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Publicado el 7 Febrero, 2018 por Redacción Digital en Opinión
 
 

EN EL DEBATE ECONÓMICO

La guerra que todavía debe ganar el Che (II)

La guerra que todavía debe ganar.

Al cumplirse en 1987 el aniversario XX de la caída del Che en Bolivia, le solicitaron al dirigente revolucionario y economista Carlos Rafael Rodríguez, entonces miembro del Buró Político del Partido, que expusiera sus opiniones acerca del pensamiento económico del Che. En la edición extraordinaria que dedicamos en octubre del año pasado al Guerrillero Heroico, en ocasión del aniversario 60 de su caída en combate, dimos a conocer fragmentos de su conferencia, tomada de la revista Cuba Socialista en su edición de mayo-junio de 1988. Por petición de muchos de nuestros lectores, que acogieron con gran interés los fragmentos publicados, a partir de este número la reproduciremos íntegramente en varias partes.

Por CARLOS RAFAEL RODRÍGUEZ

Otro elemento fundamental que tenemos que tomar en cuenta al analizar las ideas del Che es la polémica que hubo en los inicios de la revolución entre el Che y los que entonces aparecían como principales defensores del cálculo económico y la ley del valor. Yo diría lo siguiente: la mayor parte de las contribuciones del Che o la totalidad de las contribuciones del Che, que fueron la mayor parte de las contribuciones de aquella época sobre el sistema presupuestario de financiamiento, tiene una originalidad extraordinaria. Y, si ustedes quieren estudiar el pensamiento económico del Che Guevara, yo los instaría sobre todo a examinar la polémica que tuvo con un entonces miembro del Partido Comunista Francés, que nos ayudó en los primeros momentos en la esfera de la planificación. Charles Bettelheim. Ahí están las contribuciones mayores del Che sobre la ley del valor.

Esto es importante desde el punto de vista teórico, desde el punto de vista del análisis de los fundamentos estratégicos del sistema presupuestario.

Yo solo quiero fijarme en un elemento, que es el siguiente: La teoría de eliminar la ley del valor no la planteaba el Che como absoluta, esto es interesante recordarlo, puesto que nosotros admitimos la vigencia de la ley del valor a ciertos efectos. Él decía que la ley del valor no podía ser rectora de la actividad económica, que nosotros teníamos condiciones creadas por el socialismo para manipular la ley del valor, para utilizarla en beneficio del socialismo. Creo que esto es importante.

Porque, efectivamente, no se trata, como alguno de los defensores del cálculo económico de aquel período que trataron de establecer la defensa absoluta de la vigencia de la ley del valor y de la inevitabilidad del mercado, sino de la utilización de la ley del valor bajo control, tomando en cuenta fundamentalmente los elementos impuestos por la responsabilidad de la economía en nuestros tiempos, en nuestro país, en las condiciones históricas de nuestro país, que nos obligan a cosas tan sencillas, por ejemplo –y rechazadas por el Che–, como admitir la categoría de nuestra mercancía para las relaciones interempresariales.

Es cierto que se puede prescindir de la categoría mercancía, se puede tomar el producto como un elemento simplemente de cambio en el seno de una misma y gran empresa que es el Estado; pero eso, a nuestro juicio, conduce a dificultades mayores que hacer que los productos sean considerados como mercancías que sean compradas y vendidas por la empresa. Pero cuando aceptamos la vigencia de la mercancía, no aceptamos la vigencia principal del mercado.

Entre los defensores cubanos del cálculo económico hay un extremo de esa defensa del cálculo económico que conduce a la admisión del mercado como el gran juez de la economía nacional, como el organizador de la economía nacional. No se necesita sostener esa tesis, que a nuestro juicio es falsa y conduce a más errores de los que conduciría incluso la utilización de otro sistema: no es necesario defender esa tesis para defender el cálculo económico como la medida adecuada a la utilización de nuestra fuerza en esta etapa de la Revolución.

El mercado no podemos aceptarlo como juez permanente de la economía. Porque si aceptamos el mercado aceptamos con él la anarquía que el llamado mercado libre introduce en la economía. El mercado y la ley del valor actúan corrigiendo, bajo los efectos de la ley del valor, las distribuciones iniguales de la riqueza entre las empresas a través de la ley del mercado y de los precios, pero como un dispendio tremendo de recursos.

Es cierto que si nosotros analizamos críticamente nuestra economía, veremos que no hemos aprovechado todavía las ventajas que el socialismo nos da para la organización de la economía nacional. Se habla de la ineficiencia del capitalismo, y es cierto que el capitalismo es ineficiente en términos en que la eficiencia del capitalismo va siendo sobre la marcha, mediante la quiebra de las empresas, mediante la destrucción de unos empresarios a beneficio de los otros, y que el socialismo puede ser más organizado, más ordenado, más coherente; ¡pero nosotros no tenemos todavía un socialismo ni organizado, ni ordenado, ni coherente! Nosotros somos hoy todavía más ineficientes que lo que sería una bien organizada sociedad capitalista. No tenemos todavía la organización, el nivel de organización –y de eso hablaremos después– que el socialismo nos permite tener.

