por la culata” con la entrada en vigor el 1ro. de enero de un grupo de medidas que dan continuidad a la actualización de la política migratoria y el fortalecimiento de las relaciones de Cuba con su emigración, pese a la agresividad de la administración estadounidense, el fortalecimiento del bloqueo y la puesta en práctica de acciones unilaterales que entorpecen el flujo natural de personas entre los dos países.

Washington podrá disfrazar sus decisiones con trajes diplomáticos, pero la deshonestidad e injusticia siguen siendo los marcadores de la mediocridad de esa política. Tendremos que seguir esperando por el más común de los sentidos.


Lázaro Barredo Medina

 
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