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Publicado el 23 Agosto, 2018 por Liset García Rodríguez en Opinión
 
 

Dueñas de derechos

Por LISET GARCÍA

Si a las mujeres, que son la mitad del mundo y a las que casi se exige y responsabiliza con el devenir de la otra mitad, les diera por construir sus historias, se hallarían revelaciones para poner a pensar a la humanidad toda. Siglos de invisibilización, despojo de sus derechos, condenadas a la hoguera por brujas o por herejes, han signado sus vidas. Tras lenguajes edulcorados y eufemísticos, contenidos incluso en el cuerpo de políticas y de leyes, la escena mundial muestra cómo se ha impedido el desarrollo de las mujeres y, de hecho, obstaculizado la transformación social.

Pero, sin necesidad de contar historias de ayer o de ahora, hay datos que hablan por sí solos. Cada día mueren 800 mujeres por complicaciones en la maternidad y el parto. Se reportan 30 millones de nacimientos no planificados y 20 millones de abortos inseguros anuales. En naciones en desarrollo una de cada tres menores de 18 años contrae matrimonio sin consentimiento propio, y 16 millones de adolescentes dan a luz en países donde la mortalidad materna es la primera causa de defunción en esas edades, y donde, además, el feminicidio es una de los primeros motivos de muerte.

Son realidades denunciadas por Cuba en foros internacionales, en los que ha demandado agendas de desarrollo, equidad en el acceso a la salud, la educación, la cultura, los medios financieros; igualdad de género y empoderamiento de la mujer. Al cuestionar tal panorama, nuestra nación ha puesto en tela de juicio cómo todavía en muchos territorios las mujeres perciben un salario inferior al de los hombres por igual trabajo, o deban elegir entre la muerte o la cárcel si necesitan interrumpir un embarazo no deseado.

Desde hace tres años al celebrarse los 20 años de la Plataforma de Acción aprobada en la Conferencia Mundial sobre la Mujer, de Beijing, se vuelve a poner la mirada en lo avanzado. Múltiples estudios confirman que falta conquistar conciencias para llegar a lo trazado entonces.

Bien diferentes son las verdades que se viven en nuestro suelo. Ahora, otro 23 de agosto, fecha del nacimiento en 1960 de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), sus más de cuatro millones de integrantes pueden hablar de haber llegado a aquella Cumbre con las principales metas cumplidas, en especial en lo referido a la educación, el empleo, el respeto a los derechos sexuales y reproductivos, y una legislación de avanzada en otras materias.

La voluntad política del gobierno revolucionario –declarada en el propio 1959–, que abrió puertas y ventanas a las cubanas, las dignificó y les facilitó organizarse y avanzar en una Revolución dentro de la Revolución, como la calificara el Comandante en Jefe Fidel, ha propiciado, gracias también al empuje de ellas, resultados que siguen siendo aspiraciones en varios sitios del planeta.

Bastaría subrayar apenas unos pocos datos: las cubanas –seis décadas atrás con una esperanza de vida de 58 años, que ahora llega a los 80–, son el 53.22 por ciento de las parlamentarias, la mayor de la historia nacional y el segundo parlamento del mundo con mayor representatividad de ellas. De acuerdo con estadísticas de la organización internacional Unión Interparlamentaria, al cierre de 2012 el promedio de asientos ocupados por mujeres en los parlamentos del planeta era de 20.4 por ciento, y en nuestro hemisferio la cifra es de 24.1.

Se suma que casi la mitad de los miembros del Consejo de Estado de la República y de los presidentes y vicepresidentes de los gobiernos provinciales son mujeres. Y en los municipales el dato también es considerable, aunque la proporción es menor.

El 66 por ciento de los profesionales y técnicos son mujeres. Constituyen alrededor del 80 por ciento en los sectores educacional y de la salud, y cerca del 70 por ciento de fiscales y abogados. Son cifras reconocidas en reuniones internacionales y conferencias regionales sobre la mujer.

Al Plan de Igualdad, inaugurado luego del triunfo revolucionario, le ha seguido el Plan de Acción Nacional de seguimiento a Beijing, que en 1997 se recogió en un acuerdo del Consejo de Estado –con 90 medidas–, evaluado en tres ocasiones. Y no se detienen los análisis, como en cada congreso de la FMC y en otros espacios, ya que falta avanzar más. Lo anticipó la más genuina defensora de las mujeres, Vilma Espín, cuando dijo que la labor sería cada vez más compleja, pues habría que continuar hasta alcanzar toda la justicia.

Son testigos quienes se empeñan en la lucha por el respeto a su espacio privado y público –desafío mayor–, frente a rezagos de la ideología patriarcal, que aflora en el hogar, en relaciones de pareja, en centros de labor. Aún es frecuente la frase: “qué bueno es ese marido; se queda en casa cuidando los hijos cuando la esposa sale a una reunión en el trabajo o en la comunidad”. Si fuera él quien se va ¿alguien diría, qué buena es ella? Para librarnos de los enfoques discriminatorios prevalecientes en tales casos cabría elogiar lo bien que ambos ejercen y comparten sus roles de madre y de padre.

Hay que seguir trazando estrategias para cerrar la brecha que en Cuba existe aún entre lo normado y la igualdad real, impulsar aún más su participación, garantizarles el respeto pleno, y hacer posible una gran meta del milenio, el desarrollo sostenible, que incluye la presencia e intervención femenina en paridad con la otra mitad del mundo.


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez