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Publicado el 20 Septiembre, 2018 por Maryam Camejo en Opinión
 
 

“Se abrirán las grandes alamedas”

Por MARYAM CAMEJO

El martes 11 de septiembre de 1973, sitiado por el Ejército en el Palacio de La Moneda, el presidente Salvador Allende tomó el teléfono y llamó al periodista Guillermo Ravest, quien dio mandatos a gritos para instalar la cinta y encender el micrófono: “Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes –empezó Allende-. La Fuerza Aérea ha bombardeado las antenas de Radio Magallanes. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas un castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo”.

Cuarenta y cinco años después del fatídico día en que Augusto Pinochet dio un golpe de Estado militar, los chilenos conmemoraron el aniversario con el recuerdo presente de todos los que murieron a manos de la dictadura. Tras homenajear al histórico líder con claveles rojos frente a la reconstruida puerta de Morandé 80, la cual él utilizaba para llegar y salir de La Moneda, diversos grupos se desplazaron hasta el monumento al expresidente.

“Quienes atacaron […] buscaron erradicar lo que él representaba, hacernos desaparecer física y políticamente. Fracasaron, aquí estamos de nuevo para rendirle homenaje a Salvador Allende, a su proyecto y a sus sueños”, sentenció el excanciller Heraldo Muñoz, presidente del Partido por la Democracia.

Hoy más que nunca, no solo el país donde surgió esa figura imborrable que fue Salvador Allende, sino toda Latinoamérica, debe tener presente aquellas últimas palabras: “Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”

En un momento tan marcado por el recuerdo y el dolor por los perdidos a causa de la violencia y los tiempos oscuros que ensombrecieron a Chile, es imposible perdonar que la derecha, encabezada por el actual presidente Sebastián Piñera, haya aprovechado el contexto para intentar cambiar la memoria de un pueblo. Su columna en El Mercurio evidenció su alineamiento con el discurso más cínico y desconsiderado de las élites, al afirmar que la democracia chilena estaba “profundamente enferma” antes del golpe de septiembre de 1973.

Tres años de gestión en el Gobierno para cambiar los bolsillos hacia dónde dirigir la riqueza, de los más pudientes hacia los desposeídos, de los ricos hacia los pobres, bajo la administración de un hombre elegido por los ciudadanos, en el más absoluto uso de su derecho democrático, legal, constitucional. Y todo ello es catalogado por el actual mandatario como una situación “absolutamente caótica”. Olvida, o pasa por alto a plena conciencia, lo que significó Allende para su momento histórico.

El historiador Mario Amorós escribió: “La Unidad Popular, que agrupaba a comunistas, socialistas, radicales, cristianos de izquierda, socialdemócratas e independientes, propuso al pueblo chileno un programa de profundas transformaciones para superar el subdesarrollo, la injusticia social y la dependencia y avanzar hacia el socialismo. La estatización de la gran minería del cobre, el carbón, el salitre, la siderurgia y la banca, la profunda reforma agraria que erradicó el latifundio y transformó a los campesinos de siervos en ciudadanos, la creación del área de propiedad social con la nacionalización de las principales industrias monopolistas y la participación activa de la clase obrera en su dirección, el notable énfasis en la cultura, la educación y la sanidad, la integración de Chile en el Movimiento de Países No Alineados y medidas sociales tan emblemáticas como el reparto de medio litro de leche diario a cada niño fueron parte de la obra del Gobierno de Allende en apenas mil días”.

Chile era un país encaminado a construir su propio modelo progresista dentro de los cánones socialistas, pero que atendía a las características nacionales, porque tal como decía el propio Allende, tenía que ser una revolución “con sabor a empanada y vino tinto”.

Los sátrapas que secuestraron el poder dejaron el saldo de más de tres mil 200 asesinados, mil 193 detenidos desaparecidos y alrededor de 33 mil torturados. La derecha pretende hacer del victimario un mal necesario con métodos extremos.

Hoy más que nunca, no solo el país donde surgió esa figura imborrable que fue Salvador Allende, sino toda Latinoamérica, debe tener presente aquellas últimas palabras: “Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.


Maryam Camejo

 
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