1
Publicado el 27 Febrero, 2019 por Liset García Rodríguez en Opinión
 
 

Verdades del SÍ

Por LISET GARCÍA

Muchos hablan de cómo se ejerce el sufragio en Cuba. Sobre todo mal, si las referencias provienen de lo que ha logrado sembrar en el mundo la campaña anticubana que maneja Estados Unidos en materia de democracia y derechos humanos. Chillan y nos acusan de violar las normas internacionalmente aceptadas sobre el tema, e intentan darnos lecciones.

De Viena hace algunos años llegó la definición por un acuerdo entre las naciones. No hubo reparos para decir que la democracia se basa en la voluntad del pueblo, libremente expresada, para determinar el régimen político, económico, social y cultural, y en su plena participación en todos los aspectos de la vida.

Si nos atenemos a tal enunciado, en la Isla desde mucho antes, desde la Constitución de Guáimaro y la primera Asamblea Legislativa, estaba presente la vocación de decidir los destinos nacionales basados en un profundo ideal democrático. Entonces, en plena guerra, los representantes elegidos por el pueblo en armas decidieron qué pasaría en el país y cómo sería su gobierno, legado de los próceres de la independencia que Cuba no ha olvidado.

La Constitución de 1976, discutida masivamente y aprobada en referendo por más del 97 por ciento del electorado, resolvió cuestiones que pusieron fin a la provisionalidad con la que desde 1959 había operado el país desde el punto de vista legislativo y jurídico. Definió, entre otros, cómo quedaría el sistema electoral cubano, la elección de los órganos del poder popular, cuyo ensayo en el territorio de Matanzas dos años antes ya había dado frutos, y la forma de conformar el Parlamento y el Consejo de Estado.

Luego, en 1992, una importante reforma constitucional y de la Ley electoral, posibilitó que la elección de los diputados a la Asamblea Nacional y de los delegados a las asambleas provinciales, se realizara también, como para los delegados a las asambleas municipales, mediante el voto directo y secreto de los electores.

Precisamente ahora cuando el pueblo ratificó la Constitución tras varios meses de ejemplar debate popular, savia que robusteció el texto para sintonizarlo más con los tiempos y las realidades de hoy, el pueblo lo hizo suyo al votar masivamente este 24 de febrero, expresión de los altos niveles de consenso con los que ha contado siempre el proyecto político y social de la Revolución.

Mientras tanto, las mentiras y los insultos contra Cuba parecen no tener fin. No se han enterado –o no quieren hacerlo– de que la nueva Carta Magna refuerza los derechos ciudadanos, es más inclusiva, toma en cuenta los diversos actores de una sociedad cambiante, establece renovadas estructuras en la dirección estatal y da mayores prerrogativas a la administración local, y garantiza que haya mayor participación colectiva de los ciudadanos.

En las redes sociales una gran algarabía rodea al debate, que se mueve entre la insensatez y la irracionalidad. Pierden la oportunidad de dialogar. Hasta han llegado a acusar, a amenazar a quienes defienden, desde dentro o desde afuera, la autenticidad de Cuba.

Ignorancia, sobre todo, se advierte cuando se leen ciertos comentarios. Tan ignorantes son algunos que en pocas palabras pululan las faltas de ortografía, y dan pena. Por no mencionar la ausencia de seso. Están rabiosos, intolerantes. Les molestan las verdades del SÍ a la Constitución. Peor para ellos.

A Cuba le importa, al margen de esas acusaciones, de tales mentiras, seguir bregando por perfeccionar sus estructuras, necesitadas de engranarse mejor para sortear la condición de país subdesarrollado, y de salir a flote pese a la hostilidad yanqui que no cesa en su intento de asfixiar la economía nacional. Rectificar aquí y allá lo que no anda bien, oír al pueblo trabajador, y seguir el sendero socialista, democrático, de justicia social, de equidad, independencia y soberanía.

Bastaría esa voluntad para desmontar las mentiras que acerca de los principios democráticos de factura cubana, venidos de la historia y de valiosas tradiciones del mundo, sustentan a Cuba.

Pero en este mundo mal repartido y peor informado, se pretende que haya una sola voz. Quienes no vean la sustancia que aportó a la nación este 24 de febrero, fecha que continuará siendo histórica por otra razón más, seguirán varados en la acera de enfrente, exiliados de la verdad.

 


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez