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Publicado el 26 Noviembre, 2019 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

La Pachamama sufre

Por LÁZARO BARREDO MEDINA

Los golpistas en Bolivia han logrado sus propósitos de llegar a unas elecciones con el ajuste de cuentas contra Evo Morales, sus colaboradores y seguidores, apoyados en la impunidad de las Fuerzas Armadas y la Policía, y a la búsqueda de la restauración neoliberal, para favorecer a los sectores más derechistas de la clase política y empresarial, que cuentan con la protección estadounidense, en contubernio con varios gabinetes lacayos.

El hecho es que el Congreso de Bolivia –dos tercios del cual está integrado por el Movimiento al Socialismo (MAS)– bajo la presión de los golpistas aprobó por unanimidad en sus dos cámaras un proyecto de ley con vistas a anular las elecciones del 20 de octubre y allanar el camino para una nueva votación sin el exmandatario Evo Morales en la papeleta. También, por la coacción de la autoproclamada presidenta Jeanina Añez, decidió aplazar el proyecto de Ley Extraordinaria para Reafirmar el Ejercicio de los Derechos y Garantías del Pueblo Boliviano, que impediría la judialización contra Evo, el exvicepresidente Álvaro García Linera y otros dirigentes del depuesto Gobierno.

Hay muchas lecciones que extraer de un proceso que indudablemente dividió a los movimientos sociales y propició que las fuerzas políticas más extremistas y con menor apoyo electoral se hicieran del poder, mientras que las de mayor respaldo popular sufrieron la desarticulación y ahora aspiran a participar en un supuesto “Gobierno de transición” que les permita coyundear para continuar en el poder. Eso, en medio de la intensa persecución de líderes y medios de comunicación, y de la proclamada licencia para matar otorgada en los primeros días a la Policía y al Ejército sin temor a enjuiciamiento. El propósito es descabezar al progresismo, y la primera señal la emitió el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, al señalar que iba “a cazar” a las autoridades salientes, y afirma que publicará una lista de los legisladores del partido de Evo participantes en “actos de sedición”, que serán procesados por la Fiscalía.

Toda la acción de los ultraconservadores va dirigida a volar en pedazos el Estado Plurinacional. Añez nombró un Ejecutivo del que están excluidos los indígenas, además de centralizar el cristianismo en las ceremonias estatales. Desde el inicio proliferan consignas como “Bolivia somos todos, y no los indios”, “Sueño con una Bolivia libre de ritos satánicos indígenas”, y ”La ciudad no es para los indios; ¡que se vayan para el altiplano o al Chaco!”.

Se envalentonaron con la tibia reacción de los movimientos populares, los cuales, sumidos en divisiones, no disputaron la calle al fascismo de los comités cívicos racistas –especialmente el de Santa Cruz, encabezado por Luis Fernando Camacho–, que adoptaron la violencia y el terror como armas para alcanzar el objetivo de derrocar a Evo Morales y acabar con el Estado de Derecho y el orden constitucional, con la evidente complicidad de las Fuerzas Armadas y la Policía, que no hicieron nada para impedir las acciones agresivas cebadas en la población civil y los ataques contra dirigentes del Gobierno y del MAS, víctimas del incendio de viviendas, el secuestro de familias y otros hechos delictivos con que se procuraba obligarlos a renunciar a sus cargos.

Sin lugar a dudas Evo es el fantasma que asusta al esquema golpista. Los avances conseguidos por su administración colocaron a la nación andina en la vanguardia latinoamericana en nivel de desarrollo estable, y de la reducción de la pobreza, la marginación, el racismo, con una proyección de justicia social realmente impresionante, que dio voz a los grupos marginados.

Los hechos también vuelven a mostrar el papel protagonista de Estados Unidos en el derrocamiento de regímenes que opongan resistencia a sus políticas en el continente. Varios funcionarios del Departamento de Estado hablaron de “fraude electoral” casi 10 meses antes, y plantearon más de una vez que se debía estudiar el desconocimiento de los resultados de los comicios.

No por gusto Donald Trump aplaudió al Ejército boliviano por el golpe, en tanto el secretario de Estado, Mike Pompeo, presionó con un comunicado al Congreso del país sudamericano, en medio de deliberaciones, con el “consejo” de que aquellos que participaron en las irregularidades denunciadas en el sufragio de octubre queden fuera del nuevo proceso electoral. Asimismo, prometió apoyo al Gobierno de transición encabezado por Jeanine Áñez.

Se ha recordado que en Bolivia ha habido unos 180 golpes de Estado, porque los militares siempre han actuado al servicio de las clases oligárquicas. La mayoría de los altos mandos actuales participaron en los cursos del centro de entrenamiento castrense en Fort Benning, Georgia, conocido en el pasado como Escuela de las Américas, en tanto no pocos jefes policiales mantuvieron reuniones de forma permanente con las agencias federales estadounidenses.

Los dos jefes principales, el comandante general de la Policía, Yuri Calderón Mariscal, que llevó a sus subordinados a la rebelión, y el general William Kaliman, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, que “sugirió” a Evo la renuncia y puso la banda presidencial a Añez, sirvieron de agregados en Washington.

Esta constituye otra experiencia para los movimientos progresistas. Es muy difícil consolidar las garantías populares sin una Policía y unas Fuerzas Armadas que tengan por principio básico la defensa del pueblo y del territorio frente a agresiones externas y formen una unión cívico-militar protectora de los intereses genuinos de independencia, soberanía y justicia social.

Otra amarga experiencia es el fiasco de haber confiado en la OEA y en su abyecto secretario general, Luis Almagro, gestores de la desestabilización en todo momento. Como se ha denunciado reiteradamente, la injerencia del equipo técnico se apreció desde el primer instante, cuando la misión del “Ministerio de Colonias”, sin base alguna, anunció que era “recomendable una segunda vuelta”. Luego, con un informe preliminar repleto de adjetivos y adverbios propios de su parcialidad, hizo valoraciones políticas con una marcada intencionalidad, manipulando los hechos, pues de las 34 555 actas electorales revisadas únicamente logró demostrar irregularidades en 78, lo que supone el 0.22 por ciento.

La hipocresía de Almagro no tiene nombre. Lo prueba su absoluto silencio ante la brutal represión que provocó más de una treintena de muertos, más de 1 000 heridos y otros tantos encarcelados, maltratados y no pocos torturados, según comprobaciones de organizaciones de derechos humanos

Las escenas de dolor de numerosas familias indígenas, campesinas y obreras revelan el sufrimiento de la Pachamama. Habrá que ver cuánto más prosperará esta conspiración para arrebatarle a Bolivia su futuro plurinacional.


Lázaro Barredo Medina

 
Lázaro Barredo Medina