1
Publicado el 10 Mayo, 2019 por Heriberto Rosabal en Opinión
 
 

BOHEMIA EN SUS 111. En Cuba: prosa con filo

A propósito del aniversario de la fundación de la revista, sirvan estas líneas acerca de los orígenes de uno de sus espacios emblemáticos como homenaje a quienes por más de un siglo han hecho posible su edición ininterrumpida
Heriberto Rosabal

Heriberto Rosabal

Por HERIBERTO ROSABAL

Conocer un poco qué fue la sección En Cuba, qué significado y trascendencia tuvo para el país, e incluso más allá de sus fronteras, en los años en que llegó a ser el espacio más leído de BOHEMIA –hasta el punto de considerársele otra revista dentro de la revista, o la BOHEMIA en sí– es empeño valedero, útil para quienes hacemos hoy la publicación y –suponemos– también para sus lectores. Aquí va el esbozo.

No puede hablarse de la historia de la sección En Cuba, ni tampoco de la historia de BOHEMIA, sin mencionar el nombre –más que relevante, indispensable– de Enrique de la Osa, “cerebro y corazón de aquel bastión de la prensa cubana”, como dijera el igualmente desaparecido Lisandro Otero, otro peso pesado del periodismo y la literatura nacionales, e integrante, junto a otros de no menos mérito, del equipo que sostuvo aquel espacio durante casi 20 años, descontando los períodos de censura.

Enriquito, como le llamaban sus más cercanos, fue el de la idea, el de las primeras letras punzantes de aquella sección, junto a otro nombre en cuyo historial periodístico y literario no hay que abundar: Carlos Lechuga. Fue Enrique de la Osa el jefe y el maestro, que felizmente extendería su magisterio periodístico, humano y revolucionario dentro del ámbito de BOHEMIA hasta el desempeño como primer director de la revista después del triunfo de la Revolución en 1959.

Nadie más autorizado que él, como es lógico, para ser el primero en contar hoy aquí cómo empezó aquella historia:

“El 4 de julio de 1943 –recordaba Enrique en 1978, con motivo del aniversario 70 de nuestra revista– una nueva sección periodística aparecía en las páginas de BOHEMIA. Ninguna firma avalaba aquella modesta plana. Dos breves notas: una sobre los jaleos politiqueros del momento, vísperas de la contienda electoral de 1944, y otra sobre el debatido problema del acueducto habanero, fuente de turbias acechanzas de los rectores de turno en la alcaldía de la capital.

“¿Quién o quiénes redactaban En Cuba? A medida que pasaban las semanas –responde él mismo– las especulaciones en torno a dos autores de la misma aumentaban en los inquietos medios periodísticos. El estilo, distinto al de la tradicional prensa política, saltaba a la vista de todos. Estaba ausente el meloso adjetivo que abrumaba al lector en las columnas políticas de la época. Se abordaban asuntos que ponían a la intemperie las trapacerías de ministros, senadores, representantes y funcionarios de cualquier jaez.

“La sección empezó a entrar en conflicto con el turbio ambiente del Gobierno. El tono satírico, el afán de exponer la verdad se topaba con la enemistad de los que mandaban. Poco se conocía en todos los círculos a los redactores de En Cuba. No eran por cierto, periodistas de alquiler. Circularon sus nombres en los corrillos políticos: Enrique de la Osa y Carlos Lechuga, que trabajaban en la redacción del cotidiano El Mundo, eran los anónimos autores de la nueva sección que en tan poco tiempo –apenas unos meses– había sembrado el pánico entre los políticos burgueses”.

Lo de pánico, debemos añadir, no era exageración. De En Cuba llegó a decirse poco después de su surgimiento que una mención en ella podía hacer o deshacer una reputación.

BOHEMIA hasta entonces había sido en el país una revista, pero a partir de En Cuba, se dice también, comenzó a ser “la revista”. Rápidamente, su circulación aumentó hasta convertirse en el suceso increíble de una publicación de más de 300 000 ejemplares, por momentos medio millón y hasta un millón, en un país que solo tenía a la sazón cinco millones de habitantes y un alto índice de analfabetismo. Antes de que apareciera la nueva sección, apenas salían de imprenta 34 000 ejemplares en cada edición.

Que no eran “periodistas de alquiler” los hacedores de la sección, lo recordó asimismo Carlos Lechuga en el cumpleaños 70 de BOHEMIA: “Enrique y yo –testimonió entonces el Premio Nacional de Periodismo José Martí– trabajábamos en El Mundo en aquella época y teníamos de todo menos dinero y el poco que recibíamos duraba el tiempo suficiente para contarlo y nada más, pero teníamos entusiasmo y amor a la profesión”.

“Que yo sepa, nunca se había hecho nada semejante en el periodismo cubano”, dijo el también diplomático después del triunfo de la Revolución. “Los acontecimientos que se comentaban habían sido publicados en la prensa diaria y no queríamos repetir lo que ya se había dicho. El resultado fue que dábamos ‘palos’ a pesar de que salíamos semanalmente con las mismas noticias que los diarios”.

De acuerdo también con su testimonio, eso fue al principio, porque pronto la sección tuvo sus propias fuentes y a la glosa de lo que se publicaba en los periódicos no demoraron en añadir noticias exclusivas, como resultado de lo cual se invirtieron los términos: de citar a otros, En Cuba y BOHEMIA pasaron a ser citados cada vez con más frecuencia.

“La sección se popularizó en corto tiempo, cobró un prestigio enorme, era temida y buscada. Los informantes iban a nosotros muchas veces espontáneamente”, dice también Lechuga, para quien tal éxito fue debido a la proyección política de la sección “más que a sus características formales: a su estilo y colorido, a la ambientación, descripciones, vivacidad y datos inéditos contenidos en las notas”.

Eso es verdad, podemos acotar. Aquel látigo en manos del periodismo más ético y cívico del panorama cubano de entonces, descollaba sobre todo por eso, por ser el azote público de asesinos y ladrones disfrazados de políticos, impúdicamente autodenominados benefactores de la República.

“Desde su aparición –destacaba Enrique de la Osa en 1978– En Cuba precisó su directriz fundamental: exponer, diáfana y francamente, las incidencias de la vida nacional”.

Bajo ese principio –resumimos nosotros– su impacto y calado en el público fueron tales, que la empresa, el negocio que también era BOHEMIA, le amplió sin pensarlo dos veces el perfil: junto a los problemas políticos, económicos y obreros, se abrió paso en la sección a temas como música, literatura, cine, teatro, deportes, enfocados desde sus ángulos más complejos. Además, no solo el acontecer nacional fue objeto de su atención. También lo fueron sucesos mundiales y en particular de la turbulenta realidad latinoamericana, de cara a la cual la sección devino tribuna de denuncia de miserias y crímenes de sátrapas pro imperialistas como Pérez Jiménez, en Venezuela, y defensora de causas como la independencia de Puerto Rico.

En cuanto al valor, en el plano formal, del periodismo inaugurado por aquella sección, y de su modo de buscar, obtener y poner en blanco y negro sus casi siempre explosivas informaciones y opiniones, vale significar lo siguiente: si bien es cierto que su valor y mérito histórico mayor están en el contenido de sus letras y en el mensaje de imágenes como las caricaturas de Juan David y Hernández Cárdenas, también lo es que desde su nacimiento mismo el espacio sentó en la prensa escrita nacional nueva pauta en cuanto a técnica y estilo.

Como bien apuntara en una ocasión el colega Carlos Piñeiro –actualmente jefe de Redacción, uno de los profesionales más calificados y veteranos de la publicación– En Cuba “elevó a nuestra revista a las mayores alturas del quehacer periodístico: mucho más allá de lo que algunos imaginan, por innovar y adelantarse estilísticamente a técnicas que en otras latitudes –digamos, por ejemplo, el new journalism de los estadounidenses– se dieron años después como novedades que no eran tales”.

Lisandro Otero, desde su vivencia protagónica, aprecia de la manera siguiente el mismo punto: “En un escenario mediático plagado de crónicas políticas empalagosas y baboserías cortesanas, de escamoteo de las verdades y grandilocuencias vocingleras” irrumpió la sección En Cuba “con prosa limpia y buenas dosis de bien compuesta escritura para entregar hechos y realidades irrebatibles”.

“La exactitud de sus exposiciones era el asombro de todos –refiere el autor de La situación y otras novelas–. En ocasiones hubo alguna personalidad que no acertaba a explicarse cómo la Sección pudo conocer –y publicar– las interioridades de un diálogo que había sostenido con otra figura pública, sin percatarse de que era precisamente su interlocutor el infidente. La Sección investigaba mucho, llegaba a saber bastante y publicaba casi todo”.

Tras esa fidelidad a los hechos y palabras que hacía públicos aquel espacio, había a menudo peripecias de las que el lector nunca llegaba a saber, como la del reportero y más tarde neuropsiquiatra Diego González Martín, quien siguiéndole la pista a un fraude en ciernes, relacionado con el traslado del viejo hospital Reina Mercedes que se encontraba entonces donde hoy está Coppelia, supo del lugar donde se reunirían los protagonistas del chanchullo “y de la eventual y afortunada presencia de un árbol contiguo a una de sus ventanas”. Toda una noche –felizmente para él de verano– estuvo el reportero trepado en el árbol esperando la reunión, que comenzó por fin cerca de la ventana cómplice, abierta para más suerte suya de par en par. “Grabé literalmente la sabrosa trifulca de los pugnaces participantes en el ‘negocio’, que En Cuba reprodujo textualmente”, recordaría después Diego.

Acerca de la manera distinta de decir y hacer de la sección de marras, diría entre tanto el poeta –y de más está decir que también periodista– Ángel Augier: “La novedad no era solo de contenido, sino también de forma. El estilo era original, ágil, nervioso, incisivo, envuelto en gracia e ironía de buen gusto”.

Las líneas que ahora mismo podemos leer tranquilos y seguros en una Cuba en nada parecida a la de marzo de 1952, se consumaban sin embargo en un ambiente, más que periodístico, de sigilo y conspiración.

Según varios de los protagonistas, la sección se redactaba en casa de Enrique de la Osa en el Nuevo Vedado, en un modesto despacho del segundo piso donde recibía a sus reporteros, entre valiosos archivos que extendían su amontonamiento a otras habitaciones. Las notas, como rompecabezas, se armaban con los fragmentos coherentes de múltiples contribuciones. Los miembros de la sección se subordinaban única y directamente a Enrique, y observaban la compartimentación; no buscaban informaciones en nombre de En Cuba, sino de BOHEMIA y de otros medios en los que también trabajaban o colaboraban; cuidaban con celo las fuentes; varios participaban en una misma búsqueda por diferentes vías, para luego confrontar y verificar; el jefe utilizaba en función del trabajo sus relaciones y contactos en círculos políticos. Era “un órgano semiclandestino”, calificó en cierta ocasión la entonces bisoña reportera Marta Rojas.

En tiempos de censura, muy recurrida por el batistato, En Cuba dejaba de salir, como muestra de oposición a la medida y al régimen. La casa de su líder se convertía en centro de acopio de información que en buena parte se destinaba a las fuerzas revolucionarias, sin contar que el propio Enrique, alguna vez salió en medio de la noche para hallar escondite propicio a un alijo de armas entre las bobinas de papel en los sótanos de BOHEMIA.

Una nutrida lista de nombres habría que sumar a los mencionados hasta aquí: son los de todos aquellos que junto a Enrique de la Osa hicieron la sección En Cuba, y contribuyeron con su ejercicio en sus páginas a que BOHEMIA fuera, como dijo Fidel en la inmediatez de la victoria de 1959, “nuestro más firme baluarte”, y como apreciara el Che, “exponente del periodismo vertical de América”.

Profesionales de otras especialidades, como el economista Jacinto Torras, asesor del líder azucarero Jesús Menéndez; Carlos Manuel Rubiera, abogado, y los periodistas Tony de la Osa, Benito Novás, Manuel de Jesús Zamora, Fulvio Fuentes, Mario García del Cueto y Mario Kuchilán Sol, entre otros, figuraron en la nómina de En Cuba. A todos los unió el anonimato, que fue norma desde el surgimiento de la sección. Aun así, todos fueron blancos de amenazas e intimidaciones, y algunos sufrieron la cárcel o vieron en serio riesgo sus vidas. Pero más que el anonimato y el peligro, los unió su desinterés, sentido de la justicia y honestidad.

(El texto es adaptado de la presentación del libro En Cuba. Tercer tiempo, 1952-1954, de la Editorial de Ciencias Sociales, realizada en 2008 con motivo del centenario de BOHEMIA)

 


Heriberto Rosabal

 
Heriberto Rosabal