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Publicado el 8 Octubre, 2019 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

El gran binomio

Eduardo Montes de OcaPor EDUARDO MONTES DE OCA

Diversos meditadores coinciden en que, en el desarrollo espiritual, se pasa de “inconsciente feliz” –miope ante la realidad, y por ende desaprensivo– a “consciente infeliz” –se penetra el entorno, desasosegándose–, y de ese estadio a “consciente feliz”, porque se aceptan las circunstancias como vengan, pues, se piensa, “la vida simplemente es, y no podemos trocarla apenas; si acaso, variar uno”. Y esta última etapa se presta más a la duda. Incluso, a la negación. Si no nos unimos para enderezar en grado sumo la existencia, arribará el momento en que todas estas disquisiciones, con nosotros, los terrícolas, se sumirán en el silencio estelar. En la nada.

¿Por qué? Entresaquemos de Milenio: “La NASA anunció que 2018 fue el cuarto año más caluroso de la historia desde que comenzó a medirse la temperatura del planeta, en 1880. El director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, Gavin A. Schmidt, explicó al diario The New York Times que las consecuencias del calentamiento global se pueden ver desde las olas de calor en Australia, las sequías, las inundaciones en Estados Unidos, la desaparición del hielo ártico y el deshielo de los glaciares [sumémosles los incendios en la Amazonía, por ejemplo]. Además, varios científicos resaltan que la intensidad de los devastadores huracanes recientes o fenómenos como el vórtice polar que congeló gran parte de los Estados Unidos también pueden estar relacionados [con el] cambio climático”.

Pero la avalancha de pitidos de alarma no concluye ahí. Según BBC Mundo, “un análisis científico del número de insectos sugiere que el 40% de las especies de estos animales están experimentando ‘tasas dramáticas de disminución’ en todo el mundo y pueden llegar a extinguirse en las próximas décadas. Precisamente el cambio climático es una de las causas de la disminución general de los ‘bichos’, junto con la agricultura intensiva y los pesticidas. El factor principal es la pérdida de hábitats, debido a las prácticas agrícolas, la urbanización y la deforestación”, dice Francisco Sánchez-Bayo, de la Universidad de Sidney. “En segundo lugar, […] la contaminación con químicos de todo tipo. En tercer lugar, tenemos factores biológicos, como las especies invasoras y patógenos; y en cuarto lugar, el cambio climático, especialmente en las zonas tropicales, donde se sabe que tiene un gran impacto”.

Al parecer, ciertos individuos no reparan en que “los insectos constituyen la mayoría de las criaturas que viven en la tierra y brindan beneficios clave a muchas otras especies”, sumado el homo sapiens. “Proporcionan alimento para aves y pequeños mamíferos, polinizan alrededor del 75% de los cultivos […], reponen nutrientes en los suelos y mantienen controladas algunas plagas”.

En criterio de Matt Shardlow, de la organización británica Buglife conservacionista, “se está volviendo cada vez más obvio que el equilibrio ecológico de nuestro planeta se está rompiendo y es necesario un esfuerzo intenso y global para detener y revertir estas tendencias terribles”.

Continúan las malas nuevas

RT alerta de que “el cambio climático amenaza con provocar un escape masivo de carbono que se encuentra atrapado en el fondo marino, un proceso que ya ocurrió en el pasado resultando en un incremento de la temperatura atmosférica de tal magnitud que puso fin a la Edad de Hielo, sugiere una investigación reseñada por el portal phys.org”.

Publicada “el pasado mes de enero en la revista Environmental Research Letters, señala que […] estos reservorios submarinos de dióxido de carbono y metano se producen cuando las actividades volcánicas liberan gas, el cual posteriormente se congela hasta quedar encapsulado en forma de una masa de hidratos en estado líquido o sólido. Este tipo de depósitos se encuentran esparcidos por el lecho marino de todo el planeta y en su mayoría permanecen intactos a menos que sean perturbados por factores externos, tales como el calentamiento oceánico. Si el carbón geológico atrapado dentro de estos reservorios es liberado, el nivel de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera sufriría un enorme incremento, agravando, a su vez, el cambio climático aún más. Los expertos advierten que al ritmo actual del calentamiento global –causado en gran medida por el factor humano– los océanos alcanzarían esa temperatura crítica para fines de este siglo”.

Como si no bastara, Kaos en la Red nos impone de que una nueva tesis, firmada por cinco representantes de la Universidad de Oxford (el Reino Unido) y editada por la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., apunta a que, “a pesar del aumento de fenómenos climáticos extremos que afectan a los ecosistemas terrestres, es en los océanos donde las consecuencias son más drásticas, lo que por supuesto tiene consecuencias para los seres que habitan el planeta […] Los investigadores han examinado las perturbaciones en la temperatura oceánica desde 1871, comparándolas con otros estudios sobre el calentamiento global y cómo afecta este a los mares del mundo. Y la conclusión da miedo: sugieren que, con el brutal aumento de las emisiones de GEI en los últimos 150 años, el calentamiento de los océanos durante ese período equivale a la detonación cada segundo desde 1871 de 1.5 bombas atómicas como las lanzadas en Hiroshima y Nagasaki en 1945”.

Conforme al magazine norteamericano Proceedings of the National Academy of Sciences, la megamutación aludida está provocando que el hielo de la Antártida se licúe más rápido que nunca y provoque un mayor nivel de los piélagos, cifrado en 1.4 centímetros entre 1979 y 2017, y se espera que el tempo implique un catastrófico aumento de la altura de las aguas en los próximos años.

Al mencionado entuerto, acota Kaos, que cita una observación realizada por 210 peritos durante un lustro, se adiciona el hecho de que un tercio de los glaciares del territorio montañoso Hindú Kush Himalaya, denominado el Tercer Polo de la Tierra –se extiende 3 500 kilómetros, por ocho países, desde Afganistán hasta Birmania–, se halla condenado a derretirse durante este siglo. El escenario acarrearía consecuencias graves para la zona, por alterar los flujos de ríos como el Yangtsé, el Mekong, el Indo y el Ganges, vitales para cultivos de China y la India.

Así las cosas, un despacho de la agencia noticiosa EFE añade que, de acuerdo con la ONU, el Ártico se caldeará entre tres y cinco grados hasta 2050, situación que devastará la región. Para la Organización de Naciones Unidas, tenemos a nuestra disposición la ciencia, la tecnología y las finanzas suficientes con las cuales encaminarnos hacia el desarrollo sostenible, pero aún falta un ingente esfuerzo de líderes públicos, empresariales y políticos, que se “aferran a modelos obsoletos de producción y desarrollo”.

O sea, una encrucijada. ¿Continuamos por la ruta que nos conduce indefectiblemente a un futuro sombrío, o escogemos el camino alternativo? “Esa es la elección que deben hacer nuestros líderes políticos, ahora”, declaró Joyce Msuya, alta funcionaria de la entidad. “Si los países destinaran a las inversiones de medioambiente el dos por ciento de su PIB producirían un crecimiento a largo plazo tan alto como el que se proyecta, pero con un menor impacto en el cambio climático, la escasez de agua y la pérdida de ecosistemas”.

Hoy día, “el 33 por ciento de los alimentos del mundo se desperdicia y el 56 por ciento se genera en los países desarrollados. Si esto no cambia, será necesario aumentar la producción de alimentos en 50 por ciento para satisfacer la demanda de entre nueve mil y diez mil millones de habitantes del planeta en 2050”. Otra medida es invertir estratégicamente en las áreas rurales para reducir la migración, y tomar ventaja de la creciente urbanización en aras de ensanchar el bienestar de los ciudadanos y disminuir su huella ambiental a través de mejores prácticas de gobernanza, planificación de uso de la tierra e infraestructura verde. Asimismo, hay que frenar la marea de ocho millones de toneladas de plástico que desemboca en los océanos anualmente, un problema que no cuenta aún con un acuerdo universal para abordarlo.

¿Contentarse con las advertencias?

Tal nos recuerda Darío Aranda, en Página 12, las Naciones Unidas han tenido el tino de advertir de que los presentes patrones de consumo, producción y desigualdad son insostenibles. Y han dado una clarinada contundente: el orbe se dirige hacia el colapso climático, sanitario y social. Empero, no han quedado varadas en el aldabonazo. Han subrayado las soluciones, aún posibles: entre otras, restringir las emisiones de GEI, los niveles de consumo; proteger el agua y la biodiversidad. Igualmente, han lanzado un llamado trágico: “Estamos causando el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. No habrá mañana para muchas personas, a menos que nos detengamos”, afirmó la mencionada Joyce Msuya, directora ejecutiva de ONU Medio Ambiente.

Institución convencida de que “las actividades antropógenas (humanas) han degradado los ecosistemas de la Tierra y socavado los cimientos ecológicos de la sociedad”. Y que clama por “adoptar medidas urgentes a una escala sin precedentes para detener y revertir esa situación y proteger así la salud humana y ambiental”. Algunas de las “suturas” serían “reducir la degradación de la tierra, la pérdida de biodiversidad y la contaminación del aire, la tierra y las aguas; mejorar la gestión del agua, mitigar el cambio climático y reducir la quema de combustibles fósiles”.

Ahora –y no es que queramos encarnar el papel de abogados del diablo–, aquí nos salta la liebre, porque, si bien se reconoce como razón primordial del entuerto la emisión de GEI, en nuestro criterio se ejecuta un relativamente flaco servicio, pues no se indica a los cardinales responsables: las potencias. Entre los datos esgrimidos por Aranda figura el que el 76 por ciento de las emanaciones proviene de los países del G-20.

Además, ¿cuándo las Naciones Unidas se avendrán a poner énfasis en los motivos económicos del desastre? Refrendarían así lo que Naomi Klein, autora de Esto lo cambia todo, resume sin cortapisa: “El problema no es el cambio climático, sino el capitalismo”, con su maximización de las ganancias.

Y como el asunto ha sido develado, deberíamos leer, releer, tomar, retomar un seguro legado, con vistas a comprender la base originaria de los estragos de hogaño. Primero, con Ted Benton (conversation.com), en traducción de Héctor R. López Terán (Rebelión), evoquemos un pasaje del Prometeo de Tréveris: “Todo progreso en la agricultura capitalista es un progreso en el arte, no de robar a los trabajadores, sino de robar al suelo; todo progreso en el aumento de la fertilidad del suelo durante un cierto tiempo, es un progreso hacia la ruina de las fuentes más duraderas de esa fertilidad. (Karl Marx, El Capital, vol. 1)”.

Comulguemos con nuestro articulista en que “la destrucción constante pero acelerada por el capitalismo moderno de las propias condiciones que sustentan todas las formas de vida, incluida la vida humana, es probablemente el desafío más fundamental al que se enfrenta la humanidad en la actualidad. Esto es generalmente reconocido en la forma de uno de sus más devastadores síntomas: el cambio climático. Pero hay mucho más, incluyendo la contaminación tóxica de los océanos, la deforestación, la degradación del suelo y, lo más dramático, la pérdida de la biodiversidad en escala geológica”.

Si son nuevos embrollos, ¿por qué acudir a un teórico decimonónico?, se preguntará alguno. Una vez más “descubramos el Mediterráneo”: “Las investigaciones recientes han demostrado que la relación problemática, a menudo contradictoria, entre los humanos y el resto de la naturaleza era tema central en el pensamiento de Marx durante toda su vida. Sus ideas sobre esto siguen siendo de gran valor […], indispensables”.

Alienación de la naturaleza

Benton rememora que los primeros Manuscritos Filosóficos, de 1844, son más conocidos por desarrollar el concepto de “trabajo alienado”; sin embargo, los analistas casi nunca han notado que para el inmenso pensador la fuente primigenia de la enajenación constituía nuestro distanciamiento de la naturaleza.

“Esto [se] inició con los cercamientos de la tierra común, lo cual dejó a mucha población rural sin otro medio para satisfacer sus necesidades que vender su fuerza de trabajo a la nueva clase industrial. Pero Marx también habló de las necesidades espirituales, y de la pérdida de una forma de vida en la que las personas encontraban sentido a partir de su relación con la naturaleza. El tema que atraviesa sus primeros manuscritos es una visión de la historia en que la explotación de los trabajadores y la naturaleza van de la mano. Para Marx, la futura sociedad comunista resolverá los conflictos entre los humanos y entre los humanos y la naturaleza para que las personas puedan satisfacer sus necesidades en armonía entre sí y con el resto de la naturaleza. ‘Que el hombre vive de la naturaleza significa que la naturaleza es su cuerpo, con el cual debe permanecer en continuo intercambio para no morir. Que la vida física y mental del hombre y la naturaleza están vinculadas, interdependientes, significa simplemente que la naturaleza está vinculada consigo misma, puesto que el hombre es parte de la naturaleza’”.

Lo que falta a la ONU y a otros

Concordemos en el “cimiento” del estropicio denunciado. En sus postreros textos, el excepcional filósofo y economista desarrolla este discurrir con su concepto clave de “modo de producción”. A cada una de las diferentes formas de sociedades que han existido históricamente le es inherente una manera particular de organizar el trabajo para satisfacer los requerimientos de subsistencia en y con la naturaleza, y también una especificidad en la distribución de los resultados de ese afán. “Por ejemplo, sociedades de cazadores-recolectores han sido usualmente igualitarias y sustentables. Sin embargo, las sociedades feudales o esclavistas implicaron profundamente relaciones sociales desiguales y explotadoras, pero carecían de la dinámica ilimitadamente expansiva y destructiva del capitalismo industrial”.

La noción, asevera Benton, socava inmediatamente cualquier intento de explicar nuestra difícil situación ecológica en términos tan abstractos como “población”, “codicia” o “naturaleza humana”. Consecuentemente, “cada forma de sociedad tiene su propia ecología. Los problemas ecológicos que enfrentamos son los del capitalismo –no el comportamiento humano como tal– y necesitamos entender cómo el capitalismo interactúa con la naturaleza si queremos resolverlo”.

El propio Marx hizo un importante aporte. En la década de 1860, al escribir sobre la degradación del suelo, una aguda preocupación en ese momento mostró cómo la división entre la ciudad y el campo trajo consigo el desgaste de la fertilidad, mientras que al mismo tiempo imponía (impone) una carga de contaminación y enfermedades en los centros urbanos. Si se argumenta con acierto que, en contraposición al capitalismo, la formación rival deviene ineludible para una relación racional con la biota, no obviemos que, como plantea el experto, para construir un movimiento capaz de subvertir el statu quo “necesitamos recordar el énfasis inicial de Marx en las necesidades materiales y espirituales que solo pueden ser satisfechas por una relación totalmente gratificante y respetuosa con el resto de la naturaleza”.

Entonces, como concluye Juan Camilo Delgado en Rebelión, el hontanar del mal es la “lógica” irracional del Sistema, su creencia de crecimiento ilimitado. Por lo tanto, se erige en menester un proyecto “alternativo, anticapitalista, antisistémico, ecosocialista”, que ataje la raíz del problema. Ah, y resistirse a devenir un “consciente feliz”. Mediante una práctica que impela a “cambiar todo lo que tenga que ser cambiado”. Sin excluir al “desenfadado” depredador. El régimen explayado en los cuatro recodos del globo.

 


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca