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Publicado el 16 Mayo, 2018 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

JERUSALÉN. Golpe bajo

 

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

De las amenazas a la concreción. De los planes al abierto cinismo. El imperialismo acaba de recalcar su enajenación con respecto a Israel a partir de su apoyo manifiesto al sionismo en uno de los temas que mayores energías movilizan en el mundo: la estadidad de Jerusalén, cuya historia está tan mezclada con el imaginario religioso de los pueblos. Más aún con la propia vida de uno de ellos: el palestino.

Si en décadas anteriores Estados Unidos fungió como mediador en la conversaciones de paz entre israelíes y palestinos aduciendo que ese conflicto le preocupaba por ser uno de los más explosivos en la región levantina, ahora, con la presidencia de Donald Trump pasó a una postura radical a favor del sueño del Gran Israel, donde la ciudad sagrada figura en el centro del mapa. Al magnate mandatario ese dato no le es ajeno de ahí que haya decidido dar el paso de trasladar este 14 de mayo su representación diplomática de Tel Aviv a Jerusalén.

Al parecer los asesores del republicano se guían expresamente por la síntesis dada en el sitio digital Wikipedia: “el 14 de mayo de 1948, el último de los soldados británicos abandonó Palestina y los judíos, liderados por David Ben-Gurión, declararon en Tel Aviv la creación del Estado de Israel, de acuerdo al plan previsto por las Naciones Unidas”. Lo que esconde en cambio esa supuesta enciclopedia libre es que ese mismo día, 70 años atrás, tuvo lugar el éxodo palestino conocido como la Nakba o catástrofe, por el cual casi el 70 por ciento de los árabes debieron abandonar Palestina a consecuencia de los asesinatos y las represalias. Desde entonces el pueblo palestino no ha dejado de luchar ni por un segundo. En estos momentos se cifran en 60 los muertos en la franja de Gaza por la brutalidad sionista.

Es necesario apuntar además que 2017 cerró el almanaque con una noticia nefasta: el reconocimiento de parte de Donald Trump de Jerusalén como capital de Israel, con lo cual avivó, desde su postura de terrorismo de Estado, la llama entre israelíes y la nación árabe. Esta última considera que la zona oeste de esa sagrada urbe deberá ser la capital de un futuro Estado palestino.

El universo islámico y mundial rechazó tamaño disparate aunque un grupo de naciones haya secundado la ladina actitud yanqui, en una abierta jugada pro sionista sin los enmascaramientos sutiles de la diplomacia. Eso a Trump no le importa, para él lo verdaderamente esencial es apoyar a su principal socio en Oriente Medio. Así Jerusalén se inserta como otra de las fichas que mantienen en jaque a la región.

De modo que es pertinente ver este suceso también en el marco de la escalada bélica del imperialismo, en su asociación con las sistemáticas amenazas contra Siria e Irán. A la Casa Blanca de hoy en día le tiene sin cuidados la coherencia en política exterior y por ello se deshizo del pacto nuclear con los persas, y más recientemente acaba de abandonar definitivamente a la causa palestina como uno de sus frentes de batalla, al menos en lo formal. En su lugar se ha colocado, ya sin disfraces, de parte de Benjamín Netanyahu quien dicho sea de paso es un fiel continuador de la línea dura del colonialismo de todos los tiempos.

En 1967 Israel tomó control de Jerusalén, como botín de la llamada Guerra de los seis días, y terminó de anexarla de manera unilateral como territorio israelí en 1980, dándole la categoría de “capital eterna del Estado”. Desde esa fecha los diferentes gobiernos israelíes, sin importar el partido gobernante, han desconocido abiertamente las reivindicaciones de Palestina sobre el estatus de la ciudad- en consonancia con el derecho internacional, refrendado por la ONU-, imponiendo continuamente su posición, la cual defienden como innegociable.

Un tema pendiente

Dadas las disputas que se originan en relación a Jerusalén no ha sido posible nunca hallar una solución viable porque tanto Israel como el gobierno y el pueblo palestinos la reclaman para si. Solo que la Historia sirve como el mejor testigo defensor pues Jerusalén, en su amplia extensión, ha sido robada a los árabes. De cualquier manera, en los Acuerdos de Oslo, suscritos en 1993, entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se estableció que tan espinoso tema sería abordado en etapas más avanzadas de las negociaciones. Siete años después, en el 2000,  surgió en las pláticas de paz de Camp David, auspiciadas por el presidente de Estados Unidos, William Clinton.

Allí, el líder de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat, y el primer ministro israelí, Ehud Barak, hablaron por primera vez directamente sobre el estatus de Jerusalén. Desde entonces, el proceso de paz no ha registrado ningún avance sustancial, y a pesar de que desde 1967 Israel ha ejercido una “soberanía” de facto sobre Jerusalén, esta no ha sido reconocida internacionalmente al punto que, incluso los países más cercanos a Israel, mantenían, hasta hace apenas unas horas, sus embajadas en Tel Aviv.

En el contexto contemporáneo, Trump, desde sus prerrogativas imperialistas, le ha dado un espaldarazo al gobierno de Netanyahu, quien dicho sea de paso está siendo investigado por corrupción. Pero Trump calculó mal: la causa palestina es de esos pocos asuntos donde la comunidad internacional suele cerrar filas dada la ejemplaridad del pueblo palestino y por la justicia que emana de su causa libertaria. Sin embargo, es preciso, y urgente, pasar de los discursos a las acciones concretas, donde un boicot al comercio y a la economía de Israel bien pudiera ser un argumento más persuasivo en aras de una solución a la vista del problema palestino, y por ende el de Jerusalén.

Claro, a Donald Trump esta postura le parece inadmisible. Él necesita de actos más simbólicos pero contundentes como los de violar el derecho internacional y el respaldar, ciento por ciento, a una doctrina racista y xenófoba que a diario atenta contra la vida del pueblo palestino. Este en cambio no conoce el miedo. De su valentía nos llega la resistencia de sus mujeres y hombres, dispuestos a diario a integrar las filas del martirologio, convencidos que pelear por Jerusalén es hacerlo con honor por su futura Patria sin detenerse ante los golpes bajos del Imperio y su leal perro faldero.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda