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Publicado el 30 Enero, 2019 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

Venezuela, el imperio ataca de manera desesperada

Lázaro Barredo Medina

Lázaro Barredo Medina

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

Estados Unidos decidió  gastar sus cartuchos y de manera desesperada, en grosera violación del Derecho Internacional, ha puesto en marcha las maniobras que le permitan justificar la intervención contra la República Bolivariana de Venezuela para derribar al proceso revolucionario que encabeza el presidente Nicolás Maduro Moros, después de agotar con fracasos la aplicación de todas  las acciones hostiles en la guerra de cuarta generación que ha llevado a cabo de manera despiadada para doblegar al pueblo chavista.

Después de sus  tácticas de continua y simultanea agresión y que van desde las guarimbas con sus actos de violencia y terror, intentos de magnicidio, asesinatos, la guerra económica con sus medidas unilaterales y extraterritoriales para impedir la obtención de recursos que garanticen la alimentación y la salud, los servicios y la producción, perjudicando la vida cotidiana de los ciudadanos e incitarlos a la desobediencia, han llegado  a la amenaza de agresión militar, acompañada de una manipulación mediática descomunal.

Como declaró el canciller bolivariano Jorge Arreaza ante el Consejo de Seguridad de la ONU es demasiado descarada la acción estadounidense con el apoyo de sus principales aliados y de varias países latinoamericanos satélites para propiciar el golpe de estado contra Venezuela mediante el estímulo y reconocimiento de una autoproclamación presidencial de un diputado en violación de los marcos constitucionales de esa hermana nación.

La maniobra, que no tuvo suficiente apoyo en la OEA ni tampoco logró sus propósitos en el Consejo de Seguridad de la ONU para atizar la internacionalización del conflicto, vino gestándose de manera frenética por la administración Trump después que la oposición escuálida no tuvo capacidad ni reconocimiento social suficiente de la población venezolana para descalabrar al régimen  por la vía electoral.

El Gobierno de Donald Trump puso en marcha el plan de la creación de un “Estado paralelo”concebido desde larga data por  el comando sur del ejército estadunidense en combinación después con el llamado Grupo de Lima y la dirigencia de la OEA, en el intento de crear un agónico y desgarrador cuadro interno de crisis social que ante la llamada comunidad internacional propicie sin cortapisas la “ayuda humanitaria”.

Es la mesiánica idea de  trabajar por la fragmentación de un país, atentar contra su integridad y soberanía, como han hecho con otros procesos políticos.

En la conmemoración nacional del 23 de enero, aniversario del derrocamiento de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez en 1958, parado sobre una tarima ubicada en la Plaza Juan Pablo II del municipio capitalino de Chacao y ante unos cientos de manifestantes, un desconocido diputado, Juan Guaidó, se autoproclamó presidente encargado invocando de manera manipulada el artículo 233 de la Constitución bolivariana, cuando no hay ningún vacío de poder ni hay un presidente impedido.

No deja de llamar la atención que el día antes y con una concertación mediática sin precedentes el vicepresidente de los Estados Unidos Mike Pence llamara a la realización de un golpe de Estado en Venezuela y a violentar las instituciones legalmente constituidas. Minutos después de la autoproclamación, el presidente Trump, expresó a través de twitter que su Gobierno reconocía a Guaidó como “presidente interino”  y acto seguido,  como en  los peores tiempos de la ignominia, varios países de la región subordinados  a  los designios del imperio, apoyaron la peligrosa acción.

Resulta grotesco que un grupo de países del hemisferio pidan “una salida democrática, institucional y rápida” al Gobierno de Venezuela que ha celebrado procesos electorales transparentes como nadie en esta región, mientras con paciencia ha estado a la búsqueda de la convivencia pacífica con la oposición que, indudablemente, está cumpliendo orientaciones del imperio para obstaculizar cualquier entendimiento, porque saben que en las circunstancias actuales no cuentan con fuerza para derrotar a la Revolución. Es inconcebible que todo este tinglado pretenda desconocer la realidad de que el chavismo es la fuerza política y social más importante hoy en Venezuela.

La agencia norteamericana AP en un largo despacho reveló cómo la coalición de gobiernos latinoamericanos que se unió a Estados Unidos para reconocer rápidamente a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela se consolidó durante semanas de diplomacia secreta que incluyeron mensajes soterrados a activistas bajo vigilancia constante y un viaje de alto riesgo al extranjero emprendido por el advenedizo autoproclamado, según comentaron varios protagonistas.

Según el despacho de la agencia internacional, a mediados de diciembre Guaidó viajó discretamente a Washington, Colombia y Brasil para conversar con funcionarios sobre la estrategia opositora, mientras el diario Wall Street Journal reveló la llamada telefónica de Mike Pence a Juan Guaidó y la promesa de apoyo continuo.

Guaidó no es un improvisado para esta tarea. Según investigaciones fue preparado para esta fase de la agresión: hijo de militares, con un discurso articulado, estudios en Washington y perteneciente al Partido Popular que en 2014 y 2017 demostró tener capacidad para imponer terror callejero y conducir la nueva ofensiva intervencionista e injerecista contra Venezuela.

Cada día es más claro y preciso cómo las ansias geopolíticas de Estados Unidos lo que buscan es apoderarse de los recursos naturales y minerales de Venezuela, que hasta 2017 contaba con las mayores reservas petroleras probadas del planeta, así como de gas, oro y la biodiversidad con sus afluentes. No por gusto, bajo el techo de Guaidó han decido desconectar al Gobierno constitucional de las fuentes de ingresos petroleros, como lo había anunciado John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de Trump.

Toda esta maniobra del aparato principal del Gobierno estadounidense  viene gestándose desde hace meses. Así se apreció de manera descarnada en las declaraciones de Mike Pompeo, siendo el flamante director de la CIA., cuando en el año 2017 explicó  cómo comprometieron a gobiernos latinoamericanos para buscar “la transición” a favor de los escuálidos. También las gestiones del vicepresidente Mike Pence, del exsecretario de Estado Rex Tillerson con sus declaraciones púbicas revitalizando la Doctrina Monroe,  y los anuncios que casi al unísono  hizo de manera pública el  entonces secretario de Seguridad Nacional de ese país, el general H. R. McMaster.

El propio presidente Donald Trump ha amenazado con la agresión militar en varias oportunidades: “Tenemos muchas opciones para Venezuela, incluyendo una posible opción militar si es necesario”.

¿Acaso se puede ignorar en esta estrategia, el plan Masterstroke (“Golpe Maestro” o “Plan para derrocar a la dictadura venezolana”) del almirante Kurt W. Tidd,  entonces jefe del Comando Sur de los Estados Unidos?

En consonancia con esa orientación, el desvergonzado secretario general de la OEA, Luis Almagro, durante una conferencia de prensa que ofreció en la fronteriza ciudad colombiana de Cúcuta  apoyó al mandatario yanquii: “En cuanto a la intervención militar para derrocar a Nicolás Maduro, no debemos descartar ninguna opción”, destacó. De la misma manera, participó directamente en la campaña electoral llamando a no votar en las elecciones presidenciales venezolanas en mayo pasado con el fin de desconocer el mandato de Maduro y proclamar el “vacío de poder” a fin de darle “legitimidad” a un gobierno paralelo impuesto por Estados Unidos.

Como señalan expertos la oposición a lo interno está en condiciones precarias hasta dentro de sus propios adeptos por la división ante las aspiraciones individuales de sus personeros y el sentido antinacional a que han llegado algunos de ellos, capaces de tocar extremos como apoyar las medidas del presidente Donald Trump, mientras  mantienen un discurso ambiguo con respecto al diálogo nacional dirigido a consolidar la paz y la estabilidad del país.    Esa subordinación al mandato de Washington se apreció sobre todo después de los contactos en República Dominicana, donde se acordaron seis temas fundamentales para la paz en Venezuela, así como el preacuerdo para participar en el proceso de las elecciones presidenciales hechos exaltados por varios representantes de los países acompañantes y en particular por el anfitrión, el presidente Danilo Medina, pero les dijeron que no, e inmediatamente se retractaron.

Pese a la posición constructiva del Gobierno bolivariano y particularmente del presidente Maduro que reiteradamente llaman al dialogo y la búsqueda de soluciones políticas en respeto a las normas del Derecho Internacional y la Constitución, este “Estado paralelo”, al que parece estar apostando la estrategia de Estados Unidos, puede derivar en un conflicto interno de hondas consecuencias para Venezuela y la región, y poner en peligro la proclamación de América Latina y el Caribe como zona de paz.

Como dijo ante el Consejo de Seguridad de la ONU la viceministra de Relaciones Exteriores Anayansi Rodríguez la situación que se está creando es como una sequía en una gran pradera donde una chispa puede provocar un incontrolable incendio que dañará a todos.

Son llamativos dos hechos: 1) Estados Unidos indicó en una “alerta de seguridad’” que ordenó la salida de su personal no esencial de la embajada y también pidió a los ciudadanos estadounidenses que estén en el territorio venezolano que “consideren seriamente” abandonar el país  y 2) nombrar coordinador a las acciones de Estados Unidos en torno a Venezuela a uno de los “jinetes del apocalipsis” (así se les llamó en la década de los 80) a Elliott Abrams, veterano del intervencionismo en Nicaragua, Guatemala  y El Salvador en la década de los 80.

Abrams fue encontrado culpable de varios delitos por su rol en el escándalo Irán-Contras, y más tarde, después de ser amnistiado por W. Bush, tuvo un desempeño en el golpe de Estado que se realizó contra el Comandante Hugo Chávez Frías en 2002.

Pareció una burla el nombramiento que hizo Pompeo con Abrams, a quien llevó al Consejo de Seguridad de la ONU, y luego se marchó dejándolo en su lugar. Vale aquí esa sentencia: puso la Iglesia en manos de Lutero.

Por lo pronto, ya en algunas naciones los movimientos sociales han manifestado que en caso de una agresión a la hermana nación sudamericana será necesario crear las brigadas internacionales bolivarianas para apoyar al hermano pueblo venezolano. Y es que pase lo que pase el latinoamericanismo se enfrentará al panamericanismo.

Por eso, Cuba condena y rechaza enérgicamente el intento de imponer, a través de un golpe de Estado, un gobierno títere al servicio de los Estados Unidos en la República Bolivariana de Venezuela, y expresa su invariable solidaridad con el Gobierno del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros, porque los verdaderos objetivos de esta agresión no son solo controlar los vastos recursos de esa hermana nación, sino sobre todo destruir el valor de su ejemplo, como proceso emancipador y de defensa de la dignidad e independencia de Nuestra América.

 


Lázaro Barredo Medina

 
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