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Publicado el 23 Agosto, 2019 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

El capitán araña

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

El calificativo de mentiroso patológico que le endilgara recientemente el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, al asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, John Bolton, no es un epíteto gratuito por la rivalidad política. Es algo que se ajusta a la exacta realidad de una persona que miente con facilidad extrema, casi enfermiza, con tal de lograr sus propósitos apocalípticos.

A Bolton se le define desde su juventud de ultraconservador, por estar afiliado desde la década de los 60 a las campañas políticas del fascista senador Barry Goldwater –para quien “el extremismo en la defensa de la libertad no es un vicio, es una virtud”–, y del senador Jesse Helms, uno de sus “padrinos”. Helms, refiriéndose a Bolton decía que “es el tipo de gente con el cual quisiera estar cuando llegue el Armagedón”.

Detrás de su característico bigote se encuentra un ideólogo extremista, distinguido por su polémico estilo autoritario y acusado en varias oportunidades por presionar y amenazar con el despido a los especialistas del Departamento de Estado y de la CIA para lograr datos falsos que justificaran sus alegatos de halcón.

“Es perfectamente legítimo que Estados Unidos ataque primero para responder a la ‘necesidad’ (de defensa propia)”. Ese es el argumento que ha utilizado para definir sus posiciones a la hora de promover agresiones militares contra Corea del Norte e Irán o cuando fue uno de los mayores impulsores de la invasión de Irak, o como lo hace en la actualidad contra Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Es un experto especialista en “mentirología” para alcanzar sus metas, y no de ahora. Bastaría mencionar que sin ningún elemento de prueba en 2002 dijo que Cuba producía y estaba transfiriendo armas biológicas a países problemáticos. Asimismo, acudió a una audiencia parlamentaria para asegurar que Irán y Siria amenazaban al mundo con armas de destrucción masiva, imputaciones que fueron desmentidas por la propia CIA y organismos internacionales.

Por esas “cualidades”, y siguiendo los consejos de Jesse Helms, el secretario de Justicia de Ronald Reagan lo nombra en 1989 su adjunto. Bolton se dedica con celo a eliminar documentos sobre el tráfico de drogas del caso Irán-Contra, donde estuvieron implicados no pocos políticos republicanos

Más tarde, Dick Cheney lo designa vicepresidente del American Enterprise Institute, para que participe activamente en la creación del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC), plataforma política de los ultraconservadores, y, tras el arribo al poder de George W. Bush, el propio Cheney lo impone como subsecretario de Estado encargado del control de armas y de la seguridad internacional, con la misión especial de vigilar a Colin Powell, a quien los halcones no le tenían ninguna confianza.

¡Qué paradoja! Desde ese cargo lo que hace es sacar a los Estados Unidos de los tratados internacionales sobre desarme y sabotea la Convención sobre las Armas Biológicas, acerca de lo cual exclama con satisfacción ante sus pasmados colegas: “¡Está muerta, muerta, muerta, muerta, y no cuenten conmigo para revivirla!”.

Lo “simpático” es que este guerrerista es como el capitán araña. En su juventud apoyó la intervención en la guerra de Vietnam, incluso demandó que se utilizaran las armas nucleares, pero a la hora del cuajo se alistó en la Guardia Nacional para evadir su reclutamiento. Tiempo después confesaría que no tenía el menor deseo de “morir en un arrozal de ningún país asiático”.


Lázaro Barredo Medina

 
Lázaro Barredo Medina