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Publicado el 14 Septiembre, 2019 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Siria, el otro terrorismo

María Victoria Valdés Rodda

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

La guerra deja muchas secuelas, aunque la principal es la muerte. Las más difundidas se asocian a la metralla y al fuego, que en Siria, en 11 años de conflicto, se ha cobrado la vida de 371 000 personas. Sin embargo, el final de la existencia puede sobrevenir por otras vías más perversas, asociadas a frías y calculadas políticas de presión. Así, el chantaje económico y financiero es esgrimido cual mortífera arma. Cuba lo sabe de sobra, al resistir por 60 años el bloqueo yanqui. En estos momentos varias naciones amigas enfrentan similar penoso y duro batallar. También Siria soporta sanciones de la Unión Europea (EU) y de los Estados Unidos, empecinados en un cambio de régimen.

Muzanna Ilba, jefa de la Sociedad Siria para la Atención a los Niños con Cáncer, ha reiterado por estos días la denuncia de que centenares de infantes siguen muriendo a causa de las medidas unilaterales. En oposición a esa desatinada estrategia, por infructuosa y éticamente condenable, la Isla caribeña ha manifestado su solidaridad. Recientemente, una delegación de BioCubaFarma visitó a Damasco para impulsar la colaboración bilateral, la cual nació en 2010 –un año antes del estallido bélico. El objetivo inicial era comerciar anticuerpos monoclonales, vacunas terapéuticas y citostáticos, además de transferir tecnología para la producción de derivados de la placenta humana. Con la conflagración la mayoría de las unidades de la salud han sido arrasadas, por eso el apoyo cubano se concentrará en paliar las más perentorias necesidades.

Aun con todas las implicaciones directas en esa esfera, la nación árabe ha logrado proteger algunas de sus principales instalaciones. Tal es el caso de la planta Unifarma, la cual elabora tabletas y líquidos para unos 264 medicamentos, lugar visitado por los cubanos, quienes pudieron apreciar, en otro frente de batalla, el heroísmo de sus trabajadores. Y esta realidad es importante subrayarla, porque si bien la hostilidad mutila la felicidad y frena el desarrollo, Siria demuestra, como lo han hecho otros pueblos a través de la historia, que a la larga los criminales bloqueos fracasan.

En ese sentido, y con gran elocuencia, Damasco presentó este año ante la 72ª Asamblea Mundial de la Salud, en Ginebra, un informe donde constató que, con la destrucción a cuestas, el país ha brindado más de 40 millones de servicios médicos gratuitos. ¡Contundente mensaje de voluntad política! Y con la ayuda del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), ha llevado a cabo sistemáticas campañas de vacunación infantil contra la poliomielitis, el sarampión, la papera y la rubéola.

De cualquier manera, el impacto negativo de la guerra continúa siendo enorme y amerita denuncia internacional. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha lanzado este verano un S.O.S frente a la renovación del castigo de parte de Washington y Bruselas. A eso se le añade que más del 60 por ciento de los hospitales y el 38 por ciento de los centros de atención primaria de salud de la nación árabe fueron destruidos. Siria se libera paulatinamente de los grupos terroristas y enfrentaba con valentía, al cierre de esta edición, los ataques de Israel, en evidente provocación para incrementar las tensiones regionales. Sin duda superará las dificultades de esa otra “especie de terrorismo” que provoca tantas muertes como la metralla y el fuego.


María Victoria Valdés Rodda

 
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