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Publicado el 13 Marzo, 2019 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

¿Por qué la arremetida contra China?

Eduardo Montes de OcaPor EDUARDO MONTES DE OCA

La enconada conflagración económica lanzada por el magnate-mandatario Donald Trump contra varios puntos, la cual supone un flagrante peligro para la recuperación universal, aún renca luego de la crisis de 2008, dispone de una causa sumamente “racional”, a pesar de sus aires de festinada decisión. En realidad, su objetivo supremo radica en China, pues a mediano plazo podría coartar la preponderancia disfrutada por los Estados Unidos desde 1990, cuando desapareció la Unión Soviética y se desmoronó el campo socialista de Europa Oriental. Beijing continúa diversificando sus relaciones y se ha convertido en uno de los principales socios comerciales e inversionistas de la Tierra.

Sí, claro que no surge de la nada la conocida embestida múltiple, que, por cierto, ha concitado una profusa respuesta arancelaria a los bienes norteamericanos y una queja multitudinaria en la OMC. Todo está detalladamente fraguado en la ciudad del Potomac, no obstante la errática, voluble manera trumpiana de enunciarlo.

Citado por el colega Hedelberto López Blanch, en Rebelión, el analista Chen Ping nos devela en detalle la verdadera razón de la belicosa y paranoica política norteamericana. Para ello nos brinda un recuento histórico. Recuerda que dos eventos similares se registraron después de la Segunda Guerra Mundial.

“El primero, la llamada Guerra Fría desatada por Estados Unidos contra la antigua Unión Soviética, que incluía fundamentalmente un fuerte enfrentamiento ideológico-comercial, con el fin de estrangularla en todos los campos y evitar que lo sobrepasara como potencia mundial. El segundo sucedió al observar que el desarrollo industrial y tecnológico de Japón resultaba vertiginoso. Tokio se acercaba al 60 % del producto interno bruto estadounidense y al considerarlo como una de las mayores amenazas contra su hegemonía emprendió medidas comerciales y económicas para debilitar al país del sol naciente. De esa forma, limitó el acceso a su mercado de productos como automóviles, telecomunicación, equipamientos médicos, semiconductores, y también prohibió una serie de exportaciones de alta tecnología hacia ese país. El resultado ha sido la detención durante dos décadas del crecimiento acelerado que llevaba Japón”.

En estos tiempos, el “dragón” ha mantenido un desarrollo incontenido (¿incontenible?) y su PIB se iguala al 65 por ciento del gringo, con la expectativa real de sobrepasarlo en los inmediatos cinco años, según los entendidos. A esto se le suman los ciclópeos Franja y Ruta de la Seda, que enlazarán y beneficiarán a cerca de 100 Estados del orbe, con enorme predominio para su gestor. Globalización diferente versus aislacionismo galopante. Con “aditamentos” como el Plan Nacional de Fabricación 2015, con vistas a incrementar la alta calidad en las industrias y las tecnologías. En conclusión, el fin de EE.UU. no es disminuir su abultado déficit comercial, como cacarean sus nuncios, sino detener el apogeo sostenido del titán.

No hay que ser augur

No, no se precisa clarividencia para vislumbrar el probable fracaso de las talanqueras a la República Popular. Como puntualiza Mauricio Ramírez Núñez, en Rebelión, los vínculos universales se encuentran en constante devenir. Los cambios propios de un mundo multipolar y signado por profundas interconexión e inestabilidad son cada vez más raudos y “no dejan de sorprender a analistas y expertos en el tema. El auge del gigante chino, con su amplia esfera de influencia en casi todos los rincones del planeta, especialmente en aquellos que poseen recursos naturales considerados estratégicos y de los cuales depende su creciente economía, es un ejemplo de que muy por encima de la ideología, son los negocios y el comercio los que predominan y dirigen el rumbo de las relaciones entre gobiernos y demás actores del sistema internacional”.

Para el aludido articulista, nuestra región no constituye la excepción. Como botón de muestra, Costa Rica rompió nexos con Taiwán y los estrechó en cooperación y comercio con la RPCh, en el segundo Gobierno de Oscar Arias Sánchez (2006-2010).

Suceso de enorme relevancia también en términos geopolíticos para el coloso, que hoy cuenta con presencia desde México hasta Chile y, según datos del Banco Mundial, su inversión en América Latina pasó de 31 720 millones de dólares en 2010 a 113 662 millones en 2016, “mientras que la revista Foreign Affairs planteó en 2015 que el comercio entre China, Latinoamérica y el Caribe alcanzará 500 mil millones de dólares y las inversiones 250 mil millones en los próximos 10 años”.

A despecho de los escépticos, evoquemos que China ya ha devenido segundo socio comercial de Argentina, detrás de Brasil. El intercambio bilateral alcanzó en 2017 los 17 000 millones de dólares. Y en la reciente cumbre del G-20 ambos rubricaron 30 acuerdos de cooperación y compraventa. Por otro lado, la reciente visita del mandatario Xi Jinping a Panamá derivó en un aumento a cerca de una veintena de compromisos anteriormente firmados, más 19 memorándums y convenios. Algo contra lo que se estrellaron los múltiples intentos de sectores chovinistas estimulados por EUA de bloquear el acelerado avance de los lazos estrenados hace año y medio. De ahí, las recurrentes advertencias estadounidenses sobre “los riesgos de depender excesivamente de la segunda economía mundial”, una falta de respeto monda y lironda, en el criterio de Beijing.

Sin embargo, haciendo caso omiso de los “consejos” de que la zona no necesita “nuevas potencias imperiales”, y que se erigen en onerosas “las ganancias a corto plazo a cambio de una dependencia a largo plazo”, lo tangible es que la influencia del distante emporio, al menos en términos cuantificables como el comercio o la inversión, es incuestionable. Sus canjes de mercancías se han multiplicado durante la última década (sobrepasan los 200 000 millones de dólares al año). Asimismo, se ha convertido en prestamista vital especialmente para Brasil, Venezuela y Ecuador, condición que las autoridades pequinesas defienden como asentadas “en la igualdad, la reciprocidad, la apertura y la inclusión”.

Mas el reconcomio de la Unión no queda ahí. Recientemente, las articulaciones del “advenedizo” con la América no anglosajona fueron reforzadas, en Santiago de Chile, por intermedio de la Celac, bloque que apostó por respaldar, en declaración especial, la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda, que ha puesto sobre la mesa miles de millones de dólares con destino a infraestructuras que mejoren el enlace.

Para la agencia de noticias Xinhua, los envites continuos contra las consabidas diplomacia y política exterior de la administración de Trump son consecuencia de la “pérdida de carisma” de la primera potencia mundial en la región: En vez de despotricar acerca del rival por excelencia, “quizás sería una buena idea que Washington rebajara la retórica hostil que ha provocado la ira en los pueblos y algunos gobiernos latinoamericanos con propuestas como endurecer la inmigración, construir un muro o buscar inclinar los tratados comerciales a su favor”.

Se estima que en un quinquenio los integrantes de la Ruta importen de su fundador alrededor de dos billones de dólares. Lo que ratifica la mundialización y niega la unipolaridad. La Cepal, por su parte, informó que el trueque de mercaderías entre el área y China se multiplicó 22 veces entre 2000 y 2013, y en 2017 alcanzó los 266 000 millones de dólares, un avance del 53 por ciento respecto de la meta de 500 000 millones fijada para 2025. Solo en 2017 aumentaron las exportaciones locales a la RPCh en 23 por ciento, con lo que se sobrepujan los envíos hacia cualquier otra parte, y han crecido 30 por ciento las importaciones. Beijing ha proporcionado financiamiento en la última década a la región por un monto sobre los 141 000 millones de dólares, superior al recibido por instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo o el Banco Mundial.

No solo América Latina

Como anota el experto Zhao Minghao, en la Red Voltaire, ignorada en Occidente, la cumbre de octubre del Brics –grupo integrado por Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica: más del 40 por ciento de la población planetaria– celebrada en octubre pasado, en Xianmen, abre una nueva etapa en el desarrollo de la institución, otro tanto para el “dragón” y motivo del nerviosismo del “águila”.

Luego de varios meses de conflicto, el tercero y el cuarto de los miembros, con tradicional ríspida vecindad, acabaron resolviendo pacíficamente su diferendo sobre la frontera de Doklam. Desde 2006, fecha de la creación del mecanismo, los participantes han reforzado su peso en la economía mundial, pasando de 12 a 23 por ciento; su comercio aumentó de 11 a 16, y en el sector de la inversión de 7 a 12. Pero lo más significativo es que la contribución al crecimiento global ha excedido el 50 por ciento. Más mecha para la pólvora del odio cavernícola yanqui por el indudable líder del sólido colectivo.

Odio que, si nos atenemos a datos de la AFP, se ve azuzado por la compra voraz en el extranjero por multimillonarios asiáticos. En Francia acrecientan la adquisición de viñedos, y las autoridades revelaron que incluso 1 700 hectáreas cerealistas. Esto, compelidos por los más de 1 300 millones de conciudadanos, la escasez de tierras arables y el cambio de dieta suscitado por el despegue. China concentra una quinta parte de la humanidad, y solamente el 10 por ciento de los espacios fértiles. Lo que la ha conducido a un espectacular aumento de las inversiones agrícolas fuera de fronteras, que desde 2010 totalizan 94 000 millones de dólares, según los organismos estadounidenses Heritage Foundation y American Enterprise Institute.

Por eso ha puesto en el punto de mira al Sudeste Asiático, África y América Latina, según Land Matrix, entidad configurada por connotados especialistas. Argentina, Chile, Brasil, Mozambique, Nigeria, Zimbabue, Camboya y Laos, entre otros, reportan la llegada de las erogaciones, ya sean estatales o privadas, en campos de cereales, de soja, cultivos de frutas o haciendas pecuarias. Desde 2012, investigadores descubrieron programas por un total de nueve millones de hectáreas en lugares en desarrollo… y desarrollados, porque, verbigracia, se han agenciado en Australia el rancho más grande del orbe, S. Kidman & Co, dueño de 185 000 cabezas de ganado y del 2.5 por ciento de las extensiones agrarias. A más de una enorme plantación de algodón. De manera semejante han sido adquiridos decenas de factorías de leche en Nueva Zelanda y el fabricante de salchichas Smithfield Foods, un paso para acceder a las granjas estadounidenses…

Empero, como si no bastara, el territorio asiático aportará 60 000 millones de dólares a África, con 15 000 millones “de ayuda gratuita y de préstamos sin intereses, así como inversiones de empresas”, aseguró hace muy poco el presidente Xi Jinping, quien, ante las diatribas de que la contribución supone una deuda insoportable, prometió que anularía una porción de la que vencía el año pasado en algunos sitios. Los 60 000 millones de dólares incluyen 20 000 millones en líneas de crédito. Igualmente, dos fondos distintos para financiar el progreso y la importación por valor de 15 000 millones.

Y más allá de esas comarcas, como apunta, irónicamente, la colega María R. Sauquillo, del diario El País, China estrecha sus lazos con el Este… a golpe de talonario –¿querría que hubiera sido de un modo menos civilizado?–. Acaba de proclamar una nueva inversión de 3 000 millones de dólares (unos 2 600 millones de euros) en Europa Oriental y los Balcanes.

Cantidad que se adiciona a “proyectos y préstamos que Pekín ha ido sembrando en los últimos años, con los que busca no solo hacerse fuerte en una zona geoestratégica de gran relevancia, sino también influir en la UE. Con ello, se garantiza más voces amigas en una Unión con crecientes tensiones Oriente-Occidente. El Gigante Asiático ha invertido ya más de 6 000 millones en Europa Central y del Este en proyectos y empresas de telecomunicaciones, nuevas energías, químicos y maquinaria, según el Ministerio de Comercio Chino […] el impacto en regiones sedientas de fondos y promesas de inversión es muy grande”.

Lo cual está contenido en la estrategia “de impulsar la llamada Nueva Ruta de la Seda […] Un plan para reactivar el antiguo corredor comercial y abrirse nuevas vías comerciales hacia el Oeste, que tiene como uno de sus nudos clave de comunicaciones el Este de Europa, donde Pekín financiará una línea férrea rápida para conectar Budapest con Belgrado y así enlazar de manera eficaz –menos de tres horas frente a las ocho actuales– Europa Central con el puerto griego del Pireo, donde la empresa china Cosco tiene una concesión por más de tres décadas”.

Al decir de la fuente, “para China, […] el llamado grupo de los 16 –Hungría, Albania, Bulgaria, Bosnia Herzegovina, República Checa, Croacia, Estonia, Letonia, Lituania, Macedonia, Montenegro, Polonia, Rumanía, Serbia, Eslovaquia y Eslovenia–, que suma unos 120 millones de habitantes, tiene un doble interés en términos estratégicos y económicos. ‘Estas inversiones forman parte de una estrategia mayor para entrar en el mercado europeo, ya que 11 de estos Estados son miembros de la UE. China pretende utilizarlos como base para expandirse a otras actividades en el continente’, analiza Agnes Szunomar, experta en relaciones del Este con Pekín de la Academia Húngara de Ciencias”.

Conforme a Sauquillo, “la apuesta por este grupo le sirve también para desarrollar los lazos con una serie de países que, aunque no le suponen el acceso al mercado comunitario, no se rigen por las estrictas regulaciones de Bruselas. Algo que permite a Pekín financiar y construir carreteras, centrales eléctricas y otras infraestructuras clave en el cinturón de óxido postcomunista, que no se desarrolló durante décadas. En toda la región, China suma proyectos millonarios y en sectores decisivos. En Serbia, con la que China tiene una relación particularmente fluida, ha desembolsado unos 1 600 millones de euros comprando compañías clave y financiando proyectos como la construcción de una central térmica. A Hungría, uno de sus socios más amistosos en la UE –y su mayor receptor de inversiones en términos de PIB, después de Finlandia y Portugal– le ha prometido 1 200 millones. A República Checa, 2 500 millones”.

En un tono que destila franca ojeriza hacia la RPCh, y nostalgia por un estado de cosas que se transforma a todas luces, la comentarista apostilla que “estas promesas millonarias de inversión plantean nuevos desafíos para la cohesión europea. ‘Están comenzando a cambiar los cálculos de política externa de los Estados miembros y disminuyen la capacidad de la UE para hablar con una sola voz en áreas importantes de política exterior, por ejemplo, sobre el Mar Meridional de China’, apuntan Mikko Huotari y Thilo Hanemann en un informe del Instituto Mercator para los Estudios de China, un think tank que analiza las relaciones con el Gigante Asiático y Europa. A China, tener la chequera llena y sembrada de promesas –no siempre eficaces, muchas veces lentas– le ha servido para estrechar sus vínculos con los países del Este y a través de ellos influir en las mesas de negociaciones de Bruselas”.

Así que “no siempre eficaces, muchas veces lentas”. Entonces, ¿por qué el reconcomio traducido en una agresiva guerra económica que, no obstante su matiz generalizado, posee como causa sumamente “racional” el hecho innegable de que su rival (¿enemigo?) supremo, la República Popular China, dueño del segundo puesto entre las economías mayúsculas, continúa diversificando sus contactos y se ha trocado en uno de los principales socios comerciales e inversionistas en todo el planeta?

Nada, que, como señalábamos, el panorama está detalladamente calculado en Washington, a contrapelo de la errática, voluble manera trumpiana de enunciarlo. En lugar de padecer locura, el verboso Donald viene a poseer lo que muchos en sus lares acarician con delectación: un irrefrenable anhelo de que USA se mantenga en la condición de única superpotencia.

De lo que en el presente China representa el obstáculo por antonomasia.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca