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Publicado el 13 Agosto, 2019 por Redacción Digital en Opinión
 
 

Fidel visto por Fidel

Por Jorge Lezcano Pérez

Quizás sea Fidel el Jefe de Estado que más entrevistas ofreciera durante toda su vida. Nunca rehuyó responder una pregunta por más difícil y compleja que fuera, aún si tuviera un contenido provocador o diversionista.

Con frecuencia las preguntas indagaban sobre su vida personal o para conocer su criterio sobre los temas más diversos que atañen al ser humano.

Este trabajo se fundamenta en las respuestas que Fidel ofreció a Ignacio Ramonet, Frei Betto, Gianni Minás y a los norteamericanos Mervin Dymally  y Jeffrey Elliot, las  que nos muestran sus excepcionales cualidades éticas y morales, de amor al prójimo, su permanente espíritu de superación, su inquebrantable fe en el hombre, las influencias recibidas en la formación de su carácter, su personalidad y en su conducta política e ideológica. Apreciarlas en su conjunto nos permite  conocer con mayor amplitud la grandeza humana del hombre que nos hizo libre, dignos y soberanos.

Algunas de las preguntas por su amplitud y variedad de asuntos han sido reducidas  para que se correspondan directamente con las respuestas y con los objetivos que pretendemos  mostrar.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

Frei Betto. Podemos empezar por la parte histórica. Usted viene de una familia cristiana.

Fidel. Sé que es un tema que tú dominas muy bien.  Tienes una ventaja sobre mí; has estudiado bastante sobre teología y has estudiado también mucho sobre marxismo. Yo conozco algo de marxismo y realmente muy poco de teología. Por eso sé que tus preguntas y tus planteamientos van a ser profundos, serios, y yo, que no soy teólogo, sino político, creo que también soy un político revolucionario, que siempre se ha expresado con mucha franqueza sobre todas las cosas, voy a tratar de responderte con toda honestidad las preguntas que puedas plantearme.

Tú afirmas que yo vine de una familia religiosa. ¿Cómo responder a esa afirmación? Podría decir que vine de una nación religiosa, en primer lugar, y en segundo lugar, que vine también de una familia religiosa. Al menos mi madre, más que mi padre, era una mujer muy religiosa, profundamente religiosa.

Frei Betto. ¿Tenía fe?

Fidel. Indiscutiblemente que tenía mucha fe, a lo cual quiero añadir que mi madre prácticamente aprendió a leer y escribir siendo ya adulta.

Frei Betto. ¿Su madre enseñaba a los hijos a rezar?

Fidel. Bueno, más bien ella rezaba, Yo no puedo decir que a mí me enseñara a rezar, porque a mí me mandaron para una escuela en la ciudad de Santiago de Cuba cuando yo tenía cuatro años y medio. Pero sí oía como ella rezaba.

Frei Betto. ¿Tenía imágenes de la Virgen de la Caridad?

Fidel. Muchas imágenes de los santos, de la Virgen de la Caridad, la patrona de Cuba; de San José, de Cristo, de otras vírgenes, muchas imágenes, imágenes que pertenecían a santos de la Iglesia Católica. Ahora, en mi casa había también un San Lázaro, que no estaba dentro de los santos oficiales de Iglesia Católica.

Ignacio Ramonet. Hábleme de su mamá.

Fidel. Era cubana, de occidente, de la provincia de Pinar del Río. De ascendencia Canaria.

Mi madre era prácticamente analfabeta y, como mi padre, aprendió a leer y a escribir casi sola. Con mucho esfuerzo y mucha voluntad también. Nunca le oí decir que hubiese ido a la escuela. Fue autodidacta. Extraordinariamente trabajadora, no había detalle que escapara a su observación. Era cocinera, médico, guardián de todos nosotros, suministraba cada cosa que necesitáramos, paño de lágrima cotidiano ante cualquier dificultad. No nos malcriaba; exigía orden, ahorro, higiene. Administraba todo lo cotidiano dentro y fuera de la casa, era la económica de la familia. Nadie sabe de dónde sacaba tiempo y energías para tanta actividad. No se sentaba nunca, nunca la vi descansar un segundo en todo el día.

Trajo al mundo siete hijos, nacidos todos en aquella casa, asistidos siempre por una comadrona campesina. Nunca hubo ni pudo haber allí un médico, no existía en toda aquella apartada región. Nadie se esforzó tanto para que sus hijos estudiaran, quería para ellos lo que ella no tuvo. Sin ella, yo, que sentí siempre el placer del estudio, sería hoy, no obstante, un analfabeto funcional. Mi madre, aunque no lo expresara a cada minuto adoraba a sus hijos. Tenía carácter, fue valiente y abnegada. Supo soportar con entereza y sin vacilación los sufrimientos que algunos de nosotros involuntariamente le ocasionamos. Aceptó sin amargura la Reforma Agraria y el reparto de aquellas tierras a las que sin duda amó. Sumamente religiosa, en su fe y en sus creencias, que siempre respeté, encontró consuelo en su dolor de madre, y aceptó también con amor de madre la Revolución por la que tanto sufrió, sin haber tenido por su origen  de humilde campesina pobre la más mínima posibilidad de conocer la historia de la humanidad y las causas profundas que en Cuba y en el mundo originaron los acontecimientos que tan de cerca le tocó vivir.

Ignacio Ramonet. En el fondo, usted es un gran cristiano.

Fidel. No hace mucho yo le decía a Chávez, el Presidente de Venezuela- porque Hugo Chávez es cristiano creyente y habla mucho de eso-: “Si me llaman cristiano, no desde el punto de vista religioso, pero sí desde el punto de vista social, afirmo que yo también soy cristiano”, a partir de las convicciones y los objetivos que sustento.

Frei Betto. ¿En qué año nació usted?

Fidel. Yo nací en 1926, en el mes de agosto, el 13 de agosto; si quieres saber la hora, creo que fue como a las 2:00 de la madrugada. Parece que la noche pudo haber influido después en mi espíritu guerrillero.

Frei Betto. ¿Su madre era de origen campesino?

Fidel. Sí.

Frei Betto. ¿Cubana?

Fidel. Cubana, de origen campesino.

Frei Betto. ¿Y su padre?

Fidel. Mi padre de origen campesino también, por cierto, un campesino muy pobre, de Galicia, España.

Frei Betto. ¿Cómo se llamaba su madre?

Fidel. Lina.

Frei Betto. ¿Y su padre?

Fidel. Ángel.

Frei Betto. ¿En qué parte de Cuba nació?

Fidel. Nací en la antigua provincia de Oriente, hacia el centro norte de la provincia, no muy lejos de la Bahía de Nipe.

Frei Betto. ¿Cómo se llamaba el pueblo?

Fidel. No era un pueblo; ni había una iglesia, ni era un pueblo.

Frei Betto. ¿Era una finca?

Fidel. Era una finca.

Frei Betto. ¿Qué se llamaba?

Fidel. Birán se llamaba la finca, y tenía algunas instalaciones. Allí estaba la casa de la familia, y había también unas pequeñas oficinas en un local añadido a una esquina de la casa. Era una casa con una arquitectura, pudiéramos decir, española.

Frei Betto. ¿En qué año muere su padre?

Fidel. Mi padre muere el 21 de octubre de 1956, realmente dos meses después de haber cumplido yo 30 años. Cuando yo vengo de México con nuestra pequeña expedición en diciembre de 1956, tengo esa edad. Cuando el ataque al cuartel Moncada tenía 26 años; cumplí 27 en la prisión.

Frei Betto. Y la señora Lina, ¿en qué año murió?

Fidel. Ella murió el 6 de agosto de1963, tres años y medio después del triunfo de la Revolución.

Ignacio Ramonet. ¿En qué circunstancia vino su padre a Cuba?

Fidel. Muy joven, con 16 ó 17 años, reclutan a mi padre en España para el servicio militar. No se sabe exactamente en qué condiciones viene a Cuba…la teoría es que  mi padre fue uno de aquellos jóvenes pobres de Galicia a los cuales algún rico entregaba una cantidad de dinero para que lo sustituyeran en el servicio militar.

Frei Betto. Usted hablaba de la historia de su nombre, del Bautizo.

Fidel. Sí, es curioso por qué me llamaron Fidel. El bautizo era una ceremonia muy importante. Como en aquella época los peligros de muerte eran mucho mayores, y en el campo las perspectivas de vida eran bajas, cada familia campesina pensaba que el padrino era el segundo padre del hijo, el que debía ayudarlo; que si el padre moría su hijo tendría alguien que lo ayudara, que lo apoyara.

Ignacio Ramonet. ¿Usted no estaba bautizado?

Fidel. No, me bautizan después de cumplir 8 años. Lo que sucede es que estaban esperando por el millonario que iba a ser mi padrino, que se llamaba Fidel Pino Santos. El origen de mi nombre es ese, así que no puedo sentirme orgulloso.

Ignacio Ramonet. ¿Entonces su verdadero padrino es el cónsul de Haití?

Fidel. Sí. Ese cónsul de Haití se casa con la profesora de piano, hermana de mi maestra. Y los dos son mi padrino y madrina en el bautizo.

Frei Betto. ¿Y cuándo ingresa usted en el colegio religioso?

Fidel. Yo ingreso en el colegio religioso en primer grado.

Frei Betto. ¿Con qué edad?

Fidel. Bueno, ahora tendría que averiguar; debo haber tenido alrededor de 6 y medio a 7 años.

Frei Betto. ¿El colegio de los Hermanos de la Salle?

Fidel. Sí. Esta es una larga historia de la que voy a contarte algo.

El hecho es que al principio no me enviaron a ninguna escuela y la madrina era la que me daba clases; las clases consistían en ponerme a estudiar las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir que estaban en el forro de una libreta. Me las sabía de memoria, creo que me las aprendí tan bien que nunca más se me han olvidado. A veces yo saco cuentas casi con la rapidez con que las puedo sacar en una máquina computadora.

Entonces, allí eso era así. No había libro de texto, solo la libreta y algunos dictados. Y claro, aprendí a sumar y todo eso, a leer, a seguir un dictado, a escribir; debo haber mejorado mi ortografía un poco, debo haber mejorado también la caligrafía, y el hecho es que allí pasé como dos años creo que perdiendo el tiempo. Lo único útil fue el saldo de un período de la vida dura, difícil, de trabajo, de sacrificios. Creo que fui víctima de cierta explotación por el ingreso que significaba para aquella familia la pensión que pagaban mis padres por tenernos allí.

Y recuerdo los Reyes Magos. Una de las manifestaciones de las creencias que le inculcaban a uno a esa edad de 5, 6, 7 años, era el Día de Reyes. Recuerdo las primeras cosas que me pusieron los reyes, fueron algunas manzanas y algún carrito, cositas de esas, y algunos caramelos.

Bueno, ya voy a la escuela. Al finalizar el tercer año de estar allí, me mandan externo a la escuela. Ahí empiezan las cosas.

Frei Betto. ¿A qué escuela?

Fidel. A la escuela La Salle.

Ya allí sí enseñaban sistemáticamente el catecismo y cosas de religión, elementos de la historia sagrada, en primer grado. Tendría entonces de 6 y medio a 7 años, más o menos, porque ya me han atrasado. Yo que aprendí desde tempranito a leer y a escribir, me han hecho perder casi dos años, podría haber estado en tercero.

Cuando ya voy externo a la escuela, hay allí una enseñanza sistemática, pero sobre todo la mejoría material y ambiental fue notable al tener profesores, clases, compañeros con quienes jugar y otras muchas actividades de las que no disfrutaba cuando era un solitario alumno estudiando aritmética en la carátula de una libreta. Esa nueva situación duró hasta que yo mismo tengo que llevar a cabo mi primera rebelión a esa temprana edad.

Frei Betto. ¿Por qué motivos?

Fidel. Sencillamente porque me cansé de aquella situación. De vez en cuando en la casa también daba su nalgada como represión; y si no me portaba estrictamente bien, me amenazaban con mandarme interno. Hasta que un día me di cuenta que me convenía ir interno, y que estaría mejor interno que en aquella casa

Frei Betto. ¿Quiénes lo amenazaban, sus hermanos?

Fidel. La madrina, el padrino, la maestra cuando iba de vacaciones, todo el mundo.

Frei Betto. Entonces, ¿cómo fue la rebelión?

Fidel.  Bueno, aquella gente tenía una educación francesa, sabían hablar francés y tenían una esmerada educación formal. Todos esos modales me los enseñaron desde temprano, por supuesto. Entre otras cosas no se podía pedir; recuerdo que algunos muchachos muy pobrecitos, tenían, sin embargo, un centavo para comprar y rayado o granizado como le llamaban, o un duro frío, y yo no podía pedirles nada, porque estaba prohibido según las normas de la educación francesa.

Aquella familia tenía todos sus modales; bien, no critico eso. Había que hacer esto, lo otro, y lo otro, muy disciplinadamente todas las cosas. Había que hablar con mucha educación, no se podía levantar la voz. Por supuesto, no se podía decir una sola palabra indebida. Y cuando me doy cuenta de aquellas amenazas de enviarme interno, estoy cansado; ya había tomado conciencia hacía tiempo de lo que había pasado anteriormente, ya yo tenía, incluso, conciencia del período en que había estado pasando hambre y en que fui objeto de injusticias –no te he contado todo esto en detalle porque no es el objetivo hacer una autobiografía aquí, sino entrar un poco en los temas que tú abordas-, y, entonces, un día llego de la escuela deliberadamente incumplo todo, desacato todas las órdenes, todos los reglamentos, toda la disciplina, hablo en voz alta, digo todas las palabras que me parecía que estaban prohibidas decir, en un acto consciente de rebeldía con el objetivo de que me mandaran interno para la escuela. Y así la primera rebelión mía, y no fue la única, empezó en el primer grado; máximo de edad 7 años; habría que ver con precisión en algún archivo.

Frei Betto. ¿Ahí lo mandaron interno?

Fidel. Me mandaron interno a la escuela. Empecé a ser feliz cuando hicieron eso conmigo. Es decir que para mí enviarme interno a una escuela fue una liberación.

Frei Betto. ¿Y cuántos años estuvo interno en La Salle?

Fidel. Casi cuatro años.

Frei Betto. Entonces, ¿los Hermanos le parecían más profesores que religiosos, o le parecían buenos religiosos también?

Fidel. Bueno, realmente, los Hermanos de La Salle no eran sacerdotes, no tenían la preparación del sacerdote. Era una Orden mucho menos exigente y menos rígida que la de los Jesuitas. Pude darme cuenta de ello después cuando pasé a la escuela de los jesuitas.

Frei Betto. ¿En la secundaria?

Fidel. No, en quinto grado.

Frei Betto. ¿Cómo se llamaba el colegio?

Fidel. Ese era el Colegio de Dolores, de Santiago de Cuba, un colegio de más prestigio y de más categoría.

En sexto grado, alcanzo ya excelentes notas, y en séptimo grado quedo entre los primeros lugares del aula. También allí ganaba mucho, porque estaba a mi alcance el mundo del deporte y de las excursiones al campo y las montañas. Me interesaban mucho los deportes: practicaba, sobre todo, el básquet, el fútbol y la pelota. Eso me servía de entretenimiento, invertía les energías en todo eso.

De las cosas que te he contado, puedes sacar algunas conclusiones más bien de cómo se formó mi carácter, a partir de problemas, dificultades que tuve que vencer, pruebas, conflictos, rebeldías, sin tener un preceptor o un guía que me ayudara. Realmente nunca tuve un preceptor.

Creo que el hombre también, es hijo de la lucha, y las dificultades, los problemas, lo van labrando, como un torno que labra un pedazo de madera, más bien en este caso de materia prima y de espíritu, que puede ser un hombre.

Frei Betto. Hable un poquito de los retiros espirituales.

Fidel. Bueno, los retiros espirituales ya pertenecen a una etapa ulterior.

De aquel colegio yo decido, por mi cuenta, ir a la escuela de los jesuitas de La Habana…lo propongo en mi casa y me aceptan. Allí no había conflictos; tengo éxito total en los estudios, en el deporte, no tengo dificultades ni en sexto grado, ni en el séptimo, ni en el primero, ni en el segundo año de Bachillerato, pues allí estuve hasta concluir este curso.

Frei Betto. ¿En La Habana?

Fidel. En La Habana.

Frei Betto. ¿Cómo se llamaba la  escuela?

Fidel. El Colegio de Belén de los jesuitas de La Habana, que era la mejor escuela de los jesuitas en el país, y quizás la mejor del país como escuela en general, por la base material, la instalación; una gran instalación, un centro de gran prestigio, donde estaba la flor y nata de la aristocracia y de la burguesía cubana.

Frei Betto. ¿Qué edad tenía?

Fidel. Acabaría de cumplir los16 años.

Entonces, yo ingreso en el equipo de básquet y de otros deportes.

Yo seguía con mi viejo gusto por las montañas, por el campismo…hasta que un día me hicieron jefe de los exploradores.

No era un modelo de alumno, porque precisamente mi preocupación por el deporte y por las actividades de ese tipo, me hacían dedicar una parte del tiempo bastante importante a eso, y a pensar en eso.

Siempre tuve bastante imaginación. En ocasiones era capaz de escaparme con la imaginación de la clase, recorrer el mundo, sin saber ni lo que había dicho el profesor durante 45 minutos.

Entonces todo lo que no había aprendido de matemática, ni de física, ni de química, ni de biología, lo estudiaba por los libros; fui autodidacta de todas esas materias, y de alguna manera me las arreglé para entenderlas – parece que desarrollé cierta habilidad para desentrañar los misterios de la física, la geometría, la matemática, la botánica, la química – solo con los textos. Y cuando llegaban los exámenes solía obtener excelentes notas, muchas veces por encima del primer expediente.

Frei Betto. ¿Y ahí fue la primera vez que usted escuchó hablar de comunismo?

Fidel. Bueno, venía oyendo hablar de comunismo hacía rato, que era una cosa muy mala; en esos términos se hablaba siempre del comunismo.

Ignacio Ramonet. ¿Es una buena escuela, en definitiva, para un revolucionario?

Fidel. A mí me fue útil, aparte de que discriminaban a los negros y era la escuela para jóvenes de la alta burguesía…Yo creo que mi temperamento, que en parte es de nacimiento, se forjó también allí con los jesuitas.

Ignacio Ramonet. ¿Su hermano Raúl, también estaba con usted?

Fidel. Eso tiene una historia. Él estaba allá en Birán, tenía 5 años menos que yo, era el más chiquito, en la casa siempre peleábamos con él. Estuvo interno con nosotros en la escuela La Salle cuando tenía unos 4 años y medio. Nos visitó junto a nuestra madre y quiso quedarse con nosotros. Lloró, pataleó, insistió tanto que ella tuvo que dejarlo…Raúl era entonces un poco malcriado, a veces yo tenía que regañarlo, pero Ramón era su defensor.

Ignacio Ramonet– ¿Y usted formó a Raúl?

Fidel. Cuando iba de vacaciones, yo sólo escuchaba críticas de nuestros padres. Y les digo: “Denme la responsabilidad, yo me ocupo de él”, y entonces empecé a atenderlo. Él estaba por la libre allí.

Más tarde, le di a leer algunos libros, le interesaron, le desperté el interés por el estudio y entonces concebí la idea de que él había perdido equis tiempo, que podía hacer estudios universitarios…A mí se me ocurrió esa idea, convenzo a mis padres y él viene para La Habana. Pero en esa época ya yo me dedicaba a adoctrinar a todo el mundo.

Frei Betto. ¿Cómo empezó su sensibilidad por la causa de los pobres?

Fidel. Yo tengo que buscar algunos fundamentos en mi experiencia desde niño. Primero, tuvimos una vida en común, muy en común, allí donde nací, donde vivía, con la gente más humilde, todos aquellos muchachos que andaban descalzos. Y ahora me doy cuenta de que tienen que haber pasado todo tipo de necesidades.

Creo que se fueron creando distintos valores éticos. Esos valores éticos tienen que haber nacido de las enseñanzas, es decir, de la enseñanza de la escuela, de los profesores. Yo diría que incluso desde la familia, desde la casa.

Creo que las condiciones en que se educa una persona pueden hacerla más rebelde o menos rebelde; también el temperamento de las personas puede influir, el carácter de las personas: hay personas que son más dóciles, otras menos dóciles, unas tienen más tendencia a la disciplina y a la obediencia, otras menos tendencia a la disciplina y a la obediencia. Pero el hecho es que de todas formas uno va también en la vida empezando a tener noción de lo justo y lo injusto: esto es justo, esto es injusto.

En ese sentido, creo que toda la vida tuve una idea de lo justo y lo injusto, y bastante temprano porque lo vi y lo sufrí. Creo que el ejercicio físico y el deporte también pueden enseñar: el rigor, la capacidad de soportar un esfuerzo grande, la voluntad de alcanzar un objetivo, la disciplina que uno se impone a sí mismo.

Creo que por ese camino llega a parecer inconcebible un abuso, una injusticia, la simple humillación de otro hombre; esos valores se van formando en la conciencia de un hombre, y lo van acompañando. Creo que un conjunto de cosas me hicieron, primero, poseer ciertas normas éticas, y luego, la vida me hizo imposible adquirir una cultura de clase, una conciencia de una clase diferente y superior a la otra. Creo que esa fue la base con la cual después ya yo desarrollo una conciencia política.

Creo que lo que te decía de la fe, la capacidad de razonar, de pensar, de analizar, de meditar y la capacidad de desarrollar un sentimiento, es lo que hace posible que yo vaya adquiriendo ideas revolucionarias. Además, con una circunstancia especial: las ideas políticas no me las inculcó nadie, no tuve el privilegio de tener un preceptor.

Frei Betto. ¿En el grupo que atacó el cuartel Moncada en 1953, había cristianos?

Fidel. Sin discusión que los había. Lo que ocurre es que nosotros no le preguntábamos a nadie sobre sus ideas religiosas. Sí, había cristianos. Aunque cuando nosotros atacamos el Moncada, yo tenía ya una formación marxista.

Frei Betto. ¿Que la tenía de la universidad?

Fidel. Sí, yo la adquiero, realmente, cuando era estudiante universitario.

Pero cosa curiosa, fíjate: antes de encontrarme con la literatura marxista, en realidad, y sólo estudiando la economía política capitalista, empiezo a sacar conclusiones socialistas y a imaginarme una sociedad cuya economía funcionara de forma más racional. Empiezo por ser un comunista utópico. Viene a ser en el tercer año de mi carrera cuando yo tengo realmente contacto ya con las ideas revolucionarias, con el Manifiesto comunista, con las primeras obras de Marx, de Engels, de Lenin.

Claro, yo antes de ser comunista utópico o marxista, soy martiano, lo voy siendo desde el Bachillerato: no debo olvidar la atracción enorme del pensamiento de Martí sobre todos nosotros, la admiración por Martí. Yo fui siempre también un profundo y devoto admirador de las luchas heroicas de nuestro pueblo por su independencia en el siglo pasado.

Ignacio Ramonet. En su formación intelectual y en la construcción de su ideario político, ¿la cultura francesa ha tenido alguna influencia?

Fidel. Sin duda, una influencia importante.

Por mi cuenta, he leído, desde muy joven, a muchos autores franceses que han sido decisivos en mi formación intelectual, y me han ayudado a entender el mundo y las pasiones humanas. Por ejemplo, un actor que ha ejercido en mí una considerable influencia es Víctor Hugo. Un gigante. De la literatura, del pensamiento, de la política. Con ideas muy avanzadas para su época. Humanista y revolucionario. Defendió a los insurgentes de la Comuna de Paris, exigió su amnistía. Defendió el derecho de voto para las mujeres.

Leí su novela Los miserables siendo aún adolescente…Sin ninguna duda, esa  obra ejerció una influencia indirecta en mi manera de ver el mundo, sus injusticias, y la necesidad de luchar para corregirlas. Digo “influencia indirecta” porque autores de obras políticas, como por ejemplo Marx, han tenido una influencia directa, muy directa, mientras que la literatura influye de modo diferente. En todo caso, Los Miserables quizás sea, junto con el Quijote de Cervantes, la  obra narrativa que más me ha impactado.

Ignacio Ramonet. ¿Leyó usted, por ejemplo, a Honoré de Balzac, otro gran autor francés de esa época?

Fidel. Bastante. Le leí sobre todo durante los dos años (1953-1955) que pasé en la prisión… Allí recuerdo haber leído varias novelas de Balzac, como Papá Goriot, Eugenia Grandet o el coronel Chabert.

Mervin Dymally. ¿Lee esos libros en inglés?

Fidel. Puedo leer algunos libros en inglés, sobre todo los de carácter técnico o político; ya una novela, que es mucho más rica en vocabulario, más variado, con muchas sutilezas y matices, no la leo en inglés, y, desde luego, prefiero leer cualquier libro en español.

Mervin Dymally. ¿Quién es Fidel Castro, qué lo motiva, cuáles son sus motivaciones? ¿Qué le gusta y qué no le gusta a Fidel Castro?

Fidel. En primer lugar lo que no me motiva. Los bienes materiales no me motivan, el dinero no me motiva en absoluto. No me motiva un afán de gloria, fama, prestigio. Creo realmente que me motivan las ideas.

Creo que la lucha misma, en las condiciones en que hemos tenido que llevarla a cabo, ha sido también un estímulo… Yo creo que cada año que pasa el desinterés personal puede ser mayor, el espíritu de sacrificio mayor; los elementos subjetivos van teniendo cada vez menos importancia, las cosas subjetivas, personales; ya uno llega a identificarse de tal manera con lo que está haciendo, que la cuestión de orgullo personal, vanidad, todas esas cosas que de alguna u otra forma existen en todos los hombres, todos esos factores van quedando más atrás cada día que pasa.

Si no es así, puede ocurrir lo contrario… puede surgir la autosuficiencia, la idea de saber que uno tiene más conocimientos que los demás, que uno sea imprescindible, insustituible, que alguien se infatúe con lo que es y con lo que hace.

Todo eso puede ocurrir, afortunadamente, en especial esto último, a mí no me ha ocurrido, y pienso que en parte porque he estado en guardia contra todos esos factores; tal vez he ido desarrollando una filosofía sobre la importancia relativa de los hombres, el valor relativo de los individuos, la convicción de que no es el individuo el que hace la historia, sino los pueblos, la idea de que nadie puede atribuirse los méritos de todo un pueblo y de millones de gente que trabajan todos los días, que aportan su esfuerzo todos los días, que producen, que defiende la Revolución; la conciencia plena, las convicciones profundas con relación a todo eso, de la vanidad que encierran los afanes de gloria personal pueden explicar de cierta forma mi actitud.

No creo que existan técnicas infalibles, el ser humano es muy complejo, a mí personalmente me ha servido mucho estar siempre en guardia, ser crítico, ser riguroso, ser exigente conmigo mismo, y tratar de ser siempre honrado conmigo mismo. Uno debe estar comprometido, consagrado a lo que hace, entusiasmado con lo que hace, convencido del valor de lo que hace.

Ignacio Ramonet. ¿Usted podría decirme cuál es su salario?

Fidel. El salario mío, al cambio de 25 pesos por un dólar, es de 30 dólares mensuales. Pero yo no me muero de hambre. Yo pago lo del Partido, lo otro, un tanto por ciento, desde el principio, por lo del alquiler, se pagaba creo que el 10 por ciento.

Ayudo a una tía, por parte de mi madre, uno de cuyos hijos murió en la guerra, eso antes que hubiera aquí retiro, porque el Ejército Rebelde no cobró como en seis meses.

Y me han puesto dos veces ya en la lista de los más ricos. Yo no sé por qué lo hacen, qué intentan con algo tan ridículo. Yo no tengo ni un centavo mío, no administro un centavo. Bueno, más bien la Administración del Estado, en general, administra los gastos de la Presidencia. Como en cualquier país. Realmente cuando viajo tengo que hospedarme en un hotel, tengo que comer en algún lugar, pero nunca llevo un centavo arriba.

Puedo decir que se aplicó una fórmula: de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades. Entonces las necesidades mías personales, son realmente muy pocas, y nunca ha habido ni un aumento de salario. Tendré la gloria de morir sin una divisa convertible.

Jeffrey Elliot. Yo me pregunto si, al igual que otros hombres, no se cuestiona usted a sí mismo, si no duda usted alguna vez, si no se pregunta usted alguna vez si realmente está haciéndoles frente a los desafíos que se le presentan de la forma más adecuada.

Fidel. Realmente, a la pregunta de si en algún momento he dudado de lo que estoy haciendo a partir del momento en que empecé en las actividades políticas, revolucionarias, debo decirle con toda franqueza que no recuerdo que tuviera desconfianza, dudas, no las he tenido nunca.

Quizás es bueno, quizás es malo; porque si lo que uno está haciendo objetivamente está mal, entonces es malo que uno nunca dude; si lo que uno está haciendo es objetivamente correcto, entonces es bueno no tener duda de lo que se está haciendo.

Aquí se han pasado pruebas difíciles, días muy difíciles y se han superado. Creo que esa experiencia particular explica, puede ayudar a explicar no haber tenido dudas nunca de lo que hemos estado haciendo.

Creo que largos años en el ejercicio  de una importante responsabilidad y autoridad, pueden corromper a un hombre, pero creo también que pueden hacerlo mejor. He tratado de ser cada vez menos celoso de esas atribuciones, de compartirlas cada vez más con otros, de considerarme cada vez menos indispensable, de ver cada año de mi vida, con más claridad el valor relativo de los individuos y el mérito inmenso de la legión de héroes anónimos que constituyen el pueblo.

Resumiendo la respuesta, duda no he tenido nunca, constante insatisfacción sí.

Jeffrey Elliot. ¿Usted pudiera  aclararme ese punto? ¿Por qué usted dice que nunca ha estado totalmente satisfecho, siempre ha  estado insatisfecho?

Fidel. Quizás por un cierto espíritu preciosista, yo tengo una idea de tratar siempre de buscar lo óptimo…en sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde se abordan y discuten muchos temas, uno se queda analizando después cada punto y, siempre, si se pudo profundizar un poco más, emplear más y mejores argumentos; se puede quedar incluso con la duda de si en el debate fue un poco áspero, la forma en que lo expresó, si al compañero que le dio la respuesta lo pudo haber lastimado. Aunque suelo ser muy cuidadoso, si hay algún compañero al que tengo que hacer una crítica, lo primero que hago es tratar de protegerlo. Evitar que la crítica sea destructiva, que no lo desmoralice, que sirva de ejemplo a los demás y a la vez comprometa y estimule al que se la hace; uno se queda pensando si lo hizo con todo cuidado, si ha logrado cabalmente el objetivo.

Le pongo estos ejemplos porque uno tiene que estar contantemente analizando cada palabra que diga, cada cosa que plantea, porque uno debe estar incesantemente analizando lo que hace…Por lo menos hay que estar prevenido contra la autocomplacencia, la vanagloria.

Para finalizar, aunque siempre insatisfecho con lo que haga, tengo, en cambio, siempre mucha confianza y seguridad en lo que me propongo exponer o hacer.

Mervin Dymally. ¿Tiene usted muchos amigos íntimos? ¿Qué es lo que más admira usted en una persona?

Fidel. Mire, yo tengo muchos amigos que no son cubanos, que conozco, que conozco por distintas relaciones, políticas fundamentalmente, relaciones con gentes que son eminentes, médicos, escritores, cineastas, científicos, amigos, digamos, del exterior. Ahora mis amigos de la Revolución son realmente todos compañeros revolucionarios, todos los que trabajan conmigo, todos los que trabajan en responsabilidades importantes del Estado…Veo en todos los compatriotas revolucionarios un compañero y un amigo.

Mervin Dymally. ¿Le gusta la pesca?

Fidel. Sí, la pesca me gusta.

Jeffrey Elliot. ¿Le ha resultado siempre fácil hablar en público, se siente relajado para hablar en un escenario público, fue ese un don innato en usted o ha sido algo que ha desarrollado con los años?

Fidel. Voy a decir algo, cuando lo cuento no me lo creen. Le digo a la gente que tengo miedo escénico. Es decir, siempre que voy a hablar en público, para mí es un momento de tensión…Es decir, no siento placer en hacer un discurso, lo veo más bien como un deber, una tarea delicada, un objetivo a cumplir, un mensaje, una idea, un sentimiento que trasmitir, y siento el peso de la responsabilidad por lo que tenga que decir allí. No concibo hablarle a nadie si no tengo realmente algo que decir, y no suelo repetir discursos, no me gusta ni siquiera repetir frases, me parece aburrido, o al menos me aburren a mí mismo.

Pero tengo siempre también gran confianza, decisión y seguridad en que puedo hacer mi trabajo cuando voy a la tribuna y me preocupo de estar bien informado sobre el tema. En cada una de estas ocasiones, tengo las  ideas básicas, se puede decir un pequeño guión mental de las ideas esenciales  y más o menos el orden en que voy a plantear esas ideas. Ahora bien, la elaboración, el desarrollo de esas ideas, las palabras, las frases, las formas de expresión surgen a lo largo de la intervención.

¿Cómo? Muy sencillo. Si me dan un teléfono se me olvida, salvo especiales motivaciones no recuerdo fácilmente un número de teléfono, se me olvida, es casi seguro; ahora, si me da un dato económico, lo oigo o lo leo una sola vez y no se me olvida.

Generalmente llevo las ideas básicas, esenciales, cinco ideas, seis ideas fundamentales y un objetivo central de la exposición, entonces la desarrollo y mientras hablo se suscitan nuevas ideas y nuevos argumentos. Fluyen mejor las ideas cuando el discurso es eminentemente político, histórico, revolucionario, emotivo.

He podido apreciar lo siguiente: el contacto con el público, la influencia del público es la mejor fuente de inspiración, surgen repentinamente ideas y argumentos que a usted no le viene con tiempo el día antes o muchos días antes. Cuando uno está en contacto directo con el público, nada es artificial, nada es abstracto, surgen mejores cosas, las palabras son más persuasivas, más convincentes.

Ignacio Ramonet. Usted tiene fama de ser un orador político fuera de serie, pero he notado una diferencia entre sus discursos más o menos improvisados en los que su elocuencia es impresionante, y los discursos leídos que son, digamos, menos brillantes. ¿Cómo prepara usted sus discursos?

Fidel. Mis discursos a veces no tengo ni tiempo de revisarlos, y no es lo mismo, le digo, el lenguaje hablado que el lenguaje escrito; el acento, el tono cuando tú hablas. Cuando lo ves escrito, puede parecer hasta cosa innecesaria repetir una palabra en un párrafo. Hablado es correcto, estás poniendo énfasis. En el escrito, lo repetido se ve innecesario, no gusta. Yo suelo volver a ver los discursos improvisados, revisarlos. A veces una frase puede ser mejor perfilada.

Ignacio Ramonet. Pero sus discursos, ¿los escribe usted mismo o tiene algunos colaboradores que se los preparan?

Fidel. Cada vez que le he pedido a alguien que escribiese algún discurso mío, o por lo menos que me hiciese un borrador, por lo general ha sido un desastre, texto nulo, datos inelocuentes. He tenido que reescribirlo todo. Yo he conversado con varios colaboradores de presidentes norteamericanos que habían escrito centenares de discursos. Pero sigue siendo para mí un misterio. Nunca he podido pronunciar un discurso que no lo haya preparado yo, o escrito yo mismo.

Ignacio Ramonet. Cuando, desde sus 79 años, mira usted su vida, ¿qué lamenta usted no haber podido hacer?

Fidel. No haber podido descubrir antes todas las cosas que conocemos ahora, con lo cual, en la mitad del tiempo habríamos podido hacer mucho más que lo que hemos hecho en 46 años.

Ignacio Ramonet. ¿Qué lamenta haber hecho?

Fidel. Déjeme pensar a ver de qué me puedo lamentar, algo de lo que pueda arrepentirme.

He cometido errores, pero ninguno es estratégico, simplemente tácticos. Uno se lamenta de muchas cosas, a veces en un discurso incluso…Pero no tengo ni un átomo de arrepentimiento de lo que hemos hecho en nuestro país ni de la forma en que hemos organizado nuestra sociedad.

Mervin Dymally. Están pasando los años y me pregunto si está obcecado usted con la inmortalidad, con la muerte.

Fidel. Mire, yo creo que hace 20 años, 15 años, me preocupaba más que ahora, me preocupaba más la idea de que pasaran los años y se acercara la vejez. Indiscutiblemente que la naturaleza tiene mecanismos fabulosos de equilibrio y de compensación en las personas. Mientras más años pasan, menos me preocupo por la muerte y menos me preocupo por la vejez, fíjese qué cosa tan curiosa.

Digamos, ¿qué factores pudieron contribuir a eso? Yo diría que hace 20 años, uno pensaba que necesitaba tiempo por delante para cumplir una misión, realizar una tarea. A medida que pasa el tiempo, uno va teniendo la sensación de que ya una gran parte de esa tarea que le correspondió en la vida está cumplida y que va quedando una obra detrás, entonces usted se angustia menos por la salud, por la vejez y por la muerte, porque va dejando aquello que se ha cumplido, la obra que tenía que realizar la ha realizado, la vocación y las aptitudes que alguien pudo traer consigo cuando viene al mundo en un momento en que pudieran tener alguna utilidad han sido ejercidas, está uno más tranquilo, tiene mucha más tranquilidad. Entonces, te digo: ni la salud, ni la muerte, ni la vejez me traen preocupación alguna.

Gianni Miná. ¿Cuándo usted piensa en su amigo Che, qué es lo primero que le viene a la mente?

Fidel. A mí incluso me costaba trabajo aceptar la idea de la muerte del Che. Muchas veces he soñado, a veces le he contado a la gente las cosa que uno sueña, y he soñado que estoy hablando con él, que está vivo; una cosa muy especial, una persona de la que a uno le cuesta mucho trabajo resignarse a la idea de su muerte. ¿Y a qué obedece eso? A mí juicio, es que tiene una presencia siempre permanente en  todo.

Ocurre su muerte a distancia, a muchas millas de distancia de nuestro país, y te digo que la idea de la muerte del Che era algo a lo cual uno no se adaptaba. Me pasaba al revés que con otros compañeros, a pesar de que muchas veces hemos perdido compañeros en la lucha, hemos visto morir compañeros. Te diría que uno tiene la impresión de una presencia permanente de Che, por lo que simbolizaba, por su carácter, por su conducta, por sus principios. Era un gran número de cualidades realmente excepcionales. Yo lo conocía muy bien, muy bien desde que entré en contacto con él en México hasta que salió del país la última vez.

Pienso realmente con dolor que con la muerte del Che se perdió una gran inteligencia. Era un hombre que todavía tenía mucho que dar en la teoría y en la práctica de la construcción del socialismo.

(Tomado de DOSSIER PANORAMA MUNDIAL)


Redacción Digital

 
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