Por consiguiente, cuando hablamos de la utilización de la mercancía nos referimos a la utilización relativa del mercado. Nosotros utilizamos el mercado. Junto a productos que no solo tienen un mercado regulado –como es el mercado de la libreta en nuestro país–, hay productos que están sometidos al mercado paralelo. Pero el mercado paralelo, donde tomamos en cuenta la ley de la oferta y la demanda para establecer el precio de los productos, no es un mercado autárquico, en que las leyes de la oferta y la demanda prevalecen absolutamente; es un mercado donde la dirección del país utiliza de una manera reguladora las posibilidades que la ley de la oferta y la demanda le ofrecen para poner precios que se acercarían a los precios del mercado si el mercado existiera, pero que maneja el mercado, no se subordina al mercado. Y no subordinarse al mercado es uno de los elementos permanente de nuestra concepción de la aplicación del cálculo económico.

Por eso, podemos aceptar la definición que está en estas palabras del Che que me gustaría repetir: “Consideramos la ley del valor como parcialmente existente debido a los restos de la sociedad mercantil que todavía subsiste”. Pero hay una frase adicional que no podemos aceptar y es esta: “Negamos la existencia de la categoría mercancía entre empresas estatales”. Eso no lo aceptamos, no es lo que prevalece en nuestro sistema. Pero lo primero: “Consideramos la ley del valor como parcialmente existente”, es parte de lo que nosotros estamos aplicando.

Y tenemos que aceptar también este apotegma del Che: “La ley del valor y el plan son términos ligados por una contradicción”.

Efectivamente, el plan es contradictorio con la utilización del mercado y, por consiguiente, con la utilización de la ley del valor. El plan se hace más conciliable con la utilización del mercado y la ley del valor cuando se interpreta la ley del valor como vigente parcialmente, cuando no nos dejamos vencer por ella sino que la utilizamos, cuando establecemos el mercado como un elemento manejado por la dirección de la economía.

Pero, ¿qué es lo que nosotros percibimos cuando examinamos las ideas del Che en ese sentido? Percibimos que el Che, que trabajó en los primeros años de la economía con el entusiasmo que entonces todos teníamos, con su enorme capacidad para ver el porvenir, que era él mismo un comunista –y esto es algo que debemos comprender, no nos referimos a un comunista militante del Partido, me refiero a un hombre capaz de vivir en la sociedad comunista, que es otra cosa–, se dejó llevar por la idea –a mi juicio incorrecta, y debo decirlo con toda honestidad– de que en el tránsito político de nuestra imperfecta sociedad socialista en la cual empezábamos a construir el socialismo en el año 1959, 1960, 1961, era susceptible de llegar en un breve plazo a la sociedad comunista desde el punto de vista de la conciencia, que la conciencia podía apresurarse. Por eso él planteaba liquidar lo más vigorosamente posible las categorías antiguas, principalmente la ley del valor.

Por consiguiente, si pudiéramos decir algo, yo repetiría una frase de Lenin que debemos tomar en cuenta y que coincide con lo que estamos haciendo: “en política –dice Lenin– es poco serio confiar en la convicción, la lealtad y otras magníficas cualidades morales. Dichos rasgos morales lo poseen solo contado número de personas, pero las que resuelven el desenlace histórico son las grandes masas, la cuales, si este pequeño número de personas no se adapta a ellas, las tratan a menudo con no mucha delicadeza”.

Es decir que junto a la confianza tiene que estar el control y hay un problema en que debemos insistir. No debemos desconfiar en el hombre, Fidel ha insistido mucho en esto.

Vemos continuamente los errores, las flaquezas, incluso incorrecciones de gentes que creíamos representantes de esta sociedad. Sin embargo, no podemos dejarnos arrastrar por la desconfianza, tenemos que seguir con la confianza puesta en el ser humano como tal, en su posibilidad de perfectibilidad. Pero los alemanes –y a mí me gusta mucho repetir esa frase– tienen un lema que dice: “La confianza es buena, pero el control es mejor”. Junto con la confianza controlar.

Por eso, el llamamiento de Fidel a la confianza ocurre en un momento en que estamos en una batalla por la rectificación de errores –no una campaña, pero sí una batalla por la rectificación de errores–, por controlar todos los aspectos de la vida nacional, y controlarlos desde la base, no solo a través de los mecanismos del Partido, que son utilísimos en el control, que son un elemento esencial del control; no solamente a través de los mecanismos financieros, que son un elemento esencial del control; no solo con la contabilidad, que es un elemento indispensable del control, sino que también con la participación de la masa, con la participación de los trabajadores en el centro administrativo, de los trabajadores en la escuela, de los trabajadores en la cooperativa, de los trabajadores en las unidades de producción estatales.

En resumen, para pasar ya a aquello en cual tenemos al Che totalmente presente, y aquí lo tenemos presente yo diría parcialmente presente, puesto que hemos elegido un sistema de dirección de la economía distinto al que él preconizaba, pero no tan distinto como se supone, no tan distinto como se dice. Yo quería decir que una de las herejías más grandes que se cometió en este país fue suponer que lo que estábamos haciendo entre 1968 y 1970, el descontrol económico que prevaleció, podía realizarse, como lo realizaron algunos, bajo la invocación del Che Guevara. Es lo más injusto, lo más antihistórico, lo más… yo diría –iba a utilizar algo más fuerte, pero vamos a limitarnos a la palabra lamentable–. No tenía nada que ver con el Che, aquel sistema de descontrol total en nombre del Che, invocando al Che. Recuerdo algunas instituciones del país que sacaron folletos con lo que se suponía que era el pensamiento del Che Guevara, pero era el pensamiento mutilado del Che Guevara.

Y ahora, vayamos a encontrarnos con el Che en el terreno común. Voy a citar una frase, que se verá lo cercana que está de nuestras concepciones actuales, y él fue uno de los primeros en pronunciarla: “El comunismo es un fenómeno de conciencia, y no solamente un fenómeno de producción. No se puede llegar al comunismo si el hombre no es consciente.

Y, más allá, dijo: “En nuestra posición, el comunismo es un fenómeno de conciencia y no solamente un fenómeno de producción. Por la simple acumulación mecánica de cantidades de productos puesto a disposición del pueblo no se llegará al comunismo”.

Yo creo que aquí estamos centrados en lo que es el núcleo de nuestra posición actual. No queremos llegar lo más aceleradamente a la sociedad comunista; unos la vemos más cerca que otros, ya eso depende hasta del temperamento humano, y no solo de la experiencia.

Pero de una cosa debemos convencernos: es cierto que la sociedad no puede ser comunista antes de que llegue el comunismo, la sociedad; pero es cierto también que la sociedad no se hará comunista si esperamos a la llegada del comunismo, es decir, a que la abundancia de bienes produzca el tipo de hombre que esa sociedad necesita. Ambas cosas son ciertas. No puede haber una sociedad comunista mientras haya una distribución socialista del trabajo; mientras haya una distribución socialista de los resultados del trabajo estaremos en una sociedad socialista y cualquier intento por alterar esos principios será prematuro, será fallido. Pero, ¿cómo llegaremos al comunismo? Tenemos que llegar al comunismo trabajando desde hoy por el comunismo. Che, con razón, y Fidel, con la misma razón que el Che y desde los primeros momentos, y nosotros, adhiriéndonos a esa línea –cuando decimos nosotros, digo la sociedad cubana en su conjunto, por lo menos miles de hombres en la sociedad cubana–, consideramos que cada día es una batalla por el comunismo, cada día es una batalla por la conciencia. No puede haber todavía una sociedad comunista, pero sí puede haber muchos comunistas antes de llegarse al régimen comunista.

En realidad, nosotros tenemos que esforzarnos –y todavía estamos muy lejos de lograrlo– porque todos los militantes del Partido estén en condiciones de trabajar porque no nos domine la sociedad socialista. La sociedad socialista, lo dijo Marx en la Crítica al Programa de Gotha, es una sociedad que se rige por los principios burgueses de distribución; pero se rige porque no tenemos otro remedio que aceptarlos. Si tratáramos de que se rigiera por los principios comunistas de distribución cometeríamos un serio error, porque la sociedad en su conjunto no está preparada para ello.

Pero si nosotros aceptamos que los principios burgueses prevalezcan sobre nuestra intención de hacer socialismo convirtiéndolo en comunismo, si nosotros dejamos que esos principios burgueses nos agobien a nosotros y sean los que prevalezcan en la sociedad, en lugar de trabajar por el comunismo estaremos trabajando por el regreso al capitalismo.

En la medida en que nos sometemos a los principios burgueses como dominantes ideológicamente –y esto es muy importante concebirlo–, estamos retrocediendo en el camino hacia el comunismo, estamos dando pasos atrás. En cambio, si cada día hacemos una batalla por incorporar más a la conciencia de los trabajadores las ideas de una distribución igualitaria, las ideas de una distribución más cercana a la igualdad; si los trabajadores están dispuestos –y los comunistas tienen que ser los primeros que estén dispuestos– a que esta sociedad sea la prevaleciente, nos estamos acercando a pasos mayores hacia el comunismo.

Che decía: “Siempre insistimos –repito sus frases– en este doble aspecto del avance de la construcción del socialismo. No es solo trabajo la construcción del socialismo, no es solo conciencia la construcción del socialismo”. Esto es muy importante, “no es solo trabajo, no es solo producción mayor de bienes, tampoco es solo conciencia. Si nosotros nos dedicamos a avanzar la conciencia sin tomar en cuenta la eficiencia del trabajo, no construiremos una sociedad comunista, construiremos una sociedad ideológicamente comunista sin el comunismo. Si nosotros nos dedicamos a trabajar, a producir más, sin desarrollar la conciencia, construiremos una sociedad de abundancia comunista pero de principios no comunistas, porque los hombres que habitan en ella no son capaces de aprovechar la abundancia de los bienes para establecer una sociedad comunista.

Y Che añadía: “Es trabajo y conciencia, desarrollo de la producción, desarrollo de los bienes materiales, mediante el trabajo, y desarrollo de la conciencia. La emulación tiene que cumplir estas dos metas; es decir, esas dos funciones”.

En esto yo quisiera referirme a unas palabras de Fidel en el I Congreso de nuestro Partido que reflejan cómo nos guiamos nosotros.

Dice Fidel: “Ningún sistema en el socialismo puede sustituir la política, la ideología, la conciencia de la gente. Porque los factores que determinan la eficiencia en la economía capitalista son otros, que no pueden existir de ninguna manera en el socialismo. Y sigue siendo un factor fundamental y decisivo el aspecto político, el aspecto ideológico y el aspecto moral”.

Tenemos que tomar en cuenta esto como elemento permanente de nuestra conducta en la batalla que estamos siguiendo. Esta es una batalla sobre todo en que la eficiencia económica se vincula con la elevación moral de nuestra sociedad. Nosotros no podemos lograr la elevación moral de nuestra sociedad como si dijéramos en el vacío, tenemos que tomar en cuenta la sociedad como es; los elementos dentro de la sociedad que tienden a corrompernos, que tienen a llevarnos hacia atrás. No solo los elementos de distribución sino los elementos de conducta que existen aún en la sociedad.

Marx dijo algo que es muy interesante en este sentido: “Estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista –en la fase socialista, que nosotros tenemos–, tal y como brota esa sociedad de la sociedad de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento. El Derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionada”.

Es decir que el Derecho es un reflejo tanto de una estructura económica, que es la que nosotros estamos tratando de hacer avanzar en la medida en que tratamos de producir más, mejor, con más calidad y más eficientemente, como de un comportamiento moral que se ajusta a esa sociedad hacia la cual nosotros vamos avanzando.

Ahora, para todo esto, ¿qué hace falta? Yo quisiera citar una frase del Che que podíamos mencionar después, en cualquiera de los contextos, y vamos a citar después algunas frases de él porque nos son muy útiles para el desarrollo de nuestra actividad diaria, cotidiana, en estos momentos. Pero él Che dijo de una manera muy categórica: “Sin control no podemos construir el socialismo”.

“Es decir, si nosotros no ponemos el control al centro de nuestra actividad, no seremos capaces de construir el socialismo. ¿Por qué? El problema es que la gente no es perfecta ni mucho menos, y hay que perfeccionar los sistemas de control para detectar la primera infracción que se produzca, porque esta es la que conduce a todas las demás”.

¡Fíjense con qué clarividencia él, un comunista, que vivía por delante del conjunto de la sociedad, se daba cuenta de la falla y de los errores de una sociedad! Un hombre que tenía inmensa fe en el hombre, inmensa fe en la capacidad del hombre, que confiaba en el hombre en todos los elementos cotidianos, en el trabajo voluntario, en el trabajo de la fábrica, que confió siempre en el ser humano, decía: “La gente puede ser muy buena la primera vez. Pero cuando, basados en la independencia, cometen actos de sustracción de tipo personal para reponer a los dos o tres días, después se va enlazando esto y se convierten en ladrones, en traidores, y se van sumiendo cada vez más en el delito”.

Este tipo de gente somos todos nosotros. No nos consideramos inmunes a esa posibilidad de error. Y la única manera que tenemos de evitar estos es la lucha contra lo malo que hay en nosotros mismos, contra la supervivencia del pasado, y el control de los que están alrededor nuestro, empezando por los que están alrededor nuestros, para impedir que el primer error se convierta en el segundo. Porque es fácil corregir el primer error, difícil el segundo, pero imposible cuando lo errores se transforman en una conducta. Y esa conducta, que tenemos todavía muestra de ella en nuestra sociedad cotidianamente, hay que combatirla, nosotros mismos con nuestra lucha contra nuestras propias flaquezas y el socialismo en su conjunto con el control colectivo, además del control que los organismos oficiales de control establecen sobre esa conducta.

(Continuará…)


Redacción Digital

 
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