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Publicado el 23 Julio, 2019 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

CUBA-EE.UU.

Una estrategia insostenible

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

En 1960, en la ciudad de Cincinatti, el joven candidato presidencial John F. Kennedy afirmaba en un fogoso discurso electoral: “No hay fórmula mágica que nos pueda devolver a Cuba ahora, pero todo el esfuerzo de los Estados Unidos debe ser para reintegrar a Cuba al nivel de las democracias americanas”.

Ese ha sido el pensamiento político preconizado por los gobiernos de Estados Unidos durante los últimos 60 años. No han ideado nada nuevo para el vecino del sur y lo que han hecho, una y otra vez, es acudir a la represalia en el intento de subvertir el orden constitucional de nuestra nación.

Se ha perdido la cuenta de las condiciones que han puesto al afirmar que desean normalizar las relaciones, todas superadas por los acontecimientos, lo que es muestra fehaciente de que han sido meros pretextos, porque no desistirán jamás en la obsesión de volver a colonizarnos.

Como principio de justicia y de Derecho, para la mayor de las Antillas no existe más que un solo requisito en sus nexos con otros países, por poderosos que sean: el respeto a su soberanía. Aparte de la obstinación de los dirigentes yanquis y la fábula que su propaganda ha creado para distorsionar nuestra realidad y presentar la imagen de una Cuba que quiere navegar contra la corriente, existe entre ellos y nosotros una diferencia sustancial en la concepción política y ética en torno a muchos valores y principios.

Por eso quizás los conservadores estadounidenses no pueden entender que la nación caribeña no dará pasos en la búsqueda de una imagen para complacer a nadie y mucho menos responder a amenazas, presiones desde el exterior. Nada en la Isla obra al margen de la profunda convicción de que solo perdurará su proyecto nacional en la misma medida en que sea perfeccionado con la participación popular.

La soberbia y la hostilidad del equipo de Donald Trump y su reforzamiento del bloqueo como herramienta de seducción para determinado voto en la Florida se reflejan ahora en el subterfugio de Washington de los excelentes vínculos de Cuba con la hermana Venezuela, para intentar explicar el fracaso cosechado en su agresiva política contra la nación sudamericana.

Tampoco al analizar el absurdo comportamiento del Gobierno norteamericano hacia nuestra tierra podemos dejar de tener en cuenta el escenario actual, donde empiezan a determinar en la política estadounidense los consejeros electorales y la lujuria por las contribuciones financieras para los comicios. Al respecto, no debemos albergar falsas expectativas.

El presidente Trump dijo en Miami que sí busca el voto latino de cara a la campaña presidencial del 2020, y aseveró que cuenta con este apoyo debido a que ha sido “severo” con Cuba y Venezuela, por lo que es evidente que su administración pretende acentuar la confrontación.

Sí, al margen de las intenciones de una minoría que se opone a la política anticubana, porque considera que son dañados los propios intereses norteamericanos, no se aprecia otra alternativa que no sea un incremento de las presiones, las sanciones y la hostilidad. La señal de la ultraderecha, sin equívocos, es convertir en un imposible cualquier perspectiva de mejoramiento de los vínculos bilaterales al poner obstáculos prácticamente insalvables en la solución de problemas afines.

El criterio predominante en los actuales círculos estadounidenses de poder es que no se debe buscar la coexistencia pacífica, sino seguir buscando vías o medidas de fuerza para derrocar a la Revolución. Y esa política seguirá siendo de doble efecto: directamente contra Cuba, pero también contra los propios ciudadanos norteamericanos, a los cuales se les sigue negando el derecho al flujo de ideas, de comercio, de viaje y de intercambio.

Sin embargo, se aprecia el desgaste de John Bolton y Mike Pompeo en el intento de establecer una matriz de opinión anticubana al convertir el tema venezolano en un elemento tóxico para la opinión pública de EUA; lo cierto es que no pocos políticos norteamericanos coinciden en la apreciación de que no proviene de Cuba la verdadera amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, sino que el mayor peligro reside en la incendiaria actitud de los que quieren tornar a los peores tiempos con los tambores de la guerra.

En Washington se sabe muy bien que los jefes de la mafia de Miami no tienen suficientes neuronas para crear estrategias políticas, y que detrás de todo esto figuran los ultraconservadores. El sueño dorado de los jinetes del Apocalipsis que anidan ahora en la Casa Blanca y el Departamento de Estado sería la pesadilla de miles de familias norteamericanas y cubanas, porque su aspiración es provocar un conflicto de amplia escala, no importa la cantidad de luto y dolor que cause a ambas orillas del estrecho de La Florida.

Los tuits despistados de Marco Rubio evidencian que la aludida mafia está desconectada de los problemas centrales del cubano medio y solo le interesa promover la llegada del dinero del contribuyente estadounidense a la industria anticubana, aunque, para lograrlo, por dondequiera deje el sinsabor de la presión y el escándalo.

Es increíble cómo se malgasta tanto caudal para satisfacer las posiciones extremas de los más conservadores, opuestos a toda lógica racional por tal de mantener invariable, a cualquier costo, su objetivo estratégico de echar gasolina a ese “empresariado político”. Mientras la administración Trump busca drásticos recortes para el desarrollo internacional y la diplomacia, esos políticos anticubanos abogan por que se apruebe la asignación de casi 33 millones de dólares para los proyectos subversivos contra nuestra nación.

La intransigencia y la testarudez los hace obviar la más elemental interrogante de cuál es el costo-beneficio de este propósito. Durante seis décadas se han gastado miles de millones para el fracasado objetivo de fomentar un frente interno que haga proliferar una situación de disturbios y acciones estridentes, proyecto que va quedando cada vez más como un eco farandulero de escasa credibilidad.

La biblioteca del Capitolio de Washington recibirá más papeles y algún día servirán al menos para escribir la historia sobre la política de la frustración con Cuba, puesto que esta ha dado una buena lección de lo que representa una estrategia insostenible.

Por lo pronto, lo denigrado de nosotros tantas veces nos ha inmunizado con fuertes antídotos, como para asumir tanta falta de ética con la misma serenidad de nuestro Apóstol José Martí, quien en sus días de angustia, enfrentado al acoso y la injuria, tuvo siempre una contundente respuesta para el insulto: “Si todos los que hablan mal de mí, supieran estrictamente lo que yo pienso de ellos, dirían mucho más”.


Lázaro Barredo Medina

 
Lázaro Barredo Medina