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Publicado el 28 Noviembre, 2019 por Liset García Rodríguez en Opinión
 
 

Rendir cuenta y no rendirse

Por LISET GARCÍA

Otra vez los delegados elegidos por el pueblo en cada barrio del país, se vieron cara a cara con sus electores, un atributo democrático, habitual de la práctica cubana de la que mucho se habla. Lograr que el ejercicio de gobierno sea cada vez más eficaz y rinda los frutos que los ciudadanos necesitan, es el punto de mira, pensando siempre en cómo perfeccionar el quehacer de ese sistema  de poder popular estrenado hace más de cuatro décadas.

La nueva constitución de la República ha extendido el mandato de los delegados a cinco años, por lo que a la complejidad de esa labor, –asumida al tiempo que se desempeñan en sus centros de trabajo–, se añade ahora la extensión del tiempo.

No resulta tan disonante para algunos, pues uno de los reclamos hechos durante años ha sido precisamente ese –de ahí que se introdujera en la nueva Carta Magna–, ya que en dos años y medio, cuando empezaban a familiarizarse bien y a madurar como delegados, el período concluía, y no todos resultaban reelegidos para el siguiente mandato.

Muchas son las experiencias acumuladas y otras muchas las insatisfacciones. Asumir en nombre del pueblo las decisiones que le competen a las asambleas municipales del Poder Popular integradas por esos delegados electos, requiere de preparación y entrenamiento. Ese es el punto de partida ineludible, sobre todo en quienes se han ido estrenando en esa función, conscientes de que en el vínculo con los vecinos y con los problemas de cada barrio es donde encuentran su razón de ser y las pistas para encaminar ese encargo.

Nada sencilla resulta su misión, ni son pocas las acciones que realizan: fiscalizar y controlar el quehacer de las entidades enclavadas en su demarcación, integrar las comisiones permanentes de la Asamblea –cuya función es el control a las instituciones de cada área–, designar a los miembros de su Consejo de la Administración, aprobar el plan económico-social y el presupuesto del municipio. Esta responsabilidad crece ahora pues también en la nueva Constitución se establece una mayor autonomía económica a los municipios.

Tan importante como esa labor es relacionarse con los electores, a quienes deben rendir cuenta de su gestión periódicamente, como han hecho ahora en estos meses de octubre y noviembre.

Ese ejercicio de gobierno que tuvo su primer ensayo en Matanzas hace más de cuatro décadas, tiene el mérito de haber encontrado a partir de pautas teóricas iniciales su propio laboratorio, un camino de enriquecimiento y de perfeccionamiento continuo, en medio de los obstáculos que el recrudecido cerco yanqui ha provocado y de los conflictos que genera administrar con justicia y equidad los escasos recursos con que ha contado el país.

Encauzar las opiniones y necesidades de los vecinos, tramitar la solución de problemas de la comunidad y rendir cuenta de sus gestiones a esas personas, son prácticas esencialmente democráticas, que se han visto a menudo lastradas por la falta de comprensión de deberes y derechos de los delegados, estilos de trabajo que entorpecen su autoridad, incluso por sobrecarga de tareas pues ellos deben realizar estas funciones en tiempo extra laboral y en horarios que dificultan el acceso a oficinas y el contacto con funcionarios administrativos.

Según datos de la Asamblea Nacional, más de 194 642 planteamientos de la población se recogieron en estas jornadas de rendición de cuenta. Una buena parte son los propios pobladores quienes deben emprender su solución, y casi un tercio son responsabilidad de las administraciones locales.

Con sus agendas repletas los delegados siguen a punta de lápiz los problemas pendientes y estos nuevos que han ido apareciendo. Su tarea es titánica.

Un tema recurrente es la indisciplina social, el delito, las ilegalidades, los que requieren disímiles miradas, no desde la otra acera, sino desde el barrio mismo, en el que se involucre a instituciones y a los propios vecinos. He ahí un espacio para que elegidos y electores se pongan de acuerdo y asuman el deber y el derecho de participar.

Falta aún por avanzar en esos caminos en el que urge pensar entre todos, con la autoridad que se hayan ganado los delegados. Serán reconocidos en la misma medida en que sean capaces de llegar a sus electores, exigir y llamar a los responsables a informar o explicar por qué algo anda atorado o torcido. Ellos no administran, ni distribuyen recursos materiales. Tampoco tienen una varita mágica para desatar nudos ni deshacer entuertos, pero si sienten como suyos los problemas de la gente, cualesquiera que sean, no pueden desmayar hasta verlos resueltos o en camino de solución. Están llamados a rendir cuenta y a no rendirse.


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez