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Publicado el 8 Octubre, 2018 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Educación mundial: derecho vulnerado

 

 María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

En un planeta todavía sumamente imperfecto, de enormes desigualdades en la distribución de la riqueza y en los ingresos, el acceso a la educación es menoscabada a pesar de considerarse desde hace mucho tiempo uno de los derechos humanos fundamentales. Y no se trata de un enfoque economicista, más bien es la constatación de que, a pesar del altruismo de diversos organismos internacionales, “en el carro del desarrollo” no todos serán bienvenidos. Junto a las severas penurias, asociadas al capitalismo moderno de signo neoliberal, el Tercer Mundo se ve subsumido además por la violencia de grupos terroristas o por el Terrorismo de Estado de algunos que tratan de erigirse en mandamases de la Tierra.

La piedra angular de la educación es aprender a leer y a escribir. Por lo tanto, para transitar por los caminos de la instrucción primero hay que estar alfabetizado, y según informes de 2018, de la Unicef, hay 758 millones de personas que carecen de esos conocimientos esenciales. Dos tercios de esta cifra son mujeres y 115 millones son jóvenes de entre 15 y 24 años que nunca han manejado un lápiz ni leído una simple revista de historietas. El propósito de la Unesco es lograr, para 2030, que el segmento juvenil de la sociedad mundial haya alcanzado una alfabetización básica, extendida igualmente a la mayoría de los adultos. Sin embargo, 264 millones de niños y jóvenes en edad de cursar estudios primarios y secundarios no están escolarizados.

La realidad del contexto global parece indicar como irrealizable esa meta, que choca con un fenómeno de raíz sistémica, producto del desenvolvimiento capitalista. No por gusto muchas voces preclaras, entre ellas las de Fidel Castro y Nelson Mandela, han abogado y exigido un cambio en las relaciones internacionales y en el orden económico vigente.

La realidad del contexto global parece indicar como irrealizable esa meta, que choca con un fenómeno de raíz sistémica, producto del desenvolvimiento capitalista. No por gusto muchas voces preclaras, entre ellas las de Fidel Castro y Nelson Mandela, han abogado y exigido un cambio en las relaciones internacionales y en el orden económico vigente

Cuando el origen social frena

En 1830 Gran Bretaña emitió una Ley que prohibía el trabajo infantil e inicio una reforma para promover la educación pública. Por esa fecha Karl Marx, tenía apenas 13 años, pero una vez en la Universidad de Berlín comprendió los efectos de la primera gran crisis del capitalismo industrial y los consecuentes cambios políticos de 1848. De su análisis, surge la teoría predictiva sobre el progreso socioeconómico hacia el Socialismo y exhorta a los trabajadores a convertirse en el motor de transformación del sistema. Esencialmente humanista, este formidable revolucionario comprendió que Londres solo había accedido a instruir a la infancia como otro mecanismo de dominación pues al tener una mano de obra más calificada incrementaba eficientemente los resortes para el lucro, ante lo cual llamó a la clase obrera a prepararse verdaderamente.

La educación es por ende un factor decisivo de movilidad social, pero por si sola nunca logrará solucionar completamente las diferencias clasistas ni dará un automático pase para acumular fortuna. Tal argumento ha sido enarbolado por muchos teóricos e ideólogos reaccionarios quienes tienden, convenientemente, a convertir a la víctima en responsable de su analfabetismo, y por consiguiente de su pobreza. Marx desmontó esa falacia.

Un ejemplo evidente de lo anterior se sigue constatando a diario en África. El especialista en ciencias sociales de la Unesco para ese continente, Abdul Lamin asegura que, en promedio, hay un descenso anual de dos por ciento en el nivel de alfabetización en la región. De acuerdo con el organismo de la ONU, en la zona subsahariana hay cerca de 203 millones de iletrados de más de 15 años. Estos altos niveles de analfabetismo se deben a que allí se concentra una séptima parte de la población mundial y eso supone el 27 por ciento de los analfabetos mundiales.

Igual abandono se da dentro de las comunidades indígenas de América Latina: “son invisibles para el Estado. Su discriminación es histórica”, cita un comunicado de Unicef. Ocho de cada 10 niños y adolescentes indígenas viven en condiciones horribles, de los cuales 84 por ciento son pobres y 45 por ciento son indigentes. La organización mundial asegura que 2.8 millones de niños y adolescentes indígenas están siendo limitados en sus derechos, principalmente el de la educación. Emblemático resulta el caso de las comunidades originarias guatemaltecas: de cada 10 niñas y adolescentes, solo seis terminan la primaria, dos el nivel secundario y solo una accede a estudios universitarios. Muchos niños abandonan la escuela para dedicarse a trabajar. No tienen otra salida.

¿Por qué se observa esta situación, por fatalismo geográfico, por ineptitud de sus gobernantes? La respuesta es compleja pero lo cierto es que el sustrato viene de muy lejos, de cuando el reparto colonial cuyas secuelas lastran las posibilidades de avance, si este no está acompañado de un proyecto radical, coherente y comprometido. A eso hay que añadirle que desde 2002, el porcentaje para educación de la ayuda oficial al desarrollo ha disminuido de 13 a 10 por ciento, en contravención de lo pactado en la 34 sesión de la Asamblea General de la ONU, en 1980, por los 22 países más ricos, que acordaron destinar 0.7 por ciento de su producto interno bruto a fomentar el bienestar de las naciones desfavorecidas.

Ensañamiento contra la infancia palestina

La práctica política ha demostrado que los círculos de poder imperiales acomodan los derechos humanos a su conveniencia y que las aspiraciones de la Revolución francesa siguen sin materializarse. Los anhelos de equidad y justicia son suprimidos sin pudor cuando una causa les parece incomoda. En esa categoría de “estorbo” entra el pueblo palestino. La comunidad mundial pensaba que lo había presenciado todo en relación a los crímenes contra esa nación árabe, sin embargo, Estados Unidos ha utilizado nuevamente la carta del chantaje para intentar doblegar a un pueblo decidido a enfrentar, hasta las últimas consecuencias, a Israel, incondicional socio de los yanquis.

El 15 de agosto de este año, Washington recortó la ayuda a la agencia de la ONU para los refugiados palestinos (Unrwa, por sus siglas en inglés), lo cual incide negativamente también en la instrucción de medio millón de niños palestinos, haciendo casi imposible su retorno a la vida escolar. Donald Trump autorizó la suspensión de 305 millones de dólares de la asignación anual.

Algunos, sorprendidos, pusieron el grito en el cielo, no obstante, el gobierno estadounidense mantiene una postura ambivalente incluso a lo interno porque sigue sin ser signatario de la Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada en la ONU, en 1989, y que establece los derechos básicos para los menores de 18 años: desde la protección de cualquier forma de violencia; el respeto de sus visiones; la libertad religiosa y acceso a la información y a la educación. Más de 190 países lo han suscrito y aunque Estados Unidos la firmó en 1995, nunca la ha enviado al Senado para su ratificación. En el quehacer cotidiano, las autoridades estadounidenses respaldan los derechos descritos en el documento, pero no se comprometen legalmente a acatarlos.

Entonces, con esta postura ¿qué puede esperar el resto de la Humanidad? De modo que las escuelas a cargo de la Unrwa podrían cerrarse el próximo año lectivo, lo mismo en la asediada Franja de Gaza, en la ocupada Cisjordania, e incluso las que se encuentran en Jordania, Siria y El Líbano, destinadas a los refugiados palestinos. Chris Gunness, portavoz de esta entidad de la ONU, ha denunciado que “simplemente no tenemos dinero suficiente en el banco para atender las necesidades institucionales del sector ni para pagar a nuestros 22 mil profesores, que brindan educación diaria a más de medio millón de niños en 711 escuelas”.

La publicación estadounidense Foreign Policy, aseguró además que el actual inquilino de la Casa Blanca, asesorado por Jared Kushner, ha puesto en marcha un macabro plan cuyo fin es el de despojar de su estatus de refugiados a cinco millones de palestinos asistidos por la Unrwa, medida que, de hacerse efectiva, redoblaría aún más las infrahumanas condiciones de subsistencia de las niñas y los niños de ese universo medioriental. Su único delito es, al igual que el de sus padres, aspirar a un Estado independiente.

¿Terreno de nadie?

En los textos ¡No es la educación del futuro, es el robo del siglo!, y Claves para la desposesión educativa: el contexto de crisis o el artificio de la simulación, del argentino Darío Balvidares, especializado en temas educativos en la nueva dinámica global -y publicados en el sitio digital ContrahegemoniaWeb-, se advierte sobre una peligrosa tendencia que quiere hacernos pasar gato por liebre. Según este autor el neoliberalismo, como fiel expresión del capitalismo, no tiene territorio, porque el suyo es todo lo que existe y puede ser transformado en un jugoso negocio. “El mundo, para el neoliberal, es el mercado de oportunidades multimillonarias globales o rapiñas locales y vernáculas”.

En ese estilo encaja la fundación Bill y Melinda Gates, del multimillonario informático, “que promueven las escuelas chárter y presionan al gobierno de Estados Unidos para convertir toda la educación pública, o lo que queda de ella, en escuelas ‘charterizadas’, es decir, escuelas públicas gerenciadas de manera privada”. Pero no es el único empeño: “la nombrada Pearson PLC, también compite por ese mercado, al igual que Gems Education de Sunny Varkey y su fundación que no deja de abrir mercados educativos”, con el objetivo de formar supuestas idoneidades, todas bajo el manto de la homogenización.

El activista latinoamericano a favor de la enseñanza pública y gratuita coloca el punto sobre la i: “es obvio que el sistema global del mercado educativo debe estar estandarizado (…) No importa si es Ghana, Argentina o cualquier otro país”. ¿Cuál es el trasfondo de ese empeño? Para Balvidares está claro: “la educación, justamente, es uno de los tesoros más preciados, un mercado que nace, incipiente en los años 80 del siglo pasado y se consolida durante los 90 (inicio del neoliberalismo), abriendo un trillonario mundo de apropiación de lo público para las corporaciones ’emprendedoras’. Porque esa es la nueva valuación del mercado educativo global, 3 trillones de dólares”. O sea, que la declarada intención de buena voluntad de los millonarios postmodernos es fachada de filantropía inexistente.

Lo cierto es que el capital, a la misma vez que presiona en lo financiero y en las agendas públicas, es capaz asimismo de atizar guerras y conflictos locales, con ramificaciones internacionales al precisar un diseño que maximice sus ganancias y sus posicionamientos geoestratégicos, de ahí que cuando aparece un gobierno, un pensamiento emancipatorio o de izquierda, los ataca.

Esa es la penosa historia de Siria, abocada en una guerra de siete años como consecuencia del terrorismo fundamentalista que encontró padrinos en el Tío Sam y en otras potencias occidentales. De este modo, 2.4 millones de niños y niñas vieron desaparecer las bondades de su régimen de enseñanza que hasta hace un tiempo atrás era muy elogiado en la ONU y la Unesco por su tolerancia y altos estándares. Ahora, uno de cada tres centros escolares ha sido destruido por los misiles y las bombas o por imperativos del conflicto han tenido que ser utilizados para otros fines. No obstante, y gracias a los avances en el terreno militar del ejército sirio y de Rusia, Damasco está comprometida a devolverle a su infancia todas las precauciones de seguridad y bienestar en el sistema educativo para alcanzar el cuarto objetivo del Plan de Desarrollo Sostenible 2030. El curso 2018-2019, está garantizado: hoy se han logrado incorporar a las aulas más de cuatro millones de niños, muchos de los cuales se inician por primera vez en el arte de las letras y los números, en 14 mil escuelas, con una participación de 312 mil docentes.

Es este un botón de muestra de cómo la prepotencia puede destruir los más elementales sueños de igualdad y justicia que se refrenda desde el momento en que un ser humano aprende a escribir y a leer su nombre. Contra esto solo hay una trayectoria posible que comienza con adecuadas decisiones políticas inclusivas porque el acceso a la educación siempre será un importante derecho humano, reconocido por la Carta de las Naciones Unidas.

De eso es consciente su Secretario general, António Guterres, quien admite con pesar que “actualmente, no se pone suficiente énfasis en la educación universal ni en la financiación para educadores ni servicios. Esto es un error porque la educación es uno de los pilares básicos de la sociedad y uno de los principales medidores del presente y futuro de los países”.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda