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Publicado el 27 Junio, 2019 por Heriberto Rosabal en Opinión
 
 

Pida por esa boca

Por HERIBERTO ROSABAL

“Pedir es feo”, nos decía la abuela cuando éramos niños. Niños, quiero decir, no como los de ahora, sino de cuando bastaba la mirada de algún mayor para que se estuviera uno tranquilo, como dopado con benadrilina. “Sssh, quieto ahí, ¡cuidaditoo…!”, mandaban unos ojos muy abiertos –escarranchados, decía mi madre–, “amorosamente” amenazadores; no obstante, siempre había un menor, al menos uno, que asumiendo no importaba qué riesgos, declaraba sin solemnidad, mientras estaba de visita: “Yo sí tengo hambre y me gusta la sopa”. Y en efecto, engullía –con desacostumbrado apetito– no un simple plato, sino un platón de sopa, y hasta pedía más. Luego, de nuevo en casa, después de la correspondiente tunda, venga sopa, a toda hora, una semana completa.

Pedir, si se mira desde experiencias educativas así, es malo, sin duda. Pero mientras uno crece va dándose cuenta de que no siempre está mal pedir, como enseñaba la abuela. Aunque tampoco siempre es bueno, y eso confirma que “bueno” y “malo” son conceptos relativos. Por ejemplo, pedir la palabra es bueno, un derecho muy humano, hablar, exponer nuestra opinión, ejercer el criterio. Solo hay que ver cómo se ejerce, porque hay quienes parecen querer quedarse para siempre con ella, con la palabra, pues una vez que se la dan no la sueltan y, cuando todo el mundo cree que van a devolverla, arremeten de nuevo contra el infeliz auditorio que sin más opción acude al aplauso cerrado para reducirlos al silencio.

También hay quienes piden disculpas cuando deben darlas: “Pedimos disculpas a nuestros clientes por…” ¿Por qué? No importa, está claro que las razones que hacen padecer hoy a muchos clientes son tantas que se atropellan. ¿Disculpas? ¡Indemnizaciones deberían dar!

Hay casos especiales, tanto en el pedir como en el dar, y pienso en la respuesta famosa al pedido no menos famoso: “Si me pides el pescaʼo, te lo doy”, que puede llegar a ser enfático, con la reiteración de la propuesta de entregar el susodicho pescado, o pescaʼo: “te lo doy, te lo doy, te lo doy”. Aquí, más allá de lo polisémico e intertextual, de lo onírico –hay quien sueña con aviones y quien lo hace con pescados, o pescaʼos–; más allá de la actitud propositiva, que apunta a conceder el espécimen acuático con el doble sentido conocido, está la cotidianidad alimentaria, en la cual, como sabemos, el pescado resulta rara avis, lo cual explica, a su vez, aquello de “pollo por pescado” anunciado con tiza en las pizarras de las carnicerías, también llamadas todavía casillas por muchos en el campo. En esa cotidianidad, si pides el pescado, o pescaʼo, sin ofrecer nada a cambio, difícilmente alguien te lo dé.

En contraste, hay quien dirige pedidos hacia arriba, con fines más elevados. Como aquel sublime, hermoso, inspirador, de la argentina Mercedes Sosa, alias La Negra, con su honda voz nuestroamericana: “Solo le pido a Dios que el amor no me sea indiferente…” Nada que ver con la provocadora incitación a pedir el pescado –o pescaʼo–, hoy superada, por cierto, con estribillos o parlamentos musicales mucho más directos, sin doble sentido (musicales es un decir). En fin, cada cosa en su estilo.

Y antes de que se me acabe el espacio, como muestra, otro botón: el de la tradicional y ya hace mucho extinguida petición de mano de la novia por el novio. Práctica en la que el pretendiente pedía a los padres la diestra de la pretendida, o la siniestra, supongo, si era zurda. Costumbre bonita, pero falsa, pues en realidad, aunque se pedía la mano, lo esperado siempre era más, mucho más, sobre todo si los ojos de la futura novia insinuaban: “te lo doy, te lo doy, te lo doy”, plan secreto ante el cual se alzaba el padre de mirada vigilante, como advirtiendo: “Atrévete a ponerle un dedo encima antes de la boda y verás tú lo que es bueno”.

Pedir, pues, con perdón de la abuela, tiene distintas connotaciones, no solo negativas, vergonzantes. Vale pedirle al vecino que baje el volumen del bafle de donde brota sin consideración la música de su gusto, que no es precisamente el mío; pedir permiso, las vacaciones; el último en la cola, o como el maestro Adalberto Álvarez “paʼ ti, lo mismo que tú paʼ mí”.

Esta simpática crónica, típica de su ingenio y gracia natural en este atractivo género, fue la última entrega de nuestro inolvidable Heriberto. Aparecerá en el edición impresa 14, y la adelantamos en Bohemia digital


Heriberto Rosabal

 
Heriberto Rosabal