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Publicado el 8 Agosto, 2019 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

Los Estados Unidos al desnudo

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Eduardo Montes de Oca

“El más fuerte nunca lo es bastante para dominar siempre…”. Este fragmento de una frase de Jean-Jacques Rousseau traída a colación por Wilkie Delgado Correa, en la digital Rebelión, nos reafirma en lo ineluctable de la carrera de relevo de los imperios, que se han creído inamovibles hasta que la realidad les antepone otro, como demostración fehaciente del carácter histórico-concreto, finito, de toda formación económico-social –develado por Marx–. Por ende, de la cualidad de superpotencia.

Y en vista de lo último, una condición que precisamente hoy se tambalea, como refrendando la suerte de ley formulada por el filósofo ginebrino con que principiamos, Delgado prueba que, en contraposición a la visión impuesta de idílico régimen político, los EE.UU. representan una dictadura sui géneris mixta, ejercida en lo interno y con mayor empuje hacia lo externo. Quien lo dude, que tome en cuenta elementos tales el hecho de que a Donald Trump, el “primer magistrado” más rico en la existencia del país, “miembro conspicuo de esa plutocracia inveterada que ha gobernado y gobierna”, le fue propicio el arcaico sistema llamado colegio electoral de los estados, el cual le “permitió acceder al trono a pesar de haber obtenido dos millones de votos menos que su contrincante, Hillary Clinton”, muestra vívida de que los más no eligen, como en una genuina democracia.

¿Entonces? ¿Autocracia en vez de presidencia? Al menos, poder desbordado de alguien que, edicto tras edicto, ha echado abajo lo establecido por la administración precedente en lo concerniente a los beneficios sociales para los sectores más desfavorecidos. En medio de lo cual ha manifestado su naturaleza discriminadora de la mujer, las razas, los géneros, las creencias religiosas; su xenofobia… Naturaleza perentoria en tanto el Tío Sam cobra más claridad de la pérdida de su unipolaridad ante las emergentes China, Rusia, India, et al. Puertas afuera, ello se revierte en eventos como medidas harto punitivas contra Venezuela, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Irán… Muchas de ellas aplicadas a despecho de la comunidad internacional en pose de César redivivo. César que se regala el lujo de bregar por la construcción de un muro en la frontera con México, y que esta nación pague su costo, en descarnado sarcasmo; repudiar el acuerdo de libre comercio, y rediseñarlo a la gringa, con el vecino del sur y Canadá; retirarse del Tratado de París para el Cambio Climático, y de la Unesco; violar la soberanía de Siria, realizando bombardeos contra ese territorio no obstante la renuencia de Damasco; perseguir financiera y comercialmente a quienes puedan sobrepasar a la Unión en el plano económico; e implantar disposiciones gravosas sobre la emigración y sanciones contra varios “rivales”…

Sí, “mi lucha contra el mundo”, como si con ella fuera a detener el deterioro que diversos expertos desgranan, y a la que los perjudicados, gregariamente, deberían replicar (¿estarán ya haciéndolo?) con el espíritu de la continuación de la divisa de Rousseau: “La fuerza no constituye derecho, y solo hay obligación de obedecer a los poderes legítimos”.

¿Legitimidad?

Broma de pésimo gusto resultaría aludir a legitimidad mientras, verbigracia, en el plano doméstico, con proyección al ámbito externo, los estadounidenses sufren una deuda nacional sobre los 22 billones de dólares (¡22 millones de millones!), que Trump heredó cifrada en más de 19.9 billones, y que procuró primero eliminar, y más tarde reducir sustancialmente. Algo concebido posible cuando se constriñó a 19.8 billones, gracias al “techo” declarado, y que se desdibujó al elevarse este, en otoño de 2017. En 2018, lo suspendió hasta marzo de 2019, y el débito se ha desalado.

Conforme a la colega Kristin Myers, en Yahoo Finanzas, “a más de la mitad de su mandato, Trump ha visto crecer la deuda nacional a su nivel más rápido desde 2012. Se estima que este año el déficit anual supere un 15.1 % los 779 mil millones de dólares de 2018. Para 2022, alcanzará el billón de dólares, según la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés)”. Datos que nos llevan a inquirir el porqué, a pesar de mencionarse tanto la necesidad de disminuir el infausto saldo, este continúa expandiéndose.

En respuesta consideremos la Ley de Empleos y Reducción de Impuestos (TCJA, por sus siglas en inglés). “Según las estimaciones de la CBO, la TCJA sumará 1.9 billones de dólares a la deuda nacional. El Congreso también ha aumentado el gasto en los programas militares y nacionales con una ley de gasto que supera los 1.3 billones de dólares. Pero eso no es todo. El envejecimiento de la población ha disparado el gasto en atención médica, a medida que los Baby Boomers se jubilan aumenta la presión sobre la Seguridad Social”. En fin, que “la deuda nacional se ha salido de control”, lo cual puede pasar inadvertido para el ciudadano estadounidense promedio. “Sin embargo, el aumento de la deuda nacional terminará impactando en todos”.

¿De qué manera? “[…] afecta la economía, en gran parte debido al interés que debe pagarse […]. De acuerdo con las perspectivas económicas más recientes de la CBO, se estima que el interés de la deuda nacional alcance los 383 mil millones de dólares este año, un aumento del 18 % respecto al año pasado. Para el 2029, Estados Unidos tendrá que pagar 928 mil millones de dólares solo por concepto de intereses”. Y en el aluvión de riesgos, la analista incluye el que, a medida que se dirige más dinero a solventar esa situación, se eroga menos en infraestructura, educación, investigación y desarrollo. Con prolijas probabilidades de una crisis fiscal, una recesión que Ee.UU. no podría afrontar tan fácilmente.

“Los legisladores tendrían menos flexibilidad para utilizar las políticas de impuestos y gastos ante posibles desafíos”, afirma el informe de la CBO, glosado por Myers. “Específicamente, aumentaría el riesgo de que los inversionistas no estén dispuestos a financiar los préstamos del Gobierno a menos que fuesen compensados con tasas de interés muy elevadas. Si eso ocurriera, las tasas de interés de la deuda federal subirían de forma brusca y repentina en relación a las tasas de rendimiento de otros activos”. En las familias también se sufriría “el impacto financiero más allá del aumento de las tasas de interés en los préstamos e hipotecas”, acota la comentarista de Yahoo. “La CBO estima que con las proyecciones actuales, la deuda nacional reducirá los ingresos de una familia en 16 000 dólares para 2048”. Y “si bien Estados Unidos no es el único país con una deuda elevada, es la única economía avanzada que se espera incremente su ratio deuda/PIB para 2023, según el FMI. Actualmente, la proporción se sitúa en el 78 %, pero la CBO estima que alcanzará el 93 % para 2029, su nivel más alto desde poco después de la Segunda Guerra Mundial”.

Mas como a quien no quiere caldo, tres tazas –ah, la sabiduría popular-, a la par marcha el déficit comercial, que en 2018 ascendió a 621 000 millones de dólares, la cima en un decenio, a contrapelo del proteccionismo de Trump. Respecto a China, contra quien el magnate coronado ha desatado una conflagración arancelaria –por cierto, muchos la tildan de asaz perjudicial para la Unión a largo plazo–, el saldo negativo “registró un nuevo récord, al subir a 419 000 millones de dólares el año pasado, casi un 12% más que en el año anterior”, refiere la agencia EFE.

“Amo los aranceles”, ha señalado de manera reiterada el inefable Donald. Amor que no ha fructificado, pues para Phil Levy, investigador del Chicago Council on Global Affairs, saliendo del Tratado Transpacífico (TPP), nada más llegar a la Casa Blanca, en 2017, y forzando la renegociación, en 2018, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en vigor con Canadá y México desde 1994, por considerarlo un “desastre”, el Ejecutivo ha incumplido su compromiso de traer de vuelta la fuerza laboral manufacturera, pues los problemas dependen más del cambio tecnológico.

Trump está entrumpiado… perdón: entrampado. El desbalance en el intercambio de mercancías se adiciona a la actual pujanza del “billete verde”, que aumenta su capacidad de compra y desalienta la competitividad de los productos locales en el extranjero. No importa que se viva un momento de cacareada expansión económica, con un acrecentamiento en 2018 de 2.9 por ciento, alimentado por un agresivo estímulo fiscal lanzado por intermedio del recorte de impuestos para las empresas y, en menor grado, los trabajadores. “Los mayores ingresos de los hogares se han probado definitivamente como uno de los grandes impulsores de las importaciones. El resultado ha ido casi en la dirección opuesta a lo que la Administración ha querido”, alertó Pooja Sriram, especialista de Barclays, en una nota a sus clientes.

Por si no bastara, reseña Prensa Latina, si bien se registran indicadores favorables, entendidos alertan sobre el despegue de la inequidad y un estancamiento de los salarios. Las cifras esperanzadoras enmascaran a las personas subempleadas, que laboran sin beneficios, carecen de las habilidades necesarias en el mercado digital o dejaron de buscar trabajo.

Hablando claro

La verdad anida en renglones como los de Kenneth Surin en CounterPunch, traducidos del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández. “El sueño americano está convirtiéndose rápidamente en el espejismo americano”, titula el observador su llamado de atención, que cita al relator especial de las Naciones Unidas Philip Alston. Este, en un reciente comunicado sobre su investigación de 15 días en algunas de las barriadas más menesterosas de los Estados Unidos, expone que “en la práctica, está solo entre los países desarrollados al insistir en que, a pesar de que los derechos humanos son de fundamental importancia, no incluyen los derechos que evitan morir de hambre, morir por falta de acceso a una sanidad asequible o por crecer en un contexto de privación total… En conclusión, especialmente en un país rico […], la persistencia de la extrema pobreza es una elección política hecha por quienes están en el poder. Con voluntad política, podría eliminarse fácilmente”.

De manera descarnada se refiere a su misión: “En Skid Row, Los Ángeles, encontré mucha gente que apenas podía sobrevivir; presencié cómo un agente de policía de San Francisco le decía a un grupo de personas sin hogar que se marcharan, pero no supo qué decir cuando le preguntaron que adónde podrían ir; escuché como a miles de pobres les imponían multas por infracciones menores que parecen estar intencionadamente diseñadas para terminar convertidas en deudas impagables, encarcelamiento y reposición de las arcas municipales; vi kilómetros de aguas negras en Estados donde sus gobiernos no se consideran responsables de las instalaciones de saneamiento; vi personas que habían perdido casi todos los dientes porque los programas de que disponen los muy pobres no cubren la atención dental a los adultos; supe del aumento de las tasas de mortalidad y de destrucción comunitaria y familiar provocada por la adición a medicamentos recetados y otras drogas; y me reuní con diversos grupos en el sur de Puerto Rico que viven sin protección alguna al lado de una montaña de cenizas de carbón que les caen encima provocándoles enfermedad, incapacidad y muerte”.

A Surin le resultan escuálidas las denuncias hasta aquí. “El gasto per cápita estadounidense en sanidad es el doble de la media de la OCDE y mucho más alto que en todos los demás países. Pero hay muchos menos doctores y camas de hospital por persona que en la media de la OCDE. Las tasas de mortalidad infantil en 2013 fueron las más altas del mundo desarrollado.

Por término medio, los estadounidenses tienen una expectativa de vida menor y sufrirán más enfermedades que las personas que viven en cualquier otra democracia desarrollada, y continúa ensanchándose la ‘brecha de la salud’ entre EE.UU. y los países de parecido nivel. Los horizontes de desigualdad en EE.UU. son mucho más altos que en la mayoría de los países de Europa.

“Las enfermedades tropicales desatendidas, incluido el Zika, son cada vez más comunes en EE.UU. Se ha estimado que 12 millones de estadounidenses viven con una infección parasitaria no tratada. Un informe de 2017 documenta la prevalencia de anquilostoma en el condado de Lowndes, Alabama. EE.UU. tiene la mayor prevalencia de obesidad del mundo desarrollado. En términos de acceso al agua y saneamiento, ocupa el puesto 36º del mundo. EE. UU. tiene la tasa de encarcelamiento más alta del mundo […]. Esta tasa es casi cinco veces mayor que la media de la OCDE. […] Según la Base de Datos de la Desigualdad Mundial en los Ingresos, EE.UU. tiene el coeficiente Gini (que mide la desigualdad) más alto de todos los países de Occidente”.

¿Primer Mundo o Tercer Mundo?

Plausiblemente, la periodista Maribel Rodríguez (IDNet Noticias) califica de (cuasi) tercermundista a USA, basándose en el desempeño en comparación con otros sitios del orbe en la esperanza de vida, la educación o los embarazos de adolescentes. Varios índices de bienestar lo sitúan a la cola de los pudientes, e incluso a la zaga en algunos aspectos. Aunque una encuesta del Centro de Investigaciones Pew señala que la generalidad de los norteamericanos de clases elevada y media opinan que “los pobres hoy tienen las cosas fáciles porque pueden recibir beneficios del Gobierno sin hacer nada”, dos tercios de los ciudadanos de magros ingresos piensan que “los beneficios sociales no son suficientes para ayudar a tener una vida decente”.

Rodríguez aduce que un estudio de la BBC ha destacado seis señales que cuestionan el mito de ventura en Norteamérica. Junto a las citadas figuran la mortalidad infantil y materna y la tasa de homicidios. Además, “de acuerdo con informes del Programa de la ONU sobre Desarrollo Humano, la esperanza de vida en Estados Unidos es de solo 79,2 años, muy lejos de los 83,7 años de Japón y por cierto bastante inferior a las tasas de España e incluso de varios países latinoamericanos con una renta per cápita muy inferior. EE.UU. ocupa el puesto número 40 del mundo, pero el asunto no queda ahí, porque la expectativa de vida de los estadounidenses se está reduciendo y, además, crece la distancia entre ciudadanos blancos y de color (80 frente a 66 años).

“No mejora su posición al analizar la esperanza de vida infantil (puesto 44, por detrás de países como Cuba o Croacia), con el agravante de que en afroamericanos la tasa se asemeja más a la de países subdesarrollados como Togo. En conjunto, el 23,1% de los menores estadounidenses viven en hogares con ingresos medios por debajo del 50% de la media. […] Si hablamos de mortalidad materna, la tasa ha subido casi un 50% en cinco años, al pasar de 17,5 muertes por cada 100 nacimientos en 2000 a 26,5 en el año 2015. Cómo no, la tasa entre afroamericanas triplica a la de población blanca.

“Algo parecido sucede con los alumbramientos de adolescentes (entre 15 y 19 años): 21 por cada 1.000 mujeres, muy lejos de países como Japón (4), Alemania (6) o España (8). La facilidad de acceso a las armas y el crecimiento de los homicidios es el otro gran caballo de batalla de la sociedad americana. Trump no tendrá fácil defender sus teorías a favor de la tenencia de armas en un país con 4,88 muertos por cada 100.000 ciudadanos, dato que él sitúa en un vergonzoso puesto 59 del ranking mundial. Más aún si se tiene en cuenta que, a mayor nivel de pobreza, más muertes. En ciudades estadounidenses de más de 200.000 habitantes y con una pobreza de 25%, hay una media de 24,4 homicidios (cinco veces más). A la vista de estos datos, habría que preguntarse si Estados Unidos es realmente un país de oportunidades para todos y si la integración racial sólo un tema recurrente en la fantástica industria de Hollywood”.

Industria que hace oídos sordos a la sentencia de Rousseau: “El más fuerte nunca lo es bastante para dominar siempre…”. ¿Estará llegándole el fin al “señorío” yanqui? A todas luces, si apelamos a la realidad. Que solo se nos dará desnuda.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca