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Publicado el 20 Septiembre, 2019 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

¿Qué hacer?

Eduardo Montes de Oca

Por EDUARDO MONTES DE OCA

El tema merece la revisita aún a riesgo de que se nos tilde de redundantes. Si en anterior texto nos referíamos a la vigencia del socialismo –idea “sepultada” por apologistas de la maximización de las ganancias y postores del “fin de la historia”–, reflexionemos hoy más extensamente sobre el más significativo componente de la vitalidad teórica y lo imprescindible del régimen de propiedad común. Reputados analistas no se equivocan: el actual statu quo ha fracasado –pensemos en la miseria en sitios como África, América Latina, Asia, y en las protestas de los “chalecos amarillos”, antes de imaginar los rutilantes escaparates de Occidente–. Siguiendo la lógica de John Bellamy Foster, preguntémonos qué viene a continuación.

Como expone el citado analista en kritica.info, traducido por  Rebelión, al concluir las dos primeras décadas del siglo XXI pululan signos tales el estancamiento económico, la financiarización, el desempleo masivo, el subempleo, la precariedad, la pobreza, el hambre y la desigualdad más extrema en los anales universales. Todo ello unido a que habitamos un planeta amenazado por una “espiral de muerte”. En fin, se trata de una crisis civilizatoria, ambiental, ¿terminal?… Por si no bastara, la revolución digital, el mayor avance tecnológico de nuestro tiempo, en sus comienzos una promesa de comunicación libre, se ha transformado como por ensalmo en un poderoso medio de vigilancia y control de la población. “Las instituciones de la democracia liberal están a punto de colapsar, mientras que el fascismo, la retaguardia del sistema capitalista, está de nuevo en marcha, junto con el patriarcado, el racismo, el imperialismo y la guerra”. Por supuesto, el observador consultado no pretende inferir que la ruptura y la desintegración devengan inminentes. Simplemente que la coyuntura explayada ha dejado de ser necesaria para convertirse en destructiva. “Hoy, más que nunca, el mundo se enfrenta a la elección entre la transformación revolucionaria de la sociedad o la ruina de las clases en pugna”.

Si alguien precisara una más dilatada relatoría de pruebas de los asertos, aportemos algunas de ellas con nuestra fuente: “Los llamados mercados libres están obstruyendo la inversión productiva y la especulación financiera trae consigo burbujas que explotan inevitablemente. Una creciente desigualdad en los ingresos y la concentración de la riqueza han degradado las condiciones materiales de la gran mayoría. (Los salarios reales para los trabajadores en los Estados Unidos apenas se han movido en 40 años, a pesar del aumento constante de la productividad). La intensidad del trabajo ha aumentado, mientras que la seguridad en las faenas es sistemáticamente eliminada…

“Los sindicatos son meras sombras del pasado. El capitalismo ha conseguido un control arbitrario de los lugares de trabajo. Con la desaparición de las sociedades de tipo soviético, la socialdemocracia en Europa ha fenecido en manos de la ideología del ‘libre mercado’. La plusvalía obtenida por las corporaciones multinacionales –en las regiones más pobres del mundo– está produciendo una acumulación de riqueza financiera sin precedentes en el centro de la economía mundial y una extendida pobreza en el mundo de la periferia. (Alrededor de 21 billones de dólares de fondos offshore se esconden en paraísos fiscales, principalmente en el Caribe, creando ‘un refugio fortificado de las grandes finanzas’). Los monopolios tecnológicos impulsados por la revolución de las comunicaciones, junto con el dominio del capital financiero y los activos especulativos (con sede en Wall Street), contribuyen de forma permanente al enriquecimiento del ‘uno por ciento’. Cuarenta y dos multimillonarios disfrutan de tanta riqueza como la mitad de la población mundial; los tres hombres más ricos de los Estados Unidos, Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett, tienen más riqueza que la mitad de la población de su país”.

Haciendo la lista más prolija, y por ende más convincente, coincidamos en que “en todas las regiones del mundo, la desigualdad ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. La brecha en el ingreso per cápita, entre las naciones más ricas y las más pobres, crece apresuradamente. El 60 por ciento de la población empleada del mundo, unos dos mil millones de personas, trabajan en un sector informal empobrecido, formando un enorme proletariado global. El ejército de reserva del trabajo es un 70 por ciento más grande que el ejército de trabajadores formalmente empleados. La asistencia sanitaria, la vivienda, la educación, el agua y el aire limpio están fuera del alcance de grandes sectores de la población. En los países ricos de América del Norte y de Europa el transporte se ha vuelto insostenible, con niveles irracionalmente altos de dependencia del automóvil y con una pasmosa falta de inversión en el transporte público. Las estructuras urbanas se caracterizan por la segregación; en las ciudades se construye para favorecer a la población acomodada, mientras se margina a amplios sectores ciudadanos. Alrededor de medio millón de personas (la mayoría de ellos niños) no tienen hogar en los Estados Unidos. Nueva York está experimentando una gran infestación de ratas, atribuida al calentamiento global, lo que refleja otras de las tendencias que afectan a todo el mundo”.

Por si no bastara

No pareciéndole suficiente el arsenal de argumentos oreado en público, Bellamy Foster aduce que “en los países de altos ingresos, la esperanza de vida está en pleno declive; hay un resurgimiento de las enfermedades –de la época victoriana– que está directamente relacionado con la pobreza y la explotación. En Gran Bretaña, la escarlatina, la tos ferina, la tuberculosis y el escorbuto han vuelto a emerger después de haber desaparecido por décadas. La llamada enfermedad pulmonar negra ha vuelto con fuerza en las minas de carbón en todo el norte rico. El uso excesivo de antibióticos, utilizados por la industria pecuaria y agrícola, está provocando una peligrosa resistencia a los antibióticos. Para mediados de siglo las muertes por la aparición de las súper-bacterias podrían superar las muertes anuales por cáncer, lo que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a declarar ‘una emergencia sanitaria mundial’. Definitivamente, esta espiral destructiva de la vida es el resultado del funcionamiento de un sistema fracasado”.

Más que persuasivo en sus afirmaciones se exhibe el experto, ampliamente reseñado, al apuntar que “a instancias de corporaciones gigantes, fundaciones filantro-capitalistas y gobiernos neoliberales, la educación pública se está reestructurando con la implementación de la Inteligencia Artificial. Este mecanismo está generando bases de datos entre la población estudiantil, para comercializarlos y venderlos al mejor postor. La privatización de la educación está pensada para alimentar la sumisión al mercado. En la práctica estamos viviendo la burda filosofía utilitaria dramatizada en la novela Los tiempos difíciles, de Charles Dickens”.

Obviando la justa arremetida contra el estado de cosas en EE.UU. que nos brinda el comentador, para procurar más abarcadora la denuncia, añadamos que, en el plano universal, “la violencia contra las mujeres y la expropiación de su trabajo no remunerado (así como la sobre-explotación del trabajo remunerado) son parte integral de la forma en que se organiza el poder patriarcal en la sociedad capitalista, y de cómo se trata de dividir, en lugar de unificar a la población trabajadora. Más de un tercio de las mujeres en todo el mundo han sufrido violencia física o sexual. Los cuerpos de las mujeres son mercantilizados como parte del sistema de mercado”.

Dentro del contexto descrito se han fusionado la propaganda de los medios masivos y un ancho espectro de publicidad, con la concentración como nunca del dinero y el poder en manos de tres o cuatro gigantes tecnológicos. Por mediación de las modernas mercadotecnia y vigilancia de masas las grandes empresas dominan todas las interacciones digitales, adaptando sus mensajes sin ningún tipo de control. A diario se generan “noticias falsas” en todos los ámbitos. “Han nacido numerosas empresas que se dedican a manipular tecnológicamente a los votantes subastando sus servicios a los partidos políticos capaces de pagar este tipo de manipulación”.

Asimismo, se está articulando una nueva Guerra Fría y una carrera de armamentos nucleares entre los Estados Unidos y Rusia, en tanto Washington pone todos los obstáculos posibles al crecimiento de la nación china. La administración de Trump ha creado una nueva Fuerza Espacial, como una rama separada del Ejército, en un intento por asegurar su superioridad.

Ahora arribamos a algo que en gran medida atañe también vívidamente a Cuba, víctima del recrudecimiento de la Ley Helms-Burton, concebido por los halcones del presidente gringo: “Estados Unidos impone sanciones económicas cada vez más severas a países como Venezuela y Nicaragua, a pesar de sus elecciones democráticas, o debido a ellas. Las guerras comerciales y de divisas son promovidas activamente por los estados centrales del sistema capitalista, mientras se levantan murallas racistas contra la inmigración en Europa y los Estados Unidos. Unos 60 millones de refugiados y personas desplazadas huyen de países devastados por el hambre y la guerra. Las poblaciones migrantes han aumentado a 250 millones, y las que residen en países de altos ingresos constituyen más del 14 por ciento de sus poblaciones. Mientras los países ricos amurallan sus islas de privilegios, más del 10 por ciento de la población mundial padece desnutrición crónica […] Los pequeños agricultores están siendo expulsados de sus tierras por el agro-negocio, el capital privado y los fondos soberanos, en un proceso mundial que constituye el mayor desplazamiento de personas en la historia. El hacinamiento urbano y la pobreza son tan graves que uno puede referirse razonablemente a un planeta de ciudades miseria”.

Pero, como señalábamos arriba, los entuertos también se extienden al medioambiente. Recordemos que la llamada época antropocena, que despuntaba por la enorme aceleración de la economía luego de la Segunda Guerra Mundial, ha generado, o multiplicado, el cambio climático (CC) y la acidificación del océano. Así, hemos visto ponerse en marcha la nombrada sexta extinción, que involucra bosques, agua dulce, nitrógeno y ciclos del fósforo; contaminación tóxica, química, radiactiva. Tengamos en cuenta que, plausibles estudios mediante, el 60 por ciento de la población terráquea de los vertebrados (mamíferos, reptiles, anfibios, aves y peces) y el 45 de los invertebrados han disminuido peligrosamente. Los biólogos calculan que a este ritmo casi la mitad de las especies va a estar abocada a la pérdida a finales del siglo XXI.

Numerosos especialistas lo alertan. De continuar tendencias como el auge de las emisiones de carbono, los daños ecológicos, sociales y económicos resultarán irreversibles. Sin embargo, las principales corporaciones de energía continúan en su “esmerada” labor de embaucar a los desavisados. Con pragmatismo sin igual –qué más da, si la vida es un pestañazo en el turbión de la eternidad, se dirán los interesados-, promueven y financian el negacionismo, como recalca Bellamy, a pesar de que sus documentos internos admiten la situación. En una apoteosis de inconcebible irracionalidad, esas entidades se esfuerzan en la extracción y la producción de combustibles fósiles, incluidas las variedades que más gases de efecto invernadero expelen, de lo que obtienen a corto plazo enormes réditos. A tanto llega esa sinrazón, que el derretimiento del hielo ártico, como consecuencia del CC, es tomado como el instrumento que permitirá a las élites enormes reservas de petróleo, de gas, sin reparar en un futuro apocalíptico.

Convengamos en un hecho: por constituir el Sistema un fenómeno que funciona por la acumulación de capital –se considera valor todo lo que origina ingresos–, al quedar los costos sociales y ambientales fuera de los beneficios son tratados como “externalidades” negativas. Y esas “externalidades”, entre ellas los perjuicios de las guerras, el agotamiento de los recursos naturales, el desperdicio de existencias humanas, la alteración de la biota, están sobrepasando los dividendos. La interrogante, compartida hasta entre los causantes del estropicio, sería la misma que blandiera Lenin tomándola del demócrata revolucionario ruso Chernyshevski como título para una señera obra: ¿Qué hacer?

Sí, ¿qué hacer?

Claro que Bellamy Foster no discurre en solitario. En renglones publicados por Sin Permiso, verbigracia,Michael Roberts pone énfasis en que para el FMI y el Banco Mundial el auge planetario se está ralentizando y la perspectiva de recesión deviene mucho más probable, una manera eufemística de plantear el hundimiento. Los expertos neoliberales redujeron su pronóstico para el aumento del PIB al menor nivel desde la crisis financiera de 2008, en medio de un panorama más sombrío en la mayoría de los principales estados industrializados y señales de que los aranceles “estratosféricos” están vulnerando el comercio.

Tras cifrar las perspectivas para 2019 en 3.3 por ciento, luego del 3.5 pronosticado –la tercera enmienda en seis meses–, la directiva del organismo, Gita Gopinath, alude, en frase lapidaria, a que el orbe (el capitalismo, ¿no?) ha entrado en “un momento delicado”. Y ha ofrecido un salomónico vaticinio: “Si los riesgos de una desaceleración no se materializan y la política de apoyo puesta en marcha es eficaz, el crecimiento global debería recuperarse. Sin embargo, si cualquiera de los principales riesgos se materializa, entonces las esperadas recuperaciones de las economías estresadas, de las economías dependientes de las exportaciones y de las economías altamente endeudadas pueden descarrilar”. 

Por su parte, organizaciones privadas apuntan a una “desaceleración sincronizada”, que puede ser difícil revertir. Aunque juran y perjuran sobre “la imposibilidad de una inminente recesión”, reconocen que “todos los sectores de la economía mundial están perdiendo impulso”. Y ponen los puntos sobre las íes, por si acaso. Aseveran que, si bien no nos encontramos en una “recesión global” aún, es evidente que todavía estamos en la Larga Depresión. La cual, conforme a Roberts y otros, reviste similares características a la de finales del XIX y a la de los años 30 de la vigésima centuria. Pero ¿se erigiría en la que marcaría la expiración de la formación de marras?

En vez de responder categóricamente, compartamos el llamado de Bellamy Foster a un movimiento ecuménico, basado en la clase trabajadora, que se proponga el socialismo, abriendo una etapa de progresos cualitativos que precisamos con suma urgencia, so riesgo de perecer. ¿Cómo debe lucir el sustituto? Deberá garantizar el desarrollo de una tecnología de contenido social, “en oposición a la tecnocracia que persigue solo la ganancia individual”. Hoy técnicamente resulta posible la planificación democrática de largo aliento, la que permitiría que las decisiones propiciaran una distribución fuera de la lógica del capital. E igualdad sustantiva, solidaridad comunitaria y sostenibilidad ecológica, por intermedio de una productividad enfilada a los valores de uso, que no a los de cambio.

Dado que “un examen detenido de la historia nos muestra que las soluciones surgen sólo cuando las condiciones materiales están desplegadas o al menos están en camino de madurez”, como planteó Karl Marx, el que los excesos del capitalismo monopolista se hayan convertido en el principal obstáculo para el desarrollo del homo sapiens podría erigirse en el “pistoletazo” que signe la trasmutación de las formaciones. Para lo cual habrá que concienciar a los “dormidos” e indolentes.

¿Tarea de titanes? Pues comportémonos como tales. Impidamos la consumación de la barbarie.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca