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Publicado el 22 Agosto, 2019 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Guerra comercial: el camino hacia ningún lado

María Victoria Valdés Rodda

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

En un ejercicio infructuoso de sentirse Dios, Estados Unidos puede arrastrar al planeta entero en su cruzada contra la República Popular China (RPCH). Pero por mucho que se empeñe en frenar el ímpetu del gigante asiático no va a lograrlo. Hace cuatro años, en abril de 2015, el exsecretario del Tesoro norteamericano Lawrence Summers afirmó que si había alguien capaz de poner fin a la hegemonía económica estadounidense ese era China.

En ese entonces, con el mandato de Barack Obama, el país norteño aplicaba su estrategia de Rebalance o Pivote para Asia, porque la RPCH le estaba sacando ventaja. La actual administración republicana comparte esas mismas premisas y tiene igual propósito estratégico de predominio, aunque con Donald Trump lleva su marcado sello de soberbia y política de fuerza, la cual ha desembocado en una andanada de aranceles.

Situada en el segundo lugar de la economía mundial desde 2010, China avanza con enormes zancadas. Y si bien la imposición de gravámenes a sus mercancías supone una molestia para el desempeño de Beijing, no tendrá, en el largo plazo, el efecto deseado: entre los meses de enero y julio, el comercio internacional chino creció el 4.2 por ciento, hasta 17.4 billones de yuanes (2.2 billones de euros). Sin embargo, en este mismo momento la nación vive inmersa en un proceso de transformación de su quehacer excesivamente dependiente del mercado externo hacia otro donde el consumo nacional será una de sus bases de desarrollo. Se trata de un cambio sistémico. Pero Trump parece no haberse enterado; en un tuit llegó a decir que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. ¿Será?

China camina segura hacia un mejor bienestar de su pueblo, al que le ha prometido asimismo una política industrial exitosa, que invierta en mayor competitividad de conexión con la 5G y la inteligencia artificial. Y eso está a la vuelta de la esquina: el Programa “Made in China 2025” es irrefrenable, y no será el acoso imperial contra la empresa Huawei el que lo vaya a opacar. Los ingresos de la megaempresa han alcanzado en lo que va de año, con sanciones yanquis incluidas, un aumento del 23 por ciento.

La RPCH no es ingenua y se defiende con sus artes, y a pesar de que necesita un tipo de cambio relativamente constante que conserve la confianza de los inversores y la estabilidad financiera, llevó el yuan a un mínimo de siete frente al dólar, política coherente con sus reformas orientadas a su consolidación en los mercados financieros. Otras herramientas han sido los recortes en los tipos de interés y una regulación más estricta del mercado financiero. El “stress” en las bolsas mundiales no se hizo esperar.

Corre riesgos; pero sabe lo que hace. Tiene compromisos con el poder adquisitivo de sus empresas y el de los pobladores y también con reformar su economía en una dirección más orientada al libre mercado, donde su moneda es clave. Asimismo, un yuan más “débil” significa bienes y servicios locales más baratos. Las medidas aduaneras de Trump en realidad penalizan al consumidor estadounidense. Su guerra comercial es un disparate, y por ese concepto el mercado agrícola norteño ha quedado fuera del alcance chino. Voces internas han alertado a Trump de una eventual recesión donde una guerra comercial es más perjudicial que beneficiosa pero como siempre no escucha a nadie.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda