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Publicado el 29 Octubre, 2018 por Randy Cabrera-Díaz en Opinión
 
 

El ticket o la vida

Randy Cabrera-DiazPor RANDY CABRERA-DÍAZ

La Habana, un amanecer insular cualquiera: rojizo, pintándose de cobalto sobre edificios y avenidas. En la portalada del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso también se iluminan los rostros trasnochados de quienes esperan para comprar una entrada para el ballet —echados en el suelo, sobre los escalones; entre conos de maní pisoteados y pedazos de panes mordidos—. Contando un tiempo que retrocede, quien escribe estas líneas ha visto ancianas, en la madrugada, cubriéndose la cabeza para protegerse del sereno, mientras esperan la oportunidad de ver a los bailarines de su país…

Esas escenas se repiten constantemente en algunos circuitos artísticos de la capital. A esto se suma una variedad de modalidades ilegales empleadas por los tan conocidos revendedores: gente inescrupulosa, cercana al descaro, con prácticas signadas por el engaño y el aprovechamiento.

Los revendedores se alimentan del prójimo. La presa predilecta es el desafortunado que, por culpa del acaparador, cede a la compra de boletos que le hubieran tocado en condiciones normales; pero ahora, un día antes de la función, debe comprarlos hasta 10 veces por encima del precio normal de una platea en el Gran Teatro (30 CUP).

Esta situación es bien conocida en todas las instancias culturales y criticada, en ocasiones, en los medios de prensa. Por citar un ejemplo: en enero de 2016, en la versión digital de la sección Acuse de Recibo, del diario Juventud Rebelde, se publicó la queja de una ciudadana, quien relató su intento de alcanzar un boleto en el Gran Teatro (no lo logró). En su texto explicaba:

“Los revendedores durmieron en la entrada del teatro, y a las 6:00 a.m. ‘se repartieron’ 200 turnos”. Las entradas que ellos compraban en la taquilla, al momento las proponían a 10 CUC en la esquina y en el Parque Central. Pero si quieres comprárselas justo antes de la función, son 15 CUC.

La existencia de estos intermediarios autoimpuestos entre la institución cultural y el público, es una muestra del fallo de las regulaciones asociadas a la actividad cultural.  Aunque solo se venden dos entradas por persona, la medida no resuelve nada, por el contrario, reduce las posibilidades del espectador y no coarta el ejercicio de acaparamiento por parte de los revendedores, pues, de tanto obrarlo, de convertirlo en su actividad laboral, estos tienen todo un mecanismo para burlar la restricción (marcan dos o tres veces, o bien ponen en cola a otros que les tributan).

Y está lo conocido: en Cuba la mayoría no puede permitirse pagar tres, cinco, 10, o 15 CUC por una entrada. Es necesario que las instituciones, en vínculo con las autoridades, se vuelquen sobre el problema. Es una urgencia destruir la mafia en la que actúan los revendedores y otros que se les asocian y hacen de la cultura para el pueblo una actividad lucrativa personal.

Quien escribe estas líneas no espera explicaciones de los responsables, seguro tampoco la esperan los lectores. Solo se requieren soluciones… Un comienzo sería no vender las entradas en horario laboral, así todos tendrían la oportunidad de, al menos, hacer la cola y alcanzar un turno.

Otra posibilidad es aprovechar la tecnología: implementar un sistema en el cual, desde un teléfono móvil y por conexión de datos, el usuario pueda acceder a un portal y así reservar entradas. Luego, para la compra efectiva, deberá acudir al lugar y obtener los cupones justo antes del espectáculo. Esto, si bien no es una estrategia concluyente, al menos puede disminuir la actividad de los revendedores, pues la reservación sería mediante un sistema automatizado, y la venta, directa. Tal variante se emplea en muchas partes del mundo para hacer más fácil (sobre todo más fiable) el acceso público a las actividades culturales, deportivas y recreativas.

El Proyecto de Constitución de la República, en su Capítulo III: Derechos Sociales, Económicos y Culturales, artículo 90, refiere: “Todas las personas tienen derecho a participar en la vida cultural y artística de la nación”.

Este apartado, más que un fragmento de ley, debe convertirse en garantía para el pueblo. Entonces una señora sexagenaria no tendrá que esperar en la intemperie, entonces un trabajador ocupado podrá celebrar con su esposa la boda de plata en la vista del ballet Cascanueces


Randy Cabrera-Díaz

 
Randy Cabrera-Díaz